Trozos del libro: Kairós: tiempo de calidad; el arte de estar presente con tus hijos,

Introducción

“Los buenos escritores son aquellos que conser-van la eficiencia del lenguaje. Es decir, lo mantie-nen preciso, lo mantienen claro.”
Ezra Pound.

Agradezco a los autores, mis queridos amigos y antiguos alumnos Sergio y Rosario, con quienes he vivido tiempos muy especiales, la invitación a escribir estas líneas para presentar su libro.
Les agradezco haberme facilitado el contacto con mis propias experiencias de “tiempo especial de cali-dad” (TEC) como hijo y como padre; también agradezco que su lectura me llevó a revivir TEC’s en otras relaciones significativas para mí. En varios momentos me sentí fuera de la ubicación espacio temporal de la conciencia vigilante; me transporté a otra dimensión: esa de lo único, de lo esencial, de lo especial –esa dimensión del kairós a la que se refieren los autores en el título del libro. Kairós es el tiempo oportuno, el cualitativo, el de la trascendencia… El TEC es el tiempo de encuentros, de crecimiento… al que te invitan los autores en la relación con tus hijos.
Por esta razón, estimado lector te invito a acercarte a esta obra con apertura, tratando de hacer a un lado tanto cuanto sea posible, tus conversaciones internas y otros ruidos que te impidan estar verdaderamente presente con toda tu capacidad de escucha profunda, y tal vez te suceda como a mí, que en tu primer contacto con ella no la puedas soltar hasta el final.
Indudablemente regresarás a aquellos espacios en los que sientas que están hablando de ti, contigo o para ti, y lo podrás saborear con mayor gusto en una segunda o tercera lectura. Déjate impactar por la sencilla sabiduría de las palabras de Rosario y Sergio, que te ofrecen su experiencia y sus personas para acompañarte en ese proceso de vivir “El arte de conectarte con tu hijo.”
El libro se dirige preferentemente a los padres, pero no solamente; el TEC es un ingrediente esencial en cualquier relación significativa, al igual que lo son las condiciones que lo propician o facilitan: la escucha profunda o experiencial y la presencia respetuosa que te permite, en palabras de los autores, “entrar al mundo del otro, con toda la atención puesta en permanecer ahí por un momento, sin querer cambiarlo…”. Esta obra de los Michel contribuye a crear una nueva cultura; una “práctica facilitadora de inteligencia colectiva con libertad y conexión”.
Tomemos en cuenta también el “espacio protegido del diálogo”, tema que Rosario y Sergio han desarro-llado en otro libro, dirigido a construir un ambiente de calidad en la familia y a optimizar el impacto de cada encuentro entre sus miembros para no ”estar físicamente presentes pero emocionalmente ausentes.” El TEC es un espacio único y exclusivo que tanto el padre como la madre viven con cada uno de sus hijos; no es un tiempo de la familia en su conjunto, ni es el tiempo compartido alrededor de una tarea o actividad. Es mucho más que eso, es la oportunidad para estar presente con cada uno, y comunicarle, que es importante para ti, que tiene un lugar especial. En palabras de los autores “el ser verdaderamente acompañado en la experiencia –a veces de manera silenciosa, otras veces con pala-bras, a través de ser validado y respetado en sus sentimientos y opiniones– es lo que representa en última instancia la vivencia de mayor impacto para un hijo.”
Esta obra logra ampliamente su propósito de estimular la reflexión y contribuir a la expansión de la conciencia, mediante la formulación de preguntas inquietantes y poderosas como: ¿quiero lo mejor para ti?; ¿qué tipo de personas estoy queriendo promover en mis hijos para el futuro?; ¿para qué estoy educándolos y en que espero contribuir a sus vidas en el largo plazo?; ¿cuánto tiempo, verdaderamente de calidad, les estoy dedicando a mis hijos al día, a la semana, al mes?… ¿cómo aprovecho –o desaprovecho– las crisis y el dolor como ocasión para construir una experiencia de aprendizaje, de crecimiento, de modulación emocio-nal?; ¿cómo enfocar nuestras buenas intenciones hacia buenos resultados?; ¿qué tiene que ver la expansión de conciencia con el uso óptimo del tiempo especial y con la escucha experiencial?; ¿por qué los humanos podemos recordar con facilidad cierta información y olvidar otra? Los autores además de ofrecernos sus respuestas, nos invitan a explorar las nuestras y nos animan a vivir el riesgo del cambio. Si quieres que tus hijos crezcan siendo ellos mismos, no repitas patrones que aunque bien intencionados, han dado resultados no deseados.
Los Michel enriquecen los conceptos con viñetas, anécdotas y ejemplos seguramente derivados de su propia experiencia como padres de tres hijos, como facilitadores, como terapeutas, como investigadores, como personas que saben de qué están hablando.
De modo sencillo, amable y accesible, nos presentan conceptos básicos y profundos sobre el desarrollo humano sólidamente fundamentados en investigaciones, teoría, y práctica de numerosos autores como lo pone de manifiesto la rica y pertinente bibliografía consultada.
Estimado lector, no me cabe la menor duda de que este libro tocará tu vida y muchas otras, pues la sencillez, sensibilidad, ternura, humor y amor con los que está escrito son llaves que abren mentes y corazones. ¡Disfrútalo y compártelo!
Dr. José Fernando Gómez del Campo Estrada. Académico Emérito de la Universidad Iberoamericana
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Capítulo I

Niegel Marsh relata una experiencia casual, a partir de una petición inesperada de su esposa, de recoger por esta ocasión a Harry, el menor de sus hijos. El señor Marsh arregló su horario de trabajo ese día para salir un poco más temprano de la oficina y así poder estar a la hora acordada a recoger a su pequeño. De regreso de su clase vespertina el pequeño Harry camina con su padre al parque que se encuentra a un par de cuadras de la escuela. Ahí, deambulan un rato hasta que el pequeño se sube a un columpio que papá comienza a mecer. Se ríen, juegan luchitas, corren, se tiran en el pasto… y ya cansados y con hambre se dirigen a merendar algo en un puesto de comida; un lugar sin mayores pretensiones. De regreso a la casa se bañan, el pequeño se enfunda su pijama favorito de Batman y ya vestido de superhéroe se dispone, antes de apagar la luz, a escuchar un cuento para cerrar el día con broche de oro. Cuando parece que el pequeño ya se había quedado dormido y papá cierra el libro de historias para salir silenciosamente del cuarto, la voz infantil lo detiene:
–Papá, papá.
–Sí, hijo ¿qué sucede?
–Es que hoy… fue el día más feliz de mi vida.
Papá se queda estupefacto. No había imaginado que algo tan sencillo como pasar unas horas con su hijo de esa manera sin distracción; sin más que hacer que estar juntos… hubiese tenido ese impacto en el niño: no había comprado un juguete caro ni había gastado más de cinco dólares australianos en un par de hamburguesas. Papá pensó en ese momento que no había hecho nada extraordinario para darle a su hijo un momento verdaderamente feliz; sólo habían estado juntos, jugando, platicando, estando… ese era el secreto: estar ahí, totalmente presente…

II.- La importancia vital del contacto
de calidad

En la década de los cuarenta René Spitz publicó su trabajo sobre la tasa de sobrevivencia de los niños huérfanos albergados en hospicios. En el desarrollo de este fenómeno conocido como hospitalismo, los bebés recibían todos los cuidados físicos aparentemente necesarios para una vida sana (alimentación, abrigo, higiene, cuidados médicos…), sin embargo, su atención era llevada a cabo por un número tan reducido de personal que más allá de enjaretarles su biberón en los horarios preestablecidos, no podía darse el lujo de cargarlos, tocarlos, interactuar con ellos de manera más frecuente, afectuosa y cercana. En un trabajo publicado en 1945( ) Spitz da cuenta de la alta tasa de mortalidad en la población de dichos bebés huérfanos cuya condición de privación emocional ha sido referida, como depresión anaclítica. En algunos lugares la mortalidad de niños con hospitalismo llegaba al 90 por ciento, en otros rondaba el 50 por ciento.
Otro estudio clásico en relación a la importancia del contacto físico, más allá de la satisfacción de las necesidades de alimentación y abrigo, fue conducido por H. Harlow en el cual sus sujetos –unos monitos rheus bebés– preferían a una madre sustituta de peluche por sobre una de alambre –aunque esta última estuviese equipada de un biberón con alimento–. Estos pequeños mamíferos optaban claramente por el contacto suave de la mamá de peluche sin biberón, sobre el de la “madre” metálica con teta. Harlow también observó que la privación social por períodos de por lo menos tres meses producía, en los pequeños mamíferos, patrones de conducta disfuncionales e irreversibles, equivalentes a lo que en humanos es referido como agresión, autismo, anorexia… (3)
Los efectos de una relación parental carente de un acompañamiento y de un contacto emocional adecuado en etapas tempranas han sido posteriormente tratados y documentados con amplitud por Bowlby –el autor más citado en la literatura especializada en relación al vínculo necesario para la salud mental de un hijo–. Consistencia, predictibilidad, contacto físico, afecto… es decir, tiempo de calidad, son elementos de gran importancia para que el hijo desarrolle la experiencia de vínculo que lo faculte en su vida de adulto no sólo a llevar relaciones saludables sino en general a llevar una vida emocional más satisfactoria y productiva.
Más recientemente el significado de “tiempo de ca-lidad” se ha ampliado; ha sido utilizado para referirse no sólo a la función inicial del vínculo en etapas tempranas del desarrollo –lo cual no es poca cosa–, sino también en relación a la interacción de alto impacto positivo que ejercen los cuidadores primarios en el desarrollo físico, intelectual y emocional de los hijos durante las diferentes etapas de su vida.
¿Cuáles son las condiciones para construir dicha manera de relación cálida y segura de alto impacto?… es justamente la cuestión que abordaremos desde distintas perspectivas en esta obra que explora el camino de la promoción de espacios, de tiempos, de formas… en la relación filial de alta calidad.
Más allá del juego, la expresión de cercanía, las caricias y las palabras afectuosas propias del tiempo especial; proponemos la inclusión de manera precisa y sistemática de un elemento verdaderamente idóneo para incrementar la capacidad de impacto de la interacción padres-hijos: la escucha profunda. Este recurso privilegiado hace del tiempo especial una práctica de fuertes implicaciones en la salud mental y calidad de vida de las familias. Cuando se ha integrado la escucha profunda y el diálogo al tiempo especial, éste se convierte en algo mucho más que una simple actividad; se convierte en promotor de una nueva cultura; en una práctica facilitadora de inteligencia colectiva con libertad y conexión; en un recurso que convoca a toda la comunidad humana, comenzando con la familia, a convertir las crisis –desde las leves hasta las graves– en una oportunidad de crecimiento, en una oportunidad de evolución.
¿Calidad o cantidad?
La idea del tiempo especial familiar fue concebida inicialmente como una actividad entre padres e hijos para “pasar el tiempo juntos” –llevando a cabo actividades disfrutables como: juegos, paseos, viajes, deportes… En esta primera aproximación de tiempo especial está implícita la importancia de la calidad sobre la cantidad. El diccionario define tiempo de calidad como un tiempo dedicado con devoción a nutrir a una persona o actividad .
Una primera referencia en la prensa escrita del tér-mino tiempo de calidad data de 1973 en una entrevista a Gabrielle Burton –pionera en el movimiento de emancipación de la mujer–. Esta autora hablaba a las madres de familia acerca de “cómo liberarse” ante las limitaciones de tiempo por un lado y el anhelo de una realización personal por el otro. El reto –afirmaba la escritora–, está justamente en aprender a dedicarle un tiempo más dosificado pero de mayor calidad a sus labores domésticas, a su estudio, a sus hijos…
Chapman, otro autor, experto en el fortalecimiento de las relaciones de pareja, también utilizó el término de tiempo especial para referirse a uno de los cinco lenguajes del amor que sostienen una relación . Finalmente, una modalidad, más reciente de tiempo especial, es el espacio protegido del diálogo dirigido a construir un ambiente de calidad en la familia y a optimizar el impacto de cada encuentro entre sus miembros. En la práctica del EPD se busca el máximo de conexión posible en un tiempo limitado –de la cual trataremos más adelante.
Aunque se considera de gran importancia especialmente en etapas tempranas de un niño, la presencia del cuidador primario en condiciones de calidad, consistencia y suficiencia… existen sin embargo, condiciones variadas de carencia económica, horarios de trabajo saturados… que hacen difícil la disponibilidad ilimitada de tiempo de las madres que tienen que trabajar para sufragar los gastos básicos de sobrevivencia o el alto costo de mantener su propio nivel de exigencias con-sumeristas . Ante este panorama “de disponibilidad limitada de tiempo” las de por sí escasas ocasiones de convivencia suelen ser tristemente desaprovechadas en las familias que en lugar de practicar la convivialidad se dedican a distraerse con la tele, el chat, el facebook y otras múltiples maneras de ”estar físicamente presentes pero emocionalmente ausentes”.
5.- ¿Quiero lo mejor para ti?

Hay quienes se mueren sin haber experimentado el silencio mientras intentan acompañar a su hijo/a. Hay padres que trabajan heroicamente; y no paran en todo el día para que sus hijos tengan la mejor casa, la mejor escuela y la mejor ropa posible… padres que darían la vida por sus hijos, pero que jamás han tenido un momento de verdadera presencia con ellos; padres que vivieron carencias y aunque fueron capaces de dar “cosas” materiales a sus hijos, lo hacían con un dejo de reclamo; padres que tuvieron que trabajar dobles turnos o con fines de semana ocupados y horarios exhaustivos, o que tal vez tuvieron que emigrar para enviar dinero a sus familias… y lograron una “mejor” casa y una “mejor” escuela para sus hijos pero perdieron la oportunidad de acompañarlos con verdadera presencia (lo cual, a final de cuentas, resultó ser más doloroso y costoso que vivir con carencias económicas).
Muchos padres suelen sacrificarse por darles a sus hijos lo que ellos mismos no tuvieron… y en el intento perdieron la oportunidad de darles lo que sí estaba a su alcance –acompañamiento con presencia–; padres que perdieron la oportunidad de construir esa experiencia de vínculo tan importante que hace que muchas otras carencias resulten menos graves, casi irrelevantes; padres que estaban tan ocupados en otros asuntos que no pudieron dar la dosis de presencia necesaria a sus hijos en esa edad crítica y cuando intentaron el reencuentro años después, se sentían extraños, incómodos y segu-ramente también resentidos…
…No importa a que extracto económico se pertenezca: quien no puede dedicarle a su hijo con verdadera presencia por lo menos un breve período de tiempo diario o al menos a la semana o mínimamente al mes… no importa cuán duro trabaje, cuán buena sea la intención, cuanto gaste en su educación, cuán altas sean las expectativas para que el hijo destaque… probablemente se va a sentir decepcionado al paso del tiempo.
La experiencia de tiempo de calidad parental es una inversión que cuesta poco y reditúa mucho; es una práctica que se traduce finalmente para los hijos en mejor salud mental, en mayor seguridad emocional, en menos violencia social, en mejor calidad de vida en su presente y en una mejor perspectiva para su futuro .
Thich Nhat Hanh ha sostenido que el regalo más preciado que se le puede ofrendar a un ser amado consiste en estar ahí, en total presencia. Para este autor el amor sin escucha comprensiva y profunda no sirve y es justamente la escucha la encarnación de la presencia que a su vez representa el elemento de mayor riqueza e impacto durante el tiempo invertido con un hijo…
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…La gran paradoja: padres que estarían dis-puestos a dar la vida por sus hijos pero en sus prioridades cotidianas no cuentan con un espacio programado para estar presentes con ellos…

…Al final del día lo verdaderamente importante para el hijo –sus pequeños o grandes dramas– pasan totalmente desapercibidos para un padre distraído. Un elemento de gran peso que alimenta en un hijo la experiencia de no ser “uno más del montón”, sino alguien verdaderamente especial y con una consecuente buena autoestima, es el tiempo de calidad invertido en él donde el objetivo no es otro que estar ahí entendiendo, escuchando, “perdiendo el tiempo el tiempo con presencia”.

Epílogo. Carta a los papás de todas las edades:
Si has llegado hasta el final de este libro, podemos imaginar un auténtico interés por explorar y encontrar los mejores caminos para promover la versión óptima de la persona que tu hijo pueda llegar a ser. Nos imaginamos, ya sea desde tu función de educador, de padre, de madre, de abuelo, de tutor… que no quieres repetir los malos hábitos que alguna vez a ti te lastimaron. Tal vez ya seas abuelo o un padre maduro, con una relación estable; tal vez te encuentres divorciado, o quizás seas una madre joven con el anhelo profundo dar lo mejor a cada uno de tus hijos no sólo con toda la buena intención –que no basta– sino también con buenos resultados… Este libro, escrito especialmente para ti, es una convocatoria, una invitación a moverte en la dirección de ser el mejor padre posible que desde tus circunstancias, desde tus privilegios o carencias económicas y afectivas –graves o moderadas–; desde tu historia personal con la presencia en tu propia infancia de personas a veces amorosas nutricias, cercanas, afectuosas… o tal vez ausentes, injustas, insensibles… Este libro es para ti que viviste una niñez relativamente estable y segura o quizás salpicadas de experiencias de abandono temprano, de violencia física o emocional, de abuso sexual… Tal vez llegaste a ver a tus propios padres pelearse frente a tus ojos, o quizás los oíste insultarse del otro lado de la puerta; tal vez presenciaste de pequeña, en papá o mamá, actos de locura, de em-briaguez, de impulsividad, de violencia… que no en-tendías. Quizás fuiste testigo de triangulaciones que te aprisionaban cuando oías a alguno de ellos hablar mal del otro y tú te sentías obligado, en algún rincón de tu mente, a tomar partido y quizás así aprendiste que para amar a uno tenías que atacar o renunciar al otro… o quizás aprendiste de niño que por lealtad a tu madre tenías también que odiar a tu padre por lo que este le hizo (o viceversa). Tal vez tuviste experiencias que aunque ni siquiera puedas poner en palabras te llevaron a sentirte poco importante, sin derecho a pedir, a ser cuidado, a ser escuchado, a ser querido… o tal vez no fue tu caso. Tus propios padres con su mejor intención pero también con sus propias heridas, hábitos y limitaciones, que ellos mismos heredaron de tus abuelos, quizás te educaron con castigos, premios, sobreprotección, control… Por estar tan ocupados en cambiarte, en disciplinarte, en formarte, cuidarte… rara vez te dieron tiempo especial, te escucharon, jugaron contigo –con verdadera presencia… Tal vez tu padre fue un funcionario o un exitoso hombre de negocios enfocado en crear un patrimonio… o tal vez fue un activista social comprometido en la creación de un mundo más justo e igualitario; pero en ambos casos, tan diferentes y tan parecidos, te dejaron de ver, de acompañar, de escuchar… porque tenían “cosas más importantes que hacer”: quisieron hacerlo por ti y se olvidaron de ti.
Tal vez mamá tuvo ganas de morirse ante la partida de tu padre… o tal vez cayó en una depresión puerperal incomprensible para ella y para ti después del nacimiento de tu hermanita; o tal vez experimentaba cambios abruptos de estado de ánimo –algunos podrían catalogarla como limítrofe o bipolar–. Tal alguno de tus padres nunca expresaba emociones y parecía ser un caso de Asperger, de Alexitimia… A lo mejor papá o mamá sufrían de hipocondría e inventaban enfermedades o alguno de ellos tuvo brotes psicóticos y se le tenía que llevar a hospitalizar en ocasiones; tal vez… Podríamos gastar muchas páginas más en etiquetar algunas de estas condiciones que los psicólogos clínicos llaman patologías, pero de poco serviría.
Aunque entre profesionistas solemos utilizar estos diagnósticos para referirnos a un “paciente”, este medio de comunicación puede resultar también un ejercicio inútil y capaz de sumirnos en un estado de desesperanza…. El uso aun en el lenguaje científico –con mayor razón en el cotidiano– del verbo ser, de las etiquetas y adjetivos representa un modo que Korbzysky desde hace ya casi un siglo comenzó a cuestionar como una muy pobre manera de describir la realidad. El ser humano necesita con urgencia más que quedarse sumido en la el uso de etiquetas y diagnósticos avasalladores… observarse y observar su comportamiento, tomar conciencia, para mejorar su capacidad de manejar conflictos, de acompañar al otro y finalmente de convertir las heridas –pequeñas o grandes, viejas o recientes– propias de cualquier relación, en verdaderas ocasiones de aprendizaje, de sanación, de reconciliación, de crecimiento… justamente a través de la práctica del tiempo especial con diálogo en la familia.
Diversas condiciones durante tu infancia temprana, niñez y adolescencia te pudieron llevar a ciertos hábitos, heridas, creencias disfuncionales: Algunas veces te sorprenderás regañando, desconfiando, agrediendo, controlando… de la misma manera como lo hicieron contigo, aunque en su momento juraste no repetir dichas conductas. Otras veces te encontrarás reproduciendo formas de ser que aprendiste por compensación en tu infancia. Tal vez ante el desorden de tu casa, tuviste que ser demasiado ordenada; ante el descuido a tus hermanitos o ante la ausencia de mamá te viste obligada a fungir como una pequeña autoridad infantil controladora y angustiada. Muchas conductas, patrones creencias que aprendiste ayer; hoy ya no son útiles. Ante ello, puedes ciertamente elegir refugiarte en la creencia de que los hábitos y heridas de ayer justifican la pobre manera de educar llena de buenas intenciones y de malos resultados. Yo soy seco y no se me da eso de escuchar, jugar y tocar –tal vez en alguna ocasión te lo has repetido para justificar “tu forma de ser. ¡Sí! tú no fuiste culpable de muchas experiencias y aprendizajes que tuviste ayer pero hoy: eres responsable de aprender a remojarte, a jugar, a escuchar… Los especialistas en resiliencia sostienen que los traumas pasados pueden convertirse en aprendizaje y crecimiento puro cuando los podemos reconocer y acompañar . Nosotros en esta obra te hemos ofrecido un recurso –el tiempo especial de calidad– que puede ser practicado en breves y modestos espacios de relación; un recurso accesible a ti, cualquiera que sea tu historia. Aunque a veces parezcan forzados tus intentos de ser menos seco, de jugar y de escuchar más a tu hijo cuando expresa un reclamo; aunque al principio te tengas que morder la lengua antes de soltarle, ante la menor provocación, lo único que usualmente le dices: amárrate las agujetas, pronuncia bien, límpiate los mocos, abróchate el cuello, no tienes razón… ¡sí! aunque no te salga natural al principio eso de construir espacios de tiempo especial con tu hijo, ¡es posible! si te lo propones, aprender lo que nadie te enseñó de pequeño –o a mejorar lo que si te enseñaron– y hacer la mejor inversión de tu vida. Hoy puedes comenzar a construir con pequeños espacios de calidad llenos de presencia una mejor salud emocional para tu hijo… Pero no sólo eso, al final del día quizás descubras con sorpresa que el primer beneficiado has sido tú. Justamente cuando te dejas tocar por la experiencia de tu hijo-a y comienzas a hacer del tiempo de calidad una práctica cotidiana; cuando te asomas a su mundo y te encuentras con esa gran riqueza llamada conexión, intimidad, aprendizaje, respeto mutuo… algo extraordinario ocurre. Descubres que la mejor manera de aprovechar el tiempo es atreviéndote a “perderlo” y a sumergirte en la experiencia de acompañar a tu hijo para constatar que ello no sólo lo fortalece y lo sana a él sino también a ti… es posible que vivas en carne propia eso que Cyrulnik refiere en su libro El amor que nos cura… el amor que transforma tanto al que lo da como al que recibe.

Notas y referencias
1 Autor del libro: Fat, Fourty and Fired (Kansas City A. McMeel Publishing; 2007) comparte en una plática TED su experiencia de tiempo especial con su hijo (www.ted.com).
2 Spitz, R.A. (1945). Hospitalism–An Inquiry Into the Genesis of Psychiatric Conditions in Early Childhood. Psychoanalytic Study of the Child, 1, 53-74.
3 Harlow H. F, Dodsworth R. O, Harlow MK. (1965) “Total social isolation in monkeys,” Proc Natl Acad Sci U S A.
4 Random House Kernerman Webster’s College Dictionary, © 2010 K Dic-tionaries Ltd. Random House, Inc. Ver también Cambridge dictionaires online. (http://dictionary.cambridge.org/quality-time
5 Ver: Chapman G Los 5 lenguajes del amor 2011. Miamy Fl Ed. Unlit
Chapman G., Campbell R. La aplicación de estos mismos principios en la relación con los hijos: Los cinco lenguajes del amor de los niños. Miami FL Ed. Unlit (2013).
6 Ver la metodología de este recurso en el capítulo VII en: Chávez R. & S. Michel. El Espacio Protegido del Diálogo. Méx. Ed. Papiro Omega. (2009) Tambien se puede acceder a este capítulo en www.espacioprotegidodeldialo-go.com
7 El término consumerismo se refiere a la pauta cultural que liga el consumo de bienes y servicios a la satisfacción, valor personal, sentido de vida, esta-tus, respeto… Ver: Assadourian E. The rise and fall of consumer cultures. En : 21st CENTURY, № 2 (12), 2012.
8 Término utilizado por el Papa Francisco para referirse a “un termómetro seguro para medir la salud mental de las relaciones”. La convivencialidad es la capacidad de una familia de apagar su televisión, su teléfono móvil y compartir, dialogar… por ejemplo, en los momentos de sobremesa… https://es.zenit.org/…/texto-completo-de-la-catequesis-del-papa-en-la-aud… (11 nov. 2015).
9 Cost, Quality, and Child Outcomes Study Team. Cost, quality, and child outcomes in child care centers, executive summary. Denver, CO: Economics Department, University of Colorado at Denver. (1995).
10 Thich Nhat Hanh. The Art of Comunication. London Ed. Rider (2013).
11 Este auto acuñó la frase: el mapa no es el territorio que después se popula-rizó en Programación Neurolingüística (PNL). Su influencia sobre la impor-tancia del lenguaje descriptivo también fue reconocida por Frtz Perls creador de la psicoterapia Gestalt. Ver: Alfred Korzybski. Science and Sanity: An Introduction to Non Aristote-lian Systems and General Semantics Pub. IGS 5ª Edición (1994)
12 Cyrulnik Boris. El amor que cura. Buenos Aires, Ed. Gedisa. (2004)
13 Ibid

Cuarenta y tres minutos: el trayecto a la conexión (del libro Conectar al prójimo…)

–Cómo te fue hoy mi hijita –preguntó mamá, mientras su hija se subía al auto a la salida del colegio.

–Bien –reparó ella a secas.

–Traes los ojos rojos… ¿lloraste?

–Es que a la salida había mucho aire con tierra…

–Ah bueno… pensé que andabas triste por algo.

Mamá, en ese momento, le regala una leve sonrisa y ya no insiste en sacarle la sopa a su afligida hija; ya no le echa las luces altas; ya no la atosiga con una mirada inquisidora ni con preguntas insistentes. Pasan diez minutos de silencio acogedor. Durante ese breve periodo mamá sólo le aplica un cariñoso apretoncito en la rodilla a su hija, acompañado de un guiño discreto. Después guarda silencio y sigue manejando. Emerge así, tímidamente como un aroma que nace de combinar la dosis precisa de respeto con interés, el frágil momento de la apertura. Cuando la joven se siente importante pero no presionada, decide entonces abrir un poco más la puerta de sus sentimientos.

– Pues es que Jorge y yo terminamos.

–Hay mi hija eso debió haber dolido.

–¿Tú crees? el jueves que no vine a clase me dijeron mis amigas que Jorge estuvo todo el recreo platicando con Andrea…

–Como si estuviera coqueteando con ella ¿algo así?

–¡Claro! todas lo vieron… ¿Sabes cómo es que un día que no vayas a clase y luego luego ahí anda de resbaloso el idiota ese?

–Me imagino que estás muy enojada con él…

–No lo quiero ni ver… pero para acabarla de amolar tengo que hacer la próxima semana un trabajo en equipo donde está él y la tipa esa…

–Eso debe ser muy incomodo para ti…

La mama de Blanquita continua el acompañamiento de la conversación con base a puros “me imagino y equivalentes” que había estado aprendiendo y practicando recientemente. Llegan a casa y continúan el intercambio con el auto estacionado en la cochera. Mamá ve de reojo su reloj. Por fin ha logrado rebasar el record de cinco minutos de plática continua con su hija; se siente profundamente orgullosa de sus avances. Cinco minutos, era su record anterior; fue lo más que había durado una plática personal con su hija –hacía como dos años. No puede creer que ya lleven, como dos viejas amigas, platicando cinco, diez, veinte, cuarenta minutos… La niña en su proceso de compartir su experiencia con su madre sigue un rato despotricando contra su ex novio y luego de una breve pausa comienza a hablar de esa vieja sensación de sentirse insegura, fea, gorda… Mamá pudo, en ese instante, al minuto cuarenta y tres, haberse mantenido firme en la dirección de la conexión en el mismo tenor de me imaginos y similares. Pudo, por ejemplo haber dicho: Me imagino que después de lo que pasó, de ese rompimiento, comienzas a dudar mucho de ti y a verte llena de defectos, poco atractiva; no te gustas nada cuando te ves al espejo… Sin embargo, ya era demasiado tiempo el transcurrido utilizando solamente esa parte de su cerebro diseñada por la madre naturaleza para indagar, imaginar y entender los sentimientos del prójimo. Sintió como si en su mente estuviera amarrada, como jauría de perros embozalados urgidos de ladrar. Mamá había logrado mantener a raya, hasta ese instante, a todos esos hábitos mentales también conocidos como egos –viejos patrones de respuesta que desde niña había observado y aprendido a imitar de sus mayores: tíos, maestros, papás, vecinos… Ya no pudo más aguantar la tentación de contestar a través de esa costumbre arraigada de perro sin bozal ladrando advertencias. Finalmente, al minuto cuarenta y tres, la madre cede a los embates de su ego que momentáneamente había quedado en pausa y ahora vomita con fuerza su mensaje impecablemente razonable y bien intencionado.

–Tal vez mi hijita deberías aprender a valorarte más… eres una niña preciosa e inteligente pero no sabes escoger a tus amistades, tus dos últimos novios son unos patanes…

La niña, al escuchar el “inocente” y bien intencionado comentario de su madre, aprieta de manera imperceptible sus labios, siente un leve piquetito en el estómago; parece que el cuerpo puede reaccionar más pronto de lo que su mente consciente alcanza a reconocer. Por debajo de las palabras inteligentes de su madre se desliza subliminalmente una consigna tajante: cambia, no sientas lo que sientes, si quieres la aprobación de mamá necesitas sentir de una manera más inteligente, menos estúpida… La joven en ese momento ve su reloj y se baja del auto argumentando una tarea.

De cualquier manera, aun cuando “el camino de la conexión” fue abruptamente interrumpido, la niña había alcanzado a saborear y apreciar esos maravillosos cuarenta y tres minutos de escucha impecable que su madre le había regalado. A través de cada me imagino y sus equivalentes la joven recibio un mensaje no verbal pero emocionalmente acariciador; una especie de me importa tanto lo que sientes que en este momento sólo te quiero entender y le pongo pausa a cualquier intento de cambiarte. Los cuarenta y tres minutos memorables, llegaron, siñn embargo, a su fin cuando mamá ya no pudo más sostenerse en esa creencia provisional que apenas comenzaba a esbozar y a echar raíces en su corazón: la creencia de que la persona al sentirse aceptada, entendida… al percibir de manera consistente un ambiente de seguridad psicológica, donde pueda explorar sus sentimientos con libertad, tiende a funcionar de manera inteligente, constructiva, de visión amplia[i]

La vieja creencia de querer es igual a aconsejar se había instalado –a través de múltiples testimonios desde su época de niña y adolescente– en la mente de mamá. Esta creencia tenía un fuerte matiz de desconfianza en el otro. Cuando observaba con inadvertida atención como los adultos daban consejos a los niños, ella concluía: es porque éstos son incapaces de decidir por sí mismos. Los adultos dan consejos para evitar que los niños sean arrastrados por sus decisiones equivocadas…

En esa ocasión justamente frente a su hija que se considera a sí misma gorda y fea, mamá cambia de canal mental; se desliza de la empatía al viejo y conocido ego protector especialista en rescatar a su “pequeña” de esas tonterías, de esos pensamientos negativos, ofensivos, destructivos, injustos… En su afán de salvarla, persuadirla, de hacerla entrar en razón… mamá la deja de escuchar. En un abrir y cerrar de ojos se interrumpe la conexión que había gradualmente construido cuando por unos minutos logró “entrar al mundo de la joven sin quererla cambiar”.

En algún rincón de su mente la mama abriga esa creencia adormilada que ante el dolor de su hija despierta en forma de un mandamiento educativo: Los conocimientos de los adultos deben ser siempre aprovechados como guías para los niños y jóvenes inexpertos.

Desde luego que los adultos con su sabiduría, experiencia, conocimiento… tienen mucho que compartir y enriquecer a los más jóvenes, sin embargo, al querer influir en ellos de manera indiscriminada, a pesar de su buena intención, terminan por remplazar el diamante por la bisutería, el momento de escuchar por el momento de “cambiar al otro”, la conexión por el consejo… y dejan pasar la oportunidad de construir ese proceso de inteligencia emergente que surge del verdadero diálogo.

 

[i] Barbara Friedericksen ha investigado el efecto de las emociones positivas en el funcionamiento cognoscitivo y sostiene a través de su “broaden and build hipothesis” que la persona cuando experimenta de diferentes maneras –aunque sea subliminalmente estímulos evocadores– de emociones positivas (¿que pude haber más emocionalmente positivo que la experiencia de la aceptación incondicional?) la persona amplía su visión y construye nuevas y más creativas perspectivas. Ver Fredrickson, B. L. (2001). The role of positive emotions in positive psychology: The broaden-and-build theory of positive emotions. American Psychologist, 56, 218-226.

Dos modos de percibir y operar en el mundo

1.- Los dos modos de percibir y de operar.

(del libro en prensa “Del bullying a la conexión” Sergio y Rosario Michel)

Durante la primera guerra mundial ocurrió un hecho, plasmado en la película Joyeux Nöel (Noche de paz). Durante una tregua rutinaria de navidad emerge inesperadamente un proceso profundamente significativo y conmovedor que con el tiempo se ha convertido en un icono para la comunidad de educadores de la paz. Un primer oficial sale de su trinchera para encontrarse con su contraparte. Poco a poco, como hormigas saliendo de sus agujeros, el resto de los soldados se animan a encontrarse con sus enemigos. De pronto el campo de batalla ubicado entre las dos trincheras se ve poblado de pequeños grupos de soldados escoceses, alemanes y franceses que ni siquiera pueden hablar el mismo idioma. Después de intercambiar información básica, ayudados de los dedos de sus manos que muestran cuantos tiros cada una de sus pistolas podía disparar… parece haberse terminado el tema de conversación entre ellos. Uno de los soldados, sin embargo, saca de su cartera una foto que comienza a circular. Después sigue otra fotografía y otras más. Las imágenes hablan por sí mismas de la experiencia de cada soldado de ser padre de un bebé, novio, hermano, hijo, esposo… Inesperadamente los “enemigos” que unas horas antes se disparaban a matar ahora se encuentran intercambiando las respectivas fotos de sus familias, esposas, novias, hijos pequeños, madres abuelas… Los soldados no tienen idea de las profundas implicaciones de este humilde acto de compartir experiencias. ¡Sí! del simple acto de compartir una foto surge una sorprendente conexión entre ellos. En pleno campo de batalla, desaparecen momentáneamente sus identidades de adversarios peleados a muerte. Idiomas, ideologías, banderas y religiones diferentes, de pronto parecen ya no importar gran cosa. Al compartir una escena, una fotografía, una experiencia concreta… se comienza a delinear un efecto mágico: Los soldados son tocados profundamente por la presencia del otro; se conectan más allá de sus egos; experimentan un encuentro humildemente poderoso; se reconocen como hermanos. Descubren de una manera fortuita el gran poder de compartir –a través de un lenguaje descriptivo, no ideológico–, la fotografía de su experiencia.

¡Sí! una fotografía de su experiencia en imágenes descriptivas logra mucho más impacto que discursos prolongados y eruditos. A través del acto de compartir una simple fotografía de pronto los soldados se descubren a sí mismos como parte de la comunidad global… descubren, oculta detrás de su uniforme de guerra, la capacidad de tocar, aunque sea de manera efímera, la experiencia de conexión y fraternidad que inesperadamente se expande ese día por todo el campo de batalla…

En su libro “El lenguaje del cambio” Watzlawick aborda el tema de las características transformadoras y terapéuticas que la comunicación “de tipo hemisferio derecho” ejerce sobre las personas[i]. Milton Erickson considerado por sus intervenciones de alto impacto, como uno de los grandes genios del arte de la terapia utilizaba este “lenguaje del cambio” que refiere Watzlawick: Milton Erickson compartía en sus sesiones sus herramientas favoritas –cuentos, fabulas, metáforas– en un lenguaje compatible con la visión del cliente que podía entonces fácilmente imaginar las escenas narradas en ese estilo de hemisferio derecho descriptivo, espacial, emocional… Después de sus relatos ya no agregaba más.[ii] Allí donde fabulistas clásicos –Esopo y La Fontaine– podían dar rienda suelta al arte de sacar de cada cuento una moraleja… ahí justamente detenía Erickson su narración. Él sabía que el lenguaje normativo, conceptual, interpretativo, explicativo… saturado de consejos y deberías, podía desplazar inadvertida y tajantemente el modo de procesar información del ser humano hacia el lado izquierdo del cerebro –esa área donde justamente se genera la resistencia, el juicio, la evaluación… Erickson se ahorraba la moraleja y se concentraba en la narración.

Alvin Mahrer, otro de los grandes genios del arte y ciencia de la psicoterapia, aborda también el recurso del lenguaje descriptivo-fenomenológico como medio para compartir y transformar experiencias. En su modelo de Terapia experiencial no le pide a sus clientes que le expliquen el porqué de sus conductas o sentimientos, no solicita historias clínicas ni datos biográficos… Se limita a lanzar una invitación sencilla y poderosa: Descríbeme la foto de un momento de sentimiento fuerte[iii] Alvin Mahrer hace gala de una conmovedora facultad: Logra en un espacio sorprendentemente corto de tiempo, experiencias de profunda conexión terapéutica. Es justamente a través de compartir, explorar y penetrar un momento de sentimiento fuerte que tanto el proceso terapéutico como el diálogo en general se mueven de la dimensión de “estamos separados” a la de “estamos conectados en la misma experiencia”.

Conexión o separación:

La historia de las relaciones humanas está plagada de amigos entrañables, parejas enamoradas, hermanos queridos… que ante un evento inesperado, ante una crisis, una queja, un reclamo… se lastiman irreconciliablemente. En un segundo, la amígdala, con su explosión emocional, secuestra a todo el organismo.[1] La experiencia de cercanía cede su lugar a esa otra dimensión totalmente contrastante: la experiencia de amenaza, la percepción del otro como un peligro, como un objeto, como un obstáculo… Pareciera que el ser humano puede alternar entre dos modos de operar y percibir al mundo: la amenaza y la conexión.

La película “El club de los cinco” describe la experiencia de cinco jóvenes estudiantes que tienen que asistir, muy contra su voluntad, a una clase de nivelación como condición para poder continuar con sus estudios de preparatoria. El profesor encargado de “lidiar” con ellos, desde la primera interacción, los percibe como una amenaza y como tal los trata como delincuentes. Trata de poner límites y ser duro, inflexible, devaluador… Los jóvenes parecen no tener nada en común. En la superficie lucen posturas totalmente contrastantes: Hay en el equipo: un junior, una pequeña barby, un desarraigado social, una joven darketa, un joven ñoño… Durante sus primeras interacciones, entre ellos mismos se atacan, se burlan, se invalidan… La experiencia en común, de estar cautivos, va favoreciendo, sin embargo, el intercambio forzado de experiencias de vida, de historias, de fotos de sus experiencias, de “escenas de sentimiento fuerte”… El compartir sus historias los va conectando irremediablemente y los va hermanando en su condición de ser humanos más allá de todas sus diferencias de forma. Se va asomando cada uno a la experiencia del otro. Al final de la jornada el joven “ñoño” que de pronto ha derribado las barreras con la joven “barby” le pregunta:

–Qué va a pasar al inicio del semestre cuando nos encontremos en el pasillo y tú estés con tus demás amigas que se sienten superiores cuando ven a gente como yo… ¿me vas a seguir hablando?

–No lo sé… tal vez no… –responde la chica.

Por un momento los cinco alumnos reprobados se habían convertido en comunidad, habían tocado efímeramente la experiencia de todos somos uno… para después regresar al viejo y habitual modo de estamos separados, somos diferentes, rivales…

En el legendario tren conocido como la bestia que transporta migrantes entre la frontera sureste y norte de México, de pronto ocurren hechos dramáticos de violencia vejaciones cuando los “pasajeros ilegales” son robados maltratados secuestrados por grupos diversos de asechadores. Pero también en ese mismo trayecto ocurren destellos esperanzadores de comunidad y conexión entre ellos. Al pasar por algunos poblados el maquinista baja la velocidad y entonces moradores de dichos poblados se acercan a regalar comida a los pasajeros. Quienes viajan en la parte más baja de los vagones reciben tortas, panes, tacos, agua… No retienen nada, todo lo van pasando más adelante a sus compañeros. Las mujeres y los niños que suelen viajar en la parte más alta o distante son los primeros en hacer uso de sus alimentos que les son entregado por una cadena de seres humanos cuyos nombres en ocasiones ni siquiera conocen y sin embargo, a través del intercambio de pequeñas historias, por momentos funcionan de manera totalmente espontánea como una verdadera comunidad solidaria y amorosa.

En un experimento pedagógico reciente[iv] se les pide a un grupo de alumnos pre universitarios que asistan durante 14 días a un espacio educativo alternativo. El maestro facilitador es cálido, cercano, cuestionador… y facilita que sus alumnos deliberen, duden, compartan sus puntos de vista. Aunque desde el primer día el maestro comienza a estimular un ambiente de confianza y libertad, es justamente en el noveno día que ocurre, desde nuestra perspectiva, el punto de inflexión del experimento pedagógico. Una de las chicas comparte entre sollozos la experiencia de abuso sexual por parte de su padrastro. Todo el grupo de pronto la escucha con un silencio acogedor conmovedor. Aunque algunos pequeños consejos por ahí se deslizan, ello no impide que el espíritu grupal de aceptación incondicional y cercanía predomine. Probablemente de todo el ya de por sí valioso programa, es justamente ese evento de conexión profunda entre el grupo de jóvenes lo que convierte a la experiencia educativa en un acontecimiento –al estilo de Mounier–: poderoso y significativo. ¡Sí! La experiencia de conexión –la gran ausente en los procesos educativos– se va tejiendo en el proceso de ocho días de interacción cálida y estimulante hasta que en el noveno día una de las chicas se siente dispuesta a correrse el riesgo de mostrarse con toda su fragilidad y transparencia en una de sus experiencias de vida más relevantes: la experiencia de sentirse abusada, traicionada, sola, confundida.

El que un alumno comparta en el salón de clase algo similar a lo que compartió la joven para algunos maestros pudiese resultar amenazante, como algo fuera de su ámbito y de sus capacidades… Sin embargo para la joven del experimento resultó ser una experiencia sanadora y para todo el grupo fue un aprendizaje vivo de valores humanos. Los jóvenes todos experimentaron la fraternidad, la inclusión, el respeto, la solidaridad… sin necesidades de discursos.

¿Cuántos maestros –nos preguntamos– durante su estancia frente a grupo no tienen la más mínima idea de las historias de sus alumnos? Están tan ocupados con sus programas que dejan de mirar a sus alumnos y a penetrar en su mundo… Y así se les pasa la vida, así les llega el tiempo de su retiro sin jamás haber conectado a sus estudiantes. Nuestra pregunta a todo lo largo de esta obra es ¿lo que ocurrió en el noveno día es posible reproducirlo, facilitarlo, catalizarlo? ¿Es posible establecer condiciones de una educación centrada en el estudiante en nuestros salones de clase donde podamos facilitar de una manera activa y eficaz la conexión desde el primero o el segundo día?

Desde diferentes perspectivas –biológicas, filosóficas, neurológicas, psicológicas, científicas– se han ido delineando elementos que sugieren la existencia de dos dimensiones o modos de operar del ser humano que corresponden alternativamente al acercamiento y conexión (aun de soldados y bandas “enemigos”) o al distanciamiento y la amenaza (aun de hermanos, esposos, amigos).

El modo de amenaza

 

En 1914 el investigador Walter B. Cannon describió por primera vez un fenómeno fisiológico que el ser humano comparte con la mayoría de los organismos. En el fenómeno conocido como fight or flight response,[v] ante un estímulo amenazante el organismo se prepara con todo su cuerpo para pelear o huir. Desde la amígdala, en el caso de los mamíferos, se orquesta la activación del modo de alarma y comienzan a acelerarse el ritmo cardiaco, la circulación sanguínea se concentra en la periferia y todo el organismo se dispone para la acción de pelear o huir… y ocasionalmente también para quedarse congelado, inmóvil. Un organismo en estado de amenaza, con sus músculos de locomoción bien irrigados, puede correr, trepar, pelear, de maneras sorprendentes. Después de cien años, el estudio de la respuesta de pelear o huir sigue contribuyendo a la comprensión del complejo funcionamiento de las emociones humanas y sigue inspirando nuevas investigaciones.

Seyle[vi], acuñador del término stress y pionero en el estudio del modo de alerta y activación, observó por ejemplo la presencia del la hormona del cortisol como uno de los indicadores significativos de dicho estado.

El estrés postraumático, término que posteriormente ha adquirido popularidad, se refiere a los efectos del estado agudo o crónico de amenaza y sus graves efectos en la salud de las personas. La respuesta de pelear o huir convertida en estrés postraumático finalmente forma parte del vocabulario oficial de la psicología y de las neurociencias para referirse al estado con el que el organismo responde disfuncionalmente ante condiciones de amenaza.

Cuando una persona percibe riesgos de diferente tipo y grado sufre múltiples cambios psicobiológicos. Aparece en el hipotálamo una hormona precursora que estimula en la hipófisis la liberación de corticotropina que a su vez estimula en las glándulas suprarrenales la producción de cortisol[vii], que en pequeñas dosis como lo sugiere Seyle, facilita el metabolismo de la glucosa, proporciona un incremento natural de energía, regula la presión de la sangre, activa el sistema inmunológico… Sin embargo, cuando la condición de amenaza o estrés se prolonga, el cortisol comienza a tener un efecto nocivo: la función de la tiroides es afectada, los niveles de azúcar en la sangre se desequilibran, aumenta la presión arterial… Cuando durante periodos prolongados el cerebro es inundado de cortisol, biológicamente se detienen las funciones de reparación y construcción de tejido nuevo. En el estrés el circuito simpático del sistema nervioso autónomo se mantiene activado de manera dominante y desplaza a su contraparte “el parasimpático”. A partir, por ejemplo, de las 170 pulsaciones por minuto, con el sistema simpático en máxima actividad, el funcionamiento cognoscitivo se comienza a desorganizar y la persona se aproxima al umbral del pánico.

En el modo de defensa y con la adrenalina y el cortisol elevado, la sangre deja de fluir con suficiencia a los lóbulos pre-frontales o cerebro ejecutivo de la persona. La circulación es inmediatamente distribuida hacia los músculos, sistema nervioso periférico y óseo. El organismo todo, automáticamente se dispone a correr, a pelear –o a veces a paralizarse de terror–, la calidad del pensamiento es pobre y reactiva –no integradora–. La claridad de las funciones cognoscitivas y la capacidad de tomar decisiones complejas se obstruye notablemente.

Un niño inteligente de pronto en estado de defensa no tiene idea de cuánto es dos por dos, olvida todo lo que había preparado para el examen; Un adulto se paraliza cuando tiene que hablar en público, aun cuando se trate de un tema que conoce bien. Cuando en una relación interpersonal se activa el modo de defensa la persona de pronto sólo percibe amenaza, está concentrada en atacar o en protegerse más que en escuchar razones y en abrirse a nueva información. Cuando durante una interacción dos personas se estimulan mutuamente su modo de protección pueden funcionar de manera estúpida y destructiva.Rick Hansome[viii] se ha referido al modo de defensa y al de crecimiento respectivamente de una manera más gráfica y didáctica como “la zona roja y la zona verde”.

Cuando papá se encuentra en plena proceso de vomitarle un buen sermón educativo a su hijo, hija –o pareja– a menos que ésta se encuentre verdaderamente dispuesta a oírlo, entrará la zona roja (de protección) sin que el padre tome siquiera conciencia de ello. Mientras papá “de manera seria, responsable y bien intencionada” le hace llegar a su hijo una serie de reclamos, sugerencias, consejos, advertencias… el joven se pone tenso y se desliza imperceptiblemente al modo de defensa-protección. Sus brazos permanecen obstinadamente cruzados como queriéndose defender de la andanada de argumentos todos lógicos e impecables. Esta interacción, resultaría graciosa si no fuese tan dramáticamente costosa y destructiva. Papá, con sus sermones, parece estar vaciando y derramando inútilmente una jarra tras otra de líquido informativo en el recipiente mental del joven. Las muestras de defensividad en la postura del joven resultarían tan obvias para cualquier observador del evento… menos para el papá que desde su propio modo de defensa al no sentirse escuchado por su hijo sigue obstinado en convencerlo; sigue enredado en el juego de primer orden[ix] le sigue recetando más de lo miso; sigue promoviendo sin quererlo resistencia al cambio y estupidez colectiva entre ambos…

Un padre de familia o un maestro necesitan para el mejor desempeño de sus funciones como educadores tener un conocimiento mínimo acerca del proceso de neuro-aprendizaje emocional de gran relevancia para el desarrollo de su hijo o alumno. Paradójicamente la parte del cerebro especializada en el aprendizaje asociativo- emocional, se mantiene abierto y receptivo ante la presencia de eventos inesperados y amenazantes. La amígdala, estructura central para el procesamiento y consolidación de la memoria emocional, se activa ante la presencia de eventos inesperados[x] y suele requerir de un ensayo –sólo uno suele ser suficiente– para procesar “y grabar” eventos inesperados, amenazantes, críticos… Una buena regañada, ridiculizada –o cualquier tipo de violencia física o verbal– es capaz de producir un aprendizaje asociativo implícito[xi] e inmediato en forma de ecuación (yo-tonto; yo-estúpido; hablar en público-peligro; autoridad-amenaza…). Por otro lado, de manera paradójica en condiciones de crisis los núcleos laterales de la amígdala abren “sus puertas” a los estímulos aferentes del medio ambiente que son concentrados y distribuidos por el tálamo. Simultáneamente los lóbulos prefrontales también conocidos como “el cerebro ejecutivo” reducen al mínimo su capacidad de procesar e integrar información. La llave de entrada para la circulación de nueva información se cierra y los lóbulos prefrontales parecen ponerse provisionalmente en estado de pausa. Así pues, en situaciones de crisis –cuando se abre la amígdala y el cortisol se eleva–, la sangre como parte de un mecanismo de compensación fluye mínimamente por la corteza prefrontal.

¿Cómo se manifiesta esto en el salón de clase? Cuando el alumno percibe amenaza –durante esos instantes– lo único que puede aprender desafortunadamente es una asociación negativa: a tenerle miedo al maestro, a sentirse intimidado, defensivo, atacado inseguro… Mientras la amígdala, base del aprendizaje emocional asociativo, se mantiene “abierta y procesando”, los lóbulos prefrontales están sub-irrigados, en estado de suspensión provisional. Ello explica la gran dificultad con la que aun un alumno brillante en estado de estrés, difícilmente puede responder a la pregunta ¿cuánto es dos por dos?

Uno de los subproductos masivos no deseados de “la educación” centrada en premios y castigos es precisamente el aprendizaje del temor. Personas inteligentes, ya adultas egresadas de cualquier nivel educativo, saben –con gran pena– lo que significa paralizarse de miedo ante la experiencia de hablar con una autoridad o exponer públicamente una idea o proyecto…

No importa pues cuántos litros de buena información sean depositadas en el escuchador en estado de amenaza… El educador bien intencionado en proceso de regañar, corregir, instruir… mientras habla sin cesar e intenta depositar palabras en el cerebro del otro, no se da cuenta ni remotamente, precisamente por estar tan concentrado –o distraído– en cambiar al otro… que nada de lo vertido se integra como información útil. Ni una sola gota de su bien intencionada información es procesada, ni traducida a aprendizaje, nada de conocimiento útil penetra a tierra fértil, todo se desparrama. El supuesto escuchador que se resiste a fungir como objeto-deposito, tiene cerrada la llave de entrada del aprendizaje significativo.

En el terreno de las relaciones interpersonales, la percepción de ser manipulado, o presionado por cualquier medio, a pesar de la indiscutible razonable y buena intención del cambiador, suele ser percibida como amenaza y empuja a la persona a su zona roja. Así, cuando la persona está centrada en protegerse, no le queda disposición para abrirse a considerar otras perspectivas.

El ser humano parece percibir, con especial sensibilidad, en forma de experiencia amenazante incluso los mensajes implícitos[xii] de “tienes que cambiar”. Un niño con hambre o con frio, puede resistirse a comer o a abrigarse cuando percibe el intento de la autoridad por protegerlo, como una imposición. A ese niño “resistente al cambio” después se le puede catalogar de conducta desafiante e iniciar al interior de la familia un intercambio cíclico de conductas altamente disfuncionales que arrollan a todo el sistema. La mamá exige, el niño se resiste, mama al intentar controlar, más amenaza, grita ofende… el niño se defiende, la relación se deteriora y la resistencia al cambio se incrementa…

Juan, padre de familia, un día hace cumplir un acuerdo previamente establecido con su hija: Los sábados los permisos para salir son gratuitos, sin embargo, el permiso para salir los viernes están condicionado a un mínimo de rendimiento académico: no tener más de tres reprobadas en las calificaciones escolares del mes previo. Ese viernes cuya semana comenzó con cuatro reprobadas coincide con la fiesta de quince años de una de las mejores amigas de su hija que le pide insistentemente a papá justo al momento de la cena:

–Déjame ir, es súper importante para mí, porfis, porfis…

–Lo siento mi hija con cuatro reprobadas no puedes salir, esa regla tú ya la conoces” –papá se arma de valor y se sostiene.

La hija después de insistir e insistir se cansa y sale del comedor dando un portazo y exclamando: ¡Te odio, eres el peor papá del mundo, muérete, púdrete, desaparécete!

En ese momento la niña está verdaderamente alterada, su cortisol está elevado y sus lóbulos prefrontales se encuentran mínimamente irrigados. Su capacidad para razonar se encuentra en su nivel mínimo. La joven se encuentra “secuestrada” por su amígdala. Si en ese momento, papá responde al exabrupto con más regaños, sermones, advertencias… seguramente se encontrará con una escalada desproporcionad del conflicto. Lo que papá diga, a pesar de su buena intención, lastimará más a su hija y lo que ésta diga lastimará más a su padre. En un estado tal de crisis, los lóbulos frontales están poco irrigados y son incapaces de procesar información compleja. Al mismo tiempo la amígdala, se encuentra abierta y activa, procesando estados emocionales de amenaza (miedo, temor, ansiedad…) Esa pequeña “almendra con memoria de elefante” parece registrar y guardar todo lo que ocurre en los momentos de crisis. Por eso las heridas, provocadas mutuamente en una relación en estado de crisis, son tan fáciles, tan instantáneamente fáciles de grabar –en unos segundos–y con frecuencia tan difíciles de sanar…

Esta condición psicológica de mantener cerrada la llave de entrada de nuevos aprendizajes integrativos es paralela al estado de alerta por guerra o amenaza durante la cual es necesario poner pausa a cualquier actividad recreativa. Durante los estados de emergencia el organismo detiene provisionalmente su proceso biológico de asimilación de nuevos nutrientes y de “reparación y construcción de nuevo tejido” para dedicarse las tareas de “pelear o huir”.

El modo de crecimiento

Es solamente a partir de la última década del siglo XX que se inicia de manera importante el estudio de la contraparte del modo de defensa, es decir del estudio de la zona verde. Barbara Friederickson ha elaborado sobre la presencia del estado de crecimiento al que se ha referido también como de “conexión y calma”. La presencia de sentimientos agradables o micro momentos de experiencias emocionalmente positivas en el organismo genera cambios verificables en la dirección de “la conexión y calma” –según ha podido documentar Friederickson[xiii].

Así como el cortisol funge como la “hormona representativa” de la respuesta de estrés ante la percepción de amenaza, existe la contraparte, un neuropéptido; la oxitocina, cuya presencia disminuye el nivel de cortisol y estimula el estado de conexión y clama. La oxitocina ha sido tradicionalmente vinculada con la experiencia del parto; su presencia justamente se dispara para facilitar las contracciones que llevan a un alumbramiento exitoso. En otro nivel además, la oxitocina, promueve la experiencia del vínculo emocional que se establece en entre la madre y el pequeño bebé. Las experiencias de contacto físico agradable en general estimulan la presencia de oxitocina.

Cuando a la persona, según lo ha documentado Frederickson, se le presentan estímulos positivos “subliminales” (imágenes) con duración de menos de cuarenta milisegundos, tiende a responder de manera “flexible y constructiva”. Por otro lado, ante un estimulo subliminal negativo, la persona suele responder con una postura más rígida y excluyente.

La disposición a ampliar y construir constituye, según Frederickson la característica principal del funcionamiento del ser humano ante los estímulos emocionales positivos[xiv]. Por ejemplo, ante una situación de conflicto, la persona que ha sido expuesta previamente a estímulos positivos, se inclinará más a responder con soluciones incluyentes que tomen en cuenta las necesidades de ambas partes. Por otro lado, los sujetos que recibieron estímulos amenazantes, aun sin ser conscientes de ellos, reaccionan ante situaciones de conflicto desde una perspectiva más estrecha y destructiva; tienden a la exclusión, el castigo… Pareciera ser, concluye Frederickson, que ante la amenaza la percepción se estrecha y ante la seguridad la percepción se amplía.

Según Marcy Axness: “En cada nivel y etapa de nuestro desarrollo nos hacemos esta pregunta fundamental: ¿Estoy suficientemente a salvo y seguro en estas condiciones para poder crecer a mi potencial óptimo, o las condiciones actuales son amenazantes, peligrosas, inseguras… que me debo proteger y limitar mi potencial para poner mi energía en defenderme?”…[xv]

El desarrollo tecnológico para el monitoreo de la actividad cerebral a través de imágenes (resonancia magnética, tomografía de emisión de positrones…) ha permitido, por otro lado, detectar actividad en vastas aéreas del cerebro ante una gran variedad de estímulos incluso imperceptibles a la conciencia. En uno de los estudios ya clásicos publicado en la revista Nature[xvi] los sujetos del experimento fueron sometidos a un procedimiento de condicionamiento pavloviano con la presentación de un fuerte sonido (como estímulo incondicionado) y una cara enojada (estimulo condicionado) presentada subliminalmente durante sólo cuarenta milisegundos. Cuando el estímulo condicionado –la cara– fue posteriormente presentado solo en su versión subliminal se detectó activación en la parte derecha de la amígdala, Pero cuando la presentación “la cara enojada” fue presentada en su versión prolongada y visible, fue entonces la amígdala izquierda la que mostró actividad. Más allá del hallazgo sobre la lateralización del procesamiento de información en la amígdala (derecho-inconsciente, izquierdo-consciente) cada vez está más documentada la capacidad del organismo de procesar información “subliminal”, y en particular de la amígdala de procesar información implícita[xvii].

Bechara y colaboradores[xviii] sometieron a un grupo de personas a una condición experimental de ganar o perder dinero en altas o en bajas cantidades dependiendo del color de la carta. Las cartas rojas significaban mayor riesgo que las azules –condición que los sujetos del estudio ignoraban. Una medida de activación del sistema nervioso simpático, ante la percepción de amenaza, es la sudoración de la palma de las manos que en dicho estudio fue monitoreada por los investigadores. Después de haber sido mostradas un promedio de diez cartas “mezcladas”, los sujetos del experimento comenzaron por un lado a mostrar sudoración en las palmas de sus manos –ante la elección de cartas rojas– y a modificar sus preferencias a favor de las cartas azules. Fueron, sin embargo, necesarios otros cuarenta turnos para que los sujetos del estudio comenzaran finalmente a verbalizar, a darse cuenta conscientemente, que las cartas rojas significaban mayor riesgo. Pareciera ser, concluyen los autores, que el cuerpo registra y reacciona de manera tangible ante el riesgo mucho antes que lo pueda hacer la mente consciente.

Procesamiento subliminal del lenguaje

El lenguaje tiene el poder potencial de estimular de manera imperceptible para la conciencia inmediata de la persona, el modo de defensa. El lenguaje, como en los experimentos con estímulos de cuarenta milisegundos, aparece a simple vista como un vehículo neutro para transmitir información. Sin embargo en un análisis más fino se sabe que aun las expresiones verbales inocentes suelen filtrar imperceptiblemente –implí-citamente– matices de amenaza. La sola intención de cambiar a una persona, a través de una conversación, puede ponerla en estado de alerta. El modo de protección-defensa se activa de manera imperceptible, por ejemplo, cuando en el transcurso de un intercambio cotidiano, aparecen inadvertidamente frases construidas con el verbo ser y con adjetivos o expresiones como: No tienes razón; la cosa no fue así; tu deberías; nunca debiste; la verdad es que; no tienes por qué sentirte así… frases cuya intención implícita –probable-mente registrada y procesada por la amígdala[xix]es cambiar al prójimo antes que entenderlo.

El lenguaje es pues mucho más que un medio simple y directo para transmitir mensajes y nombrar objetos, el lenguaje no es un instrumento neutro. El lenguaje implica un proceso con variados niveles, matices, y efectos. Hay palabras, oraciones, gestos, entonaciones, que por su “contendido” implícito pueden ser registrados por la amígdala y tener el efecto de apretar el botón de la zona roja, echar a andar el sistema autónomo simpático de alarma, estimular el modo de defensa; Pueden ser frases sencillas que promueven en el otro la percepción de estar separado…de ser un objeto, un instrumento, un obstáculo, una amenaza…

El lenguaje utilizado por una persona representa a la vez su forma de conciencia, su sello personal, su manera de funcionar en el mundo… Desafortunadamente el lenguaje está tan saturado de expresiones cargadas de intolerancia, autoritarismo, desconfianza en el otro, expresiones promotoras de separación y de violencia implícita… que tal vez el lector se pregunte ¿Y si no las digo, me quedo mudo? Si me quitan el único lenguaje que tengo, si me abstengo de usar el verbo ser y sus aliados los adjetivos, ¿qué me queda? si con ellos construyo el 90 por ciento de mi discurso.

Existe por un lado un lenguaje que promueve la experiencia de separación y amenaza –el modo rojo. Existe asimismo un lenguaje que estimula la apertura y el aprendizaje interpersonal, un lenguaje que construye percepciones de unidad, de conexión, de comprensión –el modo verde. Dicho lenguaje estimulador de la conexión, como el de los soldados de la tregua navideña en la primera guerra mundial, es de tipo fenomenológico, esto es, se limita a escenas de experiencias donde existen sentimientos interiores y contextos exteriores… Prescinde de adjetivos y del verbo ser. El lenguaje descriptivo, honesto y transparente, es sorprendentemente facilitador, de la conexión, del diálogo…

La experiencia nos acerca, la ideología –con sus adjetivos, verbos ser y deberías… nos separa.

La observación del lenguaje, es básico en el proceso de crecer en conciencia. Al poner atención a nuestro lenguaje, podemos reconocer nuestras formas internas de construir realidades en diferentes contextos. A través del lenguaje los humanos esculpimos nuestra forma de relacionarnos con la pareja, con los hijos; con los padres; con los hermanos, con los alumnos, con los compañeros de escuela, de trabajo…Observar el propio lenguaje no implica sólo asomarse a su dimensión formal –ortografías y sintaxis–, la consigna de observar el lenguaje implica especialmente el reconocimiento del dialogo interno y de dimensión implicita. Cuando otra persona, por ejemplo, está compartiendo sus puntos de vista, sentimientos, percepciones… el interlocutor puede estar activamente involucrado en generar juicios, cuestionamientos, críticas… puede estar más bien ocupado en corregir al otro que en entenderlo. O bien puede provisionalmente suspender el flujo de sus propios pensamientos –su dialogo interior– y en su mente guardar silencio para verdaderamente escuchar y apreciar la experiencia del otro. Es imposible entrar al mundo del otro que a veces se expresa en susurros mientras el interlocutor está inmerso en un dialogo interior a todo volumen.

Para tener acceso a la dimensión de la conexión se requiere, durante una conversación, permanecer provisionalmente sólo por unos minutos, escuchando atentamente, silenciosamente, interesadamente… El centro de atención de pronto está en la experiencia concreta de lo que la otra apersona vivió, leyó o escuchó… de sus miedos, de cómo aprendió de niño o de joven a desconfiar, a temerle a viajar, a ser lastimado, a la burla, a ser robado, traicionado, decepcionado…

Cuando alguien se siente atacado suele enviar un mensaje desconectado de su propia experiencia y utilizar un lenguaje culpígeno, enjuiciador (tu deberías, eso no está bien…) que dificulta a su vez la conexión con el otro y estimula la experiencia de separación. Puede en ese momento quedarse atrapado en el juego de tú me atacas luego yo me defiendo… o moverse al modo alternativo de tú me atacas, luego yo traduzco tu molestia a una escena a un sentimiento que quiero entender…

El patrón de la espiral de violencia se puede prolongar indefinidamente o interrumpir dependiendo de la respuesta que emita el profesor Jorge ante el reclamo de su alumno: ¡Usted es un injusto!… El profesor Jorge escucha dicha afirmación cargada de emociones y envuelta en una oración que desde el punto de vista de la lógica formal rompe con todas las leyes de los silogismos. Una parte de él, racional y lógica, puede preguntarse ¿Cómo puede decir que yo soy injusto si siempre he tratado de actuar con justicia, y de hecho la vez que castigue a este joven fue por romper el reglamento que muy claramente establece… En otras palabras el profe puede centrarse exclusivamente en el contenido explícito del reclamo y hacer una análisis lógico de tal afirmación concluir que se trata de algo insostenible; una afirmación muy subjetiva que no concuerda con la realidad… El profe Jorge se puede abocar exclusivamente al análisis del contenido y desde esa perspectiva contestará con argumentos lógicos: “Si bien recuerdas el jueves once de marzo fuiste advertido del reglamento y se te dijo que si volvías a llegar tarde serias suspendido, tú no puedes decir que soy injusto….”

La secuencia de la violencia y el distanciamiento progresivo, sin embargo, puede tomar un giro totalmente diferente cuando el profesor Jorge entiende que el lenguaje de la amígdala –es decir de las emociones– es implícito. Esto significa que a través de una frase explícita –usted es injusto– que puede ser desde el punto de vista lógico y racional cuestionable, inexacta infundada… se está siendo enviado un mensaje de otra dimensión, un mensaje emocional que no puede ser descifrado por la mente racional –por el hemisferio izquierdo de la persona–. La amígdala utiliza una expresión arbitraria para decir “me sentí lastimado¨. La amígdala en otras palabras no sólo procesa información implícita; La amígdala cuando tiene algo que expresar no puede hacerlo de manera lógica, explícita y secuencial como el hipocampo. La amígdala utiliza el único lenguaje que conoce: el lenguaje implícito.[xx] Si el interlocutor está limitado para sólo leer y reaccionar ante el contenido explicito –una afirmación cuestionable sobre la realidad –Ud. es injusto– jamás podrá conectar a la persona, jamás entenderá su experiencia emocional que no se rige por las leyes de la lógica o la razón.

El camino de la conexión se inicia con un pequeño gran cambio de dirección; con un reconocimiento del sentimiento implícito en dicha frase; con un humilde:

–Me imagino que estás tal vez enojado o indignado conmigo… que verdaderamente te has sentido injustamente tratado por mí.

Después de este pequeño “me imagino”, el profe procede a hacer algo de profundo impacto y sencillez: invitar a su alumno a compartir una experiencia concreta, una escena de sentimiento fuerte, una foto, una descripción fenomenológica…

–¿Platícame de un ejemplo que yo pueda imaginar de cómo fue para ti la experiencia de sentirte injustamente evaluado, regañado, castigado, tratado… por mi? Quiero entenderte, te prometo que no te voy a interrumpir.

Del lenguaje enjuiciador al cuántico

Los descubrimientos de la Física cuántica de las últimas décadas sugieren un comportamiento diferenciado de la materia y de la energía. La física newtoniana esbozada a partir de 1687 es aplicable al comportamiento de la materia “del nivel atómico hacia arriba” en condiciones estables. Sin embargo, en el nivel sub-atómico el comportamiento de la materia y la energía es total y contrastantemente diferente. El debate sobre la naturaleza de la luz es un ejemplo de las contrastantes perspectivas de las dos físicas. Mientras desde el siglo XVII, el mismo Isaac Newton defendía la noción de la naturaleza corpuscular de la luz, simultáneamente Christian Huygens afirmaba que por el contrario la luz “era” de naturaleza ondulatoria[xxi].

Varios siglos después del “Principio Mathematica” de Newton, la física cuántica vino a esclarecer la controversia al más puro estilo oriental. Cuando el bombardeo de fotones pasa a través de una lámina de acero ranurada, el comportamiento de éstos es ondulatorio. Pero si al paso por dichas ranuras se coloca un lente que registre la presencia de dichos fotones, estos automáticamente, sorprendentemente…ante la sola condición de colocar un aparato observador– se comportan corpuscularmente, es decir en forma de partículas.

Ante esta evidencia inesperada pero contundente, el hablar en términos de ser ondas versus ser partículas como dos categorías excluyentes resulta insostenible. Desde la lógica aristotélica y sus leyes del silogismo si algo pertenece a la categoría de rojo no puede ser también amarillo o si es amarillo no puede ser azul, si es perro no puede ser gato; si es avión no puede ser bicicleta. Según las leyes de los silogismos una cosa no puede ser algo y no serlo a la vez; no puede pertenecer simultáneamente a dos categorías excluyentes. Ante la pregunta ¿La luz es ondas o es partículas? podemos reconocer que justamente en la manera de plantear el problema está la dificultad de resolverlo. Si utilizamos el medieval verbo ser nos vemos atrapados y forzados a elegir una de dos cualidades o sustantivos incompatibles.

La luz ¿es ondas o es partículas? Para resolver un problema posmoderno o mejor dicho para entender un nuevo hallazgo de la mecánica cuántica, para asomarnos a una dimensión de la realidad que apenas se comienza a esbozar no podemos usar el lenguaje aristotélico, newtoniano, medieval… atrapado en el verbo ser –diferente al verbo estar–. La salida del dilema está en enunciar “la disyuntiva sobre la naturaleza de la luz” de una manera impecablemente descriptiva, fenomenológica, operacional, cuántica… lo cual implica prescindir del verbo ser:[xxii] La luz se comporta como ondas cuando es observada desde cierta perspectiva y por otro lado se comporta como partículas cuando es observada en condiciones diferentes… punto.

En el terreno de las relaciones interpersonales también a través del lenguaje nos podemos mover al interior de alguna de las dos dimensiones de la realidad. En el nivel newtoniano percibimos la realidad de manera dicotomizada; nos percibimos separados los unos de los otros. Cada vez que nos comunicamos con un discurso inundado del verbo ser, de adjetivos, de deberías… construimos una percepción en el otro de amenaza, de separación… El utilizar un lenguaje descriptivo y sin adjetivos ni verbo ser afecta nuestra percepción de la relación con el otro en diferentes niveles.

Por un lado, en la práctica educativa, se acepta generalmente la importancia de abstenerse de utilizar adjetivos negativos. Un adjetivo negativo acompañado del verbo ser –eres tonto, irresponsable, inútil– coinciden psicólogos y pedagogos de diversas orientaciones, tiene un efecto negativo en la autoestima del ser humano, especialmente en sus etapas tempranas.

Derivado de esta visión ¿es entonces lo adecuado llenar al hijo o al estudiante más bien de adjetivos positivos como eres un campeón, eres muy listo, muy inteligente…? Carol Dweck,[xxiii] se ha dedicado a responder esta pregunta. En uno de sus estudios iniciales les solicita a un grupo de pequeños llevar a cabo una tarea. A cada niño entonces de manera individual se le asigna al azar a una de dos condiciones experimentales. Al finalizar la primera tarea a unos les dice precisamente: Eres muy listo, lo hiciste perfecto eres muy inteligente… Al otro grupo de niños no se les reconoce por su inteligencia o capacidad sino por su esfuerzo. Estos niños reciben de parte del adulto investigador frases como: Me imagino que te debiste haber esforzado para lograr hacer esta tarea. Mientras a unos se les apreciaba su esfuerzo a otros con un “lenguaje de verbo” se les reconocía su inteligencia y capacidad. Después de dicho reconocimiento, a todo el grupo se le invito de manera voluntaria a intentar ahora llevar a cabo una segunda tarea “…que va a ser más difícil” –se les dijo. Los resultados mostraron que los niños reconocidos por ser inteligentes prefirieron de manera significativa no arriesgarse y abstenerse de hacer la tarea “difícil”. El el 90 por ciento del otro grupo –los niños sólo reconocidos por su esfuerzo– se arriesgaron a tomar el reto. El primer grupo desarrolla de acuerdo a la perspectiva de Dweck una disposición mental fija (fixed mind set) mientras el segundo grupo desarrolla lo que la autora refiere como una disposición mental de crecimiento (growth mind set). Dichos resultados sugieren que alguien que ya ha recibido la etiqueta de “ser” inteligente o brillante ocasionalmente se va a enfrentar a situaciones donde sus identidad “fijas” se verán amenazada ante la posibilidad de no obtener los resultaos esperados y preferirá no explorar nuevos retos.

Por otro lado a las personas con disposición mental al crecimiento (DMC) experimentarán menos el miedo a equivocarse, a ser imperfectos; les resultará menos amenazante cometer errores los cuales serán traducidos simplemente a oportunidades de aprendizaje y no a ocasiones de tortura y de auto-regaño obsesivo. Los sujetos con DMC parecen asomarse con más ligereza a nuevos retos pues han desarrollado la capacidad de reconocer su esfuerzo independientemente del resultado inicial. Contrastantemente aquellos con disposición mental fija –a pesar de su inteligencia– la sola idea de fracasar en una tarea parcial o totalmente desconocida tendrá efectos paralizantes. Finalmente pues no sólo los adjetivos negativos sino también los positivos y bien intencionados tienen su efecto limitante en el desempeño de las personas y en el desarrollo de su disposición a la apertura y el crecimiento o a la estrechez y la defensividad.

En el terreno de las relaciones interpersonales, el lenguaje descriptivo –sin adjetivos ni verbo ser– parece promover más allá de una cierta seguridad personal, un notable efecto en la promoción de la experiencia de conexión. Al no sentirse amenazado la persona que escucha una foto de la experiencia ajena, de manera suave e imperceptible, simplemente se dispone con todo su cuerpo desde su zona verde: con su oxitocina, con su sistema parasimpático, con su modo de crecimiento, con sus neuronas espejo, con su ínsula anterior…[xxiv] a concentrar su energía en entender, en conectarse, en imaginarse la experiencia del otro… La persona que escucha la descripción de una experiencia de manera impecablemente fenomenológica –sin verbo ser ni deberías, ni adjetivos– se comienza a deslizar, de manera imperceptible, desde el modo de amenaza hacia al modo de crecimiento y apertura. Su percepción se comenzará a abrir y de pronto él mismo se sorprende de sentirse menos empujado a juzgar, a defenderse, a criticar…

De la percepción newtoniana a la cuántica

En uno de los experimentos emblemáticos de la física cuántica, sobre el fenómeno del entanglement, dos fotones separados por fibra óptica, a cientos o miles de kilómetros, de pronto se comportan de manera sorprendentemente sincronizada. Es como si dos bailarines cada uno en una galaxia distinta iniciaran una danza perfectamente armónica. No hay de por medio ni teléfonos celulares ni aparatos de intercomunicación cósmica y sin embargo los bailarines se desplazan al unísono; el movimiento de uno corresponde al movimiento del otro. Los fotones del entanglement están separados en el nivel newtoniano y sin embargo se comportan, a pesar de la distancia entre ellos, de manera absolutamente simétrica. En el nivel cuántico dicha sincronía en la distancia sólo puede explicarse como un fenómeno de conexión; Están separados geográficamente, pero en el nivel más profundo –subatómico– están unidos.

Desde la perspectiva del modelo cuántico de la física, el fenómeno del entanglement sugiere una nueva versión de realidad; sugiere un distanciamiento de la visión de separación y un acercamiento a la visión de la unidad. La percepción de un mundo separado lleno de personas, animales, fenómenos, nubes, arboles, lagos de pronto resulta ser una ilusión… en el nivel más profundo de la realidad resulta que todos somos uno. Fritjov Capra uno de los primeros científicos divulgadores de la física cuántica decía. Entre más estudio física cuántica más se parece a la mística…[xxv]

Una persona que de pronto se comunican de manera impecablemente fenomenológica mientras a su vez es imaginado por su interlocutor que permanece atento y a la vez en silencio interior… participa en el fenómeno de la conexión.

Autores de orientación budista distinguen la función de la actividad mental en cada persona como una especie de perico con múltiples sub-personalidades que no se calla; como un auditorio lleno de egos que no dejan de vociferar, discutir, opinar… Por otro lado, fuera del desfile de egos, existe la función del observador neutral, ese lugar desde el cual la persona puede reconocer la actividad de la mente[xxvi] –pensamientos, imágenes, sensaciones– sin identificarse con ella. En términos coloquiales –en la práctica de la meditación y de la atención plena– la función del observador es convocada al cuando solicitar al practicante: Puedes ver tus pensamientos como trenes sin subirte a ellos… no te pelees con ellos, no les saques plática, sólo obsérvalos… sin subirte a ellos.

Por un momento el profe Jorge es capaz de poner en pausa su obsesión por cambiar al otro o su deseo de convencerlo, disuadirlo, hacerlo escarmentar, domarlo… (por su bien desde luego); Con su mente en silencio, comienza entonces a abrir espacios protegidos para primero escuchar a su alumno y después, cuando tiene algo que expresar utiliza de manera cuidadosa su lenguaje que se va transformando de lo causal y enjuiciador a lo descriptivo-fenomenológico; del tú deberías al yo deseo; de eso está mal al yo experimento dificultad para aceptar o aprobar dicha conducta; Del tú eres grosero, indisciplinado, flojo, irresponsable… al cuando yo estoy explicando en el pizarrón y te veo platicando con tu compañero de la izquierda yo me siento distraído, incomodo, no apreciado, desconcentrado, enojado… Del auto azul es más bonito al yo prefiero el auto azul… Del nunca cumples, al cuando ayer deje una tarea y no la traes me siento desconcertado y me pregunto ¿qué te pasa?… Entonces el alumno al no ser provocado su modo de defensa, puede imaginar con mayor facilidad la experiencia del maestro o de sus compañeros.

Toda la comunidad educativa puede iniciar entonces de manera imperceptible pero poderosa el camino: de la conexión; de la generación de una conciencia de unidad –de momentáneamente saberse parte de lo mismo– de la construcción de nuevas realidades, de nuevas formas de relacionarse y de entender el mundo. Ambos se mueven así mismo de un estado de defensa a un estado de apertura, del modo biológico de protección al de crecimiento; del modo de ataque al modo de compasión…

La práctica del diálogo protegido en el salón de clase “en un lenguaje impecable” facilita la integración de nueva información; la construcción de una nueva estructura de relación y de conocimiento donde las múltiples realidades por incompatibles que parezcan pueden convivir para conformar una nueva realidad, una nueva relación de orden más elevado, más complejo, más avanzado, más inteligente… donde resulta posible que la luz, “sin ser” partículas se comporta como tales y “sin ser” ondas se comporta como si lo fuera.

El escuchado y el escuchador juntos en el proceso de dialogo recrean su propia versión interpersonal del entanglement; Tocan la sensación de “todos somos uno” implícita en el experimento de los dos fotones que a la distancia bailan al mismo ritmo, al mismo “spin”.[2]

Los estudiantes que tienen la fortuna de escuchar y de ser experiencialmente escuchados por un instante tocan una extraña sensación de conexión; de pronto desaparecen los obstáculos de comunicación, las diferencias ideológicas, culturales, económicas… La otra persona comienza a ser percibida como parte de mí y yo de ella. Por un momento nada estorba: ni el modo de vestir ni su color de piel o su religión, tampoco sus aficiones deportivas o adherencia al equipo de fútbol contrario. Emerge la misma sensación de hermandad que justamente experimentaron los soldados enemigos en aquella memorable noche de conexión en la tregua de navidad de 1916 durante la primera guerra mundial.

¿En qué momento se rebasa el umbral entre la percepción newtoniana y la cuántica?… ¿entre la convicción de estar irremediablemente separados y la certeza de saberse unido profundamente y ser parte de un todo?… ¿entre creerse amenazado por el otro o ser parte de él… y él de mi? Creemos que en el momento de compartir experiencias en un lenguaje narrativo, secuencial, descriptivo, conectado, honesto transparente… es justamente uno de los caminos privilegiados para atravesar el umbral de la conexión.

¿Ego o neuronas espejo?

Ante su alumno de segundo de secundaria, el profe Jorge puede provisionalmente guardar silencio interior y observar la actividad de su propio ego controlador y defensivo que suele arrollarlo a ver a su alumno como un objeto, obstáculo, instrumento… Puede mantenerse en el nivel de observador de sus propios trenes del pensamiento que lo instan a controlar, regañar, instruir, amenazar…

Puede, sin embargo, además de guardar silencio interior, también conectarse y poner toda su atención en la experiencia de su alumno. Puede por un momento apagar su ego y prender sus neuronas espejo y todo su sistema biológico de la empatía y la compasión… El dilema en otras palabras ya no es sólo entre auto observarse y subirse tren del ego… el dilema se presenta ahora en otro nivel: entre la función del ego con su variedad de respuestas automáticas y la empatía que se centra en exclusivamente en imaginar al otro no sólo en lo que literalmente dice sino especialmente en lo que implícitamente siente.

El SNA: El sistema autónomo (SNA), como parte del sistema nervioso, también tiene su propia división en relación a los dos modos de funcionar y percibir al mundo. El SNA consta de dos ramas: El sistema simpático y el parasimpático que aunque complementarios son excluyentes. La actividad de un modo desconecta a su contraparte.

Ante la percepción de amenaza se echa a andar el sistema simpático y se inicia un proceso de alerta con las consiguientes reacciones de pelear, huir o congelarse de miedo. Por un lado en el modo simpático se liberan cantidades de adrenalina y noradrenalina y aumenta la presencia de cortisol. Se inicia un incremento en frecuencia cardiaca, mayor irrigación en los músculos y menor circulación en la periferia y en los lóbulos prefrontales…

Por otro lado, cuando se dan cambios, tan sencillos como una respiración pausada y profunda, la emisión de una sonrisa o la percepción de un ambiente seguro, se estimula el sistema parasimpático, con sus propios neurotransmisores como la acetilcolina y en cierta medida la oxitocina que afecta el tono vagal de la respuesta cardiaca que dirige al sistema circulatorio hacia un estado de relajación y calma[xxvii]. El estado de seguridad y relajación resulta pues en una desactivación del simpático y una consecuente disminución del cortisol y la adrenalina. El organismo no puede al mismo tiempo activar el modo simpático y el parasimpático; o percibir la realidad de manera cuántica y newtoniana; no puede responder con el ego y con el sistema biológico de la empatía; No puede mantenerse en modo de protección y en modo de crecimiento; en modo de defensa y en modo de conexión; en modo de apertura y en modo de estrechez; en modo de pelear o huir y en modo de calma y relajación; en la zona verde y en la zona roja; en estado de guerra y en estado de paz…

Venganza o compasión

Tania Singer, connotada investigadora del tema de la empatía, ha explorado algunas condiciones que influyen en la fluctuación en el continuo “compasión-venganza” (su propia versión de las zonas verde-roja). Singer y colaboradores monitorearon dos centros en el cerebro vinculados a dos estados emocionales contrastantes ante el dolor: la compasión y la experiencia de venganza. Por un lado está documentado que la Ínsula anterior del cerebro[xxviii] se activa cuando la persona experimenta empatía ante el dolor ajeno además de cuando es capaz de reconocer sus propias emociones. Sujetos de un estudio relacionado[xxix] mostraron respuestas claras de compasión ante el dolor cuando las personas observadas pertenecían a su mismo grupo de referencia (aficionados al mismo equipo de futbol, por ejemplo). Sin embargo cuando las personas observados en situaciones de dolor pertenecían a equipos diferentes o habían previamente sido observados haciendo trampa[xxx] los observadores que estaban siendo monitoreados en su actividad cerebral (en este caso hombres) mostraron, por un lado disminución de actividad en la ínsula anterior (indicador de empatía-compasión) pero por el otro lado aumento significativo en la actividad del nucleus accumbem (conocido como un centro de la experiencia de placer y recompensa al ser estimulados sus receptores de dopamina). En otras palabras ante el dolor de quienes habían actuado con dolo o pertenecían a un grupo “ajeno”, los sujetos observadores, en lugar de experimentar compasión (activación en la ínsula anterior), experimentaron placer según lo indicó la activación de su nucleus accumbem.

El ser humano puede pues responder ante el sufrimiento de dos maneras alternativas: con la experiencia de unidad, solidaridad, compasión, empatía… o con el modo de separación y venganza que lo lleva a experimentar placer cuando el que sufre pertenece a otro grupo o no exhibe lo que es considerado un comportamiento justo.

En el contexto escolar, un niño que no conforma con las reglas y patrones del grupo dominante tendrá más probabilidades de ser sujeto de bullying, según sugieren los hallazgos referidos. Los rasgos que promueven la percepción de “pertenecer a otro grupo” pueden ser variados: el color de la piel, el sobrepeso, su manera de vestir, su forma de hablar, su acento, sus gustos, su manera de vestir, sus afiliaciones deportivas, religiosas, ideológicas… En otras palabras la percepción newtoniana, de estar separados, se activa fácilmente ante la gran variedad de estímulos que nos recuerdan que: “tú y yo no somos iguales”. Sin embargo aunque es tan fácil destacar las diferencias y ver en el otro a un enemigo o a una presa, alguien a quien controlar o de quien defenderse… también resulta de repente tan sorprendentemente sencillo, tocar la dimensión de “somos uno”. El sencillo acto de arrancar una foto al otro y asomarse a ella de pronto convierte al extraño en prójimo… Ahí reside la esperanza.

 

 

[1] La expresión de Daniel Goleman “secuestrado por la amígdala” se refiere a la reacción emocional automática ante la amenaza física o psicológica en la cual la amígdala en sus función de banco de la memoria emocional active respuestas de alarma del sistema simpático –todo esto sin intervención alguna del área inteligente del cerebro “la corteza cerebral”

[2]Dos fotones s previamente unidos son separados por fibra óptica a miles, cientos o decenas de kilómetros —la distancia finalmente no hace gran diferencia— y se comportan de manera sorpresivamente sincronizada. En el justo instante en el que uno de ellos giran en un spin el otro a la distancia ejecuta el movimiento complementario. Este experimento conocido como entanglement cuestiona la concepción newtoniana de la materia. Los fotones en un nivel están separados por el espacio pero en otro están unidos, están conectados… Se trata de un fenómeno que no puede interpretares como transmisión de información a través del espacio como en un tiempo se entendía la telepatía. Nada, sostenía Einstein, puede viajar más rápido que la velocidad de la luz… y de pronto don modestos fotones se conectan instantáneamente a miles kilómetros de distancia.

[i] Ver Watzlawick, P. (1978). The language of Change. N. York: Ed. Basic books.

 

[ii] Ver síntesis de su enfoque y principios en: Taproots: Underlying Principles of Milton Erickson‘s Therapy and Hypnosis (Bill O’Hanlon; N. Y. 1981, Ed. WW Norton & Company).

 

[iii] Alvin Mahrer, durante sus procesos terapéuticos, no hace historias clínicas, no pregunta sobre familia de origen… Sus sesiones de terapia las inicia con la pregunta de un momento de sentimiento fuerte (The Complete Guide to Experiential Psychotherapy. New York: Wiley & Sons, (1996).

[iv] El documental “Entre maestros” (de libre acceso a través de you tube) describe una experiencia pedagógica innovadora, llevada a cabo por un maestro durante 14 días de transformación personal. En esta misma línea también ver el documental libre acceso. Educación Prohibida

[v] Cannon W. B. (1963) Bodily Changes in Pain, Hunger, Fear and Rage. 2da. Ed. Newton C. Mass.: Brandford.

[vi] Seyle Hans. The Stress of life. New York: McGraw-Hill, 1956

[vii] Ver: Elizabeth Scott (2011) Cortisol and Stress: How to Stay Healthy. Cortisol and Your Body. www.about.com Guide (Sept. 22).

[viii] Hansome Rick (2013) Hardwiring happinessEd. Harmony books New York

Self direced brain change. Ed. Sound true (2013).

 

[ix] Ibid (3).

[x] La presencia de eventos inesperados produce activación en la amígdala según ha sido documentado en el artículo de Cyril Herry, Dominik R. Bach 2, F. Esposito, F. Di Salle, W. Perrig… Processing of Temporal Unpredictability in Human and Animal Amygdala. The Journal of Neuroscience, 30 May 2007, 27(22): 5958-5966; (doi: 10.1523/ JNEUROSCI.5218-06.2007)

 

[xi] El aprendizaje implícito emocional es una de las funciones procesadas en la amígdala (“se siente pero no se alcanza a verbalizar”). A diferencia de la memoria declarativa, procesada en el hipocampo: J. LeDoux (2008), Scholarpedia, 3(4) doi:10.4249/scholarpedia.2698)

[xii] Ibid (17)

[xiii] Fredrickson, B. L. (2001). “The Role of Positive Emotions in Positive Psychology”. American Psychologist 56 (3): 218–226.

Fredrickson, B. L. (2003). The value of positive emotions” American Scientist 91, 330-335.

 

[xiv] Frederickson B, Ann M. Kring; David P. Johnson; , Piper S. Meyer, David L. Penn; Garland E. (2010) Upward spirals of positive emotions counter downward spirals of negativity: Insights from the broaden-and-build theory and affective neuroscience on the treatment of emotion dysfunctions and deficits in psychopathology. Clinical Psychology Review 30 (2010) 849–864 doi:10.1016/j.cpr.2010.03.002

 

[xv] Josephine Gross, escritora y periodista realizo una entrevista a Marcy Axness autora del libro Parenting for Peeace donde la autor habla de su propia versión del modo de crecimiento versus el modo de protección htp///www.networkingtimes.com

[xvi] Morris, J.S., Öhman, A. y Dolan, R.J. (1998) Conscious and unconscious emotional learning in the human amygdala. Nature, 393, 467-470.

[xvii] Ibid (17) y ver también: Phelps, E. A., Anderson, A. K. (1997). Emotional memory: what does the amygdala do? Curr. Biol., 7 (5), 311-314.

[xviii] Bechara, A., Damasio, H., Tranel, D., Damasio, A. (1997). Deciding advantageously before knowing the advantageous strategy. Science, 275 , 1293-1295.

[xix] Ibid (17) y (23)

[xx] Ibid (17) y (23).

[xxi] Barber, T. X. (1976). Pitfalls in Human Research. Elmsford New York: Ed Pergamon Press.

[xxii] Un autor más contemporáneo que retoma las ideas de Korzybski sobre las limitaciones de uso del verbo ser no sólo en el lenguaje científico sino también en las relaciones cotidianas es R. Wilson autor de Quantum Psychology (1990) Ed.New Falcon Publications.

[xxiii] Dweck, C. S. (2012). Mindset: How You Can Fulfil Your Potential. N. Y. Ed. Constable & Robinson Limited. Ver tambien: Dweck, C. S. (2006). Mindset: The new psychology of success. N. Y. Ed. Random House.

[xxiv] La ínsula anterior ha sido descrita por Tania Singer como el área del cerebro que se activa tanto cuando la persona esta conectando sus propias emociones como cuando esta imaginando la experiencial del otro. La experiencia de empatía y de compasión activan esta área. Claus Lamm & T. Singer (2014). The role of anterior insular cortex in social emotions. Brain Structure and Function. Volume 214, Issue 5-6, pp 579-59

[xxv] Fitjof Capra (1975) The Tao of Physics. (El Tao de la Física. Malaga. Ed. Sirio)

[xxvi] Kabat-Zinn J. (2006) Coming to Our Senses: Healing Ourselves and the World Through Mindfulness. Ed. Hyperion.

[xxvii] Ver: Quintana et all (2013) A role for autonomic cardiac control in the effect of oxitocina in social behaviour and psychiatric illness. Frontiers in neuroscience April 02 2013

[xxviii] Ibid (30)

[xxix] Hain G, Slani G, Preuschoff K, y otros (2010) Neural response to ingroup and outgroup members suffering predict individual differences in costly helping. Neurons 68: 149-160.

[xxx] Singer T., Seymour B. O´Doherty JP, Stephan KE, Dolan RJ, Frith CD (2006) Empathic Neuroal response are modulated by the perceived fairness of others. Nature 439: 466-469

Accesar un momento de sentimiento fuerte: Una conducta óptima

1.- Que fácil… y que difícil

 

–Qué difícil es mantener una relación de calidad de pareja –dice Rosario mientras le da un sorbito a su café recién comprado en el Oxo.

–¿A que te refieres? –responde Sergio abrochándose el cinturón y tomando carretera después de un curso de tres días en Aguascalientes sobre dialogo, familia y pareja.

–Híjole pues la verdad cada vez veo más parejas que inician la vida con una buena dosis de enamoramiento, pasión, química y similares. Y de verdad creen que con eso les va a alcanzar para mantenerse toda la vida en estado de luna de miel. Pero conforme comienzan a surgir los problemas pues se va deteriorando más y más la relación. De manera imperceptible las parejas van guardando piedritas en sus costales hasta que acaban como en la película de la Guerra de los Roses; tirándose a matar.

–Si ¿verdad?

– Y tú crees que la pareja está irremediablemente destinada a terminar así de la greña

–Decir que es irremediable suena demasiado contundente. A veces creo que no lo es y otras veces pienso que sí… Cuando se enamoran piensan que el cariño, la química, la atracción, la buena intención iba a ser suficiente para comerse la lumbre de los problemas a puños… y la verdad es que el puro enamoramiento no les alcanza para mucho sobre todo cuando aparecen los problemas, las diferencias, las heridas…

–Y cuando un día, por ejemplo, tú haces algo que me duele y yo hago algo que no te parece… ocurre entonces una de dos posibilidades a cual peor: Puedes elegir callarte y aprudentar para evitar empeorar la situación pero al mismo tiempo comienzas a guardar resentimiento que luego se convierte en distanciamiento… O también puedes actuar impulsivamente, agredir, ofender, no escuchar… y también se va deteriorando la relación.

–Pareciera que si hablas mal y si te callas mal…

–Parece tan sencillo… pero no sabemos hablar de lo que sentimos, con claridad y sin ofender… Y cuando es supuestamente tiempo de escuchar, tampoco sabemos simplemente escuchar sin interrumpir. Así, un buen día aunque haya habido aprecio, cariño, química… la relación comienza a deteriorarse, a distanciarse… Y entonces te comienzas a preguntar si el amor se acabó… si ya es momento de buscar por otro lado a alguien que “verdaderamente” te entienda.

–Como si el amor fuera cuestión de un sentimiento que cuando se deja de sentir ya no hay nada más que hacer.

–El amor es hablar a tiempo y escuchar a tiempo.

–Claro pues ¿cómo carajos va a sentir amor justamente cuando está resentido porque ella no sabe cocinar como su mamá?

–O ella no lo apoyó en algo importante para él, o no se le da eso de pegar un botón y él asiste a su junta importante con su camisa chimuela… y sintiéndose todo descuidado?

–O cuando él sale de viaje y no le habla por teléfono para nada y ella se empieza a imaginar cosas; o cuando él se mete a su compu o se enajena con la tele durante todo el domingo y ella pasas a ser invisible.

–O cuando en la última visita a los suegros ella anduvo sirviendo a todos con gran atención y a él lo ignoró olímpicamente y se sintió como perro sin dueño. O cuando él la critica o se burla…

–O ella se queja de él frente a los hijos…

–O cuando un buen día ya con el anillo comprado ella le dice que mejor se aplace un poco la boda pues ahora en su nuevo trabajo acaba de obtener un ascenso y está verdaderamente entusiasmada del reto, de los viajes que tiene planeado hacer, de la oportunidad que la vida le está dando…

–Sí verdad, justamente como le ocurrió a tu primo Felipe que, cuando escuchó a su novia hablar del cambio de planes, se le hizo un nudo en el estómago… pero como era tan maduro, tan evolucionado, tan razonable… ni siquiera se dio permiso de reconocer para sí mismo lo que sentía.

–Imagínate si no lo podía reconocer para sí mismo, mucho menos estaba preparado para iniciar la exploración con ella y hablarle de sus “inmaduros sentimientos”.

–Así es: inmaduros, irracionales, posesivos o pendejos, si así les quieres llamar… como quiera que fuesen los sentimientos, el no expresarlos le resultó mucho más costoso en el largo plazo. El haberse animado a reconocerlos y compartirlos tal vez hubiese salvado la relación.

–¡Claro! si la persona no registra lo que le pasa dentro de su cuerpo, es decir, si no se da cuenta de lo que siente, si no registra su experiencia interna para sí misma, como podrá expresarla con claridad “hacia afuera” sin mucho rodeo, a través de una foto relativamente sencilla… Y claro, si no describes lo que te pasa, el otro menos te va a entender y si el otro no puede entender lo que te pasa ¿Cómo carajos te quieres sentir entendido?

–El no sentirte entendido te pone en un mal estado; es como estar atrapado en un asunto inconcluso, tienes la sensación de estar incompleto… como cuando, por una emergencia, te sales del cine a media película interesante y después de ello te descubres, por momentos durante algunos días, distraído porque no sabes si se pudo salvar al niño que se hundió en el agua, o se lo comieron los cocodrilos…

–Si ¿verdad? cuando yo no me siento entendido me quedo con esa sensación de estar distraído, poco atento a lo que el otro dice… Más que en atender al relato del otro, estoy pensando en defenderme, en atacar…

–Por eso rescatar y compartir una foto de tu propia experiencia te permite, posteriormente, escuchar al otro con empatía… para entender al otro primero necesitas estar conectado y reconocer lo que sientes…

–Justamente la misma capacidad de reconocer lo que sientes en tu cuerpo te permite reconocer lo que el otro siente con honestidad.

–¿Tú crees que no fue honesto Felipe con su novia cuando le respondió de manera tan civilizada?…

–Tal vez el término honestidad no es el más preciso. Creo que con Felipe no fue cuestión de honestidad sino de conexión. El parece vivir bastante desconectado de sus propios sentimientos. Su intención nunca fue ser deshonesto, simplemente no estaba preparado para reconocer sus sentimientos.

–Y tú viste lo que finalmente ocurrió. Cuando ella le confesó sus deseos de aplazar la boda, él ni siquiera alcanzó a conectar lo que sentía y simplemente le respondió “maduramente” que eso de aplazar la boda estaba bien pues era una oportunidad invaluable de desarrollo profesional para ella…

–Y sin embargo, detrás de su supuesta madurez, se quedó con el hígado hecho nudo.

–En la boda de tu prima Marisela hace dos meses ¿te acuerdas que la novia de Felipe andaba toda cariñosa y expresiva y él, a la tercera copa, se animó a decirle: es que no me dejas respirar, no me aprietes.

–En ese momento ella se sintió toda exhibida y rechazada.

–Claro y luego hasta le preguntó ¿pos que traes, estas enojado conmigo?… Y luego él –para variar– respondió con desconexión: no traigo nada, el ambiente está muy sofocado, es todo.

–No mames –le contesto ella– si yo hasta tengo frio.

–Si hombre, tú siempre has de ganar –le reviró él en seguida.

–Después de unas semanas la relación se terminó definitivamente. Él siempre afirmó que se había separado por incompatibilidad de prioridades y cosas así… Lo cierto es que nunca le pudo expresar a ella de manera clara directa y personal sobre aquella ocasión cuando se sintió poco importante, excluido, lastimado… Podríamos seguir hablando de Felipe pero ocurre lo mismo con Carlos, Arturo y de tantos otros más que comenzaron a distanciarse de sus parejas el día que no alcanzaron a reconocer lo que sentían; que no se atrevieron a hablar de algo que les dolió…

–Si ¿verdad? Podríamos seguir todo el camino y no terminamos; hay tantas relaciones llenas de pequeños detalles que producen incomodidades que se van acumulando hasta que un día “ya no te dejas abrazar”.

–Parece como una trampa sin salida pues si te arriesgas a hablar de lo que te molesta: suena a reclamo, sube “la temperatura” e inicia la discusión que termina en bronca… Pero si te lo callas, el síndrome de Felipe resulta inevitable: Las molestias no habladas se van convirtiendo en distanciamiento y mala vibra hasta que llega el punto de no retorno y entonces decides que el amor ya se acabó.

–O se te atraviesa casualmente por el camino alguien con quien no has vivido tantos desencuentros y de pronto esa persona te escucha, te aprecia y te parece atractiva.

–O atractivo

–Y después de un tiempo de sentirte desacariciado, distanciado de tu pareja y ya con alguien más en la mira “que sí te aprecia”, las crisis comienzan a ser más frecuentes e intensas, hasta que terminan cada quien por su lado.

–Y parece que las crisis o la nueva persona atractiva son las responsables de destruir la relación.

–Qué curioso, la semana pasada veíamos esa maravillosa película documental de Bárbara Hubbard: “Ascending humanity” donde se habla de las crisis previas a la trasformación. Según Hubbard evolución surge maravillosamente justo cuando los organismos se conectan y convierten las crisis en oportunidades.

–Parece una idea más o menos trillada y demasiado general pero cuando la dejo reposar y saborear como el buen vino, me parece un elemento verdaderamente central para la evolución de una relación interpersonal. Justamente lo que Felipe no pudo hacer cuando se sintió lastimado: convertir la crisis en oportunidad.

–¿Cómo está eso?

–Las crisis no tienen que ser como esa visita incomoda que debes tolerar mientras se va… y ojalá sea lo más pronto posible. ¡No! La crisis representa un regalo para la transformación; una verdadera oportunidad de crecimiento, algo a si como un milagro con un disfraz incomodo, feo, inoportuno, fecal…

–Tenías que salir con tus referencias escatológicas.

–Bueno perdón… déjame continuar: Imagínate si de verdad le pudiéramos dar la bienvenida a esa dificultad aparente, no nomás de lengua pa’ fuera; Imagínate, si todos pudiésemos ver y apreciar detrás de la envoltura incomoda de la crisis, el diamante que se cruza en nuestro camino.

–¡Si! y en lugar de despedirlo, asustarlo, presionarlo para que cambie… o ignorar y minimizar los sentimientos incómodos que surgen… simplemente darles la bienvenida al relato de cualquier experiencia de crisis –tanto al momento de expresarla como al momento de escucharla.

–Exactamente, si Felipe hubiera podido decir en su momento: fíjate que ¡sí me pasa algo!… y como no sé cómo explicarlo o interpretarlo. Me voy a animar a simplemente compartirte una escena donde mi cuerpo se aprieta, donde siento un nudo en el estómago.

–¡Exactamente! para darle la bienvenida a una escena de sentimiento fuerte no es necesario saber el “por qué” sientes lo que sientes… No tienes que explicar ni el origen ni interpretar la intención de tus sentimientos en términos de que tan correctos, maduros, apropiados…

–Así es, el clasificar y juzgarte por lo que sientes no sólo no te ayuda, sino te confunde y obstaculiza lo que de por sí es difícil de compartir.

–Es curioso lo sorprendentemente fácil que al final resulta simplemente compartir una foto, con una escena; sólo una escena de sentimiento fuerte donde describes “qué sientas y como lo sientes”.

–La escena solita hace el trabajo de la conexión al describir la experiencia con la mayor precisión posible… Una foto de la experiencia no intenta explicar sólo se limita a describir.

–Pero ¿porque insistes tanto en esto de la foto? ¿No te parece demasiado simplista atribuirle tanta importancia al papel de la foto en un diálogo?

–Mira, el asunto de la foto es verdaderamente importante, engañosamente sencillo. Parece una receta superficial y ociosa esto de pedirle una foto a alguien, pero detrás de la sencillez de de una simple foto compartida esta un poderoso recurso de conexión. Te acuerdas de nuestro amigo Mario tan intelectual, filósofo, académico… que tenía esa costumbre de querer explicar todo, de hablar de los antecedentes, de los detalles, del contexto… del problema con su pareja y al final seguía experimentando la sensación de no ser entendido. Creo que por más que le explico no me entiende –decía entre resignado y decepcionado–.

–Un buen día le pudimos arrancar una foto de un momento se sentimiento fuerte solo una foto. No le expliques más –casi le suplicamos–, sólo descríbele ese momento cuando estuviste esperándola en la central camionera y ella nunca llegó. Después de escuchar el relato de menos de cinco minutos de la foto de su esposo, Marta finalmente le pudo decir en un acto de escucha: “Te había dicho que ahí esperaras en la central camionera al regreso de tu viaje y así lo hiciste. Yo no aparecí… te sentiste verdaderamente abandonado, te habían robado tu cartera y no traías un centavo ni para hablar por teléfono… dices que no fue mucho tiempo pero me imagino que a ti se te hizo una eternidad, en esas dos horas te sentiste tan frágil, vulnerable, solo…”

–Esa fue la primera vez que él se sintió realmente escuchado. Al describirle la foto, sin más rollo, de “la escena de sentimiento fuerte” ella pudo finalmente entender a Mario con mayor profundidad… mucho más que con los doscientas intentos anteriores donde Mario trató de explicar lógicamente sus razones y desmenuzar sus argumentos.

–Acabo de leer sobre un experimento sobre el tema de procesamiento inconsciente de un tal investigador Bechara. Creo que puede para documentar la importancia de la foto.

–Platícame

–Imagina un paquete de cartas de baraja con números en ellas. La mitad de las cartas es azul y la otra es roja. Con ellas el experimentador realiza un juego con un grupo de sujetos que están conectados a un monitor de sudoración –indicador de activación emocional y ansiedad–. Con cada carta que toman los jugadores ellos pueden ganar o perder dinero. Sin que los jugadores tengan información previa al respecto, las cartas azules ofrecen cantidades pequeñas mientras las cartas rojas presentan cantidades significativamente mayores de ganancia o pérdida.

–O sea que cada vez que sacan una carta roja, los jugadores ganan o pierden cantidades altas y cada vez los jugadores sacan una carta azul las cantidades en juego son menores.

–Exacto, y partir de la décima ronda los jugadores ya registran sudoración en la palma de sus manos al enfrentar una carta roja, pero no así ante una carta azul. Sin embargo, no es sino hasta cuarenta rondas después que los jugadores pueden reconocer con plena conciencia la presencia del patrón de las cartas: –azul igual a pequeñas cantidades y rojo igual a grandes cantidades–. Pareciera que mucho antes que los sujetos del experimento pudieran verbalizar y hacer consciente que existe un patrón diferenciado entre las cartas rojas y las azules, su cuerpo, ya lo sabía y su conducta ya lo manifestaba. Sin saber porqué, además, los sujetos comenzaron también a preferir las cartas azules.

–Y eso ¿cómo lo relacionas con el momento de sentimiento fuerte?

–Cuando alguien comienza a hablar de una escena de sentimiento fuerte, en una primera instancia no puede verbalizar con exactitud lo que le ocurre ni lo que significan sus sensaciones. Puede, sin embargo, si pone atención, comienza a reconocer esbozos de sensaciones ante estímulos específicos. Juan, por ejemplo, es capaz de observar un piquetito en la parte derecha del estómago cuando su esposa le clava la mirada mientras se retira sin decir palabra. Luego, si sigue observando con cuidado, y sin auto censurarse, aparece una tensión en sus mandíbulas, se da cuenta también que empieza a rechinar los dientes y un hilito de tensión se extiende hacia sus sienes… Según ha podido documentar Tania Singer, es en la ínsula anterior del cerebro que se procesan las sensaciones interoceptivas, de tipo afectivo –es decir información emocional proveniente del mismo cuerpo para ser reconocida por la corteza cerebral–. Es a través de dicha área que la persona parece registrar sus experiencias emocionales y toma conciencia, de lo que siente.

–Me pregunto ¿les funcionará la ínsula anterior a los llamados alexitímico?

–Te refieres a esas personas desconectadas de sus propios sentimientos y experiencia afectiva, los que no pueden decirle a los demás como se sienten porque ni ellos mismos lo saben.

–Así es, supuestamente un “alexitímico” no reconoce sentir enojo, decepción frustración… Por mucho que su pareja esté dispuesta a escucharlo con toda atención y empatía difícilmente puede haber un diálogo porque aunque tu des el primer paso con la pregunta ¿qué te pasa?, la respuesta invariable es, nada… y de ahí no sale. Al igual que con tu primo Felipe, no parece ser cuestión de honestidad sino de desconexión.

–Yo creo que la alexitimia es una etiqueta que aunque artificial describe algo que todos experimentamos en algún grado y frecuencia. Hay personas que de manera automática cuando les preguntas que sienten o responden con un simple “nada” al estilo Felipe, o cuando son mas verbales –al estilo Mario– tienden a describir y explicar eventos. Hablan, en todo caso, con más facilidad de lo que piensan y de lo que interpretan y de la secuencia de los hechos… pero refieren poco o nada sus sentimientos, sensaciones, emociones… Llenan su discurso de palabras como: porqué, debería, tengo que, no tiene razón no es justo… Por un lado parecen forzados a explicar lo que sienten pero por otro lado entre más explican, como le sucedía a Mario, comienzan a sentirse menos y menos entendidos y esto se acentúa a su vez cuando su interlocutor cuestiona, ataca, interrumpe… Sin tomar conciencia de ello, esta manera de “compartir explicando” los enreda y los hace cómplices de circulo vicioso del que parece imposible escaparse. Entre más explican su experiencia personal menos parecen ser entendidos. Estas personas gradualmente hablan todavía menos de lo que sienten porque de alguna manera “al evitar abrirse” se sienten más cómodos, menos amenazados. Su argumento privado es “si trato de explicar de todos modos no me van a entender porque a veces ni yo mismo me entiendo… creo que es mejor no decir mucho de lo que me pasa”

–¿Un circulo vicioso del que parece imposible escaparse?

–Sólo cuando estas enredado en él y entre mas explicas menos te entienden… te parece un callejón sin salida. Pero la escapatoria de ese embrollo está tan cerca y tan accesible que se vuelve invisible para quien está enmarañado en su impotencia y frustración de no ser entendido, de no “saberse dar a entender”

–Es como cuando te pasas toda la mañana buscando tu cartera que llevas en la bolsa trasera de tu pantalón. La tiene ahí pero no la ves.

–Exacto, ahí está frente a tus narices la salida del embrollo. La opción consiste en no explicar, no interpretar… Sólo tienes que ubicar y describir una escena de sentimiento fuerte. Ese es el único requisito: que sea una escena, una foto con un sentimiento relativamente fuerte.

–No importa que no sea lógico ni justificado ni maduro…. Ni nada de eso.

–Exactamente el ubicar una escena y poderla describir es algo tan fácil…

–Y tan difícil… a lo mejor esto de ser alexitímico no es tanto una categoría del ser, sino más bien un hábito de comunicación interna y externa.

–Claro, porque la mente, o el ego, o como le quieras llamar, no puede creer que para comunicarte adecuadamente una experiencia importante, profunda, complicada… sea suficiente describir una escena y ya. El ego insiste en la necesidad de explicar los detalles, los antecedentes, los porqués, lo que ocurrió en el 2005 previo a la cena de navidad…

–La mente se resiste a reconocer el gran atajo que se abre frente a sus narices

–Y es precisamente a través de describir una escena inicial de sentimiento fuerte que la persona abre la posibilidad de ir conectando y clarificando sus sensaciones primero, después sus sentimientos y finalmente algo básico del contexto. Es como llegar por el callejón directo que lleva a la amígdala, conocida como el banco de las memorias emocionales dolorosas.

–En lugar de de andar dando rodeos por toda la corteza cerebral que te lleva por calles y avenidas del hemisferio izquierdo que más te alejan de tu experiencia y te hacen perder de vista el rumbo de la amígdala.

–Cuando eliges una escena de sentimiento fuerte, implícitamente confías aunque sea de manera provisional, sólo por esa ocasión, dicha escena te llevara al mejor lugar de conexión y aprendizaje si necesidad de rollos y elaboraciones… sólo una escena.

–Una escena es como una muestra pequeña de la piel en donde al penetrarla con el microscopio de tu observación encuentras el código genético para reconstruir todo el organismo, o para descifrar “un problema”. En un pedacito de tejido esta todo el DNA de la persona. No necesitas descuartizar todo el cuerpo ni obtener muestras de cada órgano y sistema de tu cuerpo. Tampoco te tienes que complicar sacando muestras en ayunas, ni antes de evacuar o con la vejiga llena de líquidos…

–David Bohm sostenía que un pedazo de materia o aun un pequeño organismo en su forma manifiesta o explicada, tiene en otro nivel un orden implicado: es como un holograma de todo el universo.

–Y un sentimiento fuerte ¿es como el holograma de toda la persona?

–Algo así. Una muestra tiene toda la información necesaria… una foto de un sentimiento fuerte es suficiente para llegar a un lugar profundo de conexión, de autoconocimiento, de sanación.

–Parece demasiada riqueza en una simple foto ¿no te parece? Me recuerda a Gary Zukav que decía que el camino del alma es el camino de los sentimientos.

–Comenzar a describir la foto sin mayores rodeos te permite ir reconociendo y poniendo atención, como en el caso del experimento de Bechara, en la sensación de sudoración en las palmas de tus manos cada vez que aparece una carta roja y puedes verbalizar entonces ese primer momento de conciencia, de observación. Cuando apareció la onceava carta roja mis dedos se ponen pegajosos, no sé lo que ello significa. Cuando por primera vez detecto de una manera muy tenue el sudor en mis manos, de hecho me aparece de una manera fugaz la sensación de riesgo –que ni siquiera llega a articularse como una frase o pensamiento completo–.

–Para mantener tu proceso de conexión tienes que mantener a tu mente calladita y mantener la función ejecutiva de cerebro, la lámpara de tu atención[i] enfocada en el nivel de las sensaciones… observar cualquier pensamiento sin subirse a él.

–Como cual por ejemplo

–Tal vez se cruce fugazmente un pensamiento enjuiciador “esa sensación de sudoración es un invento mío, algo sin la mayor importancia…”

–Es como si la atención se mantuviera de manera disciplinada en la consigna de: voy a seguir observando y reportando mis sensaciones si juzgarlas, sin invalidarlas sin descalificarlassólo las observo, las registro, las describo y las acepto. En este momento no las tengo que cambiar o entender, sólo las quiero reconocer.

–Me imagino a Felipe –si pudiera regresar al pasado, o tal vez en una dimensión paralela– desde ese lugar interior, cuando puede conectar su escena sin juzgarla… compartiéndole a su novia una descripción de un pedacito de su película, no muy largo… casi nomás una foto.

–Y yo me imagino lo sorpresivamente fácil que entonces le habría resultado a ella verdaderamente escuchar y entender a Felipe si él hubiese podido hablar de manera conectada, descriptiva, circunscrita a una sola foto…

–Y todo eso en menos de diez o quince minutos.

–Tal vez le hubiesen bastado cinco minutos verdaderamente saturados de conexión… cinco humildes minutos, muchas veces mas facilitadores que horas de monologo salpicado de explicaciones y rollos brillantes.

–Me la imagino a ella después del relato de la foto regresándole un “me imagino” a Felipe: “Me imagino ese día Felipe, cuando ahí en el Café-café estamos comiéndonos unas crepas de postre y te digo que prefiero que pospongamos la fecha por razones de mi trabajo… tú en ese momento te quedas callado pero ahora te das cuenta que sí sientes feo; se te hace un nudo en el estómago cuando yo te proponga un aplazamiento… Ante mi sugerencia tú piensas que no eres importante para mí y no te atreves a decírmelo, por un lado no te quieres ver inmaduro y posesivo pero por el otro la verdad es que te sientes no apreciado, decepcionado de mi propuesta pues tu ya en ese momento habías ahorrado para la fiesta, para el vestido… sientes como un hueco en tu pecho, te sientes triste, poco importante para mí… pero no crees que sirva de algo decírmelo”.

–A mi me parece que si Felipe escucha eso por parte de ella, en lugar de una justificación, explicación, defensa, contraataque… Si sólo recibe un acto de escucha tal vez se sienta sorprendido, dispuesto, entendido, abierto él mismo a escuchar…

–Exacto, como cuando yo te he hecho un reclamo y tú me contestas con un simple acto de escucha.

–A ver, dame un ejemplo.

–Hay muchos, por ejemplo cuando tú en lugar de defenderte sólo me escuchaste hace unos meses un reclamo con un: “me imagino que en esa reunión cuando yo estuve atendiendo a todo mundo y a ti te ignoré y te sentiste con ganas de irte… muy incomodo…” ¿Te acuerdas?

–O aquella otra vez cuando me escuchaste aquella escena de sentimiento fuerte ¿recuerdas que me dijiste?

–Te dije: “Me imagino lo mal que te sientes cuando sales con tu única camisa de vestir y sin botones… te sientes muy descuidado por mí, poco importante…”

–O la vez del general nuestro vecino ¿te acuerdas?

–Claro, esa estuvo más fuerte, duraste una semana sin tocarme y casi sin hablarme.

–Te pregunté durante toda una semana ¿qué te pasa te noto raro?… y luego tu igual que el primo Felipe solo me dijiste que sentías calor y yo estaba muy asfixiante… que estabas viendo la tele… Yo estaba a punto de rendirme. Me quería volver loca cuando observaba tu jeta, andabas irritable, todo te molestaba… pero seguías diciéndome “no traigo nada, no traigo nada, no traigo nada…”

–Me acuerdo el viernes en la noche que me preguntaste por enésima vez ¿pos que trais? En ese momento estuve a punto de repetirte con enfado la misma cantaleta

–No traigo nada, no traigo nada…

–Ja, ja… Creo que en ese momento algo se conecto dentro de mí en la ínsula anterior o en el área ventrolateral derecha de la corteza prefrontal…

–O a la mejor oíste una voz interior de San budas Tadeo que te conminó a hablar

–Si yo creo que eso fue y esa vocecilla me dijo con tono autoritario: Sergio no te hagas pendejo ¡claro que sí traes algo!

–Y por fin te dignaste hablar

–Fue tan difícil y tan sorprendentemente fácil.

–Primero me pediste que no te interrumpiera durante unos minutos, a lo que yo accedí de buena gana.

–Según tú, fue de buena gana pero yo creo que te tuviste que morder la lengua como veinte veces

–Tienes razón, pero creo que fueron como cuarenta las veces que tuve que callar a mi ego defensivo.

–Y ¿cómo que cosas te decías mientras yo hablaba?

–A los quince segundos comencé a pensar: Este hombre está loco, ¿cómo se le ocurre? ¿cuando le he dado yo motivo?, ¿por quién me toma? que barbaridad ¿con quién me casé? qué inseguro, celoso, inmaduro…

–¿De verdad todo eso pensaste?

–Pues sí, pero reconozco que poco a poco se fue apagando mi ego, yo sabía que tenía que desaparecer toda yo para sumergirme en el rio de tu experiencia. Fue como dejarme llevar por tu relato. Ya no era simplemente otro ego que artificialmente jugaba a ser comprensiva pero en realidad te seguía juzgando de inmaduro y enfermo… En mi corazón verdaderamente te quería entender pero mi mente por un rato más se resistió a callarse e insistía en salpicarme la conciencia de adjetivos. Finalmente me sorprendí al comenzar a sentir una profunda comprensión por ti, es como si por un momento yo fuera esa experiencia que tú relatabas, la comencé a imaginar y se fueron diluyendo mis voces de juicio…

–Tengo muy grabadas tus palabras cuando al final de mis diez minutos te pregunté ¿qué me escuchaste?

–¿De qué te acuerdas?

–Me dijiste algo así como “Cuando te aproximas a la casa y me ves platicando con el general sientes un nudo, se te aprieta todo el estómago…. Sientes, me imagino, mucha incomodidad no te gusta que yo platique con él. Te imaginas que él me quiere seducir y ese solo pensamiento te incomoda tanto, te molesta, te duele… Es como si sintieras que alguien se mete a tu casa, a tu cocina y te quiere robar a tu mujer; es una sensación de invasión. Por un lado crees que yo no te doy motivos para sentirte inseguro, pero por el otro lado te da coraje que yo le sostenga una conversación a este señor… Te cuesta trabajo decirme lo que te pasa porque te parece inmaduro pero de verdad te sientes muy mal que él se acerque tanto a mi… Lo ves como una amenaza a tu tranquilidad y quisieras que eso yo lo supiera sin tenérmelo que decir… Cuando me ves platicando con él te sientes además descuidado, poco importante para mí pues sabiendo mi incomodidad, el que yo no lo evite a ti te parece pura negligencia y desamor de mi parte… Me imagino todo ese enojo mezclado con tristeza y quizás algo de miedo de perderme… y que difícil decir todo esto ¿verdad?

–Y ¿qué mas sentiste cuando yo te escuché así?

–En ese momento aunque no me dijiste que me querías me volví a sentir querido, enamorado, importante

–Y que más?

–En esos momentos me siento verdaderamente escuchado, aunque sea a propósito de algo inmaduro, superficial y pendejo… Es en esos momentos que algo en mí se dispone a ver los eventos ocurridos desde otra perspectiva. Por ejemplo cuando me escuchaste sobre mi molestia previa; la de las camisas sin botones, puede entender, entre otras cosas, que eso de coser no se te da, y que ello no es algo personal contra mí. Puede ser que poco a poco tu aprendas a coser –o tal vez yo– o que a mí me toque aprender a dejar de considerar tan importante un botón… o las dos cosas, o ninguna… Por otro lado, cuando la escucha fue acerca de mis celos con el general, pues también mi corazón se abrió a entender, después de haber sido entendido, que tú desde niña te has relacionado con gente mayor de manera afectuosa y que para ti es muy importante sentirte libre de hacerlo…

–Yo no recuerdo si yo dejé o no de hablar con el general o si tu dejaste de sentir celos

–Creo que ninguna de las dos cosas ocurrió… pero dejaron de ser importantes, al hablarlas dejaron de estorbarnos.

–Exacto… Parece increíble que cuando se da un momento de conexión entonces el querer cambiar al otro deja de ser “lo importante” y pasa a segundo plano. Es extraño; es como si la experiencia de conectarte, de entender y de ser entendido, ocupara durante un instante mágico y luminoso todo el espacio de la relación. Por un momento la aceptación parece inundarnos y entonces, todo lo demás pasara a segundo plano…

–Eso me recuerda lo que dice Barbara Friederickson esta investigadora de la psicología positiva. Según ella cuando la persona experimenta micro-momentos de sentimientos positivos, aunque sean simples fotos agradables presentadas a menos de cuarenta milisegundos… la persona se mueve a un estado de apertura.

–¿Cómo puede afectar a una persona una foto agradable tan efímera?

–Esa es justamente la base de su teoría the broaden and build hypothesis

–¿Broaden and whattt?

–Si hombre la hipótesis de de “apertura y construcción”. La persona cuando experimenta un evento agradable tiende cognoscitivamente a ensanchar su percepción y a construir nuevas alternativas y percepciones. Imagínate si esto se logra con una foto agradable presentada a nivel subliminal… Con mayor razón cuando alguien te escucha y te transmite la experiencia de te acepto, en este momento no te quiero cambiar sólo te quiero entender…

–Pos claro que se pone en modo de apertura y construcción aun en momentos de crisis cuando estás que te lleva la fregada con el general.

–Convertir las crisis en oportunidades y la desconfianza en conexión no es algo abstracto, lejano… Es como el viejo sueño de los alquimistas de transformar en oro otros metales…. Es como encontrar detrás de la vieja bruja o del horrible sapo con cara de problema… al apuesto príncipe o a la dulce princesa vestida de oportunidad, con encajes de transformación y collares de chispeante evolución.

–Sin embargo a veces también ocurre que cuando hay toda la disposición de conectarte, de escuchar, de entrar al mundo del otro y de transmitir un mensaje de aceptación… si al interlocutor no le da la gana abrirse y compartir su foto… por mucho que quieras escuchar y entrar a su mundo ¿de qué sirve si no está dispuesto a expresar sus sentimientos? En otras palabras, no hay mucho que hacer si la otra parte está montada en el papel del mudo.

–Como tú cuando el incidente del general platicador.

–En eso de jugar al mudo yo era un verdadero maestro ¿verdad?

–Por más que yo te preguntaba nomás no soltabas prenda. Aunque insistías con tus palabras, las únicas que a regañadientes pronunciabas: no traigo nada… tus gestos, tu silencio, tu lenguaje corporal… todo me decía: Estoy enojado y resentido. ¿a poco no?

–Tal vez… lo cierto es que a ti a veces también te atacaba la enfermedad de la muda.

–Sí, y cuando a los dos nos daba al mismo tiempo un ataque de mudez, el ambiente se sentía verdaderamente denso. Aunque no había palabras altisonantes, se podía respirar una sensación de amenaza, de lejanía… El silencio era peor que la gritería…

–Yo podía registrar todos tus gestos, tus silencios, tu manera de mirar y de ignorarme… y tú seguías diciendo “no tengo nada que hablar”.

–Sí, nada que hablar con la boca porque con la conducta si había mucho que decir.

–Querrás decir mucho que embarrar, que vomitar…

–Exactamente; Eso de jugar al mudo al inicio parece ser una medida tan inofensiva, o hasta razonable para evitar mayores problemas pero termina siendo un embarradero de mierda.

–Jugar o no jugar al mudo es una decisión capaz de mover la balanza ya sea hacia la destrucción de una relación, o por el contrario hacia la conexión. Tal vez el momento de libertad más intimo, personal, privado, importante… es justamente cuando internamente cada quien se atreve o no a responder a la pregunta inocente del otro ¿Qué te pasa, traes algo?

–A pesar de nuestra historia personal, de nuestros modelos de aprendizaje interpersonal encarnados en papá, mamá, el tío Cuco, el profe José… a pesar de que muchos de ellos fueron también mudos irredentos… todos, tarde o temprano, enfrentamos ese instante de libertad interior –irrenunciable diría J. P. Sartre– donde parece tan difícil y a la vez es tan fácil voltear adentro y decidir: reproducir el viejo modo –no traigo nada– o intentar algo nuevo.

–Tú solito puedes contarte y creerte el cuento: nadie me va a entender, lo mio no es importante, de qué sirve hablar, para que vas a exponerte, a parecer frágil…

–Y entonces te conviertes en el “mudo víctima”.

–O la víctima muda.

–Para el caso es lo mismo.

–Pero también existe la otra opción: En lugar de reaccionar por pura inercia, minimizando tus sentimientos y sensaciones, puedes ensayar “algo nuevo”.

–Y ¿en que consiste ese algo nuevo?

–Consiste en observar ¡sí! en observar a ese estado del ego en el que te has montado; a ese tren del pensamiento que enjuicia y censura lo que sientes; a ese personaje interior victimezco que te pone mudo.

–Y entonces al observarlo reconoces que tú eres quien le da vida cuando te subes a él y también deja de existir como tal cuando lo identificas como un juego no como una identidad.

–Se trata de honrar tus sensaciones, emociones… con transparencia: Así, sin negarlas, sin minimizarlas, sin avergonzarte de ellas… De eso se alimenta el mudo; de descalificar lo que sientes. Sólo hay que describirlas con total transparencia…

–Como cuando te animaste a hablar de tus celos.

No te hagas pendejo si traes algo –me dijo esa voz y finalmente dspues de un largo recorrido de varios días por los caminos de la mudez… comencé hablarte de mi foto.

–No fueron varios días, fueron varios años

–Ese fue un punto de inflexión en nuestra relación… Ahí aprendí en vivo, que si de verdad quiero salir de ese distanciamiento gradual e “inexplicable” tengo que primero voltear mi atención hacia adentro, hacia mi cuerpo físico.

–Y entonces rompiste el circuito del mudo. Te atreviste a aceptar que ¡sí! experimentas por lo pronto una sensación, un algo que a no puedas explicar ni detallar con todos sus matices y en toda su dimensión.

–Y entonces me puedo conectar al comenzar a reconocer y explorar frente a mi pareja, mi amigo, mi hermano, mi compañero de organización… Cuando comienzo a reconocer y describir lo que me pasa al ponerme mudo, paradójicamente dejo de jugar al mudo. Hablar de lo que siento parece un movimiento sin mayor trascendencia pero al hacerlo, rompo el hechizo, trasciendo esa vieja inercia de decir “no traigo nada”.

–Y yo me doy cuenta que al tu “hacerle al mudo” estimulas en mi propio ego, la experiencia de ser excluida, rechazada…

–Y entonces se vuelve un verdadero enredo de tus egos y mis egos

–Por eso es tan complicada la relación de pareja porque implica el intercambio de veinte egos de tu parte contra otros veinte de la mía

–pero retomemos el hilo de uno de los egos más destructivos y a veces dominantes: el precursor de la violencia intrafamiliar ¿no crees?

–Sigues refiriéndote al mudo ¿verdad?

–Claro pues si yo logro hablar de mí, compartir mi foto de un momento de sentimiento fuerte… el viejo patrón se transforma, de pronto ya no tengo que agredirte, que hacer chistes hostiles de ti… ni menos lastimarte físicamente en un momento dond la amígdala me secuestra.

–Además el compartir una foto y ser escuchado se convierte en el hilo conductor que de manera segura me lleva a un lugar diferente; no solo libre de violencia sino pleno de conexión, de aprendizaje, de “ensanchar y construir”.

–Es realmente difícil ¿o engañosamente fácil? compartir nada más una foto, una escena de sentimiento fuerte, una descripción que no requiere explicaciones ni rollos mareadores…

–Lo cierto es que requiere de ser expresada en condiciones protegidas. Si ya diste el primer paso de salir del mudo y disponerte a conectar tu foto, a compartir una escena de sentimiento… el siguiente paso –igual de importante– es asegurarte de haber obtenido una respuesta afirmativa a la pregunta ¿me puedes escuchar diez minutos sin interrumpirme?

–Y para cerrar el ciclo del diálogo, el último escollo corre por parte de quien ofrece escuchar “diez minutos sin interrumpir” es que te escuche verdaderamente, es decir que pueda callar su mente. Escuchar efectivamente requiere ponerle pausa por un espacio de cinco, diez o máximo veinte minutos… a ese ego parlanchín.

–Tan parlanchín, que te abruma; hace tanta alharaca que no te deja escuchar la voz del otro.

–No sólo no te deja escuchar sino que ante la narración del otro hace gestos, dice palabras inocentes, desliza adjetivos sutiles…

–Así es, cuando el ego del otro está desatado, en lugar de escuchar, comienza a defenderse, atacar, explicar, disculparse…

–Escuchar tiene que ver ciertamente con la habilidad de ser empático y de hacer gala de memoria para reproducir la experiencia del otro de manera apropiada con un me magino… o un yo te escuché… Pero mucho más allá del recordar lo que el otro dijo, y formular un reflejo o escucha activa impecable pero artificial, escuchar tiene que ver con poderse salir del ego por unos minutos.

–Claro, al ponerle pausa al ego de manera provisional… totalmente provisional… Y entonces sólo por unos minutos, eres capaz de sumergirte y dejarte fluir en la experiencia del otro sin sentirte jaloneado por tu propio ego.

–Y todo esto con la sencilla y poderosa consigna de: te voy a entender, voy a imaginar tu experiencia sin tratar de cambiarla ni corregirla…

–Parece fácil pero callar al ego de pronto resulta tan difícil. Me acordé del ejercicio con Jacinto y Tere ¿Te acuerdas?

–Claro, después de que él compartió una foto llena de sentimientos de inseguridad, tristeza… ella intentó escucharlo con toda su disposición, con sus neuronas espejo y con el ego apagado.

–Lo hizo impecablemente bien al principio, ¿te acuerdas?

–Cuando él termino su narración en menos de diez minutos, le preguntó a ella ¿me puedes decir que me escuchaste? Ella entonces comenzó muy bien: Me imagino Jacinto ese momento cuando estás despreocupadamente revisando tu correo y luego pasas al “face book” y ves esa foto del viernes pasado donde yo estoy con mis compañeros de la generación que nos reunimos después de veinte años. Me ves muy contenta, sonriendo en varias de las fotos. Recuerdas que ese día de la reunión en la tarde tú me quisiste apoyar de buena gana y te ofreciste a cuida a nuestra hija mientras yo me iba a esa reunión. Pero luego –continua Tere– te sientes muy incomodo, como decepcionado, traicionado, enojado… en especial cuando ves una de las fotos, donde yo aparezco. Tú dices que recargada pero en realidad sólo estoy inclinando mi cabeza a la derecha… y ahí al ver eso piensas que contigo yo usualmente no me muestro ni tan contenta ni tan recargada…

–Cuando ella dice “en realidad no estoy recargada, sólo estoy inclinada…” ante esa aclaración tan “inofensiva” ¿alcanzaste a ver la cara de Jacinto?

–Fue casi imperceptible, apretó la boca y ligeramente el ceño…

–Yo creo que no fue algo que él alcanzó a verbalizar, lo sintió pero no llegó a ponerlo en palabras. Desde afuera tal vez muy pocos notamos el ligero gesto en su boca… pero dentro de él algo se movió. Ante este brevísimo desliz, todo él entonces se deslizó un poco de su zona verde, de su modo de apertura que había comenzado a experimentar cada vez que Tere le atinaba a describir con precisión sus sentimientos –traicionado enojado, dolido– a su zona roja (al modo de defensa) cuando en una fracción de segundo su cuerpo tuvo una repentina sensación de amenaza, ante el mensaje de “te quiero cambiar, informar convencer… antes de entenderte”.

–Es increíble ¿no te parece? Qué fácil y que difícil resulta verdaderamente callar el ego para no aclarar, informar precisar, explicar… cuando supuestamente estás en funciones de escucha.

–Ese es el primer pequeño gran pecado cuando una pareja está en el proceso de construir una cultura del dialogo protegido y al explorar un tema delicado rompe de manera inocente la función de escuchar impecablemente.

–Y escuchar impecablemente requiere de concentrarte en la película del otro exactamente tal como el otro la vivió y desaparecer tú de tu propia película.

–Bueno ¿y que hace entonce Tere con su legítima necesidad de explicarle lo que ocurrió, desde su perspectiva, en el asunto de la foto?

–Si para ella es tan importante describir su propia versión de los hechos, es decir su propia foto donde en realidad estaba inclinada y no recargada… Pues es importante hacerlo de manera protegida es decir cuando a ella le toca su turno de hablar y le puede pedir a Jacinto me puedes ahora tu escuchar sin interrumpirme por no más de veinte minutos…

–¡Claro! cuando ella es capaz de circunscribirse a hablar de sí misma durante su tiempo asignado para hablar –y no durante su tiempo de escuchar– puede entonces obtener mejores resultados y una experiencia de ser verdaderamente escuchada de manera protegida. Para Tere debe ser importante compartir cómo es esa relación con sus compañeros de generación; cómo hay un lazo importante y un montón de anécdotas que los unen y como el compartir un tiempo con ellos es algo bueno para su salud emocional, para su vitalidad…

–Pero no te parece una exageración creer que una sola frase tan inofensiva como: “no estaba recargada, estaba inclinada” sea suficiente para mover a la zona roja el clima de todo el intercambio.

–Yo creo que muchas personas pueden aguantar carrilla en grandes dosis cuando no se sienten vulnerables. Hay grupos de adultos jóvenes y niños que se llevan fuere y ello no necesariamente los pone en modo de protección. Pueden disfrutar y sentirse bien con el intercambio simétrico de bromas, chascarrillos, chistes, apodos, empujones… Sin embargo, cuando estás frente a tu pareja, tu padre, tu hermano… suelen tocarse niveles más profundos de experiencia, de fragilidad, de vulnerabilidad. Y ¡sí! Una palabra dicha casualmente, especialmente un adjetivo, un deberías, un ¿estás seguro?… puede ser suficiente para cortar un dialogo sobre un tema difícil y entonces ello mueve a la pareja ya no tocar el tema para evitar situaciones enojosas.

–Yo creo que ese es el drama que comienza a desvitalizar y alejar a muchas parejas, el no poder hablar de cosas que sólo en apariencia resultan tontas, inmaduras… pero en lo más profundo ¡claro que no lo son! No se trata aquí solamente de una estúpida foto del facebook por la que ellos discuten. Es tan importante esa foto descrita desde la experiencia de Jacinto como la descrita desde la experiencia de Tere. Tan importante que merece ser compartida de manera protegida.

–Cuando Tere quiere hacer su aclaración justo cuando se suponía que solo era su turno de escuchar la foto de su esposo… es ella misma la que no se da su lugar. Cuando era el tiempo de la foto de su marido y ella saca su propia foto, se expone a no ser escuchada por él.

–Parece demasiado cuidado el que requiere esta consigna de no interrumpir ni aclarar.

–Es difícil pero no tanto cuando entiendes que es un asunto de disciplina y conexión.

–Como los que practican meditación aprenden a ver el pensamiento sin subirse a él. Durante los veinte minutos que mi pareja tiene para compartir su foto yo me repito mentalmente hoy sólo por unos momentos no es importante defender mi película, mi versión de los hechos, ni siquiera mi imagen… Señor sólo por veinte minutos ayúdame a entrar completamente en la película del otro; completamente en la película del otro; completamente en la película del otro…

–Y justamente ello requiere de disciplinarse a mantener la atención atendiendo, imaginando, entendiendo la foto –o la película– del otro durante esos pocos minutos: sin interrumpir, sin corregir, sin justificarte, sin ver la tele, sin defenderte, sin contestar tu celular…

–Exactamente, y esa disciplina implica mantener en silencio la mente y la boca para entrar humilde y silenciosamente a la experiencia del otro…

–Ahí es donde sin dejar de reconocer que en un nivel tú eres tú y yo soy yo… en otro nivel durante una fracción de eternidad a través del intercambio de una foto: yo soy tú, tu eres yo y ambos latimos en un mismo espacio experiencial.

[i] Michael Posner distingue tres funciones de la atención: alerta, orientación y regulación (ejecutiva)

EL DIÁLOGO PROTEGIDO (del libro: El espacio protegido del dialogo, Cap. VIII)

Diálogo versus debate: David Bohm y Juan Lafarga desde diferentes perspectivas han señalado la diferencia y contraste entre las dos maneras clásicas de intercambiar información entre los seres humanos. El diálogo versus la controversia o debate.

El debate es el instrumento donde chocan argumentos y predomina la consigna de cambiar al otro. En la construcción de un sistema democrático, el debate es un ejercicio muy socorrido supuestamente dignificante y esclarecedor. Sin embargo, el debate representa en el fondo un pobre modelo de relaciones humanas; implica una lucha por ganar aprobación pública a través de convencer, persuadir, disuadir, etc. Debatir es un deporte practicado en un mundo impregnado por la cultura de la competencia cuyo objetivo principal es derrotar al adversario con argumentos. El problema del diálogo no es el intercambio de ideas brillantes sino la pobre disposición a verdaderamente entender al otro antes de contestar. El debate busca, en otras palabras, cambiar al otro que está “equivocado” –a quien por supuesto al estar en el error, hay poco que escucharle y mucho que rebatirle–. Una pobre caricatura del debate se puede observar en los intercambios verbales de las cámaras legislativas donde –basta observar el canal del congreso mexicano o de cualquier otro país– cuando un legislador está en tribuna exponiendo sus ideas, muchas veces de manera agresiva y descalificadora, otros miembros de la audiencia aparecen en pantalla igualmente exhibiendo conductas de provocación, desinterés, descalificación… En una práctica tristemente representativa del diálogo legislativo (sic) y del quehacer democrático, los diputados y senadores, representantes del pueblo, platican campantemente entre sí, hablan por su teléfono celular, dan la espalda, se duermen y hasta mastican chicle, mientras un compañero generalmente del otro partido expone sus ideas.

El espacio protegido del diálogo, desgraciadamente nada tiene que ver con la práctica legislativa. El verdadero diálogo, tal como lo entienden Bohm y Lafarga, implica una renuncia por lo menos provisional a cambiar al interlocutor y en lugar de ello, se concentra exclusivamente en entender su significado y su experiencia. Finalmente, en un intercambio interpersonal al practicar el debate o el diálogo, los interlocutores –legisladores, pueblo, empleados o directores, padres, esposos o hijos– toman una decisión, consciente o inconscientemente, de profundas implicaciones: Pone su energía y su atención ya sea en cambiar al otro o en entrar a su mundo y entender su experiencia.

En el debate la solución que se quiere imponer generalmente se lleva preparada desde antes de iniciar el intercambio; el diálogo, por otro lado, se inspira en un paradigma totalmente diferente: el paradigma del cambio transformacional de Mahrer (1997, 2003):

La dirección del cambio aparece durante el proceso: En el contexto educativo, por ejemplo, a menudo se reportan casos de maestros que llevan a cabo con regularidad la versión escolar de los espacios protegidos del diálogo: “Los Círculos de Aprendizaje Interpersonal”. Después de algunos meses de dicha práctica del CAI en escuelas públicas de estado de Guanajuato, es notable la transformación de la conciencia de los participantes –alumnos y maestro–; Al poner la energía y la atención, no en cambiar al prójimo, sino en entenderlo, poco a poco se va transformando la manera de percibir al “otro”, de entenderlo, de relacionarse entre sí, de manejar sus conflictos, de dejarse de hostigar mutuamente, etc. En la programación de dichas actividades no hay un plan específico de mejora continua, de reducir la violencia, de erradicar errores, ni de establecer metas e indicadores, ni cosa por el estilo, sin embargo, la transformación se va gestando desde un lugar diferente: el intercambio respetuoso de experiencias. La práctica regular de las reglas básicas del diálogo –un tiempo para hablar y un tiempo para escuchar– va haciendo emerger un “sistema inteligente”. Estos cambios tal vez no aparezcan, o tal vez sí, reflejados en las pruebas nacionales de evaluación del desempeño académico, sin embargo, el maestro en su corazón sabe que su trabajo está haciendo la diferencia en el desarrollo de sus alumnos como personas.

Dialogar y poner límites: Algunos lectores tal vez se pregunten sobre las medidas correctivas necesarias en algunos de los casos “donde el otro manifiesta conductas reprobables” que “requieren urgentemente” por parte del ofendido, –un padre, una madre, un esposo, un maestro, la autoridad, etc.– de límites, sanciones y otro tipo de “consecuencias disciplinarias”. Existen numerosas obras relacionadas con la manera de poner límites, de ser consistentes, de atreverse a disciplinar, a ser asertivo… “porque soy tu padre, no soy tu cuate”, etc., etc. Nuestra propuesta, representa un enfoque alternativo, de integración no de exclusión. No sugerimos que los padres y maestros renuncien a poner límites y consecuencias. ¡Desde luego que no! Creemos que el aprendizaje de la responsabilidad consiste precisamente en enfrentar “la consecuencia de mis actos”: Cuando robo, puedo ir a la cárcel o ser llevado a procesos legales y demandas, cuando miento, es posible que a los demás les cueste trabajo creerme en el futuro… La necesidad de tomar medidas ante los actos del otro, aunque no es algo mayormente tratado como tema en esta propuesta, sabemos que ha de ser aplicado con consistencia, sin culpas y en el momento correspondiente. La consistencia se logra cuando un maestro le dice a su alumno sin ofenderlo ni descalificarlo: si no cumples con lo mínimo requerido no te puedo pasar de año… Por otro lado muchas de las reglas establecidas en el hogar suelen ser inadecuadas, disfuncionales y rígidas debido principalmente a que fueron construidas de manera unilateral. Una regla construida de manera participativa y emanado del dialogo resulta más útil y respetada en el largo plazo.

La dirección del cambio se clarifica durante el proceso. El transitar por los caminos del diálogo, con frecuencia, lleva a “los dialogantes” de manera natural a establecer nuevos límites y nuevas formas de relacionarse desde un lugar totalmente diferente al habitual. No desde la coerción y el castigo impuesto desde afuera como “medida correctiva y necesaria” sino desde un lugar sorprendente de libertad y responsabilidad. Así, en el proceso de diálogo, especialmente en medio de circunstancias conflictivas y difíciles, surgen de manera a veces inesperada nuevas formas de comprender la realidad; de ver las cosas y de plantear y resolver “el problema”.

El espacio protegido del diálogo: La diferencia entre una relación constructiva y una destructiva, descansa, no en la cantidad de conflictos que enfrentan sus miembros, sino en su capacidad de promover espacios protegidos y de calidad para el diálogo. Para Christlieb (1973) el diálogo consiste en: Ser capaz de dar a las ideas y sentimientos del otro una importancia semejante a la que daríamos a los nuestros.

En este capítulo esbozamos algunos “cómos” poderosos y viables para el diálogo que como ya lo hemos indicado, está compuesto de dos recursos básicos de la comunicación interpersonal: escuchar y expresar. El diálogo tiene como objetivo la construcción de un sistema inteligente y un espíritu de comunidad. El diálogo es un poderoso medio capaz de trascender las profundas e inevitables diferencias individuales entre los seres humanos en sus diferentes contextos y relaciones: de pareja, de familia, de trabajo…

El diálogo, cuando es aplicado de manera disciplinada y sistemática, tiene el poder de convertir “las diferencias irreconciliables”, los conflictos, las crisis y las experiencias dolorosas en autenticas y maravillosas oportunidades de crecimiento, y de cercanía respetuosa. Pero el diálogo, insistimos, no puede surgir espontáneamente de la buena voluntad ni del amor romántico por muy bonito que parezca. Ciertas condiciones, mínimas pero imprescindibles hacen del diálogo un verdadero catalizador para el desarrollo de la conciencia y la transformación interior.

A menos que ocurran condiciones, mínimas y accesibles de “diálogo en espacios protegidos”; ni una bien intencionada pregunta ni muchas ganas de comunicarse bastan para sacar “la verdadera sopa”, para curar las heridas, ni para promover el acercamiento respetuoso. La persona aprende a hablar, a conectar y a reconocer sus verdaderos sentimientos poco a poco en la medida que se siente escuchada y entendida.

La única manera de romper patrones y trascender formas repetitivas de actuar y de responder; la única forma de desembarazarse del yugo de tantas automaticidades irracionales y destructivas que saturan el repertorio humano y lo atrapan en conflictos interminables, es a través de experiencias concretas y vivas de expansión de conciencia …y precisamente una manera privilegiada y viable de promover la expansión de la conciencia y de liberarse de dichos patrones automáticos en el seno de la familia es a través de la humilde y poderosa práctica del diálogo.[1] El diálogo en otras palabras permite de manera sorprendente un proceso de evolución de un sistema humano –llámese escuela, familia u organización– hacia niveles de mayor inteligencia, comunicación, armonía… El diálogo promueve un proceso permanente de desarrollo y evolución, donde por un momento se trascienden viejos juegos de comunicación, patrones complementarios[2], simétricos o cruzados de poder, de sumisión, de manipulación, de mentira: La maestra trata de controlar a sus alumnos y estos intentan pasarse de listos en un juego interminable… De pronto ante una práctica inofensivamente poderosa –el círculo de aprendizaje interpersonal– cuya consigna provisional es renunciar a cambiar al otro y poner toda la energía en entenderlo; la relación se mueve a un lugar inesperado de integración, intercambio y fluir de información que a su vez promueven en el ambiente escolar una transformación hacia estados más evolucionados, “complejos” e inteligentes. (ver nota 24)

Eric Drexler (1991, 1996) creador de la nanotecnología se ha dedicado, por ejemplo, a estudiar las aplicaciones de los procesos de diseño molecular –de abajo hacia arriba– que resultan ser infinitamente más eficientes y regeneradores. En el contexto social hay voces que abogan por el cambio de adentro hacia fuera de lo pequeño a lo grande, de lo local a lo global. En esta línea de pensamiento, la propuesta del diálogo nos invita a comenzar ya con la conciencia personal a través de las relaciones cotidianas en la familia y la escuela. Preferimos iniciar con lo que sí está a nuestro alcance y no con los inaccesibles cambios de estructuras macrosocio-económicas a través de decretos y políticas públicas –que llevaron a Watzlawick a observar con sarcasmo: que todo cambie para que nada cambie .

Al poner el énfasis en entender, no en invalidar la experiencia del otro, se descubren así, a través de las relaciones cotidianas, otras formas de ver el mundo, otras maneras de percibir y de construir la realidad. El diálogo conduce finalmente a la construcción de un nuevo conocimiento de orden superior con la aportación de distintas experiencias; de distintas “realidades”. Por otro lado, un sistema humano que no dialoga termina tarde o temprano funcionando “estúpidamente” pues aunque esté compuesto de personas inteligentes, ello “no quita lo automático”.

GUIA PARA EL DIÁLOGO:

Mirar hacia adentro: Cuando es momento de expresar, comienza por voltear hacia adentro y conectarte contigo misma, es decir, observa cuáles son tus sentimientos, y sensaciones; identifícalos y descríbelos primero para ti misma para después comunicarlo al otro. Trata de concentrarte inicialmente más con lo que sientes y distraerte lo menos con lo que piensas (demasiados pensamientos desconectan la experiencia de sentimientos y sensaciones). “Sólo te puedes conectar con el otro si inicias conectándote contigo misma”.

Observa y decide cada vez que aparece fugazmente por tu mente la tentación de iniciar una frase comenzando con expresiones “bloqueadoras” –que promueven en tu compañero la resistencia psicológica a escuchar con verdadera disponibilidad– como: Tú deberías de llegar más temprano; Tú tienes que..; Tú nunca debiste…; No se vale..; No te importo; Te valgo un cacahuate; Te importan más tu trabajo y tus amigos que yo.

Para expresar de manera facilitadora se requiere de distinguir, como ya se mencionó, por lo menos cuatro categorías y expresarlas de manera diferenciada, inequívoca, clara: a) descripción de hechos; b) pensamientos o interpretaciones; c) deseos o expectativas y d) sentimientos. Así por ejemplo, la siguiente expresión: “ayer en la noche que no llegaste” se refiere a la descripción de hechos que ocurre de manera “objetiva”. Un hecho es por así decirlo la realidad que cualquier persona observadora podría describir, es algo que no tiene discusión. Los sentimientos son tristeza, enfado, enojo, etc. Los pensamientos son la manera como yo interpreto la realidad, es decir representan mi realidad interior NO LA REALIDAD EXTERIOR, OBJETIVA, Y ÚNICA. En otras palabras es válido decir: yo pienso –cuando veo que no llegas – que no me quieres; me imagino que no te importo. Sin embargo, lo que resulta disfuncional, bloqueador, poco facilitador, es cuando trato la realidad interior –sentimientos, pensamientos y expectativas– como si fueran la realidad exterior (como en las expresiones arriba mencionadas). Cuando en lugar de apegarme a hablar en primera persona “de lo que yo siento pienso y espero cuando tú haces o dejas de hacer algo” utilizo la vieja fórmula de “tu deberías y a ti no te importo” finalmente a pesar de la mejor de las intenciones, conseguiré mayor resistencia y cerrazón. En síntesis, una expresión mucho más cercana a tu experiencia y a tu corazón y por lo tanto más facilitadora y capaz de promover la apertura y disponibilidad en el otro, es: Espero, deseo, tengo ganas de verte a la hora acordada y me sentí muy decepcionada –muy triste, muy sola, enojada, irritada, desesperada, angustiadaayer en la noche que no ocurrió así, y entonces pienso que no te importo, que no me quieres que no…

Respetar cada tiempo: El problema de cualquier relación incluida la de pareja no es que cada uno tengan sus propias necesidades y su forma de ver el mundo: El problema surge cuando él habla y ella no lo escucha o cuando ella habla y él tampoco escucha. La primera regla para el diálogo es pues una regla de orden mínimo. Iniciar un diálogo en espacio protegido, en la familia o en la escuela, consiste en acordar quién va a hablar, y quién va a escuchar. Nunca ha de iniciarse un diálogo protegido si no se ha llegado a este primer acuerdo por obvio y ocioso que parezca. Cuando dos personas, cargadas de historia, intentan dialogar, el orden es lo primero que se rompe y de pronto hay dos bocas hablando desde sus heridas y del otro lado de la mesa las orejas están ausentes, desconectadas; nadie está dispuesto a escuchar. Pueden transcurrir así horas y la pareja no se da cuenta que al haber roto esta primera regla los resultados en el mejor de los casos son pobres en el peor de los casos francamente destructivos. De hecho en la mayoría de los casos cuando una pareja común y corriente intenta hablar de cosas importantes, de temas sensibles y difíciles, lo hace con buena intención pero con una pobre preparación para el diálogo protegido. Cuando en lugar de diálogo se establece un debate –exceso de expresión y ausencia de escucha– usualmente la pareja o familia termina en un estado deplorable de mayor distancia y resentimiento. Lo que pretendía ser un diálogo termina en una agria discusión donde cada quien habla en automático cuando se le pega la gana. Es como una obra de teatro en la carnicería de don Chema donde salen a escena muchas trompas y ninguna oreja. La conclusión al final de dichos intentos tan desproporcionados suele ser tajante y llena de desesperanza: Lo mejor hubiese sido jamás tocar estos temas con el-ella. Estas parejas están condenadas a una muerte lenta por indigestión de trompa, pues si hablan; mal y si se callan; peor. Así pues, en un intento de diálogo, cuando el primer acuerdo relativo al “orden” es pasado por alto y ambas partes hablan al vacío; la inteligencia y la capacidad de escucha que pudieran existir resultan contaminadas y sirven de muy poco.

El primer paso al iniciar un diálogo es establecer quién va a hablar primero y quien va a escuchar. Cuando queda establecido el orden para expresar, es importante mantener los dos lugares claramente definidos: el de quien habla y el de quien escucha. Ambas partes han de respetar su turno; han de permanecer en su función hasta cerrar por lo menos un ciclo o ronda de intercambio. Reiteramos, si al mismo tiempo hay dos personas que hablan y no hay nadie sentado en la silla del escuchador; no hay diálogo. Tampoco lo hay “cuando hay pura oreja”, es decir, cuando están las dos personas dispuestas a escuchar pero ninguna de ellas a correrse el riesgo de expresar. Quien escucha no puede, por muy razonable que parezca, interrumpir para hacer precisiones, aclaraciones o cuestionamientos. Quien escucha –hasta que no le toque su turno de hablar— “desaparece” como persona y se convierte en un eco fiel; en un espejo cuya función no es aprobar, aclarar, refutar juzgar ni dar su opinión, etc.; Su función es sólo reflejar de manera aceptante los sentimientos que la otra persona experimenta. (en los dos primeros capítulos hemos explorado ya con amplitud la función de las dos competencias básicas y hemos hecho referencia a esta consigna: Hay un tiempo para hablar y un tiempo para escuchar).

La confianza básica en la expresión de momentos de sentimiento fuerte: Una de las consignas básicas en la búsqueda del cambio transformacional o de tercer orden indica que la dirección del cambio aparece sólo durante el proceso. Este mandato requiere que los actores de la comunicación interpersonal puedan creer verdaderamente en la riqueza de sus sentimientos fuertes y en la sabiduría o inteligencia que emerge de manera natural al calor del verdadero diálogo. Sólo desde un lugar de confianza básica en este proceso podremos ver emerger el orden detrás del supuesto caos, y el cambio que paradójicamente surge cuando se renuncia al cambio:

Cuando aparentemente no vamos a ningún lado con el intercambio de “experiencias difíciles” la práctica sistemática del diálogo, de una manera suave y sabia, nos entrega un verdadero regalo; nos lleva finalmente por un proceso gradual de desarrollo interpersonal y de inteligencia emergente. Por otro lado, si no hemos desarrollado esa confianza básica en el proceso del diálogo y específicamente en la riqueza de los sentimientos fuertes como maestros del crecimiento, es muy posible que, antes de dos minutos de intercambio, terminemos cayendo en la tentación de interrumpir, juzgar o criticar; terminemos totalmente indignadas por “las estupideces que el otro está diciendo”.

Abrir y explorar crisis sólo en espacios protegidos: Ciertamente no es posible estar en condiciones de escuchar experiencialmente cada vez que surgen crisis y sentimientos fuertes, sin embargo, es importante tener muy presente la opción de programar en un tiempo razonablemente cercano y factible un espacio protegido de diálogo. Ventilar algo importante en espacios no protegidos, es decir cuando no se han establecido ni respetado las condiciones mínimas de orden y seguridad psicológica puede convertirse en una experiencia destructiva para la relación, puede reavivar la tentación de regresar a la vieja y conocida postura de las conciencia primitiva: Mejor ni hablar.

Ilya Prigogine se refiere, en el contexto de la termodinámica, a una de las dos direcciones posibles ante la crisis o “indigestión de información”: el deterioro del sistema o la evolución del mismo hacia niveles de mayor complejidad e inteligencia. En el contexto interpersonal, una persona puede sentirse totalmente apabullada al entrar en contacto con el abandono, rechazo, decepción, infidelidad, engaño por parte de su pareja. A partir de dicho evento, el bombardeo de información –difícil de asimilar– de dicha experiencia atizada en una discusión puede ser el inicio, como lo hemos mencionado, de un deterioro inexorable donde ella reclama, y arremete contra él…y él más se defiende y se aleja. El dolor producido por alguno de los conyugues, cuando no hay condiciones de diálogo, promueve, como ya lo apuntamos; triangulaciones y violencia. Una crisis no resuelta a través del diálogo degenera en discusiones y distanciamientos de diverso tipo, promueve asimismo con frecuencia que a los hijos se les triangule y se les presiona a tomar partido hasta quedar en posición de “haga lo que haga pierdo …si elijo a papá traiciono a mamá; si la elijo a ella lo traiciono a él”.

La segunda opción consiste en explorar las experiencias difíciles en un espacio protegido sin esperar siquiera que ella perdone ni él “no lo vuelva a hacer”. Enfrentar constructivamente una crisis requiere de un primer paso, de algo básico y simple: renunciar a cambiar al otro y concentrarse en entenderlo. La práctica del dialogo requiere de un compromiso mínimo: aplicar las reglas de “un tiempo para hablar y un tiempo para escuchar” durante un periodo mínimo hasta que del mismo proceso surja una solución con frecuencia difícil de predecir. No se descarta la eventualidad de una separación constructiva, aunque en muchos casos cuando la pareja permanece –pase lo que pase – por lo menos un par de meses comprometida en el proceso del diálogo sistemático; ocurre que ambos se mueven, “como sin darse cuenta”, en la dirección de los sistemas inteligentes. El puro proceso de intercambiar e integrar información difícil, y aparentemente incompatible lleva a la pareja a lugares de evolución inesperados: Después de un episodio de infidelidad, por ejemplo, es desde luego posible que la pareja rompa definitivamente, pero también es posible que a partir del diálogo surgido ante la crisis, ella finalmente se dé cuenta de su hasta entonces “parte ciega”: su manera de tratarlo como niño, de controlarlo, de “no dejarlo” salir con sus amigos. Él a su vez, quizá se dé cuenta, gracias al diálogo, de su forma cotidiana de guardar silencio; de quedarse callado para no empeorar la bronca; de su papel de de niño guerrillero que se sale a escondidas de mamá; de su “juego del mudito” que termina hablando con su conducta las inconformidades que no ha sido capaz de expresar con la boca. La pareja tal vez descubra –y estén por primera vez en su vida en condiciones de asimilar una maravillosa y dolorosa lección– que ha estado jugando a la mamá y al hijo, justo hasta que el niño es finalmente pillado por su mami-esposa. Tal vez descubran que no han sido capaces de funcionar como adultos responsables y que ahora las cosas ya no pueden seguir como antes porque el juego de mamá-hijo ya se agotó, ya tronó. Ahora quedan sólo tres caminos: a) Se separan con la sensación, cada uno, de que el otro “de afuera” tuvo la culpa y por lo tanto no hay nada que cambiar internamente (con su siguiente pareja, ella seguirá siendo una mamá controladora y el seguirá siendo un irredento y mentiroso buscador a escondidas de aventuras); b) Se separan por considerar la herida irreparable y pierden a su pareja pero no pierden la lección, no pierden la oportunidad de voltear hacia adentro y aprender a ser mejores para lo que venga; c) Aprenden la lección –cada quien la suya propia – y ya no tratan de volver atrás a lo que ya se agotó, más bien inician una relación nueva; más vital y saludable, una relación que con el paso del tiempo tal vez les permita agradecer “la bendición que la vida les dio”.

El diálogo en espacio protegido es pues un espacio de renovación donde las diferencias, cualquiera que ellas sean, son procesadas hasta convertirse en evolución pura. Así, por ejemplo; a ella le gusta visitar a su mamá, a él le incómoda que ella visite a su madre; a él le gusta salir con sus amigos, a ella le produce mucha inseguridad dichas salidas; ella ya quiere ponerle un nombre a su hijo recién nacido, el prefiere esperarse para estar seguro; el quiere poner un nuevo negocio, ella tiene miedo a los cambios y lo desanima; a el no le gusta como ella hace el amor, a ella no le gusta como huele él; ella quiere pasar navidad en México, él prefiere quedarse en provincia; ella quisiera que él lo apoyara más y de vez en cuando le adivinara el pensamiento y a ella le gustaría que ella pidiera las cosas con más claridad, etc., etc. Después de escuchar con interés y sin invalidación dichas diferencias, la relación se transforma. La información intercambiada en espacios de diálogo protegido se convierte en algo nuevo, útil, transformador: el que tú prefieras algo diferente a mí, es simplemente porque eres diferente y resulta no ser algo personal contra mí… esa pequeña diferencia es una gran diferencia.

Cuando es tiempo de hablar:

  • Privilegiar la expresión de Escenas concretas de sentimiento fuerte
  • Descripción del contexto o entorno de manera suficiente pero no excesiva.
  • Descripción de la experiencia interna; de sentimientos y sensaciones físicas.
  • Si tienes un pensamiento que compartir reconócelo propiamente como tal: que espero, que interpreto, que imagino, que pienso, que fantasía tengo cuando sales…
  • Procura hablar en primera persona.
  • Cuando estés a punto de dar un consejo, sugerencia, órdenes, advertencias o reclamos, opiniones, –y especialmente preguntas– trata de reconocer lo que hay detrás de ello (sentimientos, expectativas o deseos fantasías o pensamientos). Decir: me siento inseguro cuando llegas tarde, tengo miedo de que te pase algo, es una forma más conectada transparente y por lo mismo facilita mucho más el ser entendida y escuchada que cuando está disfrazada de pregunta, regaño, reclamo, etc.
  • Refiere tus sentimientos, descríbelos sin juzgarlos y sin quererlos explicar con razones. Si tratas de explicar o justificar tus sentimientos es posible que termines desconectándolos y ahogándolos en un mar de palabras y de racionalizaciones.
  • Si eres mujer no se te ocurra querer programar un espacio protegido para hablar de tus sentimientos fuertes justo cuando está jugando la selección mexicana, o su equipo o personaje de su deporte favorito.
  • Si eres hombre: no se te ocurra querer programar un espacio protegido mientras tu pareja no está totalmente dispuesta para hablar y para escuchar. (si está por llegar el gas, si se están cociendo los frijoles, si tu hijo tiene calentura).
  • Si hace más de un mes que no haces tú diálogo porque siempre hay cosas urgentes “más importantes”; No te quejes de que tu relación continúe deteriorada.
  • Los sentimientos son como son. Reconoce con honestidad su existencia aunque no te gusten (celos, inseguridad, envidia, etc.) A los sentimientos, primero es necesario honrarlos, es decir, contactarlos, expresarlos y aceptarlos como son y después –solamente después– es posible transformarlos (a partir de su reconocimiento, no de su negación). En otras palabras recuerda que en este diálogo es más importante reconocer que negar; aceptar que reprimir. Por ejemplo si te sentiste celoso, inseguro, solo, no entendido, abandonado, excluido, etc., simplemente reconoce ante tu pareja eso que estás sintiendo. Insistimos, los sentimientos pueden no ser en lo absoluto lógicos ni maduros ni razonables. Los sentimientos simplemente SON. Si no los reconoces tal cual son peor para ti.
  • Veinte, veinte, veinte cuarenta: No es un teléfono de emergencia, es una propuesta para distribuir el tiempo en las cuatro categorías mencionadas. Algunas personas tienden a referir con todo detalle la descripción de hechos: Yo llegué a las seis y a los quince minutos te pasan la llamada y es tu tía de Tijuana, y luego ella te dijo, y tú le contestaste, en eso sonó el timbre de la puerta… Estas personas utilizan el ochenta o más de su tiempo de intercambio verbal en describir las cosas de afuera y menos del diez por ciento en describir su experiencia interna –sus sentimientos tal como son experimentados en los momentos de mayor intensidad. Te sugerimos encontrar una escena en tu experiencia personal reciente o remota y describir solamente lo suficiente del contexto en el que ocurre (como, cuando, donde, quien) lo cual requiere un veinte por ciento del tiempo total. Otro veinte puedes distribuirlo en referir lo que piensas o interpretas –imagino que estás con alguien más, imagino o pienso que no me quieres, que no te gusto, que me engañas, etc—otro veinte puede ser utilizado en referir lo que deseas o esperas y luego concéntrate por lo menos un cuarenta por ciento del tiempo en describir lo que pasa adentro de ti[3]: Sentí un nudo en la garganta, se me apretó el estómago y experimenté mucho enojo; Me sentí totalmente desplazada ignorada …pensé, imaginé como si lo mío no fuera importante en ese momento en el que te quedaste callado y no me defendiste cuando tu hermano me pidió que me largara. Me sentí poco importante para ti cuando me dijiste “bueno y que quieres que haga !ya olvídalo!”

La Oración de la buena escucha. Señor: permíteme disponerme a iniciar en este diálogo en mi función de escucha y pueda yo aquietar a los loros de mi mente en este lugar sagrado del diálogo protegido, y ponerle pausa a mis sentimientos, pensamientos y a todo aquello que me estorbe. Permíteme, por lo menos durante este espacio, suspender mis respuestas automáticas bloqueadoras que distraen mi atención de la experiencia de mi compañera/o.

Permíteme conectar mi corazón, y todos mis sentidos en la experiencia de mi compañero/a no en mis propias expectativas, heridas, opiniones y preferencias personales.

Que mis oídos sean como antenas parabólicas totalmente orientadas a lo que mi pareja siente, espera, y piensa aunque nada de esto coincida con lo que él/ella debería…; es decir con lo que yo quisiera que sintiera, pensara y quisiera.

Cuando me diga que le molesta eso que yo hice o deje de hacer… Ayúdame a dejar bien guardada para otras ocasiones y para otros debates mi ametralladora de las mil respuestas

No me dejes caer en la tentación de contestar antes de haber escuchado y entendido hasta el último detalle y significado.

Libérame por lo menos durante este momento de repetir mi vieja y conocida respuesta: Pues si no te gusta… yo lo hacía por ayudarte; óyelo bien es la última vez que lo hago, no tienes razón de sentirte así, y que quieres que haga, etc.

Hoy no tengo que contestar, criticar, dar razones, ser lógico; hoy por un momento ni siquiera tengo que solucionar nada.

Permíteme sostener firmemente mi atención en su experiencia, no en la mía

Ayúdame a tener presente: que por lo menos aquí y ahora no tengo que cambiarla/lo.

Que por un momento no me importe si lo que me dice es ilógico, inmaduro, fuera de lugar, incongruente, egoísta, tonto….

Que por un momento pueda poner toda mi energía en imaginar, entender y sintonizarme con ese momento cargado de sensaciones, sentimientos, percepciones y pensamientos tal cual es descrito por mi pareja.

Ayúdame a ser capaz de dejar todo mi pasado, todas mis ideas y formas de percibir el mundo y en ese justo momento cuando me comparte lo suyo –que se sintió bien o mal, decepcionado o agradecido, deshecha o conmovida–ayúdame a desaparecer para poder escuchar experiencialmente; para convertirme (sin aprobar ni reprobar) todo yo en esa escena y como tal poderla reproducir a través de simplemente resonar, reflejar, escuchar experiencialmente lo recién expresado:

Ayúdame a humildemente ser un eco de su experiencia p. ej: Me imagino ese momento cuando, hago ese comentario frente a todos los asistentes y ellos se ríen, tú te sientes verdaderamente lastimada, burlada, sola, engañada, agredida, atacada…

Cuando es tiempo de escuchar.

  • Recuerda que en este momento tú sólo funcionas como el eco de la voz de tu pareja o como el espejo que reproduce la experiencia del otro tal como el otro la vivió no tal como tú la interpretas.
  • Escuchar es como sacar un espejo y concentrarte en reflejar con él la experiencia del otro; sin quitarle ni ponerle nada; La experiencia del otro sólo requiere ser reflejada.
  • Si por un momento te sientes atrapado por la tentación de interrumpir con un razonable: pero es que las cosas no fueron así, o no estás diciendo toda la verdad… recuerda, que no existe una sola realidad sino varias, tantas como personas; que cada persona vive su propia realidad y entonces la función del diálogo es básicamente entender y entrar a la realidad del otro. La función del diálogo NO ES ENCONTRAR LA VERDADERA Y UNICA REALIDAD (…es que yo no te dije esto, es que no fue así, es que tú exageras, no tienes porqué sentirte así, no llegué a las doce llegué a las once y media… son todas formas de negar que la realidad del otro es tal como él la experimenta y la describe)…
  • Utiliza la segunda persona para repetir lo que escuchaste: “Tú me dices que ese día que llegué tarde tú estabas muy angustiada, tú me estabas esperando desde las ocho.”
  • Si tu pareja te hace una pregunta, es importante concentrarte en reflejar la inquietud o sentimiento detrás de la pregunta (En ese momento te preguntas donde estoy yo; en ese momento tienes dudas de si te quiero; cuando me ves enojado te imaginas…) No tienes que contestarle, no porque no quieras ser honesto, sino porque al contestar una pregunta cuando es un espacio protegido y te toca la función “de oreja” rompes el principio básico de orden: hay un momento para hablar y otro para escuchar. Contestar una pregunta cuando es tiempo de escuchar es una de las trampas más comunes. Cuando caes en ella todo el ciclo se rompe.
  • No tienes que responder, justificar ni defender a tu persona, a tu ego. En este momento te conviertes sólo en el eco o reflejo de lo que el otro dice aunque lo que el otro dice sea diferente a lo que tú viviste o a lo que tú percibiste en la misma ocasión. En otras palabras, tu ego que tiene su propia historia, percepciones, opiniones y sentimientos desaparece provisionalmente y te conviertes en la experiencia del otro. Cualquier aclaración, reclamación, corrección, explicación tuya la guardas para cuando sea tu turno de expresar. Recuerda hay un momento para expresar y un momento para escuchar y justo ahora es tu momento de escuchar. Abre tus oídos y la boca sólo úsala para reflejar. Si rompes esta regla, rompes el diálogo.
  • Ten muy presente que escuchar la experiencia del otro no quiere decir que estés de acuerdo; no quiere decir que estás aprobando lo que el otro hace o deja de hacer; tampoco significa que ello te comprometa a cambiar y a no volver a hacer esa conducta que al otro-a le molesta. Escuchar significa algo mucho más humilde y poderoso a la vez: Que puedes entender el mundo, por lo menos por un instante, tal como el otro lo vive… ni más ni menos.
  • De todo el relato escuchado aunque pueden ciertamente ser necesarios los detalles del cómo ocurrieron las cosas, es especialmente importante poner atención y reconocer los momentos donde aparecen los sentimientos –especialmente los sentimientos fuertes. Cuando los encuentres, no los juzgues, solamente refléjalos.
  • Por un momento olvídate de querer cambiar o responsabilizar a tu compañero/a de tus expectativas frustradas, concéntrate en el humilde y poderoso arte de simplemente observar e imaginar escenas concretas donde aparecen sentimientos fuertes en tu pareja. Escucha con tu corazón abierto todas las expresiones de sentimientos, cualquiera que estos sean, por absurdas, ridículas, cuestionables, irracionales, tontas, ilógicas, inmaduras… que te parezcan. Escucha como si fuera la primera vez que te asomas a la experiencia del otro. Escucha como si la persona que lo hace se expresara por primera vez. Imagina sólo por un momento que nunca antes nadie lo-la había escuchado y que él o ella nunca antes había expresado esto –aunque el perico de tu mente te susurre al oído “otra vez la misma historia chin…” Cuando un sentimiento puede ser expresado de manera completa y con total aceptación entonces está mucho más cerca de ser transformado. Por otro lado si la expresión de un sentimiento recibe como respuesta sistemática –automática –de parte del interlocutor, más de lo mismo, es decir, más de las conocidas respuestas de juicio, reclamo, cuestionamiento, aplauso, apoyo, indiferencia… es posible que dicho sentimiento se quede aún más atorado o se transforme en algo defensivo, destructivo. Cuando un esposo dice “Es la misma cantaleta de siempre, eso ya me lo ha repetido cinco mil veces” es muy posible que las mismas cinco mil veces que ella toca el tema el repite la misma receta –contesta, aclara, juzga, sermonea, regaña, da soluciones, etc.– PERO NO ESCUCHA. Tal vez la mujer necesita diez veces de escucha autentica para dar el asunto por concluido y el mejor momento para iniciar la cuenta de esas diez experiencias ES AHORA MISMO. Si comienzas hoy tal vez te puedas comenzar a ahorrar para el futuro las siguientes totalmente inútiles cinco mil cantaletas con sus respectivas y anunciadas cinco mil invalidaciones.
  • Recuerda: lo que te expresan con honestidad y transparencia te puede lastimar en un inicio pero al final cuando es debidamente escuchado se convierte en el mejor combustible para el crecimiento, para la evolución de la relación… Lo que por otro lado no se expresa, eso sí puede destruir la relación pues “lo que no se habla con la boca se actúa de múltiples formas”.
  • Además de escuchar “como la primera vez” imagina que la “queja”, si es que se refiere a tu persona” en el fondo viene de un lugar más profundo, y de alguna manera, ajeno a ti. Sólo por un momento no lo tomes como algo personal. Si te sirve puedes imaginar que se hable de alguien a quien hoy no tienes que defender aunque esa persona a quien “se acusa” tenga tu mismo nombre y apellido.
  • Concéntrate en escuchar y entender los sentimientos y no en discutir los hechos.
  • Hoy no tienes que defender ni justificar a tu persona. Cuando te toque el momento de hablar, expresarás tu experiencia y podrás hablar, si quieres, de lo que te pasa en relación a sus preguntas y dudas, etc. Pero en este momento no es aún tu turno de hablar. CUANDO ES MOMENTO DE ESCUCHAR ES MOMENTO DE ESCUCHAR Y CUANDO ASÍ ES, TU PERSONA DESAPARECE PARA CONVERTIRSE EL ECO FIEL Y ACEPTANTE DE LA EXPERIENCIA DEL OTRO TAL COMO EL OTRO LA VIVE.

 

La Oración de la buena expresión: Señor; cuando llegue el momento de expresar ayúdame a tener conectada la boca con mi corazón, con mis sentimientos, con mis emociones. Ayúdame a no usar mi silencio como un castigo contra mi pareja por haberse “portado mal”; ayúdame a ver mi profunda y olvidada necesidad de hablar, especial y paradójicamente cuando más ganas tengo de aplicar la ley del hielo; de callarme; de hacerme el ofendidito; de decir victimezcamente con cara de perro atropellado: “no tengo nada”. Dame le valor para salirme de ese juego con el que al mismo tiempo hago dos cosas: agredo a mi compañero y especialmente me lastimo a mí mismo. Señor mi destino no es vivir como víctima callada; quiero con valor –con el valor que se requiere para dejar viejos juegos conocidos pero destructivos– reconocer que merezco algo mejor que este patrón de castigarlo a él castigándome a mí. Ayúdame a recordar que cuando más ganas tengo de hacerme el ofendidito, es seguramente cuando más me puedo beneficiar del diálogo si me arriesgo. Ayúdame ante la tentación del silencio a decirme con toda la autoridad –y con todo el deseo de crecer y de merecer una relación mejor–: No te hagas pendeja ¡claro que si traes algo! …hoy voy a compartir una escena de sentimiento fuerte y tengo el derecho de pedirle a mi pareja que me escuche sin interrupciones ni juicios.

Ayúdame a ver hacia adentro de mí y a conectarme con lo que siento, pienso, imagino y espero desde cualquier lugar de mi experiencia. Es posible que alguna parte de mi ego pueda juzgar dichas experiencias como algo inválido, no razonable, injusto ilógico, inmaduro, a pesar de ello, dame el coraje para conectar lo que siento y expresarlo con honestidad y transparencia. Tal como es, no tal como debería de ser.

Señor tal vez tengo la tendencia, sin darme cuenta, a conectar mi cabeza, en lugar de mis sentimientos, y así cuando alguien me pregunta ¿cómo me siento o que siento?.. quizás termine diciendo campantemente que pienso, como deberían de ocurrir las cosas, o de quien es la culpa de todo. Tal vez aprendí a sentirme más cómodo al hablar de lo que pienso y más torpe cuando se trata de expresar simple y sencillamente lo que siento. Tal vez sin darme cuenta he hecho trampa en mi vida y así cuando comienzo alguna frase esforzándome por decir lo que siento termino diciendo sólo lo que pienso. Cada vez que inicio una frase con “siento que” en realidad estoy diciendo “pienso que” sólo que con el verbo equivocado.

Tal vez no me sea fácil hablar de mí, por eso: ayúdame a registrar, a escribir si es necesario, esos momentos impregnados de sentimientos fuertes que vivo durante el día; Ayúdame a reconocerlos como un tesoro detrás de la apariencia de “peste”. Ayúdame a ver más allá de lo molesto o incómodo; Ayúdame a reconocerlos como un regalo de la vida; como un impulso natural al crecimiento y a la evolución. Ayúdame a confiar en el poder sanador e integrador que surge cuando un sentimiento fuerte es verdaderamente escuchado.

LAS RESPUESTAS FACILES: Con frecuencia en la vida cotidiana, y hasta en las telenovelas, cuando aparecen experiencias difíciles y dolorosas cargadas de emoción es común observar a los interlocutores responder atropelladamente de mil formas todas automáticas y bloqueadoras. Difícilmente se llega a observar a alguien dispuesto y preparado a responder “silenciosamente” con confianza básica en el proceso y en el contacto emocional que permita reconocer y aprovechar así la oportunidad para darle la bienvenida más cordial al momento de sentimiento fuerte. En lugar de ello tiramos el diamante al caño; utilizamos un variado repertorio de respuestas que sólo tienen algo en común: negar, evitar o por lo menos limitar el contacto y expresión emocional. Estas intervenciones conllevan un mensaje de desconfianza básica en los sentimientos fuertes:

–Tranquilízate.

–Todo va a estar bien.

–Relájate.

–No llores mi amor se te va a correr el rímel.

–Si vas a empezar a llorar mejor me voy.

–Yo también me pongo triste cuando te veo así.

–Tienes que ser fuerte.

–No llores.

–No tienes porqué sentirte así.

–Tus hijos tienen que verte fuerte en estos momentos.

Parece ser que en lugar de confianza básica en la exploración y acompañamiento de un sentimiento fuerte, existe más bien desconfianza básica;

¿Cómo se elabora una escena de sentimiento fuerte? Durante el proceso de escribir este libro fuimos explorando, aclarando y finalmente documentado la importancia de los MSF en el desarrollo de los Espacios Protegidos del Diálogo. Descubrimos gradualmente que cuando en un intercambio los dialogantes se concentran exclusivamente en la experiencia de compartir un sentimiento fuerte –y nada más–, el poder del diálogo se multiplica sorprendentemente. Aun cuando no estén de manera exhaustiva “los cuatro elementos” (pensamientos, sentimientos, descripción de hechos, deseos y expectativas), los dialogantes en este atajo experiencial se centran en compartir escenas de sentimientos fuertes que incluyen la descripción de escenas o hechos exteriores –el lugar, las personas presentes, las palabras… así como también la descripción de los sentimientos y sensaciones internas de quien comparte (siento miedo, una sensación de opresión en el pecho, se me cierra la garganta, etc.). Reconocer y describir con honestidad y transparencia estas escenas de sentimientos fuertes sin quererlos explicar ni justificar, es a la vez sorprendentemente sencillo y poderoso. La consigna es simple y directa: Sólo describe como te sientes en determinada escena “de sentimiento fuerte” y por un momento renuncia a tratar de convencer de nada al otro.

Scott Peck, por ejemplo, sostiene que en el proceso de convertirse en verdadera comunidad –el grado máximo de desarrollo de un grupo– las personas aprenden a conectarse y compartir humildemente su experiencia en lugar de perderse en discusiones ideológicas.[4] Los conceptos son debatibles, las experiencias no; simplemente “son”.

Así pues, tanto quien escucha como quien habla es capaz de enfocar su atención, de una manera cuidadosa y especial, en la experiencia emocional y dentro de ella, en los momentos específicos o escenas “de sentimiento fuerte”, entonces el poder transformador de dicho diálogo se expande.

La exploración de los sentimientos fuertes tal como surgen, en un espacio de total libertad y seguridad psicológica puede convertirse en una experiencia profunda de cambio transformacional (Mahrer 2003) o cambio de tercer orden (Michel y Chávez 2004; Chávez y Michel 2008).

Utilizar el atajo del diálogo experiencial puede llegar a convertirse en una de las experiencias más gratificantes, más constructivas, y de mayor impacto para el desarrollo de la conciencia y del crecimiento personal y familiar. El diálogo experiencial es increíblemente sencillo, engañosamente fácil, y a la vez sorprendentemente raro como recurso cotidiano en la vida de la familia y la pareja.

Incorporar la práctica de los espacios protegidos para el diálogo(EPD) de manera sistemática, al salón de clase[i] o a la familia puede ser una experiencia transformadora; puede ser el inicio del cambio de adentro hacia afuera.

[1]Nuestra propuesta de diálogo está inspirada en la práctica de los círculos de aprendizaje interpersonal, así como en las ideas de autores como: Rosemberg, Rogers, Lafarga, Mahrer y David Bohm

[2] Watzalwick en sus axiomas de la comunicación da cuenta de los niveles y patrones de comunicación en la interacción humana.

[3] Compartir un sentimiento fuerte, por sí solo puede ser el recurso más poderoso del diálogo. Muchos hombres y algunas mujeres tienen dificultad para conectar sus sentimientos y les es mucho más fácil hablar de lo que piensan que de lo que sienten. Para ellos es una experiencia poderosa y a la vez facilitadora el simplemente compartir una escena de sentimiento fuerte sin más nada, si quererla explicar, justificar, sin usar deberías… Ve al grano y simplemente comparte un MSF –en un espacio protegido—y entonces decidir si vale o no la pena.

[4] Por ejemplo, en un intercambio en lugar de hablar y discutir sobre el divorcio, en términos de ser algo bueno o malo, “que yo defiendo o condeno”, las personas se limitan exclusivamente a compartir “cómo me fue a mí, cómo fue mi experiencia cuando yo o mis padres se divorcaron…

[i] En las organizaciones y ambientes escolares esta misma idea es explorada a partir de los círculos de de aprendizaje interpersonal (CAI) y de retroalimentación (CR) esbozados en el libro “En Busca de la Comunidad” (S. Michel: Ed. Trillas, 2008)

¿Dónde comienza la violencia?

Por tradición la mujer ha sido más víctima de violencia que el hombre. Por ello se celebra el día contra la violencia hacia las mujeres, aunque también existe violencia contra el hombre.

Parece tan visible y a la vez es algo tan oculto para la mayoría de las personas la secuencia de un evento de violencia. Antes de ocurrir un episodio de violencia generalmente se suceden, en una cadena, algunos eslabones previos. Sin el primero o segundo, no puede existir el cuarto ni el quinto eslabón de la cadena. Probablemente el eslabón más determinante, y también el más inadvertido, en la generación de episodios de violencia es el del silencio generado por la desconexión de la persona consigo misma. Todo comienza con una sensación de incomodidad en el estómago o tal vez en el pecho o la garganta. Mi pareja, mi hijo o mi hermano hicieron o dejaron de hacer algo que me molestó. Quizás yo la esperaba a las siete y llegó a las ocho o la sopa aguada le salió demasiado seca y la de arroz demasiado aguada; o tal vez algo desapareció de mi escritorio y ella es la principal sospechosa de cambiar de lugar mis lentes, mi pluma, mis aditamentos de la compu… Los humanos nos cruzamos con situaciones de enfrentamiento al doblar cada esquina; el conflicto parece ser parte de la vida misma. Sin embargo, la manera como lo enfrentamos hace la gran diferencia. Aunque existen múltiples escenarios de conflicto, nos avocaremos a la familia, espacio donde se crea y se reproduce la cultura de la violencia.

Cuando ante la experiencia inicial de una incomodidad, manifestada como sensación en mi cuerpo, no soy capaz de voltear hacia adentro y simplemente observar que algo me está ocurriendo físicamente, es decir que es falso ese “no tengo nada” que suelo lanzar demasiado pronto, demasiado automáticamente. El ciclo de la violencia se inicia justamente cuando dejo de reconocer que efectivamente tengo algo y que eso que siento no necesita ser maduro, razonable o lógico. Lo que se siente, por lo pronto se siente y es de vital importancia reconocerlo y poderlo describir, punto[i]. Por mi propia historia yo no puedo de una manera directa controlar el surgimiento de una sensación cuando veo la ropa tirada o cuando “Jorge” no llega ni se comunica a la hora que habíamos quedado. Simplemente siento el piquete en el estómago. La punzada que experimento no es opcional, lo que haga con ella ¡sí lo es! Después de la experiencia del piquete en el vientre aparece el siguiente eslabón; la persona reacciona con cara de ídolo de piedra, enojado y mudo. Jorge escucha la pregunta ¿qué te pasa estás enojado? y responde: ¡no, no estoy enojado estoy viendo la tele. Aunque en ese momento se queda mudo, dentro de dos o tres días aprovechará una reunión social para hacer un comentario jocoso al referirse a su esposa: “Ya llegó la domadora”… O tal vez en lugar de la reunión social, un día especialmente difícil en el trabajo, él llegue a casa más temprano y se tome un dos o tres cervezas… Ella por su parte llega tarde de visitar a su amiga enferma, a su mamá, a su hermana, a su comadre… y él no está nada de buenas:

–Aquí me tienes como tu pendejo.

–Sólo fui a visitar a mi hermana.

–Seguro ya te metió ideas y andas como ella igual de loca.

–No me digas así.

–Te digo como se me pega la gana tú y toda tu familia son puras zorras inútiles.

El desenlace es anunciado: entre el estrés del día, el alcohol y el enojo salen los golpes y más insultos… este evento propiamente de violencia forma parte del segundo eslabón de la secuencia (después de algunos días de brincar del mudo al enojado, o del enojado al mudo). Durante algunos días permanecen los dos serios –conformando el tercer eslabón–, tal vez ella se va a la casa de su mamá o simplemente se quedan bajo el mismo techo pero sin hablarse. Ella, resentida, deja entrever sus intenciones de separación. Él a su vez, transita con la cola entre la patas, aislado y culpable. Entonces aparece un cuarto eslabón: la seducción. El golpeador tiene un gesto de arrepentimiento, le ofrece a su ofendida pareja un buen regalo, le pide perdón o cosa parecida. Ella al principio se resiste a recibir la bandera de la paz que él le ofrece humildemente. Sin embargo, no resiste mucho tiempo las muestras de arrepentimiento y termina por otorgar el perdón. Esa noche cierran con broche de oro y tal vez hasta tienen un encuentro amoroso. La reconciliación, el quinto eslabón, sin embargo, sólo dura hasta que aparece, para reiniciar el ciclo por milésima ocasión, el primer eslabón del mudo: ¿Qué tienes mi amor?… Nada ya te dije.

El circuito de la violencia no se puede arreglar con pura buena intención: un gesto de buena voluntad; un buen regalo; una serenata o un gran ramo de flores rojas. ¿Cuántas veces necesitas que te envíe rosas rojas antes de que en una de ellas te mate? –se les suele preguntar a las mujeres objeto de violencia.

El día mundial contra la violencia a la mujer, no lo podemos celebrar con un acto de silencio sino con el remplazo del primer eslabón de la violencia. Si tu hermano te ofendió, no dejes que se meta el sol sin ir a hablar con él; deja tus ofrendas, ve y reconcíliate…[ii] Esta consigna bíblica tan importante, tal vez algún día alcance el estatus de mandamiento. El perdón no se da sin una experiencia de restauración, que inicia con un acto de expresión conectada… que finalmente rompe el ciclo de la violencia. ¿Me puedes escuchar diez minutos sin interrupción? Todo comienza con un acto de toma de conciencia de lo que yo siento en mi cuerpo cuando tú haces o dejas de hacer algo. Sólo si doy el primer paso de reconocer mi experiencia puedo proceder a compartirla de manera estrictamente descriptiva en un espacio protegido de dialogo. Un segundo momento importante para completar el ciclo de la comunicación y la conexión –alternativo al ciclo de la violencia– es cuando mi contraparte en lugar de contestar con argumentos y miles de razones que desde luego pueden ser válidos, lógicos, razonables… simple y humildemente se limita a comunicarme que entendió la experiencia tal como yo la viví y no como él piensa que debería haberla vivido. Una de las dificultades más comunes para completar dicho ciclo es una pequeña creencia primitiva que de pronto se convierte en el gran obstáculo: Suponer que escuchar y entender la manera de percibir el mundo del otro es equivalente a estar de acuerdo, ceder o aprobar. Esta pequeña trampa-creencia impide a tantas personas realizar algo que parece tan fácil: escuchar verdaderamente quince minutos sin interrumpir, corregir, aclarar… Aunque tú tengas razones absolutamente válidas para no dar un permiso, o comprarle su gorrita o su bicicleta a tu hijo, o te produzca gran desconfianza un novio o amigo de tu hija… ¡no lo interrumpas! déjalo terminar, pon tu atención en entenderla y descubrirás una maravillosa oportunidad de aprendizaje y conexión, independientemente de que estés o no dispuesta a otorgar un permiso, a hacer una compra, un favor, un servicio…

[i] Moreno S. (2012) Focussing. Guadalajara; Ed. ITESO

[ii] Mateo 5:23.

Mi hijo es un mudo

Realmente mi hijo está en una edad en la cual no se le puede sacar nada; jamás habla, jamás dice lo que le pasa –se quejaba amargamente una mamá con su nueva amiga.

–Platícame un ejemplo ¿cómo es él en lo poco de interacción que tienen?

–Pos ¿cuál interacción? si casi no habla.

–Pero al menos ¿hay algún tema en especial que de vez en cuando refiere?

–Por ejemplo, algo que menciona con cierta frecuencia es su preocupación por mi bienestar… parece que tiene miedo de que me vaya a pasar algo. A veces me dice que maneje con cuidado o que no vaya yo a permitir que me ocurra un accidente

–Y ¿qué le contestas?

–Bueno yo le digo claro que no me va a pasar nada mi amor: mira yo sé cuidarme no tienes porqué sentirte así…

Mamá responde de manera impecablemente lógica; está tan ocupada en proporcionar explicaciones lógicas que no alcanza a reconocer que por un instante se ha abierto una puerta, en sus meras narices. Mamá no está preparada; simplemente no puede ver esa oportunidad de conexión detrás de la recomendación del niño; Es como tener enfrente un vaso de agua en pleno desierto; te estás muriendo de sed y ahí tienes el agua, pero no la ves… Quieres que tu hijo hable, intentas acercarte a él, deseas conectarte, saber algo de su vida y justo con tu manera de contestar cierras la puerta que supuestamente has estado queriendo abrir.

–A ver ¿cómo está eso? ¿Por qué dices que yo le cierro la puerta si lo que intento es precisamente lo contrario? Lo que trato con todo mi corazón es que se abra conmigo, que exprese lo que siente.

–A veces tienes que elegir en el breve espacio donde coincides con tu hijo, entre dar una razón, es decir contestar o simple y sencillamente entender, conectar, escuchar, reflejar…

–Pos eso es lo que hago.

–Eso es lo que crees que haces, pero si te observas de manera minuciosa, si eres capaz de registrar y observar una y otra vez, como en una película, un trozo de tu ultima interacción, te darás cuenta de que se trata de dos formas de responder no solo diferentes sino también excluyentes, es decir: escuchas o contestas.

–A ver barajéamela más despacio ¿cómo está eso de que o escuchas o contestas?

–Mira tal vez esto realmente lo puedas entender desde ya… o tal vez tengan que pasar meses o años para que le des el golpe a la idea. Tal vez un día en ese justo instante de estar oyendo a tu hijo hacer el comentario de su miedo y te diga: “Ten cuidado mami cuando estés en el trabajo, no te vayas a accidentar y caer de los andamios”. Ahí, justo ahí, quizás vuelvas a responder ante su petición de “cuídate mamá” con una aclaración para tranquilizarlo y al hacerlo así, te deslizarás como de costumbre al viejo hábito de contestar: Sonarás muy lógica pero precisamente por andar de lógica perderás la oportunidad de dar un brinco a otra dimensión de la comunicación… A los sentimientos no hay que explicarlos, hay que imaginarlos, sentirlos, experimentarlos, describirlos… No es que sea malo responder con acopio de razones “no, mi hijo tú tranquilo, no me va a pasar nada…” El problema es que, en tus propias narices, se te escapa de las manos la oportunidad de reconocer algo básico: detrás de cada pregunta o petición se esconde un sentimiento… y el sentimiento es la puerta de entrada a la conexión. Sí contestas muy rápido al contenido y lanzas una respuesta lógica típica, informada, bien intencionada… entonces probablemente ahí se termine el dialogo. Cuando eliges dar unas razones lógicas y didácticas para que tu hijo entienda, estás decidiendo desaprovechar la alternativa de la conexión. Ese instante es una oportunidad, una ventana donde se asoma un sentimiento de miedo en tu hijo; un sentimiento que bien podrías pescar al vuelo; tomarlo por los cuernos y validarlo.

–Si suena fácil todo esto pero en la práctica como se le hace?

–¿Qué te imaginas que siente tu hijo en ese momento que te hace la pregunta?

–Pues que no hay razón para preocuparse.

–Eso es lo que tú quisieras… pero no has contestado a mi pregunta: solamente dime ¿qué te imaginas que siente él?

–Preocupación de que me ocurra algo.

–Perfecto… ¿sabías que cuando en algún momento nos imaginamos lo que el otro siente ponemos a funcionar a nuestras maravillosas y evolucionadas células de la empatía conocidas como neuronas-espejo? A ver… ¿Cómo podrías armar una frase con el verbo imaginar, con el sentimiento principal y con una invitación a hablar?

–Mmmhh… no es difícil eso, a ver qué te parece esta frase: me imagino que de verdad te preocupa… pero no tienes por qué preocuparte porque mamá se sabe cuidar…

–¡Alto!… ibas muy bien pero no duraste ni tres segundos antes de volver a meter tus razones. Parece que hay una parte muy entrometida de tu mente –algunos le llaman el ego– que luego luego interrumpe el trabajo de las neuronas espejo encargadas de simplemente imaginar lo que el otro dice. Para escuchar necesitas observar tu propia mente y aprender a quedarte conectado con la humilde y poderosa función de las neuronas espejo que a diferencia del ego no quieren convencer a nadie; su función es simplemente enchufarse con la experiencia del otro y entenderla. ¡A ver! inténtalo otra vez: una frase con el verbo imaginar, con el sentimiento principal y una invitación.

–Me imagino mi hijo, que te preocupa que algo me pase… te gustaría platicarme más para entenderte…

–EXACTO, eso es todo… y ¿sabes? si puedes quedarte haciendo esto de sólo escuchar con tus neuronas espejo sin deslizarte al ego, si sólo por veinte minutos logras renunciar a cambiarlo, convencerlo disuadirlo… si sólo imaginas lo que el otro siente y le esbozas lo que tu percibes para que él vaya afinando.. tal vez tu último “me imagino” se escuche más o menos así:

–Y me imagino que cuando piensas en ese accidente que tuve hace dos años tienes mucho miedo que me pase algo… de quedarte solito… me imagino que soy muy importante para ti aunque a veces peleamos; no te gustaría que yo me muriera…

Si después de decir esto te quedas en silencio; si logras llegar hasta el minuto veinte sin haber dado razones, consejos, sugerencias… tal vez descubras con asombro una experiencia de verdadera apertura en ese hijo –o alumno– tuyo supuestamente cerrado; tal vez él mismo reconozca con sorpresa esa deliciosa sensación de haber sido entendido sin querer ser cambiado. Y entonces, en ese momento de apertura –no antes–, podrás decirle que te vas a cuidar. O tal vez, es posible, que intuyas que ni siquiera necesitas decirle nada más; que con la sola experiencia de ser entendido, el sentimiento de inseguridad se va transformando… No me lo creas, pero pruébalo y observa lo que ocurre. Tal vez entonces entiendas porque Marshall Rosemberg pionero mundial de la comunicación no violenta relataba que Dios le había dicho: Tú dedícate a entender al otro y a expresar con transparencia lo que sientes… y yo hago el resto[i].

[i] Ibid (19).

Sólo una foto… de tu experiencia

Se trata de un hecho histórico de la primera guerra mundial plasmado en una película que nos parece bellísima: En Joyeux Nöel (Noche de paz) hay una escena donde tres soldados; un escocés, un alemán y un francés, de pronto coinciden en un brevísimo espacio de tregua compartiendo las respectivas fotos de sus familias, esposa, hijos pequeños, madre anciana… Y en un instante inesperado y mágico se da una conexión entre ellos. En pleno campo de batalla, desaparecen momentáneamente sus identidades de enemigos peleados a muerte; con ideologías, banderas y religiones diferentes. El compartir una escena, una fotografía, una experiencia concreta, una escena o momento de sentimiento fuerte (MSF[i])… tiene el efecto mágico, humildemente poderoso de conectar más allá del ego a dos o más personas en el encuentro, en la experiencia de ser humanos.

Las ideologías separan, las experiencias conectan.

 

Los soldados ni siquiera hablan el mismo lenguaje pero pueden a través de un fotografía compartir la vivencia de ser padres, hermanos hijos, esposos…

Por otro lado, cuando en el transcurso de una conversación cotidiana en tiempos de paz, aparece inadvertidamente el lenguaje cargado de verbo ser y de adjetivos o de expresiones como: No tienes razón; la cosa no fue así; tu deberías; nunca debiste; la verdad es que; no tienes por qué sentirte así… en ese instante la conexión se va al caño. Desafortunadamente nuestro lenguaje está saturado de dichas expresiones promotoras disfrazadas de violencia[ii]. Tal vez te preguntes: Y si no las digo… ¿qué me queda? Pos me quedo mudo si me quitan el único lenguaje que tengo. La experiencia nos acerca, la ideología nos separa… este es el espíritu de la consigna de la construcción del dialogo[iii]. Piensa las veces que empezaron a discutir sobre lo que tu pensabas que yo pensaba sobre lo que el otro pensaba… y entonces el problema no es pensar ¡para nada! el problema es que generalmente cuando pensamos, creemos que pensamos la verdad y que percibimos la única realidad posible y se nos olvida que sólo podemos pensar y creer, nuestra verdad y percibir sólo nuestra percepción. Muchos años pensé que yo podía recordar lo que veía… hasta que un día me di cuenta de que solo veía lo que recordaba –decía el señor del aguamiel.

Todo esto de observar tu lenguaje, por ocioso que parezca tiene una implicación concreta en tu vida; en tu manera de relacionarte con tu pareja, con tus hijos; con tus padres; con tus hermanos. Si, desde tu ego, crees que tienes la verdad y que las cosas no son así… simplemente no vas a poder escuchar. Vas a aprovechar cada oportunidad de intercambio para distanciarte más, estarás más ocupado en corregir al otro que en entenderlo. Ahora bien, tal vez logres tocar la dimensión de la conexión si puedes permanecer provisionalmente sólo por unos minutos, escuchando atentamente, silenciosamente, simplemente… la descripción de la experiencia concreta de lo que vivió, leyó o escuchó… de sus miedos, de cómo aprendió de niño o de joven a desconfiar, a temerle a viajar, a ser lastimado, a la burla, a ser robado, traicionado, decepcionado…

Un día, sólo por el gusto de probar y justamente antes de lanzar tu opinión, consejo, sugerencia, diagnóstico… te invitamos a que pruebes a responder con un simple:

¿Platícame de un ejemplo de cómo fue para ti?

Y luego guarda silencio: calla tu boca y también silencia tu mente… sólo unos minutos y observa lo que ocurre.

Si lo intentas varias veces; si insistes… tarde o temprano llega el momento en el que la persona te platica su experiencia concreta, y entonces tal vez seas capaz de escuchar con tu mente y tu boca calladitas; sin querer cambiar ni convencer al otro… sólo a escuchar esa experiencia concreta de alguien, tal como es y no como debería de ser. Tal vez te limites a invitar a tu interlocutor a que describa –no a que modifique su versión o sus creencias– sólo a que te describa su experiencia… Es probable entonces que como les ocurrió a aquellos soldados de la primera guerra mundial, que con sólo mostrar la foto de su propia experiencia; una foto donde aparece una esposa, una hija de tres años, una mamá anciana, dos sobrinos, una hermana… que quizás no vuelvan a ver. A pesar de sus diferentes historias e ideologías, los soldados enemigos se conectaron en aquello que los hace profundamente humanos y hermanos… su experiencia.

[i] Chávez, R. R. y B. Michel (2008). “MSF: La Aportación de Alvin Mahrer. Prometeo”: Revista Mexicana de Psicología Humanista y Desarrollo Humano. Núm. 54, 2008, pp. 64-68.

[ii] Ibid (19)

[iii] Ibid (2).

La vida da segundas oportunidades

La mamá de Lucía, durante buena parte de su vida tuvo que trabajar de maestra y en tiempos difíciles lo hizo en doble turno. Papá por su parte tenía un pequeño taller de maquila al lado de la casa con una cuantas maquinas de coser y podía estar un poco, –sólo un poco– más presente que su esposa en el hogar. La joven Lucía recuerda la experiencia de comer sola con doña Coty la señora que la atendía en ausencia de mamá que llegaba noche cuando la niña había ya hecho su tarea y en ocasiones se mantenía encerrada en su cuarto viendo la televisión o escuchando sus cidis favoritos. La hora de la comida para la niña tenía un sabor triste: en alguna ocasión coincidía con sus hermanos mayores que por cuestiones de la edad finalmente no le hacían gran caso. La niña de hecho no estaba segura si prefería comer sola o mal acompañada por ellos que con frecuencia se la pasaban prendidos a su celular o viendo la tele mientras ruidosamente sorbían la sopa y si acaso se ocupaban de ella era para corregirla. La niña solía sentirse entre invisible e insignificante. Cuando mamá llegaba y le preguntaba ¿Cómo te fue en la escuela mi hija? la niña contestaba con un seco “bien” después del cual y de alguno que otro monosílabo por el estilo no daba mayor entrada a una conversación. Por un lado tenía ganas de sentirse importante y cuidada por su mamá, pero por el otro, cuando ésta intentaba sacar plática se topaba con pared. Lucía deseaba de su madre por una parte: aprecio, cercanía, atención…. pero por otro lado –desde uno de sus pequeños egos interiores–experimentaba resentimiento y contestaba con un cortante equis.

Los sábados por la mañana la joven juega con el equipo de voleibol de su escuela y después del partido se queda un rato con sus amigas. Al llegar a casa mamá le suele preguntar: ¿Ya comiste?… Ya comí –contesta la niña en automático aun cuando no fuese cierto. Ta bueno –responde a su vez mamá que se queda sentada en su sillón mientras con un ojo lee y con el otro ve la tele. En ese juego totalmente imperceptible la niña se convierte en cómplice de recrear su propio abandono: quisiera sentir más cerca a su madre pero a la vez le cierra la puerta de cualquier conversación.

Lucia parece atrapada en el reciclaje de esa vieja sensación de sentirse abandonada a la hora de la comida. La mamá la quiere tanto que trabaja doble turno para poderle dar la mejor educación y comodidades… sin embargo, a pesar de la mejor de las intenciones la experiencia concreta de la niña es de abandono puro. A sus 17 años ya ha acumulado muchas comidas sin compañía y una relación bastante parca y frágil con mamá. Un sábado la joven consigue permiso para asistir a una fiesta especial: la coronación de la reina de su prepa. Van a ir todas sus amigas y ella se pasa tres horas arreglándose para lucir bonita. Consigue de mamá la concesión de regresar a las dos de la mañana acompañada de su mejor amiga que se ofrece a traerla. A las dos de la mañana con cinco minutos, el auto de la amiga llega a la casa de la familia y se estaciona para dejar a la joven. La madre se asoma por la ventana y experimenta una sensación efímera de descanso al ver llegar el auto con su hija. Pasa una hora y media y la niña no entra a la casa pues se queda platicando con la amiga. Mientras papá duerme a pierna suelta, mamá carga todo el peso de la preocupación familiar; No se puede dormir y harta de esperar, le envía varios mensajes a la joven que sólo contesta ahorita ya voy… y así dan las tres y media de la mañana hasta que finalmente Lucía entra a la casa con los zapatos en la mano y los pies hinchados de tanto bailar. La mamá no ha podido dormirse y con justa razón se siente molesta, irritada, no respetada por su hija. Desde ese lugar de incomodidad está a punto de lanzarle la clásica pregunta. Oye ¿tú crees que estoy pintada? Si lo hubiese hecho, de esa manera tan típica, hubiese recibido una respuesta igualmente típica. Probablemente hubiese contribuido al segundo eslabón de la cadena de la desconexión (la niña ya habías puesto el primero con su ya voy, ya voy, ya voy…). Se hubiese repetido entonces una escena más de distanciamiento donde tanto madre como hija se quedan más resentidas, más alejadas, mas atoradas. Las palabras parecen tan inocentes y sin embargo están tan cargadas emocionalmente de mensajes de violencia implícita. El pez está tan acostumbrado a vivir en el agua que simplemente ya no la ve, se dedica a nadar en ella. Los humanos, como sugiere Marshall Rosemberg, ya no vemos la violencia con la que hablamos, con la que nos relacionamos, en la que nadamos… Sin darnos cuenta nos comunicamos con tanta violencia y luego nos extrañamos de no ser escuchados, de que los otros se pongan defensivos y se cierren a ver las cosas como “son”.

Cuando alguien me dice algo tan inofensivo como: ¿Crees que estoy pintado?, o me hace alguna otra pregunta por el estilo –reflexiona la adolescente– algo en mí se pone a la defensiva y entonces pongo mi energía y mi inteligencia en defenderme en contraatacar, en justificarme… en todo menos en abrirme al aprendizaje.

Ciertamente mamá cree por su parte que lanzarle semejante pregunta es comprensible y humano, es decir: la única manera lógica de responder después de esperar hora y media a que la adolescente discurra entrar y mientras yo estoy aquí atrapada sin poder dormir. ¡Claro! de alguna manera es comprensible y humano pero también resulta absolutamente estúpido intervenir de esa manera en términos no de la intención sino del efecto que produce. ¡Sí! de pronto personas inteligentes como la mamá se encuentran atrapadas en un juego destructivo. Si esa respuesta tuviese un efecto constructivo, si llevase a un lugar de acercamiento, de solución, de aprendizaje…. ¡estaría justificada! Pero no es así: Estas inocentes preguntas llevan más bien a reproducir situaciones conocidísimas de mayor conflicto, distanciamiento, estancamiento… Decir que algo es comprensible y humano significa simplemente que así se aprendió y así se ha practicado por generaciones, tanto que parece tan natural, tan obligatorio… que ya no se considera opcional.

 

Ese día a las tres y media de la mañana llega la niña con sus zapatos en la mano y se queda sentada en el sillón de la entrada con la cara descompuesta; algo en su mirada –percibe la mama– trasmite dolor. A punto está la señora Muro de lanzar de su repertorio alguna versión de respuestas típicas para la ocasión: ¿Estoy pintada o qué? ¿Crees que yo no tengo derecho a dormir? ¿Cuándo vas a aprender a ser más respetuosa? ¿Parece que en lugar de agradecerme te empeñas en tratarme mal? Te valen un soberano cacahuate los horarios a ti, aquí está tu pendeja… Pero ¡no! en esa ocasión mamá al ver sentada a su hija, en una fracción de segundo, reconoce ante sí la maravillosa posibilidad de decidir… justo en ese espacio microscópico que se abre entre un pensamiento y otro. Por un instante ubica de manera tangible sus opciones: puede entrar al espacio de la entropía[i] y seguir la inercia de sembrar lo mismo para cosechar más de lo mismo… o poner pausa, sólo por un momento, a ese afán de cambiar a la otra. Mamá elige en un glorioso instante de libertad interior conectarse con lo que se imagina su hija siente en ese momento.

–Mi hija te veo triste… ¿te pasa algo?

Fue todo lo que necesito la niña para por primera vez en su vida atreverse a hablar y hablar y hablar con su madre por casi dos horas. La joven comienza a hablar y mamá la invita entonces a pasar a la cocina donde prepara un café para poder estar ahí presentes y despiertas en el desahogo. Durante ese tiempo la madre permanece estoicamente sin interrumpir, sin regañar, aconsejar, advertir, sermonear y toda la gama de RAB´s (respuestas automáticas bloqueadoras) que ella misma había aprendido de la abuela que a su vez lo aprendió de la bisabuela que a su vez… A las cuatro de la mañana, después de haber escuchado a su hija hablar y hablar atropelladamente, la mama pudo imaginar la experiencia de la joven Lucía; pudo conectarse a través de sus neuronas espejo –esas maravillosas colonias neuronales programadas para entender e imaginar la experiencia del otro sin quererla cambiar–. Después de haber escuchado en silencio a su hija, mamá toma la palabra y se limita a trasmitirle que efectivamente escuchó con atención y respeto todo el relato.

–Me imagino hija cuando llegas a la fiesta y ves frente ti a tu ex novio bailando con su nueva novia; te sientes terriblemente mal y quisieras desaparecer, que te tragara la tierra. Luego cuando te sacan a bailar te das cuenta de que con tus zapatos te ves diez centímetros más alta que tu nueva pareja –ese muchacho que te gusta– y en ese momento te sientes tan ridícula, observada y criticada por la mirada de tu ex novio. De por sí ya te sentías vulnerable y ahora con esto nuevamente quieres que te trague la tierra… Finalmente decides quitarte tus zapatos para verte al mismo nivel que tu acompañante y ahora tu ex novio tira “accidentalmente” un vaso de refresco: Te sientes tan frustrada tan indignada… te da coraje que toda la fiesta se te haya arruinado cuando tú tenías tantas ganas de pasártela bien… te da coraje con él y contigo por amargarte así la noche… durante todo ese tiempo te la pasas conteniendo el llanto… no quieres dar un mal espectáculo por eso cuando te subes al auto de tu amiga te sueltas llorando; realmente ya no aguantas… Me imagino lo verdaderamente desagradable, difícil, frustrante que fue esta fiesta a la que tenías tanta ilusión de ir…

La historia de la joven podría parecer tan irrelevante, tan común y corriente a esa edad, sin embargo, para ella fue una experiencia de profunda desolación… Y al mismo tiempo, una verdadera oportunidad ofrecida a mamá en bandeja de plata para escuchar y conectarse; para cambiar el curso de la cadena de estímulo-respuesta. Mamá, en un momento de claridad, decide aportar con un eslabón distinto al acostumbrado reclamo; Mamá por primera vez es capaz de humildemente acompañar a su hija en ese tramo doloroso de su vida de adolescente y al hacerlo así, con un humilde te veo triste ¿te pasa algo? se asoma a una experiencia profunda, impregnada de ese tipo de conexión que se da cuando sólo por unos momentos una madre, o padre es capaz de ponerle pausa a su afán irrefrenable y bienintencionado de cambiar, disciplinar, corregir… Mamá ese día fue capaz de concentrar de manera humildemente poderosa –y sanadora– su atención en imaginar cómo se sintió la joven… Ese día mamá aprendió que aunque en el pasado no supo o no pudo estar más presente con su hija de ayer, hoy la vida le ha ofrecido una segunda oportunidad.

[i] James O`dea (2011) Curso internacional: The shift network.

Los colores de la disposición

Si solamente los humanos pudiésemos tener unos lentes especiales para percibir el color de la persona con quien interactuamos. No se trata de cualquier color, se trata de intentar percibir el color de la apertura. Con la mirada normal podemos ver si el prójimo luce el pelo claro, obscuro largo o corto, podemos observar su estatura y su complexión física… pero ¿cómo sería si además pudiésemos percibir el “color de su disposición” justamente mientras se desarrolla una plática, una discusión, un intercambio de información aparentemente inocente. Si pudiésemos percibir su color interior, su modo de procesar información… podríamos fluir tan suavemente en nuestras relaciones interpersonales especialmente con las personas queridas con quienes más solemos enfrascarnos en pequeñas luchas de poder.

En 1920 un investigador de apellido Cannon describió un fenómeno fisiológico propio del humano y demás mamíferos, llamado: fight or flight response[i] donde ante un estímulo amenazante, el organismo se prepara con todo para pelear o huir. Después de casi cien años, dicho descubrimiento sigue inspirando múltiples investigaciones y nos ayuda a entender el funcionamiento de una persona en este estado mental y biológico.

En el cuerpo humano ante situaciones de alerta aparece una hormona precursora producida en el hipotálamo que estimula en la hipófisis la liberación de corticotropina que a su vez estimula en las glándulas suprarrenales la producción de cortisol[ii], conocida también como la hormona del estrés: En pequeñas dosis, esta hormona, facilita el metabolismo de la glucosa, proporciona un incremento natural de energía, sin necesidad de taurina ni cosa parecida, regula la presión de la sangre, activa el sistema inmunológico… Sin embargo, cuando esta condición se prolonga, el cortisol comienza a tener un efecto nocivo: la función de la tiroides es afectada, los niveles de azúcar en la sangre se desequilibran, aumenta la presión arterial… Durante los estados prolongados de estrés, el cerebro es inundado de cortisol y biológicamente se detienen las funciones de reparación y construcción de tejido nuevo. En otras palabras, se suspende el modo de crecimiento y se activa, ante la percepción de amenaza, el de protección o defensa. El organismo no puede estar al mismo tiempo en modo de protección y en modo de crecimiento, modos que aunque complementarios son también excluyentes; la activación de un modo desactiva a su contraparte. La sangre que en modo de crecimiento es suministrada a los lóbulos pre-frontales o cerebro ejecutivo, de pronto cuando surge la amenaza, es distribuida hacia los músculos, sistema nervioso periférico y óseo. El organismo todo, automáticamente se dispone a correr, a pelear –o a veces a paralizarse de terror–, la calidad del pensamiento es reactiva, no integradora, la claridad de las funciones cognoscitivas y la capacidad de tomar decisiones complejas se obstruye. Un niño inteligente de pronto en estado de defensa no tiene idea de cuánto es dos por dos, olvida todo lo que había preparado para el examen; Un adulto se paraliza cuando tiene que hablar en público, aun cuando se trate de un tema que conoce bien.

En modo de protección o defensa la persona está concentrada en defenderse más que en escuchar razones y en abrirse a nueva información.

Cuando Pedro X se encuentra en plena proceso de vomitarle un buen sermón a su alumno, hijo o pareja, es fácilmente observable con un mínimo de atención y sensibilidad, algo que a él, enfrascado en la conversación, le pasa desapercibido. Mientras Pedro habla el alumno está recibiendo información bien intencionada y de utilidad aparente en forma de reclamo, sugerencia, consejo, advertencia… El joven parece tenso, con sus brazos cruzados como queriéndose defender de la andanada de argumentos todos lógicos e impecables. Esta interacción, de lo curioso pasa a lo patético. El profe Pedro, parece estar vaciando una jarra tras otra de líquido informativo en forma de sermón, sobre el embudo incrustado en la cabeza del joven. La carga de defensividad en la interacción resulta tan obvia para todos menos para Pedro. No importa cuántos litros de buena información sean depositadas en el escuchador…. La persona que habla sin cesar está tan ocupada vertiendo su contenido, que no se da cuenta ni remotamente, precisamente por estar tan concentrado –o distraído– en cambiar al otro… que todo lo que entra por el embudo termina por derramarse fuera del cerebro, ni una sola gota es procesada. Nada de información útil penetra a tierra fértil, todo se desparrama por la simple razón que el presunto escuchador tiene cerrada la llave de entrada del aprendizaje significativo. Esta condición de tener la llave cerrada referida por los biólogos como “el modo de protección o defensa” se activa en condiciones de amenaza física o psicológica. En el terreno de las relaciones interpersonales, la percepción de ser manipulado, o presionado por cualquier medio, a pesar de la indiscutible buena y razonable intención del cambiador, suele promover en su contraparte la resistencia al cambio, es decir, la activación del modo de defensa o protección.

Juan, padre de familia, un día hace cumplir una de sus pocas reglas vigentes en el hogar: Aunque el sábado el permiso es gratuito para su hija, sin embargo, el salir los viernes está condicionado a no tener más de tres reprobadas en las calificaciones escolares del mes. Ese viernes cuya semana comenzó con cuatro reprobadas coincidió con la fiesta de quince años de una de las mejores amigas de su hija que le pide encarecidamente a papá justo al momento de la cena: déjame porfis, porfis… Papá se arma de valor y se sostiene: “Lo siento mi hija con cuatro reprobadas no puedes salir, esa regla tú ya la conoces”. La hija después de insistir e insistir se cansa y sale del comedor dando un portazo y exclamando: ¡Te odio, eres el peor papá del mundo!

Si en ese momento, papá responde al exabrupto de la niña con un contraataque de argumentos, tratando de trasmitir información razonable a un cerebro intoxicado de cortisol… Es fácil imaginar el resultado: choque de gritos, sombrerazos y tal vez golpes. Muchas relaciones de hecho sufren rupturas irreparables cuando coinciden ambas partes en un momento crítico de cortisol elevado. Un hijo en proceso de vivir una crisis de disciplina, esto es, al enfrentar la consecuencia no deseada de sus actos, por ejemplo, ante la negación de un permiso por haber cosechado tres reprobadas mensuales, de pronto se pone en modo de protección –a la defensiva– y cierra la llave de acceso a su capacidad de razonar, de usar su inteligencia. En ese momento no está facultado para recibir ni asimilar sermones brillantes; su capacidad para realizar un aprendizaje integrador se encuentra fuera de servicio pero por otro lado, de manera paradójica, su amígdala está activa, ese órgano conocido como el banco de la memoria emocional capaz de registrar experiencias emocionales intensas que serán evocadas “reactivamente” al menor estímulo. Papá en ese momento tal vez pueda reconocer las condiciones no propicias para el aprendizaje integrador, pero si aptas para el aprendizaje emocional reactivo que surge al calor de las crisis y de los exabruptos de violencia. Entonces cuando su hijo responda con enojo al serle negado el permiso, probablemente papá respire hondo, le clave una buena mordida a su sándwich de queso y le dé un sorbito a su bebida. Mientras mastica sabrosamente su cena tal vez sea capaz de observar, sólo observar sin subirse, a los trenes del pensamiento que cruzan su mente a cien por hora… y siga saboreando en silencio interior la última mordida de su emparedado. Algunos padres saben de la magia de no enredarse al querer corregir a un hijo enojado, instalado en pleno modo de defensa, y entonces al no enredarse en una discusión ven diluirse el problema. John Gottman[iii] investigador de las relaciones de pareja sostiene que uno de los indicadores claves para predecir un divorcio es precisamente la incapacidad de los conyugues de suavizar un intercambio y no enredarse en reacciones de crítica, defensividad, ataque… de no contestar un berrinche con otro peor.

Hay padres que al oír los reclamos de la hija, se enganchan; se montan en el tren del controlador, el regañador, el razonable, el defensor de los buenos modales… y deciden ir a perseguir a la rebelde para hacerla entrar en razón, hacerle ver que no se debe de poner así, que ella se lo buscó, que ella tiene que aprender y hacerse más responsable y que el castigo es una medida totalmente justa… Entonces sobre el primer problema papá construyen uno mucho mayor que es coronado con ofensas descalificaciones y hasta con violencia física y verbal. Todavía no conocemos un sólo caso donde un hijo frustrado instalado en su modo de defensa por no poder asistir a la fiesta de su mejor amigo, después de dar el portazo y ser alcanzado y sermoneado por papá ante las brillantes frases de este, de pronto se deslice mágicamente al modo de crecimiento, ponga cara de iluminado y con voz pausada y tono conmovedor exclame: ¡Gracias papito! ya entendí: todo esto lo haces por mi bien; esta es una medida formativa para mí y aunque ahorita me duele, me va a ayudar fortalecer mi carácter, a convertirme en una persona de bien… Lo único que haces es cumplir una regla cuyas consecuencias ya habíamos acordado… ¡gracias!

Esto lo podría decir el hijo en modo de crecimiento cuando hay apertura y disposición para aprender, es decir unos días, meses o años después del evento pero no justo cuando está saturado de cortisol. No importa pues lo brillante de un argumento si la persona está cerrada, se le va a escurrir el agua de depósito y no va a entrar ni una gota de entendimiento a su cerebro. Por eso, Si los humanos tuviésemos un color en la piel dependiendo del modo de procesar en el que nos encontramos… de verdad cuántos problemas nos ahorraríamos. Un maestro, un padre, novio, amigo, esposa… capaz de percibir el color psicológico del “otro” con quien se intenta un diálogo se daría cuenta de que si en ese momento renuncia a convencerlo y puede respetar la frustración de su interlocutor y lo deja en paz por un momento vivir su enojo; si no agrega un berrinche a otro berrinche… saldrá mejor librado y podrá hacer de las crisis oportunidades, no deterioros. Un padre de familia necesita aprender a sentirse cómodo ante la molestia natural de la frustración generada en el hijo por no poder asistir a la fiesta de su mejor amiga.

Si papá o mamá se pueden quedar, con su mente en silencio, amando a su hijo –aun cuando no le complace sus gustos– sin quererlo forzar a ser cariñoso, obediente, resignado, agradecido, razonable… entonces, tal vez se den cuenta de que a los dos o tres días del incidente enojoso el hijo se acerque y les vuelve a hablar con afecto. Pero si el hijo además de sentirse frustrado y en modo de protección se siente acosado por los sermones de papá o mamá, es probable que el distanciamiento dure más días o tal vez semanas, meses o buena parte de su vida… Por eso cuando veas a alguien en tu familia instalado en el modo de protección en lugar de andar brincando de un pensamiento a otro y quererlo cambiar, pretender que te escuche, que sea razonable, que entienda… dedícate a cultivar el silencio interior; si realmente te parece que tu norma es sensata y fue previamente acordada disponte a respetarla y a respetar la frustración del otro cuando tiene que enfrentar las consecuencias de sus actos.

Por otro lado, si algo de lo que te dijo en el momento de la crisis te ofendió o algo de lo que hizo te afectó, tal vez en caliente tomes nota de la foto de ese momento y la escribas o la grabes con todo detalle y en un lenguaje impecablemente descriptivo…y la guardes por el momento. Después de unos días, cuando tu interlocutor se encuentre dispuesto a escucharte diez minutos con atención y sin interrupción tú estarás en condiciones de compartir tu experiencia en un espacio protegido de dialogo tu experiencia, cuando ambos estén más cerca del modo de crecimiento que del modo de protección.

[i] Cannon W. B. (1963) Bodily Changes in in Pain, Hunger, Fear and Rage. 2da. Ed. Newton Cebtre, Mass.: Brandford.

[ii] Elizabeth Scott. (2011) Cortisol and Stress: How to Stay Healthy. Cortisol and Your Body. www.about.com Guide (Sept. 22).

[iii] Nan Silver & Gottman, John (1994). Why marriages succeed or fail: what you can learn from the breakthrough research to make your marriage last. N. Y.: Simon & Schuster