Bullying

En los países angloparlantes se ha acuñado el término bullying para referirse a un problema creciente y ya epidémico que ha llamado la atención pública con casos dramáticos como los de Jokin, un joven de catorce años, que a partir de dificultades ocasionales para controlar esfínteres, se convierte en objeto de burla de sus compañeros.

—Eres un apestoso –le dice uno de los agresores y le mete un puño de tierra en la boca. Algunos niños se ríen estrepitosamente mientras Jokin yace en el suelo inmovilizado.

Una vez más, los maestros como el personaje del hombre champignon de la obra “El Principito” están tan ocupados con cosas más “importantes y serias” como cumplir un programa académico que no se dan cuenta de la gravedad de la situación. En la escuela de Jokin se han construido dos nuevas aulas y un laboratorio, pero jamás se han construido espacios de confianza y seguridad psicológica para la expresión de sentimientos, para la exploración de experiencias personales, ni para la conexión entre estudiantes. El hostigamiento constante hacia el joven se hace más y más intolerable hasta que un día deja de asistir a la escuela. Sólo entonces “su tutora” registra paradójicamente la existencia de Jokin a través de su ausencia: Llama a los padres para pedirles que lo manden a la escuela porque el niño “tiene que aprender”. Jokin es obligado a regresar a la escuela y vuelve a vivir el mismo hostigamiento de siempre. Esa noche se lanza desde un muro al vacío y muere. Uno de sus compañeros tiempo después de la tragedia escribía “Cuanto más tiempo pasa peor me siento. Es como un gusano que corroe mi interior por no haberte defendido”

Dan Olweus por primera vez en 1970 documentó –encomen-dado por el ministerio de Educación de Noruega– el fenómeno del bullying a partir de la observación del suicidio de adolescentes que “coincidentemente” habían sido objeto de maltrato durante su vida escolar. A partir de entonces, el bullying comenzó a ser estudiado en países del primer mundo y a ser asociado con el fenómeno del suicidio.

En México se estima que tres de cada diez estudiantes de educación básica viven con el temor diario de entrar a la escuela y ser hostigados de manera física, verbal o psicológica.

Según los primeros datos formales de este fenómeno en nuestro país, de acuerdo a las consultas juveniles e infantiles realizadas por el Instituto Federal Electoral (IFE) en los años 2000 y 2003, el 32% de los menores de 15 años consultados afirmaron ser víctimas de maltrato en la escuela; más de 15% aseguró ser insultado y 13% dijo ser golpeado por sus compañeros.

De acuerdo al Instituto Nacional de Pediatría “el 30% de la población se cataloga ya sea como víctima o como agresor. El pretexto para agredir a alguien de manera sistemática es variado.

“En la escuela, el típico bullying que le llaman, te agarran tus libros, te rompen tus útiles, te esconden tus cosas, todo eso si lo sufrí en la secundaria”, mencionó J. G. estudiante. A. R. alumno del programa escuela segura a su vez dio su testimonio: “Por ejemplo que tú estás en paz y llegan a molestarte, o te llegan a golpear, o sea: es molesto”.

El Consejo Nacional de Autoridades Educativas (Conaedu), ha manifestado su preocupación e interés para identificar y erradicar la violencia, discriminación y bullying en las escuelas secundarias del país, a través de la impartición en el 2009 de cuatro mil talleres a los maestros del programa escuela segura (con cerca de veinte mil escuelas participantes entre privadas y públicas). “…la estrategia de poder fomentar los valores y una cultura de convivencia en un marco de paz y civilidad” –expresó en el 2009 en una entrevista la titular de Educación Pública con motivo de reunión del Conaedu y anunció que como parte del Programa Escuela Segura se ha diseñado y distribuido también un Manual de Prevención de Adicciones y de Violencia en el Aula.

El estado de Guanajuato también ha sido tocado por el fenómeno del bullicidio. En 1992 la encargada de proyectos de la Secretaría de Educación de Guanajuato alarmada por una ola creciente de suicidios entre adolescentes del Estado, apoya el fortalecimiento del departamento de Desarrollo Humano con los antiguos maestros de Orientación Vocacional para implementar actividades de sensibilización y prevención del suicidio en jóvenes. De esta y otras necesidades excluidas en la práctica educativa oficial surgió la necesidad de crear redes dispuestas a trabajar en su propio crecimiento personal y en su capacitación como facilitadores del Desarrollo Humano. Desafortunadamente, con muy contadas excepciones el maestro promedio no cree que la consigna educativa de aprender a relacionarse inspirada en las propuestas de Edgar Faure, José Trueba, Jackes Delors –por mencionar sólo algunos– sea su asunto ni su responsabilidad. El maestro de conciencia chiquita está tan ocupado en los programas y en disminuir los índices de reprobación y en muchas otras cosas importantes pero alejadas de la promoción humana y la salud emocional de sus alumnos, que olvida que al no hacer nada en esta dirección muchas veces deja de ser un elemento neutro para pasar a ser, a través de su ejemplo, cómplice activo e inconsciente de la cultura del hostigamiento, de la intolerancia y de la relación humana empobrecida que de maneras diversas promueve la violencia.

Desde luego que también existen respuestas constructivas e inspiradoras de maestros facilitadores: La tutora “Elena” a pesar de algunas resistencias iniciales llevaba a cabo una vez cada quince días una actividad de integración y dialogo a la manera de los “Círculos de Aprendizaje Interpersonal”. Algunos de los jóvenes más resistentes a hablar de “uno mismo” tuvieron la opción de elaborar por escrito un trabajo alternativo. Finalmente la mayoría decidió quedarse en las clases quincenales y compartían su experiencia con la ayuda de temas que la maestra proponía. El día de la evaluación final del ciclo uno de los jóvenes, le escribió lo siguiente a su maestra:

¿Qué aprendí en este semestre? Aprendí a escuchar y a expresar lo que siento pero hoy especialmente le quiero decir que aprendí a conocer a José. Al principio del semestre a todos se nos hacia medio rarito a mí la verdad me daba flojera invitarlo a salir con nosotros ni siquiera sé muy bien definir el porqué. Hablaba medio chistoso y además era bien ingenuo. Todos nos divertíamos cuando le decíamos que su papá era un corrupto porque había salido en el periódico algo de un fraude. El nomás se quedaba callado y se retiraba. Era lo más común agarrarlo de botana y verlo como tartamudeaba cuando trataba de defenderse. Todavía recuerdo ese miércoles cuando usted nos propuso un tema medio cursi “Alguna vez que nos hayamos sentido solos”. José empezó a hablar de cómo se sentía en la escuela y luego compartió que cuando entro a primer año su meta era tener por lo menos un amigo al final de la secundaria. Pero no lo había logrado. Los domingos en la tarde sus hermanos salían y él se quedaba en casa y siempre se preguntaba si algún día él también iba a poder salir como los demás.

Sabe una cosa maestra cuando escuche a José y vi sus ojos rojos y oí su voz quebrarse en ese momento se mi hizo un nudo en la garganta. A mí me caen gordos los que se hacen la víctima para llamar la atención, pero esto era diferente. No tenía la menor idea de lo que José vivía en su interior. Ese día me prometí a mi mismo nunca más volverme a burlar de él. Ese día me di cuenta que si yo he sido afortunado de tener amigos y unos papás que no me sobreprotegieron y se corrían el riesgo de hacerme más independiente y darme más permisos para salir que a José ahora quizás yo pueda intentar darle uno de los regalos que yo nunca había apreciado: la amistad. Hace una semana que le pregunte a José (pues ya me acerco un poco más a él) como se había sentido aquel día; me dijo que es la primera vez que habla de esto sin que se burlen. Yo nomás le di una palmada. El, con un apretón de manos muy fuerte, me dio las gracias. En ese momento sentí que al estarle dando algo de mí, yo también recibía. Por todo eso yo ahora también le quiero decir: gracias…

En prácticamente cada salón de clases existen múltiples personajes anónimos que por ser diferentes viven sus propios dramas: El niño obeso, por ejemplo, que para evitar la burla por su torpeza, prefiere no practicar ningún deporte, y con ello se aísla aún más del resto de sus compañeros. Está también la niña tímida que recién llegada de otra ciudad o de otra escuela, de pronto se siente desprotegida y excluida por sus compañeros; o el que usa lentes o es orejón o con espinillas o muy delgado o muy chaparro o muy cabezón o muy aplicado. Existe también el niño con múltiples problemas en su casa, que presenta un pobre rendimiento académico que a su vez contribuye a la formación del estereotipo de burro con su consiguiente efecto devaluatorio en su persona; o el hermano mayor, testigo y recipiente constante y pasivo de las agresiones mutuas de sus padres (por ej. “Tu padre nos dejó por esa vieja zorra a la que quiere más que a nosotros”; “tu madre es una loca que se acuesta con cualquiera”).

Para los adultos, que en su tiempo tampoco fueron escuchados, puede parecer irrelevante, sin embargo, cada niño y niña en edad escolar –cada versión de Jokins o de José– tiene una historia y un conflicto que enfrentar. Para cada niño, su experiencia es totalmente importante, es totalmente relevante y vital. Desafortunadamente, con el paso del tiempo se va dejando convencer de que no es para tanto, de que no debería sentir lo que siente, de que no viene al caso, de que es su culpa y lo que a él le sucede no es importante…

¿Cuántos adultos, que una vez fueron niños, han enterrado tanto sus sentimientos y su experiencia interna, que llegan al punto de ya no escucharse más a sí mismos? ¿Cuántos de ellos un día se descubren con una identidad ya bien acendrada como personas “naturalmente” incapaces y sin derecho de expresar sus preferencias, molestias, resentimientos, anhelos, logros…? Que al no poderlas expresar de manera protegida y adecuada se convierte en violencia posteriormente. No siempre habrá suicidios físicos o “bullicidios” ciertamente, sin embargo, es en la escuela donde se inician muchos procesos de deterioro emocional; La familia suele poner su granito de arena que después “magisterialmente” complementa la escuela en lo que Schatzman (1977) ha llamado tristemente: el “asesinato del alma”.

Por irrelevante que parezca, cada estudiante, niño o adolescente, vive cotidianamente su propia odisea. El maestro –usual-mente lejano a la experiencia interna de sus alumnos– se relaciona con la parte más obvia o manifiesta del estudiante, es decir, con su conducta, clasificable en términos de exclusivamente dos dimensiones: disciplina y rendimiento escolar. Si el alumno se porta bien y es aplicado, probablemente tendrá una relación cordial con el maestro. Ese aprecio condicionado del maestro se va reduciendo en la medida que el alumno se aleja del modelo de estudiante ideal. El maestro común y corriente rara vez hace algo significativo para facilitar el proceso de integración de los niños excluidos y diferentes en cualquiera de sus innumerables versiones –por gordos, por flacos, por ricos, por pobres, por aplicados, por desafiantes, por burros, por orejones o por chimuelos, etc., etc.–. El maestro común y corriente –por su falta de capacitación como facilitador, por su falta de crecimiento personal, por su dependencia en la pedagogía del premio y el castigo y por su excesiva preocupación por los resultados académicos y la buena conducta– deja escapar constantemente invaluables oportunidades de intervenir de manera significativa. El maestro en el mejor de los casos funciona como un buen instructor, en el peor, se convierte en cómplice; puede con claridad identificar el terrorismo de los niños pero no reconocer el propio. Permite que en sus propias narices ocurran actos de agresión ante los cuales sólo tiene el recurso de castigar o ignorar pero no el de promover espacios para la expresión constructiva.

Un maestro sin desarrollo interior difícilmente será capaz de dejar huella como “educador para la vida”; como agente promotor de la salud mental de sus alumnos; como facilitador del crecimiento personal y comunitario.

La posibilidad de expresar la experiencia propia con libertad interior es el primer paso en el camino de la salud mental individual y grupal. Según Ferry, el progreso hacia la libertad de los alumnos se adquiere a través de la apropiación del derecho de participar y expresarse en clase. Bessel (1972) y Jackins (1965) han sugerido la idea de que: “El trauma se da, no tanto por el dolor ocurrido cuando algo nos faltó o cuando alguien nos lastimó. La huella de una herida del pasado permanece como “trauma” de alguna manera en proporción a la imposibilidad de expresión, de desahogo y de integración constructiva de la experiencia. Por nuestra parte, sostenemos que un maestro, para promover la expresión y el desahogo, no requiere de estar formado académicamente como terapeuta: requiere simplemente, crecer como persona, y desarrollar una cualidad básica, para cualquier facilitador del desarrollo humano: el saber conectarse y escuchar con respeto.

EDUCACIÓN PARA LA PAZ: Para Laura Perls, la clave en la construcción de una cultura de la violencia y de la guerra estriba precisamente en la falta de contacto y de expresión de los sentimientos de dolor emocional. En su mayoría las personas encargadas de la planeación educativa en los niveles nacional y estatal tienen ellos mismos dificultades para contactar y expresar de manera honesta y constructiva sus propios sentimientos. Para muestra de ello basta observar como resuelven sus conflictos y diferencias algunos de nuestros modelos, en las medianas y altas esferas; desde las cámaras legislativas, los equipos de planeación de las diversas instancias de gobierno hasta los claustros de maestros de Escuelas Normales y de Universidades.

¡Claro que es importante apuntalar la enseñanza de las ciencias y las artes! Pero es vital y urgente iniciar con la competencia cero (Machiavelo 1998) y promover el Desarrollo Humano en el salón de clase. Hemos logrado a través de las diferentes instituciones sociales formar buenos comerciantes y militares políticos –diría Platón– a los que habría que sumar científicos y artistas. Sólo que hemos olvidado a los filósofos, a los buscadores de la verdad y de la libertad interior.

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