La triangulacion: “el arte de embarrar”

El fenómeno del embarre o la triangulación ocurre ante la incapacidad de expresar sentimientos de manera clara directa y personal… Cualquiera que sea la causa, en la interacción humana y especialmente en la relación de pareja, el contacto cotidiano va generando roces e incomodidades. Al paso del tiempo, la convivencia diaria hace que dos personas casi inevitablemente vivan la experiencia de ser invalidadas, de no ser tomadas en cuenta, de ser no atendidas, de ser ignoradas, de ser intencional o accidentalmente rechazadas o lastimadas. Algunas veces estas experiencias son expresadas en forma de reclamo: “me quedé esperándote como idiota más de una hora a que llegaras”. En otras ocasiones las molestias nunca salen por la boca, nunca son expresadas con palabras, y entonces, de acuerdo con el principio popular de lo que no se habla se actúa, las molestias calladas se convierten, en resentimientos, en distancia y especialmente en incapacidad de escuchar.

En una primera instancia pareciera que la triangulación es un fenómeno propio sólo de las conciencias más primitivas, es decir, de las personas con poco desarrollo y autoconocimiento, sin embargo la triangulación es mucho más generalizada de lo que pareciera e incluso se presenta eventualmente en parejas con un mayor desarrollo, concretamente en condiciones de especial frustración, impotencia e injusticia. La triangulación es el recurso favorito de muchas personas para lidiar con sus asuntos inconclusos y heridas no sanadas.

 

Cuando una   persona no alcanza a expresar sus molestias e incomodidades, por diversas circunstancias internas o externas, entonces puede acudir a la ley del hielo, es decir al silencio extremo cuyo  mensaje es: “no  me pasa  nada pero  estoy  con mi jeta”. Por lo general, cuando la persona en su relación de pareja decide callarse y cerrar la llave de salida de sus sentimientos –por irracionales que éstos parezcan– su estado de ánimo comienza a apagarse y a crearse una distancia emocional con el ofensor. Quien por no hacer el problema más grande decide aprudentar y callar, y afirma con sus palabras que todo está bien, inevitablemente con su conducta terminará mostrándose distante. La conducta hablará, de cualquier manera, cuando las palabras no se atreven.

En ocasiones, sin embargo, el silencio y distanciamiento de pronto se convierten, sin que la persona se dé cabalmente cuenta de lo que hace, en triangulaciones. En otras palabras, la persona herida, callada, distanciada, de pronto comienza a expresar o embarrar la molestia de manera verbal pero con la persona equivocada. El “embarrador” experimenta deseos irrefrenables de involucrar al vecino, de decirle de manera “totalmente inocente” a la hermana, a la suegra, al amigo, al hijo o a la cuñada todas las cosas malas “que me hizo mi pareja”. La persona que ha cerrado la llave de expresión abierta y honesta de sus molestias y ha preferido callarse para “no meterse en problemas” comienza a hacer algo todavía más destructivo que la ley del hielo: comienza a manifestar indirectamente su incomodidad a través del chisme y la triangulación, es decir, a través de actuar la molestia –en esta ocasión con palabras, a veces abundantes, a veces escasas.

Expresarle a la persona equivocada una molestia, un resentimiento o comentario inofensivamente venenoso se convierte en un abundante embarradero de mierda que afecta por igual a los tres puntos del triángulo: a quien recibe el chisme, a quien lo hace y a quien es objeto del mismo. Cuando el hijo funge como el elemento triangulado o embarrado por sus padres, las consecuencias son especialmente funestas. Por desgracia, muchos padres de ambos géneros y de todas las clases sociales practican sin darse cuenta de múltiples maneras el arte de embarrar a sus hijos, a quienes usan como testigos de sus conflictos permanentes.

Finalmente, la manera de manejar una molestia en cualquier versión –embarrar o practicar la ley del hielo–, tiene un efecto altamente nocivo para la salud mental de quienes son parte del ambiente cercano.

En el entorno familiar, los conflictos que papá y mamá no han podido resolver de manera evolucionada y responsable, enredan a los hijos, vecinos, amigos y parientes a tomar partido. Las  hijas  embarradas finalmente le reclaman al papá –o a la mamá–  de sus  errores e infidelidades y toman partido con la víctima, con lo cual  el desgaste es aún  mayor, pues  además del deterioro de la relación de pareja, la hija también pierde a su padre (o madre), éste(a) a su hija porque en la conciencia del primer orden existe esa regla implícita y poderosa que suelen promover de manera inconsciente y sutil tanto los victimarios como las víctimas: “estás conmigo o estás contra mí”.

Los padres triangulan y embarran a sus hijos cuando de manera inocente les hacen algún comentario aparentemente inofensivo:

—Asómate a ver con quién está papá, a ver si no está platicando con esa vieja resbalosa.

—Pídele a tu papá que nos dé lo de la semana antes de que empiece a tomar.

—A ti que te hace más caso dile que nos saque a pasear.

—Tu papá no sale con nosotros porque tiene cosas más importantes que hacer, como su futbol.

—Tu papá es un borracho.

—Tu mamá ha de andar de puta.

—Tu mamá no sabe ni cocinar bien.

 

El  fenómeno de  la  triangulación se  manifiesta en  diferentes niveles de  interacción humana, por  ejemplo en  los  ancestrales  conflictos entre musulmanes  y  occidentales,  entre  palestinos  y  judíos,  entre  católicos y  protestantes  irlandeses, entre  norte  y  sur,   entre terroristas malos y terroristas buenos, entre los amarillos, los tricolores y los azules, etc. Tanto en el nivel internacional como en el doméstico la triangulación es el arte y la práctica de embarrar, de involucrar en un conflicto determinado al resto de la humanidad, que de pronto se ve forzada a elegir de bando y a seguir así estacionada en las etapas más primitivas del desarrollo de conciencia. Uno de los principios de las pequeñas conciencias trianguladoras, “estás conmigo o estás contra mí”, se caracteriza por la tendencia a excluir a las personas y posturas que han cometido “el pecado de no coincidir conmigo”.

En el contexto de la pareja quedan embarrados principalmente los hijos, aunque también los suegros, amigos, vecinos, parientes cercanos y hasta uno que otro desconocido que fortuitamente se atraviesa por el camino. Los comentarios pueden parecer inocentes o totalmente malintencionados. El efecto es el mismo: ensuciar y contaminar al prójimo de un problema que no le pertenece.

Así como la sentencia bíblica reza: “si tu hermano te ofendió no dejes que se meta el sol sin ir a hablar con él”, también existe la oración de la secta de los Trianguladores de Santos Sepulcros Blanqueados (tssb), cuyas siglas también representan al patrono de  la  secta,  que  es el santo  niño Tesusubito.

 

Oración al Niño Tesusubito

 

Si tu hermano te ofendió

Aunque estés en el lecho de tu muerte

Sé fiel a la consigna y repite

No me pasa  nada, no me pasa  nada, no me pasa  nada.

 

Aunque te esté saliendo agüita por los ojos

Tú insiste que es por el humo  del cigarro o el smog

Pero nunca reconozcas que tienes

Algo que te lastimó

Algo que perdonar

Algo que agradecer

Ni mucho menos algo de qué pedir perdón.

 

 

Mejor visita a tus suegros y diles

Que su hijo o hija se ha portado mal.

En los momentos de mayor frustración y enojo

Coméntalo con tus hijos

Con sus hermanas

Con los demás parientes y vecinos

 

 

Embarra mierda a tu alrededor

Con generosa abundancia

En honor a los mandamientos del santo Niño Tesusubito

Patrono de nuestra secta.

 

 

Frente a la persona que se siente lastimada

Por algo que hiciste

O mortificada por algo que “te hizo”.  No escuches ni expreses lo que sientes Limítate a las enseñanzas de tus mayores: Reclamar, juzgar, defenderse.

Sermonear, usar sarcasmo y anexos.

Líbrate de caer en la tentación del diálogo

¡No lo quiera nuestro patroncito! El Niño Tesusubito.

Ni nuestra señora de los chismosos

La reverenda Pata Chapoya.

 

Pues si de verdad expresas y escuchas

Con honestidad y respeto

Tal vez descubras con horror

Que ya no tienes más mierda que embarrar.

 

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Un día cuando José Jr. tiene diecisiete años –y con la cabeza totalmente caliente de tantas “quejas inocentes” de mamá sobre la conducta de papá– se le deja ir a su padre a los golpes; los dos se gritan y afortunadamente en ese momento llega de visita el tío Pedro y el pleito es momentáneamente pospuesto. Padre e hijo viven emocionalmente muy alejados por un tiempo. Finalmente, el joven se casa y se va a vivir a otra ciudad. No quiere saber nada de su padre: lo odia con el odio que mamá le depositó.

Veinte años después, José Jr. está platicando en su grupo mensual de terapia de hijos triangulados anónimos donde asisten sobrevivientes de la triangulación. En esta ocasión escucha el testimonio de una compañera llamada Yolanda:

—A mi madre tengo más de un año que  no la visito, la verdad es que aunque por  un  lado  me siento  culpable de no hacerlo, cada  vez  que  voy a verla se me revuelve el estómago, tengo la misma  sensación de cuando era niña  y mis papás empezaban a tener problemas. Mi madre empezaba a hablar mal  de  mi  papá y yo  me  angustiaba, sentía en  aquel  entonces que  por  lealtad a mi madre yo tenía que  tomar partido. Personalmente no puedo decir que yo tuviera un problema causado directamente por mi papá. Conmigo en realidad mi padre fue cariñoso, por lo menos en un principio. Sin embargo yo no podía tolerar ver a mi madre sufriendo. En aquel tiempo realmente estaba convencido de que sufría por culpa de mi papá. Ahora sé que ella sufría por su propio juego inconsciente de ser víctima; por su propio apego a tener a una pareja junto a ella –a cualquier precio–; por su dependencia, mejor dicho por su adicción a tener a alguien junto a ella para sólo así creer que valía como persona y como mujer.

—Siempre creí  que  las adicciones tenían que  ver  con sustancias como el  alcohol  o con  drogas ilegales como  la  heroína –continúa Yolanda su monólogo–, pero  nunca imaginé que  también hubiese adicciones a  las personas y a las relaciones. Ahora  entiendo: mi madre en aquel  entonces reaccionó de la única  manera que podía, de la única  forma que aprendió de  sus  propios padres y de  su  escuela, de  sus  amigas y de  la televisión. Respondió con su fuerte adicción a tener con ella a su lado a mi papá al precio que fuese. En su lucha por conservarlo por cualquier medio, llegó a hablar con mi abuela materna y con las hermanas de mi padre. Pronto se hicieron dos bandos. Mi mamá también nos enseñó a no hablarle a mi tía Tere ni a mi tío Joaquín, que según ella estaba del lado de mi papá. Aún ahora –mucho tiempo después de la separación– mi madre no ha sabido soltar ni perdonar a mi papá. Yo por mi parte, poco a poco dejé de ver a mi padre, que de vez en cuando nos hablaba por teléfono pero siempre le respondíamos –mis hermanos y yo– con groserías.

—Recuerdo  –prosiguió Yolanda con  su  descripción detallada– cada vez  que  yo le colgaba groseramente el teléfono a “ese  señor”, a mi lado mi  madre me  hacía  un  cariño en  el pelo.  Yo sabía que en el fondo ella estaba orgullosa de mí porque yo había tomado partido con ella; porque no la había traicionado. Aprendí muy pronto a sentirme orgullosa de ser la defensora de mi madre. Por una  parte me sentía como la heroína de la película, pero  otra  parte mía  pagaba un  precio  muy  elevado, un  dolor profundo, un  desgarramiento interno que  ni siquiera alcanzaba a poner en palabras; simplemente me sentía, sin saber  por  qué,  sola y amargada. Mientras esto ocurría en mi  interior, en  mi  relación con  el  mundo de afuera, cada  vez  era  más  natural escuchar a mi madre hablar mal  de mi padre. Recuerdo haber leído una investigación hecha en la Universidad de Pensilvania con mil niños de familias divorciadas: la gran mayoría de ellos no había visto a su papá para nada durante el año previo al estudio. Me daba mucho coraje saber que no era nomás yo, que para muchos otros niños de mi edad los padres varones eran una bola de desobligados e irresponsables. Sigo sin justificar a los padres que se alejan de sus hijos para evitar problemas, pero ahora sé que la otra mitad de la historia la construyen muchas de las madres mártires del abandono. Ahora sé que muchas de estas mamás prefieren sentirse acompañadas en el abandono. En lugar de decir: “fulano terminó la relación conmigo”, prefieren decir: “tu papá nos dejó”.  Se friegan al papá y de paso también perjudican al hijo. Recuerdo perfectamente un domingo en una reunión de familia. Después de dos cervezas mi prima Chela pareció darse cuenta de algo que yo no era capaz de reconocer en mí misma; me confrontó de una manera que nunca voy a olvidar:

—Oye, prima, cuando te escucho hablar así, haz de cuenta que estoy escuchando a tu mamá, usas exactamente sus mismas palabras. A ti, ¿tu papá te traicionó en algo?

—Claro, el desgraciado se fue con otra vieja, con una desgraciada puta.

—Sí, yo sé que traicionó a tu madre, sé que como esposo falló y eso no lo discuto ni lo apruebo, pero te estoy preguntando ¿a ti como  hija te traicionó en algo?

Estaba a punto de contestar con mi manera habitual de hacerlo, con la misma perorata impresa en mi mente; con una especie de “tú también estás de parte de mi papá y de todas sus sinvergüenzadas, ¿verdad?”. Sin embargo me callé sin saber por qué. Quizás me sentí descubierta por la pregunta y me sorprendí a mí misma, me vi con horror en ese momento repitiendo algo que me había lastimado, haciendo precisamente lo que mi madre había hecho toda la vida conmigo: “si no estás conmigo estás contra mí”, es decir si quieres a tu padre no me puedes querer a mí.

Esa noche no pude dormir, me daba vueltas y vueltas la pregunta de mi prima Chela.  Me sentí expuesta en lo más íntimo; fue como si me hubiese desnudado frente a los demás y al ver mis miserias descubiertas sentía mucha vergüenza. Recuerdo que experimenté un odio profundo hacia mi prima por entrometida e indiscreta. ¿Quién le había dado autorización a la muy desgraciada a hurgar en mi interior y exponer sin ningún pudor mis juegos y alianzas secretas? También recuerdo que a partir de entonces, y por un buen tiempo, no le volví a dirigir la palabra.

Sin embargo también tuve que reconocer, en algún lugar profundo de mi conciencia, en algún rincón de mi ego, que estaba reproduciendo con la gente a mí alrededor exactamente el mismo patrón de respuesta que mi madre había practicado conmigo. Había aprendido, sin darme cabalmente cuenta, una especie de “ecuación mental”: amor es igual a lealtad. Sonaba bonito y romántico. Parecía un verdadero heroico acto de amor filial eso de tomar partido, eso de defender a mi madre contra el “infeliz cabrón ese”.  Sin embargo en el fondo también resultaba ser algo profundamente costoso para mí. Me había dejado de escuchar a mí misma, me había convertido en una conciencia habitada, en una extensión de mi madre… Por ser leal a ella me estaba perdiendo a mí misma. De pronto me di cuenta de que necesitaba un espacio para encontrarme.

Cuando Yolanda menciona esta frase tan cotidiana y a la vez tan importante, José, su compañero del grupo, se siente totalmente identificado; se transporta a su propia historia. Recuerda con absoluta claridad aquel lejano 10 de septiembre cuando le llegó por escrito la aceptación de una vieja solicitud casi olvidada para trabajar en una nueva empresa. Desafortunadamente, algo que no estaba en sus planes: la invitación implicaba salir a trabajar fuera de su ciudad.

—Mi madre me dijo ¡de manera tajante! –retoma ahora su relato José mientras Yolanda le cede espacio–, “eso no te conviene”. No obstante algo desconocido en ese momento me hizo aceptar la oferta y así fue que a pesar de mis culpas por dejarla y de mis sentimientos divididos, finalmente decidí yo también tomar distancia de ella.

—Poco a poco –continuó– pude aclarar aún más mi principal razón para aceptar el puesto: precisamente la oportunidad de tener un espacio de silencio para intentar pensar por mí mismo. Parecía que escuchar a mamá tan cerca de mí era como tener una bocina a todo volumen pegada a la oreja que me impedía escuchar mi propia voz.

—¿Y eso  cómo  ha  afectado tu  relación con  tu  madre? –pregunta Yolanda con curiosidad.

—Ahora tengo cuarenta y cinco años y ¿sabes una cosa?, la verdad me da mucha flojera ir a visitarla –confiesa José ante el grupo–. La quiero y entiendo sus sufrimientos, puedo imaginar todo lo frustrada, engañada, desilusionada e impotente que debió haberse sentido. Sin embargo cuando voy  a visitarla, cada  vez que  se toca  el tema  de mi papá aunque sea muy tangencialmente como  no queriendo la cosa,  se me hace  un  nudo  en el estómago y siento  la misma  sensación de ahogamiento de cuando era  niño. Otras veces cuando estoy a punto de ir a verla encuentro un pretexto para no hacerlo. Sé perfectamente que quien en verdad se quedó conmigo cuando era pequeño fue mi madre, que ella estuvo en los momentos difíciles; estuvo cuando me enfermé y en la mayoría de mis fiestas de fin de cursos. La quiero por un lado y por el otro, puedo también reconocer y no negar mi resentimiento hacia ella.

Con mi padre ahora he vuelto a retomar la relación, lo visito lo más seguido que puedo y cuando lo hago me siento movido por el puro gusto de verlo y no por obligación alguna. Ahora, al paso del tiempo, puedo ver la enorme diferencia entre mis padres. Él nunca, jamás, me habló mal de mi madre ni siquiera para referirse a algunos de sus “malos hábitos” como sus exageraciones, sus juegos de víctima, sus manipulaciones y su afición por el chisme.

Papá nunca me dijo en palabras pero, eso sí, me transmitió a través de su silencio discreto algo que mi madre no obstante todo su amor jamás pudo hacer: un mensaje implícito que hasta ahora finalmente puedo descifrar con claridad:

“Los problemas entre tu madre y yo no son tuyos ni tienes la culpa de ellos. No tienes que tomar partido entre nosotros dos, yo para quererte no necesito que estés contra tu madre”.

Acto seguido: José saca de la bolsa derecha de su saco un sobre rotulado dirigido a su madre y le pide a Yolanda que le dé lectura frente al grupo. Se hace el silencio.

 

 

CARTA A MI MADRE

 

Querida mamá:

 

Quizás te extrañe que te escriba esta carta después de tanto tiempo de no tener noticias mías. Sé que te ha lastimado mi distanciamiento y que has comentado a todo el mundo, como es tu costumbre, que “así son los hijos, unos ingratos después de que uno como madre les ha dado todo”.

Yo sé que gran parte de tu vida la dedicaste a tus hijos y que estabas constantemente al pendiente de nuestras necesidades. Nos inscribiste al mejor colegio que estaba al alcance de tu presupuesto. Nunca nos faltó un techo donde dormir ni ropa con que cubrirnos a mi hermana y a mí.

Realmente no obstante algunas épocas relativamente difíciles en lo económico, yo no tengo nada que reclamarte en el aspecto de los cuidados básicos.  De hecho  te  puedo decir  que  me  considero un niño  suficientemente feliz  hasta  la edad  de  los doce  años,  cuando empezaron los pleitos entre tú  y mi papá hasta  que  finalmente se divorciaron.

Durante algunos años antes de la separación –entre mi niñez y mi adolescencia– no tuviste empacho en embarrarme tu propio resentimiento con mi padre. Como prueba de lealtad en aquel entonces y por mucho tiempo yo fungí, sin darme cuenta, como la taza del escusado donde tú echabas tu mierda. Tú no tienes idea de lo que para mí significaba en la noche quedarme con la convicción inevitable de que para ser leal a ti, para cuidarte, tenía que hacer mío tu resentimiento con papá. En  ese  momento me  parecía lo más  natural, era  un  acto de  lógica solidaridad el tomar partido del  lado  de la víctima, de la ofendida –que  obviamente eras  tú–. Ya  que  tú lo estabas perdiendo, yo  también tenía que  perderlo por  amor  a ti; por  lealtad a ti, tenía que escoger necesariamente entre tú y  él; entre él,  desgraciado abandonador, y  tú la  pobre víctima desprotegida. Tenía que renunciar a tener papá, tenía que renunciar a ser leal a él. Ojalá en aquel entonces hubiese yo podido decirles con todas mis fuerzas a ustedes:

—A los dos los quiero mucho, muchísimo y por  favor  no me pidan que   tome   partido,  si  se  quieren pelear  entre  ustedes háganlo pero  en  privado y  no  me  metan en  ello.  Yo puedo acompañarte verdaderamente, puedo estar contigo pero ello no significa que te cargue, que haga míos a tus enemigos. Yo tengo derecho a quererlos a los dos aunque ustedes no se quieran entre sí. Su pleito es de ustedes, tu pleito con mi papá “es tu pedo”. Perdón, quise decir “estupendo”. Si quieres romper con una relación destructiva para ti, eso lo puedo respetar como una decisión tuya.

Con esto no quiero decir que lo hecho por mi padre estuvo bien, pero como hijo a mí no me corresponde juzgarlo a él. Hoy quiero expresarte que yo en aquel entonces no me pude zafar de tus leyes internas, de tus reglamentos no hablados de “estás conmigo o estás contra mí”.  Ahora lo entiendo de manera diferente: no tenía que aprobar a papá, pero tampoco tenía que tomar partido en una bronca que era de ustedes, de una bronca en la que siempre me sentí enredado, involucrado involuntariamente. Recuerdo por ejemplo esas comidas que me parecían eternas donde nadie hablaba, donde tú y él no se dirigían la palabra, pero eso sí, llegado el momento tú me instruías a acercarme a papá para pedirle dinero para mis libros, para comer, para mi ropa.  Yo tenía que hacer lo que a ti te correspondía y, sabes una cosa, odiaba tener que hacerlo.

Nunca pude decirte nada de esto. Ahora pienso que aunque hubiese sido agresivo, haberlo hecho en aquel momento me hubiese salvado de estarte cobrando hoy con tanto tiempo de distancia la factura de aquellos viejos resentimientos. Sí, ése es exactamente mi resentimiento contigo; el haberme callado tanto; ése es el resentimiento que se ha convertido en una profunda resistencia y flojera cada vez que trato de ir a visitarte. Es curioso, pero con mi padre con quien pasé menos tiempo, mucho menos tiempo que contigo, ahora me siento más cómodo. Ahora no siento que tengo nada que cobrarle. Mi gusto por visitarlo con cierta, aunque no demasiada frecuencia, tiene que ver con una sensación que experimento cuando estoy con él: me siento respetado, no me siento exigido a cambiar, me siento aceptado hoy como ayer, tal como soy. Con él no tengo que tomar partido. Contigo fue todo lo contrario. Sabía que me querías y mucho, pero ese amor tenía un precio. Siempre sentí que si osaba acercarme a mi papá, tú no me lo perdonarías. Muchas veces me dijiste sin decírmelo, es decir de manera implícita, por debajo de la mesa: “te quiero mucho, muchísimo, pero a condición de que seas como necesito que seas, a condición de que te pongas de mi lado”. Yo en aquel tiempo no podía descifrar el mensaje, simplemente me sentía atrapado.

Cómo es la vida, mamá, ahora a mí me toca venirte a hablar de papá. Ahora yo vengo a decirte que ojalá hubieses hablado y resuelto tus problemas con él en lugar de venir a quejarte conmigo. Esto que te digo a ti también se lo he  dicho  a él:  mi  padre me  solía  decir, sin  palabras, con  su  manera de  actuar: “no  necesito que  cambies o que tomes partido para  que yo te quiera”. Este mensaje lo recibí de mi padre ciertamente no con mucha frecuencia pero sí con consistencia, con claridad cada vez que fue necesario. Eso para mí fue más que suficiente.

El mensaje tuyo, por otra parte, nunca lo escuché expresado literalmente en palabras, fue a través de tus gestos, de tus comentarios indirectos, de tus actitudes, de tu sutil manera de hacerte la víctima, desde donde yo valientemente tenía que rescatarte. Tu mensaje no verbalizado es algo que hasta ahora puedo traducir más o menos así: “Si de verdad me quieres tienes que estar de mi lado pues ése es el signo mayor de amor y lealtad a mí. Tienes que tomar partido del lado de la justicia y tú sabes: la justicia está de mi lado. Si te acercas a tu padre o si accedes a salir con él, quiere decir que estás contra mí, quiere decir que tú también me abandonas, que de alguna manera tú también decides traicionarme. En otras palabras mis broncas con tu papá tú las debes de abanderar, las debes de hacer tuyas. O estás conmigo o estás contra mí”.

Querida mamá, antes de despedirme quiero decirte que tengo la esperanza de un día poder sentir no sólo con mis palabras, sino con todo mi corazón que realmente ya te perdoné, que vuelvo a sentir ganas de visitarte sin ese antiguo miedo de sentirme como el depósito de tu odio por mi papá; quizás un día pueda ocurrir eso, pero todavía no lo siento. Antes de hacerlo necesito decirte con todas mis palabras aquello que en su momento me callé: necesito decirte que me sentía totalmente embarrado de mierda; necesito decirte que resiento que me la hayas echado a mí, que no hayas tenido todo el valor de separarte bien de mi papá “dizque por nosotros”. Claro que me hubiera gustado ser hijo de una relación bonita entre ustedes. Pero eso no existía, y quedarte con mi papá así como lo hiciste no te lo puedo agradecer. Mamá,  tal  vez  tu  intención fue  buena pero, discúlpame, yo ya  no quiero ni  puedo creer  que  la  intención justifica todo. Me duele saber que en esos momentos tú tenías tu dolor, impotencia, rabia y no sé cuántas cosas más. Pero de este lado de mi piel, en aquel niño de once y doce años, te lo quiero decir con toda claridad a mí no me tocaba ser depósito de esa mierda, yo era tu hijo, no tu depósito. No puedo agradecerte que te quedaras en una relación donde te sentías como víctima: engañada, no respetada, no apreciada. Me sentía utilizado y ahora pienso que eso de utilizar aliados involuntarios es algo que viene de tu familia, algo que se ha transmitido desde hace muchas generaciones. Yo  por  mi  parte te confieso que  prefiero mil  veces  estar bien  separado a  mal  juntado y  constantemente embarrado.

Hoy entiendo que, cuando fui pequeño, mi padre tenía la debilidad de las mujeres, siempre fue enamorado y eso mismo lo llevó a ser desobligado como esposo y como padre de familia. Me imagino todas las veces que te sentiste injustamente tratada por él; todas las veces que sus infidelidades te indignaron y lastimaron.

Sin embargo por el momento me cuesta trabajo perdonarte y disfrutarte, sentirme cómodo contigo.

Después de decirte esto espero que algún día, no sé si cercano o lejano, pueda venir a visitarte y entonces simplemente entender que me diste lo que pudiste y lo que habías aprendido. Tengo pues  la esperanza de algún día venir a visitarte y hasta, ¿por qué no?, poder escucharte, sin  cargarte, sin  sentirme responsable de  ti,  sin  tener que  defender a  mi  papá, sin  tener tampoco que odiarlo. Tal vez algún día, antes de morir, entiendas que eso de hacerse la víctima es como conformarse con las migajas de la vida cuando tienes derecho al pastel grande. Ojalá algún día empieces a cuidarte y a quererte. Sin embargo esto no depende de mí, tú puedes decidir seguir viendo la vida  desde  la misma  vieja  ventana desde  donde hace mucho tiempo lo haces  como  la musa  de  la canción “sufrir me  tocó  a mí  en  esta vida”.

Yo no puedo remediar que insistas en asomarte para ver los eventos de la vida a través del mismo periscopio o que un buen día, cansada de tanta victimez, te atrevas a construir uno nuevo desde donde tú también te perdones y perdones a los que te ofendieron, y disfrutes tu jugo de naranja de las mañanas y tantas otras cosas.  Tal vez esto sea  algo  que  logres hacer, como  dicen  los hindúes, en  esta  vida  o dentro de unas  dos, tres  o cuatro existencias, lo harás cuando estés lista.

Y yo también, por mi parte, espero, cuando esté preparado y ojalá sea en esta vida, poder perdonarte y entonces cuando lo haga sé que me sentiré liberado, para no repetir con mis hijos lo mismo que tú hiciste conmigo como madre.

Sabes  madre, hace  unos  años  en una  borrachera, un  amigo de esos que  sólo  hablan de  asuntos personales y  profundos cuando están tomados, me compartió una  carta. Al terminar de leerla, los dos nos sorprendimos llorando como chiquillos. Le confesé que me hubiera gustado enviarle una carta así a mi madre.

Ahora  pienso que  tal vez  un  día  pueda agradecerte –o tal vez  ya lo  estoy  comenzando a  hacer– que  lo  vivido contigo sea  parte de  mi  preparación para  yo  algún día  recibir mi  propia carta de agradecimiento.

 

Madre:

 

Una carta diferente

 

Ahora que soy padre de tres hijos y te veo ya grande y con caminar cansado por todo lo que tuviste que enfrentar en la vida, quiero que sepas –pues tal vez nunca te lo dije como hoy quiero hacerlo, con total claridad– que estoy profundamente agradecido por uno de los más grandes regalos que pude recibir de ti. De hecho mi agradecimiento no es por algo que me hayas dado o por algo que me hayas dicho o expresado de manera verbal. Lo que tú me diste, madre, fue algo que con el paso del tiempo cada vez valoro más: tuviste muchas ocasiones más  que  justificadas para  desacreditar la imagen de  papá  ante mis ojos; muchas veces  te sentiste ofendida, engañada por  mi  padre, incluso hubo  un  par  de  ocasiones en  las  que  mi  padre te golpeó después de alguna discusión, y sin embargo no caíste en la tentación de triangularme, es decir  no te fuiste por la salida fácil de tantas madres que  conozco  de mis  amigos, que  se sienten con  todo el derecho de cobrarle al  papá  a  través de exhibirlo ante los  hijos; madres que  probablemente dentro de su dolor y sufrimiento hasta experimenten un placer oculto cuando se alían  al hijo con frases  como:

Tu padre no nos quiere, se va con sus viejas.

—A tu padre le importa más el futbol que nosotros.

—Ten cuidado cuando tu papá está enojado, que no te vaya a pegar como lo hizo conmigo ayer.

—Pídele a tu papá que nos dé lo del gasto de esta semana, si es que no se lo ha gastado en sus parrandas.

—Asómate a su escritorio a ver si no tiene una carta.

—Tú que sabes de esas cosas, mira su celular a ver si no tiene mensajitos de esa fulana.

—Tú que sabes asómate a su computadora a ver si no se está escribiendo con la vieja lagartona esa.

—Le importan más sus amigos que nosotros.

—Se compró una camisa nueva pero no tiene para tus zapatos que te hacen falta.

—Acompáñame, hijo, a ponerle una demanda.

—Diles a tus hijos, a ver ¡diles! con quién andabas el jueves en la noche.

Tú, probablemente –estoy seguro– te llegaste a sentir frustrada, engañada, dolida y con ganas de cobrarle de la manera más fácil y accesible a tu alcance: a través de nosotros, tus hijos. Sin  embargo, no  lo  hiciste, te  reservaste todo  tu  dolor, tu  enojo,  tu  rabia  para enfrentarte con él. Recuerdo por ejemplo esa vez cuando después de dos meses de un fuerte pleito con papá nos convocaste a todos y nos dijiste que se iban a separar y sólo nos explicaste en voz pausada y firme:

“Cuando dos personas no se llevan bien y se han dejado de amar es mejor separarse, pues si se quedan juntas se pueden hacer mucho daño y hasta los hijos pueden salir lastimados. Luego agregaste: como papá, él trata de darles lo mejor a su manera, yo estoy segura de que los quiere a su manera; si él se va de mi vida como mi esposo, como mi pareja, eso no significa que ustedes se tengan que ir de la vida de él ni él de la de ustedes. Ustedes no tienen que perder a su padre. Los problemas de nosotros son de nosotros y nos toca a nosotros resolverlos. Ojalá lo puedan querer y aceptar como es y asimismo ojalá sepan tomar lo bueno que él tiene para ustedes. En todo caso les quiero decir que si ustedes le tienen que reclamar algo, reclámenle algo propio. A ustedes no  les  toca reclamarle a  él  su  conducta conmigo ni  a  ustedes como  hijos les  toca reclamarme mi  actuar con  él. Los dos somos adultos y podemos resolver esto entre él y yo. Yo puedo hacer mis reclamos si los llego a tener y me puedo defender, pues conozco la ley y no soy ninguna pendeja. Ustedes tienen derecho a tener a un papá  y a una mamá  y sobre todo tienen derecho a ser  libres  de  querernos a los dos  sin  tener que  tomar partido; tienen derecho a experimentar esa libertad maravillosa de poder amar  a dos personas, aunque entre ellas no se lleven bien”. Mamá, todavía recuerdo tus palabras, con toda claridad. Nosotros sabíamos que a veces él te golpeaba porque un día ocurrió el zafarrancho justo frente a nosotros. Él estaba tomado y tú le dijiste con firmeza: “en frente de los niños no voy a discutir contigo”, y te fuiste al cuarto y él detrás de ti, luego se cerró la puerta y aunque oímos por unos momentos su voz fuerte y enojada, de ahí no pasó a mayores, y al siguiente día nos sacaste al parque a nosotros y cuando te preguntamos por papá nos dijiste que el día de hoy no se sentía bien.  Aunque no nos dijiste toda la verdad tampoco nos decías mentiras.

Nunca nos pediste que te acompañáramos a levantar demandas ni a ser testigos de nada relacionado con nuestro padre.

Un día llegamos de visitar a mi papá que se quedaba en la casa de su madre. Mi abuela y él se habían dedicado a hablar pestes de ti. Cuando te preguntamos qué opinabas de mi papá nos dijiste: “los problemas entre él y yo son sólo nuestros y a nosotros nos toca resolverlos; de mi parte ustedes tienen derecho a quererlo pues es su padre yo no voy a hablar mal de él con ustedes. ¿Me entienden?”

Ya no volvimos a insistir pero  hoy  aprecio madre que  ese día  que papá te provocaba para que tú respondieras en  ese mismo nivel primitivo y  limitado de “ahora que  él  habla mal de mí, yo tengo que  defenderme y cobrársela hablando mal  de  él y echarle tierra como él lo ha hecho conmigo”. Pero no lo hiciste ni ése ni cualquier otro día: en esa ocasión nos mostraste tu calidad de mujer amorosa y evolucionada: tus problemas con él eran con él y no tenías –así lo decidiste– por qué embarrarnos de dichas broncas. Con gran gracia y dignidad nos miraste a los ojos y sólo nos volviste a repetir tu mensaje valiente, digno y amoroso. No lo defendías pero tampoco lo atacabas:

“Los problemas que tenemos son nuestros, no de ustedes. Tienen derecho a querernos a los dos. Créanmelo, si ustedes quieren mucho a  su  padre yo no me siento traicionada ni  nada por el estilo, al contrario, me da gusto por ustedes, pues tener un papá es algo  muy bonito  e importante”.

Algunas veces inclusive fui grosero contigo por las cosas que mi papá

me decía  de ti, sin embargo poco  a poco  me fue  ganando tu  amor incondicional y aunque tú no tenías los recursos económicos de mi padre, que  seguido trataba de comprarnos con  regalos y viajes, la verdad es que  fuimos  descubriendo lo delicioso de estar  a tu  lado. Contigo vivíamos algo que no podíamos vivir al lado de papá, no obstante todo su dinero: la libertad de querer a los dos sin sentirnos culpables ni traicioneros.

Actualmente, aunque vivo lejos de  ti,  te  quiero decir  que  cuando te visito lo hago con gran gusto, no me mueve el sentimiento de obligación, ¡la verdad no! Me mueve el gusto por ver y estar  con esa mujer maravillosa, mi madre, que se amaba lo suficiente a sí misma como para no necesitar que su hijo llenara el hueco que sólo puede ser llenado con respeto y estima propia. Agradezco profundamente el haberte desarrollado lo suficiente como persona como para no actuar como mente primitiva y ponerme en la disyuntiva de “estás conmigo o estás contra mí”. Gracias por ese maravilloso regalo de no embarrarme. Gracias mamá por todo. Gracias por ser y por dejarme ser.

 

 

 

¿Quieres escuchar?: sacúdete el ego

Querida Elena: te escribo esta carta después de enterarme de este intento fallido de diálogo familiar. Hace un año surgió un conflicto profundamente doloroso para ti, tu hijo y tu nuera. Se distanciaron de tal manera que durante todo este tiempo no viste a tu querido nieto y ni siquiera pudiste asistir a su cumpleaños. Fue un año donde experimentaste una profunda soledad y abandono de ese hijo a quien tanto has amado. Te sentiste verdaderamente lastimada y excluida de su vida. Después de este receso forzado en la relación, hiciste acopio de valor y lograste convocar a tu hijo para intentar una charla amistosa, un acercamiento. Lo invitaste a tu casa para tomarse un café y platicar. Preparaste con esmero esas galletas que sabes a él le encantan y a las cinco en punto todo estaba dispuesto en la terraza para recibirlo.

De pronto sentados frente a frente, tu hijo se prepara para hablar; observas como toma aire con mucha dificultad para tratar de contestar a tu pregunta. ¿Porque te has distanciado tanto? Comienza entonces a referirse a aquella ocasión cuando en el clímax de un intercambio áspero –después de haberte enterado que se había dado de baja de la universidad para dedicarse de tiempo completo al rancho– él recuerda haberte escuchado decir en frente de sus hermanas: ¡eres una decepción y un bueno para nada! así nomás vas a parar en un mantenido de tu mujer como el tío Felipe…

¡Yo jamás dije eso, eso es una mentira, un invento tuyo que no sé de donde sacaste! –te aprestaste a contestar inmediatamente antes de que el joven terminara de articular la última frase.

Querida Elena: Tal vez esas no fueron las palabras exactas que pronunciaste, o tal vez sí. Tal vez la frase que él refiere que tú dijiste, está toda distorsionada… Sin embargo, él finalmente sólo te reporta lo que alcanza a recordar, a reconstruir en su memoria. Independientemente de la fidelidad de sus recuerdos, lo importante y lo grave del asunto es que tú como mamá, como persona a su vez lastimada por su reclamo: ya no pudiste silenciar tu propia mente; no lograste mantener toda tu atención escuchando la experiencia de tu hijo, tal como él la recuerda. Te sentiste amenazada, te sentiste atacada y comenzaste a ocupar tu energía desesperadamente en rebatir, en corregir, en defender tu perspectiva y la veracidad de tus propios recuerdos. Dejaste de escuchar. En algún lugar aprendiste que la realidad es sólo una y en este caso la que tu hijo refería no podía ser la verdadera realidad porque no coincidía con la que de manera absolutamente honesta, tú tenías registrada en tu memoria como la verdadera realidad.  Si la tuya era la verdad, la de él tenía que ser mentira. El problema no reside tanto que entre tú y tu hijo, existieran versiones diferentes respecto a “cómo sucedieron las cosas”; el problema no es que cada ser humano recuerde y amplifique de manera selectiva unos detalles de su percepción a costa de otros. A lo mejor el recuerdo en tu memoria es más exacto que el que tu hijo guardó en la suya y según criterios de exactitud lo de él efectivamente podría calificar como mentira, distorsión, invento… ¡pero eso es irrelevante si de verdad quieres construir un diálogo!

No tiene la menor importancia quien gana en el concurso de la “verdad” cuando aspiras a conectarte verdaderamente con el otro y a hacer de este encuentro una verdadera oportunidad de sanación. Lo único lamentable en aquel fallido intento de conexión, fue tu indisposición, tu incapacidad para asomarte aunque fuese provisionalmente a escuchar, ver, sentir… con apertura una película diferente a la tuya; una película que ni siquiera tendrías que declarar como “la verdadera realidad”.

Para conectarte con tu hijo sólo necesitabas haberte asomado a su versión e imaginar su experiencia desde la perspectiva de su percepción: desde su recuerdo, desde su narración, desde su propio dolor, tal como él la tienen guardada en su memoria… y poderla reconocer y validar como “su versión”, sólo como eso. Recuerda: escuchar no significa estar de acuerdo; sólo significa que puedes silenciar tu mente y desnudarte de tu propia versión para asomarte a la de tu prójimo.

En ese momento la posibilidad de un acercamiento con tu hijo estaba tan cercana y a la vez tan dolorosamente lejana. Tu atención estaba puesta en tu propia película y te urgía aclarar que así no fueron las cosas. Era como si de pronto en plena carretera al ir conduciendo se te atravesara una vaca gigantesca y todo el campo visual del parabrisas de tu auto fuese invadido con piel de vaca, con cuernos de vaca con cola de vaca con ojos de vaca…. nada de carretera, sólo imágenes de vaca en el campo visual del conductor. Querida Elena ya no pudiste ver en ese momento la carretera, ya no pudiste seguir asomándote al relato de tu hijo. Creías estar escuchando su narración pero en realidad comenzaste a escuchar tus propias voces. Se te atravesó tu propia vaca, tu propia historia, tus propios recuerdos de injusticias y ofensas pasadas, tus heridas, tus hábitos, tus razones, tu perspectiva, tu manía de corregir, de defenderte –como una cuestión de dignidad, de honor… En realidad tú no atropellaste a la vaca, la vaca te atropelló a ti y por un momento irrumpió en tu conciencia… Parecía tan fácil mantener tu atención en la experiencia de tu hijo, en su relato… y sin embargo, ya frente a él, te resultó tan difícil ponerle pausa a las imágenes de esa “vaca del ego” que se cruza de repente y representa no solamente tu versión de los hechos sino también tus heridas, tus resentimientos… Esa vaca atravesada en tu parabrisas te impide concentrarte en la historia del otro, por lo menos mientras termina su relato. En ese momento cuando tu hijo evoca un recuerdo que no coincide con tu memoria, claro que tú también te sientes lastimada, injustamente malinterpretada por él… Y desde ese lugar de dolor, repentinamente todo tu cuerpo cambia de canal, de modo de operar: del color verde de la apertura te deslizas al color rojo de la amenaza. Tu cuerpo todo se pone a la defensiva. El sentirte atacada, malinterpretada… te lleva a ti misma a atacar y de pronto te imposibilita el conectarte con tu sistema biológico “verde” de la compasión y la empatía –conformada por ese tejido de neuronas espejo cuya función no es hacer entrar en razón al prójimo, cambiarlo, corregirlo… sino sólo imaginarlo, entenderlo, desde su película–. Responder con compasión, con empatía es algo aparentemente tan fácil que hasta un niño de cinco años lo puede hacer. Pareciera tan sencillo el haber podido responder así:

–Me imagino hijo: ese día que me escuchaste decir: “así por ese camino vas a terminar de mantenido como tu tío Felipe…”  Oír eso, me imagino, te lastimó mucho; te sentiste muy dolido conmigo; atacado, reprobado. Es algo difícil de olvidar ¿verdad?

!Pero no lo hiciste! Sí… pareciera tan fácil y, sin embargo, resulta tan difícil responder ante el relato del otro, no con tus opiniones sino con tu ínsula anterior; con esa tejido neuronal donde se asienta la empatía y la compasión; con esa red especializadas en imaginar la experiencia del otro, en recrear lo que siente, tal como lo siente no tal como lo “debería” de sentir…

Estimada Elena, después de un año de no verse, la vida te colocó, una vez más, frente a tu hijo y en seguida del saludo cordial y de un breve espacio de plática civilizada, ante tu pregunta directa con cierto olor a reclamo de ¿por qué te has retirado? él aborda abruptamente  el tema de su resentimiento, expresado también en forma de reclamo… ¡Pácatelas! entonces tú respondes con otro abrupto acto de corrección: yo jamás te dije eso… En ese momento se termina de colapsar el frágil el puente de conexión que tímidamente amenazaba con acercarlos.

Hoy tal vez hayas aprendido –o tal vez no– que un reclamo puede ser una maravillosa oportunidad envuelta en espinas. Usualmente las personas que sólo ven la envoltura agresiva del reclamo responden a la defensiva ante las espinas –tal como él lo hizo contigo y tú con él–.

No te tienes que regañar por haber lanzado tú el primer reclamo y luego por haberte defendido cuando él te reviró… Es entendible, cuando te sientes atacada, malinterpretada o injustamente tratada… simplemente desconectas tu sistema biológico de la empatía y conectas la contraparte: tu modo de alerta; cambias del modo verde, de apertura y conexión, al modo rojo de amenaza… y desde ahí contestas con esa parte de tu ego que reacciona a la defensiva; que quiere corregir al otro antes de terminar de entenderlo. No eres el primero ni serás el último ser humano que lo hace…

Sin embargo, hay un resquicio casi invisible, una hendidura por donde, a pesar de la fea envoltura del reclamo, se llega a filtrar una posibilidad esperanzadora. La persona impugnada por el reclamo, de pronto, cuando es iluminada por su conciencia, es capaz de mantenerse en modo verde, romper el círculo de la violencia verbal y simplemente deslizar una respuesta impregnada de compasión. En un momento de claridad apaga su ego y prenden sus neuronas espejo para avizorar un sentimiento detrás de un reclamo, de una ofensa, de un juicio infundado, de un: a ti eso te vale madre; el siempre fue tu preferido; yo te importo un bledo… ¡Sí! detrás de un reclamo se alcanza a asomar un sentimiento de dolor, una herida… que anhela secretamente ser entendida, ser pescada al vuelo por tu radar “de color verde” para  entonces –al ser escuchada compasivamente– se guardada en  su memoria  de otra manera.

Hay quien logra heroicamente mantener prendido su radar, sus neuronas espejo… y reconoce la existencia esa capa de dolor profunda, detrás de la agresión y el tono de reclamo… y puede, entonces lanzar una respuesta inédita, inesperada: validar sentimientos de vulnerabilidad escondidos debajo de las espinas, de las palabras duras y ásperas, de las apreciaciones distorsionadas… Ahí justamente comienza a surgir la restauración de las heridas y la conexión: al reconocer el dolor del otro y honrarlo a través de un sencillo y poderoso: Me imagino que ese día… te sentiste muy dolido conmigo.

Querida Elena: ahí estaba, asomándose el dolor de tu hijo expresado de la única manera que pudo hacerlo: en forma de reclamo. Ahí estaba asimismo el riesgo inminente de convertir ese intercambio en un mayor distanciamiento y resentimiento… Pero también ahí estaba la oportunidad de convertir una crisis en oportunidad; de resonar con su sentimiento profundo –no sólo con su forma agresiva y reclamona–. Ahí estaba la ocasión de escuchar, de validar esa vieja experiencia de dolor, de resentimiento en tu hijo e impregnarla de aceptación con un simple me imagino –que de momento no llegó.

Ahí frente a tus narices estaba la oportunidad de concentrarte en escuchar, sin distraerte en intentar corregir una “forma incorrecta y mentirosa”. Las condiciones estaban dadas, agazapadas detrás del reclamo, sólo necesitabas escuchar su dolor, para empezar a andar el camino de la conexión y comenzar a sanar esa su vieja herida… que después te permitiría también a ti compartir y sanar la tuya propia.

Ayer dejaste pasar la ocasión, porque tu propio dolor incrustado en tu ego te atropelló, te secuestró y rompió el silencio de tu mente –ese silencio tan necesario para escuchar verdaderamente–. Sin embargo, seguramente mañana la vida, que es generosa, te dará una segunda y una tercera oportunidad para, con tu mente calladita, puedas evitar las vacas del ego que cruzan por tu camino y entonces logres sintonizarte con tu hijo; con su dolor, sus resentimientos, sus éxitos…

Mañana sí mantienes prendidas tus neuronas espejo y te concentras por unos minutos sólo en imaginar la película de tu hijo en lugar de contestar con tu típico: ¡no es cierto yo nunca dije eso!... te sorprenderás de ese efecto reparador, discreto y a la vez impactante, en la cara de tu hijo cuando le regales ese acto de escucha que quizás logre pronunciar tu boca:

Me imagino hijo: ese día que me escuchaste decir: “así por ese camino vas a terminar de mantenido como tu tío Felipe…  Oír eso, me imagino, te lastimó mucho; te sentiste muy dolido conmigo; atacado, reprobado. Es algo difícil de olvidar ¿verdad…?

 

Transformación y Crisis

Los virus al igual que las bacterias, responsables de una gran cantidad de padecimientos, son organismos pequeñísimos de una gran sencillez comparados con el cuerpo humano. Cuando un cuerpo infectado de alguna bacteria recibe una dosis de antibióticos, los microbios invasores comienzan a morir de manera masiva y con frecuencia son exterminados totalmente. Sin embargo en algunas ocasiones, unos pocos de esos pequeños y escurridizos micro-sujetos de manera misteriosa sobreviven al ataque y enfrentan un proceso de «evolución filogenética acelerada» a través de mutaciones y recomposiciones genéticas.

Según los antropólogos físicos, el ser humano ha tenido que pasar por periodos prolongados –de cientos de miles de años– para llevar a cabo transformaciones filogenéticas, es decir, para sufrir algunos cambios en las nuevas generaciones que aunque pequeños, sean visibles. Sin embargo, en el caso de los microbios sobrevivientes después de un “bombardeo de antibióticos” de cualquier tipo, de pronto, se observa un cambio espectacular; son capaces de evolucionar a pasos agigantados y de modificar su misma estructura genética en un lapso sorprendentemente corto. A partir de un momento crítico instantáneo pueden dar a luz a una nueva generación de organismos con una estructura que nunca jamás había existido; una nueva «raza» que en el futuro, ante un nuevo ataque de antibióticos equivalente, tendrá la capacidad genéticamente adquirida de sobrevivir campantemente. Existen algunas cepas de dichos microorganismos que para ser liquidados necesitan dosis de diez, cien, o hasta mil veces mayores que las requeridas originalmente. Existen incluso cepas que han evolucionado al grado de ser ya totalmente «inmunes a las bombas de dicho antibiótico, no importa la dosis que les sean aplicadas.

A inicios del siglo veinte un filósofo francés Henry Bergson se refería al elain vital, una especie de impulso ascendente y natural de la vida, que ante los obstáculos impuestos por el mundo de la materia inerte, crea variación y nuevas formas. El científico belga, Ilya Prigogine, ganador del premio Nobel en 1977, inspirado en Bergson, desarrolla su teoría: «Las Estructuras Disipativas» donde explica fenómenos que la termodinámica clásica –también llamada de estados reversibles– no podía abordar. Según el paradigma clásico de la termodinámica de procesos lineales y reversibles, cualquier cambio en una de sus tres variables tradicionales –volumen, calor o presión– tiene el potencial de afectar de manera regular, reversible y predecible a sus «dos hermanas», o por lo menos a una de ellas si la otra permanece constante. Un concepto central en la termodinámica clásica es el de entropía, proceso, mediante el cual con el simple transcurrir del tiempo, los sistemas sufren una pérdida gradual de energía que los lleva eventualmente a su descomposición, desorden, deterioro… Este principio de entropía, por otro lado, desaparece temporalmente durante el proceso de crecimiento de los organismos. Más bien parece darse un proceso paralelo y a la vez opuesto. Por una parte el organismo se deteriora y por el otro, se mueve en dirección del crecimiento y de mayor orden y complejidad. En otras palabras pareciera que el tiempo puede cumplir con dos funciones opuestas dependiendo del modelo de estudio. En la termodinámica clásica el tiempo es “el espacio” durante el cual ocurre la entropía o deterioro; Con el transcurso del tiempo los sistemas pierden energía y terminan en descomposición y “muerte”. Se requiere tiempo para que un vaso de leche o un trozo de carne se descompongan, para que un ser humano, un perro, una hormiga envejezcan y mueran. Este paradigma de la termodinámica clásica, también llamado de efectos constantes o lineales es perfectamente aplicable sólo en el reducido rango de los llamados sistemas en equilibrio uniforme.

En el nuevo paradigma de las estructuras disipativas, sin embargo, el tiempo puede también fungir como la plataforma donde los procesos de pronto no son irreversibles ni lineales. Si utilizamos metafóricamente el ejemplo ya mencionado sobre la interacción entre volumen, temperatura y presión, es como si al aumentar la presión, más allá de un cierto nivel, ya no afectase en la misma proporción el volumen o aún más, después de cierto punto la materia se transforma en una nueva estructura molecular que ya no puede simplemente regresar a estados previos. El agua puede pasar del estado sólido al líquido y luego al gaseoso con solo operar cambios de temperatura en condiciones de volumen constante. Sin embargo también se han documentado con cambios de temperatura extremos, la aparición repentina –no gradual ni lineal– de estructuras sorprendentes en forma de cristales, como los observados al interior de los copos de nieve.

El tiempo, como variable, en los procesos estudiados por Prigogine es el espacio potencial donde los organismos sufren cambios repentinos que los van transformando en sistemas cada vez más complejos, evolucionados e inteligentes. Ahora bien ¿De qué depende que el tiempo sea un factor de deterioro o un factor de evolución y crecimiento?

Una de las preguntas más fascinantes para los paleontólogos, antropólogos y astrofísicos –estudiosos de las huellas dejadas por la historia de la evolución– sugiere que el proceso de la vida comenzó en las estrellas que circulan por el cosmos. Cien billones de ellas habitan en cada una de los cien billones de galaxias calculadas en el universo “cercano”. Cada estrella funge como un horno nuclear formado inicialmente de átomos de hidrogeno –los más simples de todos; compuestos solamente de un protón, un electrón y un neutrón–. Al calor extremo de cada estrella-horno-nuclear se fusionan dos átomos de hidrógeno para dar lugar a un átomo de helio que al fusionarse a su vez con otro átomo de hidrógeno conforman ahora el litio que al fusionarse con otro átomo de hidrógeno se transforma en un nuevo átomo: el boro y así sucesivamente hasta completar los más de cien elementos de la tabla periódica que conforman toda la materia prima orgánica e inorgánica del universo. Nuestro sol ha estado horneando elementos por cinco billones de años lo que a su vez ha permitido la creación de planetas y similares con algo más que hidrógeno, donde eventualmente, como en el caso de la tierra, las combinaciones de átomos especialmente de carbono, hidrógeno y oxígeno comenzaron ya no a fusionarse sino a combinarse en temperaturas moderadas, para formar moléculas cada vez más elaboradas aunque aún primitivas como los aminoácidos y proteínas que fueron a su vez dando paso –a través de “crisis ambientales” en forma de variados cambios climáticos– a transformaciones en su organización hacia formas cada vez más y más complejas. Hace más de tres mil millones de años la tierra estaba poblada sólo por organismos unicelulares que habitaban los grandes océanos de la tierra. En plena crisis de extinción se conectan dichas células independientes y autónomas para formar los primeros organismos pluricelulares. Surgen así versiones primitivas de vegetales y protozoarios para después dar lugar a formas animales más y más sofisticadas hasta llegar a los mamíferos antropoides que finalmente dan origen al ser humano con un sistema nervioso de gran complejidad y una conciencia de su propia existencia totalmente inédita.

En el cierre del capítulo anterior esbozamos la pregunta central de esta obra: ¿De qué depende que una especie o un organismo muera o crezca; se deteriore o evolucione? ¿De qué depende que ante una situación crítica la persona utilice el tiempo cronológico para emerger o para marchitarse? ¿Qué determina que el ser humano se mueva en dirección al crecimiento y la evolución o inicie su destrucción de manera acelerada? La pregunta aunque compleja merece una postura: Es nuestra creencia que en todas las crisis humanas: intentos de suicidio, abandonos, rupturas, experiencias de violencia… la persona tiene ante sí la posibilidad de dar un salto cuántico como lo han documentado Calhoum y Tedeschi (1999) con sus estudios sobre “el síndrome de crecimiento postraumático”[1].

Desafortunadamente los más cercanos a la persona en crisis, incluidos los padres en su función de protectores, fungen como amortiguador para hacer algo que desde una perspectiva resulta absolutamente razonable y amoroso; pero desde la perspectiva de los procesos de evolución tiene efectos contraproducentes y mantiene al “paciente” en el deterioro del no crecimiento y a la relación atorada en el espacio del problema[2]. El argumento parece ser: si quiero a alguien voy a tratar de evitar que la persona en crisis se suicide, sufra, entre a la cárcel… Sin embargo –he aquí lo paradójico– al evitarles el riesgo del sufrimiento también en la misma medida desaprovecho la oportunidad inherente a la crisis y la maravillosa posibilidad de dar el brinco, o por lo menos a intentarlo con dignidad.

En una crisis conectarse con el otro y comprender su experiencia no significa cargar con sus problemas. Las mujeres que asisten a los grupos de Alanon –filial de alcohólicos anónimos– conocen, por ejemplo, el significado de dar un brinco en su conciencia para trascender el papel de ser las eternas encargadas de rescatar a su adicto. Poco a poco se mueven a la posición de entender profundamente al otro y al mismo tiempo respetar y honrar sus propios límites.

En la casa de la familia Acosta, un buen día la madre Amelia recibe una llamada. Le avisan que sus hijos han sido detenidos por enésima ocasión por beber alcohol en la vía pública. Amelia cariñosamente después de escucharlos con toda empatía les pide a sus hijos que ahora la escuchen a ella. Les informa tranquilamente que tal como habían acordado en la última plática, en esta ocasión y en las subsecuentes aceptará con entereza las consecuencias de los actos de sus hijos. Esa noche los niños duermen en la cárcel y la mamá se queda enfrentando y observando su dolor –en forma de una opresión fría en el pecho– sin acudir a la salida fácil y conocida de ir a sacarlos para momentánea y artificialmente dejar de sufrir.

Juanita Pérez es informada que su esposo está tirado a dos cuadras todo vomitado y borracho. Juanita escucha con ansiedad a su agitada vecina encargada de traer las noticias del barrio. Sin embargo en esta ocasión, después de agradecer la información, por primera vez en su vida, es capaz de permanecer en su casa solita a saborear su modesta cena –una taza de chocolate y una pieza de pan dulce– mientras el marido en cuestión es transportado a los separos de la policía por ensuciar y obstruir la vía pública.

Para ambas mujeres, Juanita y Amelia, es notable la nueva respuesta que, como esposas y madres, son capa­ces de dar por primera vez en sus vidas: Están dispuestas a ya no cargar más la responsabilidad de las conductas de sus prójimos a pesar de quererlos profundamente. Juanita, justo en el momento de la crisis cuando es informada del estado deplorable de su marido, puede encontrar, escondido en su conciencia, un lugar de libertad interior donde soy yo quien decide y no el mundo exterior. Puede optar justo entonces por la evolución de su conciencia y comenzar a voltear hacia adentro de sí misma con aceptación de sus limitaciones y también desde luego en su momento puede escuchar, entender y aceptar al otro; y construir con él una poderosa experiencia de conexión. Puede, en otras palabras, por primera vez observar, sin subirse al tren de su mente, sin juzgar, criticar o desaprobar; Ahora experimenta esa vieja frase “puedo ver mis pensamientos sin subirme a ellos. Por fin es libre de escuchar sin cargar; por fin ha entendido que entender no es aprobar.

Por primera vez en un acto de reconciliación con el proceso evolutivo Juanita está dispuesta a recordarse a sí misma –no necesita decírselo a su pareja– justamente cuando se queda en su casa y se abstiene de ir a rescatar a su maltrecho y vomitado esposo: yo construyo realidades en función de dónde pongo mi atención; si yo pongo mi atención en lo que él mi hizo, construyo la realidad –absolutamente verdadera para mí– de ser una víctima consumada.

Juanita ve con más claridad esa vieja danza mental interminable que ambos han bailado desde siempre; ese paseo por el teatro de su mente donde pequeños egos creados por ambos, intercambian su entrada en el escenario. Ahora sabe que, al igual que su pareja o su hijo, a ella le pertenece la decisión microscópica de ir o no: por el camino de la inconsciencia, por esa vieja inercia, por ese hábito de repetir hasta el cansancio la misma histo­ria inventada que da forma inadvertidamente a estados de ánimo y ventanas a través de las cuales se ve a sí misma como la víctima, como la culpa­ble, como la complaciente, como la niña herida, la recha­zada…

Lo había oído mencionar, lo había leído, como un concepto interesante, pero ahora lo estaba tocando de cerca, lo estaba asimilando con su corazón, con su experiencia… Ahora en­tendía el significado vivo de ser ella quien elige dónde poner su atención; es decir de continuar o no eterna­mente con esa vieja rutina de alimentar de amargura su experiencia y seguir brincando como robot por los mismos pasajes, grabaciones, historias y ventanas de la percepción donde primero se siente angustiada cuando el marido no llega, luego cuando aparece siente ali­vio y hasta gusto de poder proceder a rescatarlo de la calle para pasar de inmediato a ser la vieja regañona y reclamona. Posteriormente procede a hacerse la víctima y finalmente se siente culpable de haberle hablado feo al pobre hombre. Cada cuatro o cinco semanas se reinicia el baile de los viejitos con los mismos brincos, la misma música y los mismos pasos… Hasta ahora lo puede ver con claridad.

Desde el lugar más profundo de su conciencia, Juanita, al avanzar en su propia evolución, comienza a aceptar que no es dueña de la voluntad del otro y que, en todo caso, su verdadera trampa está en “haber comprado el boleto” y subirse al tren de creerse responsable de que su hijo o esposo –adultos ambos– sufran, mueran o vivan. Ahora reconoce que cuando responde desde “el ego de la culpa” funciona sin querer como un sofocador-evasor que sabotea el aprovechamiento del recurso promotor de evolución humana llamado crisis.

En los casos más extremos y asfixiantes de conflictos interpersonales están las amenazas extremas –me voy a morir, a drogar, a enfermar, a ir para siempre– y entonces los seres queridos quedan atrapados en el círculo vicioso de la culpa y de ese “hoyo negro psicológico” conocido como el espacio el problema.

El rescatador en turno, alimentado por el remordimiento, desperdiciará las crisis. En lugar de escuchar experiencialmente y utilizar la ocasión como trampolín para dar un brinco en su evolución caerá en la trampa ancestral de la involución y la entropía al poner toda su atención en redimir una y otra vez al otro. Probablemente termine hundiéndose con él o en el mejor de los casos malgastando toda su energía vital y creatividad en hacer por el otro lo que él no ha podido –o querido– hacer por sí mismo.

Se dan entonces dos desperdicios: el de “la víctima” que insiste en culpar al mundo y se resiste a entrar a su propio proceso (de autoexploración, de auto observación de revisión terapéutica, de autovaloración, de transformación e independencia…) y el del “salvador” que por estar tan ocupado intentando cambiar al otro ha dejado de ocuparse de sí mismo, de ser innovador y creativo en su trabajo, de crecer y de ejercer su vocación.

Una pregunta básica de Juanita y Amelia –ambas en proceso de transformación– es la siguiente: ¿Tengo derecho a aferrarme a mi papel de rescatador movido por el afán de calmar mi propia ansiedad y culpa?; ¿Tengo derecho a obsesionarme por cambiar al otro engañándome que es por su propio bien y hacerme cómplice inconsciente de mantener un estado de equilibrio desequilibrado? ¿O puedo aceptar que dicha persona es responsable de, y tiene derecho a, decidir en un momento de su vida por la entropía o por la evolución?

Al final Juanita o Amelia no pueden salvar al otro. Si insisten en usurpar responsabilidad ajena y hacer lo que al otro le corresponde, terminan quitándole su dignidad de intentar al menos[3] enfrentar su propia vida. Por querer salvar al otro, los rescatadores  se pierden a sí mismos. Una conciencia evolucionada aprende a confiar en las bondades potenciales de la crisis y acepta que detrás del desorden aparente del caos subyace un delicioso orden y una esperanza de evolución en proceso de cocinarse. Puede asimismo escuchar el dolor de una crisis con compasión y sin la obsesión de controlarla, cargarla, evadirla, minimizarla o resolverla.

El dolor de una crisis ciertamente trae consigo –lo sostiene Prigogine, ilustre premio Nobel de Química– la posibilidad de la entropía y el deterioro del sistema, pero también lleva consigo la estimulación potencial al proceso de evolución que por millones de años se lleva a cabo desde los primeros átomos de helio pasando por los aminoácidos hasta el sofisticado ser humano que cada día gracias a –y no a pesar de– sus fluctuaciones de información en forma de crisis y sentimientos fuertes sigue teniendo la posibilidad de crecer en conciencia de maneras sorprendentes.

Cada día la ciencia descubre nuevos efectos y sustancias. Cada cinco o diez años los laboratorios farmacéuticos encuentran una nueva droga capaz, “ahora sí”, de resolver el problema de la ansiedad, la depresión, los pensamientos obsesivos, irracionales… Aunque dichas substancias pueden ciertamente resolver un momento de crisis y regresar a la persona a un estado más funcional de manera provisional; su utilización por default como recurso permanente para mantener a las personas a flote implica renunciar a la activación del potencial de evolución inherente en cualquier organismo capaz de enfrentar o evocar una crisis a través de sus “momentos de sentimiento fuerte”. El acceso a una escena de sentimiento fuerte como un trampolín para la evolución personal suele desperdiciarse cuando la persona por medios farmacológicos ha aletargado su capacidad de conectar sus emociones.

En todo caso, como facilitadores del diálogo nos corresponde promover la máxima expansión de conciencia a través de explorar los sentimientos fuertes de las crisis con total libertad y seguridad psicológica. Sin embargo, paradójicamente más allá de escuchar experiencialmente y así facilitar la toma de conciencia es muy poco lo que podemos hacer sin caer en el juego “de nunca acabar” del primer orden. En este sentido, la filosofía del espacio protegido del diálogo está inspirada en la consigna atribuida a Marshall Rosemberg, pionero de la educación no violenta: Conéctate con el otro, conéctate contigo y Dios hace el resto.

Al final de uno de sus libros más conocidos, Del caos al orden, cuyo título habla por sí mismo, Prigogine establece que el caos es un tipo de orden, de orden inestable, de no equilibrio, que lleva a un sistema a estados de mayor orden y complejidad; a nuevas estructuras y a estados de mayor coherencia.

Las crisis pueden ser consideradas como estados de caos que representan la condición para el aprovechamiento óptimo del tiempo en el desarrollo y evolución de un organismo, es decir, para el surgimiento del nuevo orden, de una nueva estructura, de una nueva conciencia. El tiempo sin crisis, sin caos, sin fluctuaciones lleva a la entropía y al deterioro, La crisis sola, tampoco garantiza evolución, sin embargo el tiempo invertido en una crisis acompañada con apertura, disposición y conexión se convierte en la gran palanca para la evolución de la conciencia. Y el espacio de diálogo en familia es un espacio privilegiado para la evolución social de abajo hacia arriba.

La teoría de las estructuras disipativas trasciende el modelo lineal y establece que los organismos son «sistemas en sí mismos» y a la vez también forman parte de otros supra-sistemas. Cada sistema es eventualmente expuesto a fluctuaciones de energía de «subsistemas fluctuantes» de origen ambiental. Ocasionalmente, como cuando tiene lugar un bombardeo de antibióticos, se amplifican las fluctuaciones en el organismo de un microbio y entonces se desgaja la estructura previa.

Prigogine dedicado a estudiar los procesos irreversibles en química y biología que han llevado a la naturaleza a través de millones de años a evolucionar de lo simple a lo complejo, no puede predecir por adelantado, el resultado de una fluctuación (crisis, o bombardeo de información) pero si establece que existen dos alternativas posibles:

  1. Una estructura de dinámica caótica, en pleno proceso acelerado de entropía, es decir, de involución y deterioro.
  2. Una estructura auto-organizada de un orden superior, es decir una estructura más evolucionada y compleja.

Los orientales, siglos antes de la época de los premios Nobel y de la nueva termodinámica, entienden las crisis humanas con el mismo doble significado de Prigogine: riesgo y oportunidad. Las abuelas igualmente con su natural sabiduría cada vez que nos enfermábamos nos decían: lo que no te mata te fortalece mijo.

Así, ante cualquier crisis nos movemos en alguna de las dos direcciones: hacia la evolución o hacia la involución –no hay de otra–. Para las personas con vocación de crecimiento, la conciencia evoluciona a través de toda su vida –gracias a las benditas crisis– que se convierten en auténticas minas de diamante. Aunque el cuerpo como parte del ciclo vital envejece, la conciencia del ser humano es capaz de permanecer dispuesta a la evolución. Esta característica cualitativamente única en el ser humano ha inspirado a Ceja Gallardo (2000) para referirse al «hombre» como: “El cuarto reino de la naturaleza” por su potencial único de crecer en conciencia hasta el último momento de su vida. Pero también el mismo Ceja Gallardo se refiere al tiempo sin crecimiento cuando distingue al viejo sabio que a pesar de su deterioro físico, mantiene su conciencia en evolución; versus el “viejo involucionado” que con la edad simplemente ha acumulado más tiempo de ejercer la estupidez.

Las crisis de la vida son pues una condición más no una garantía para la evolución de las conciencias.

 

 

 

[1]Tedeschi RG (1999), Violence transformed: posttraumatic growth in survivors and their societies. Aggression and Violent Behavior 4(3):319-341

[2]Miguel Ángel Olguín se refiere al espacio del problema –en contraste con el espacio de la solución– como aquel intercambio en el cual sin darse cuenta las personas hacen todo, absolutamente todo para mantener el problema sin solucionar. Paul Watzlawick asimismo le llama a su versión de este fenómeno cambio de primer orden.

 

[3] Hay jóvenes que siguen viviendo con sus padres “a causa de “ciertos problemas psicológicos que los hacen incapaces de valerse por sí mismos”. Como los hijos no son normales los padres los involucran en su juego de tratarlos como niños con el argumento de: si cuidándolos hacen lo que hacen imagínese si no los cuidamos. Un día esos jóvenes al quedar huérfanos, andan rodando y viven sus últimos años lastimosamente a la deriva. Tal vez hubiesen preferido ser tratados con dignidad: escuchados, queridos y entendidos pero no cargados por sus padres. Hubiesen preferido morir con la dignidad de haber intentado heroicamente hacer su vida con todo y sus limitaciones que haber gastado sus vidas y la de los demás lastimosamente atrapados en el juego invisible: el parásito y su mamá de teta grande.

Los indignados

En 1968 transitábamos entre la primeria y la secundaria y de aquella matanza de estudiantes del mes de octubre en Tlaltelolco prácticamente nada se supo. Como jóvenes adolescentes estábamos más bien ocupados en la próxima inauguración de la primera olimpiada a llevarse a cabo en un país de América Latina. Con el pasar del tiempo nos dimos cuenta de la magnitud de dicho suceso… Se trataba de estudiantes que, como ahora en varias partes del mundo, manifestaban su indignación. Lo poco y a cuenta gotas que pudimos saber desde nuestro pequeño mundo de niños-adolescentes provincianos era que se trataba de algo así como un grupo de rojillos revoltosos que por andar haciendo desmanes, bien se habían merecido una buena reprimenda del gobierno de Díaz Ordaz. El rompecabezas de historias fragmentadas sobre lo entonces acontecido se ha ido desentrañando lentamente al paso del tiempo. Ahora a más de cuarenta años de distancia, después de oír testimonios y conocer las versiones de variados actores de ese entonces, nos queda más claro lo ocurrido y con ello surge la oportunidad del aprendizaje y la reflexión.

Tal vez el lector se pregunte ¿qué tiene que ver el 68 con el tema del dialogo y la construcción de una mejor sociedad a partir de la familia? A lo mejor no viene al caso… o a la mejor sí.

Hace años en un restaurant de mariscos, disfrutábamos de un rico coctel de camarones mientras el dueño del lugar de deshacía en atenciones con las cuatro mesas ocupadas en ese momento. De pronto en una visita al baño, cercano a la cocina, alcanzamos a escuchar las palabras poco estimulantes de esa educadísima persona sobre la humanidad de su hijo.

–Muchacho pendejo, te dije que atendieras la mesa dos…

–Hay pa, pos no me dijiste que me pusiera a pelar camarones…

–Eso fue hace una hora y ya ves ni pelas bien los camarones ni atiendes la mesa. No sabes hacer nada bien.

El diálogo terminó con el seco sonido de zape  en la nuca del pequeño aprendiz de mesero. Ese papá zapeador había aprendido, en algún tiempo y lugar de su infancia, dos principios pedagógicos sólidamente primitivos: Para “educar a los hijos” hay que castigarlos –de otra manera seguirán actuando mal–. Y en segundo lugar: Hay que quedar bien con las visitas, con el de afuera. En términos del personaje Don Budas Tadeo[i], esto ha sido referido como el pecado de afuerear, esto es, verse constantemente a través de los ojos que miran de allá para acá, de afuera para adentro. Afuerear implica dirigir la atención a ese lugar imaginario del observador externo al que se le atribuyen variadas conductas y gestos que lo convierten en el proveedor permanente de aprobación o desaprobación.

El papá, zapeador de su pequeño hijo-mesero, de pronto revive de entre sus recuerdos empolvados de su infancia, una ocasión donde su mamá lo llevo a visitar a la esposa del patrón para llevarle un puño de cacahuates del rancho. Ya en la casa de la patrona, el ama de llaves los pasa a un pequeño recibidor donde esperan durante unos minutos a que aparezca la señora que los invita a tomar un agua de Jamaica mientras les agradece el regalo. En ese instante aparece un curioso perrito peludo que desconoce a los visitantes y se pone inquieto. El niño al notar la presencia poco amigable del animalito también se repliega a las faldas de mamá. El perrito y el niño se quedan observándose en estado de alerta. Finalmente el animalito, ante un movimiento brusco del niño, rompe la tregua y comienza a ladrar; el niño se asusta. El temor experimentado en ese momento ante el escandaloso cachorro, sin embargo, no es lo más significativo para el niño. El elemento de su experiencia que queda marcado en su memoria, esa sensación difícil de borrar, fue el jalón brusco y agresivo que sintió de su madre mientras lo regañaba con total naturalidad:

–¡No molestes al perro mijo!

Jackes Lacan decía que el inconsciente es el discurso del Otro en tí. !Sí!, de pronto la presencia de ese otro –la mamá– en forma de lenguaje pasa a formar parte de la dimensión de lo inconsciente, de ese algo misterioso e innombrable que eventualmente “sin darte cuenta determina tu forma de percibir, de actuar, de comunicarte”. El lenguaje no sólo tiene contenidos, también transmite de manera implícita rechazo, aceptación, relaciones de poder, respeto, irrespeto…  Cuando la frase ¡no molestes al perro! fue pronunciada, el niño experimentó un momento fugaz de crisis. Estaba en una casa desconocida, ante una señora elegante y un perro que parecía decir con sus ladridos no eres bienvenido. El pequeño al percibir amenaza, como ocurre en situaciones inesperadas, se pone en estado de alerta. La amígdala, esa pequeña estructura límbica considerada como el banco de la memoria emocional, de pronto en momentos de crisis parece abrirse para recibir directamente, sin mediación de la corteza cerebral, toda la información que llega del tálamo… y de un solo golpe registra permanentemente la experiencia de rechazo. Así en una fracción de minuto el niño aprende algo terrible: Que el perro del patrón es más importante que él; Aprende que primero es no molestar al animalito ladrador que proteger o por lo menos acompañar  amorosamente a un niño asustado de visita en una casa extraña de gente rica. Csikszenmihalyi,[ii] o chicsenmiljaii como le dicen sus amigos húngaros ha popularizado el término meme de Richard Dawkins como la unidad de transmisión de información social equivalente a los genes de la biología. Los memes se transmiten y se reproducen con pasmosa facilidad de una generación a otra en forma de creencias y cultura.

Por eso… tal vez aquel lejano Díaz Ordaz no era tan diferente al referido dueño de la marisquería… ni a la madre de éste. Cuando en el 68 están a punto de llegar las visitas de todas partes; cuando los ojos del mundo están puestos en México y su presidente quiere quedar bien y dar una buena imagen… de pronto esa ansiedad de no causar mala impresión, esa obsesión de afuerear, –el cuarto pecado capital de don Budas Tadeo[iii]– se convierte en un acto de violencia desproporcionada contra sus propios jóvenes que por más diferentes, cuestionadores y desafiantes que fuesen a los ojos del presidente … no merecían ser masacrados de manera tan brutal. El problema en la disfuncionalidad humana no es de mala intención como lo sugiere Selvini Palazzoli[iv]. Tal vez, contra lo que algunos piensen, Díaz Ordaz pensó que actuar como lo hizo era un mal necesario y hasta patriótico para proteger la imagen del país. Tal vez en su visión chiquita y desde su conciencia primitiva no pudo reconocer que al no quererse desprestigiar con el mundo exterior estaba descuidando lo más importante: sus propios hijos. Estaba además desperdiciando la oportunidad de dar cauce a esa energía transformadora de jóvenes valientes y entregados que, a su manera como el movimiento reicente de los indignados de todo el mundo –de Wall Street, de Chile, de Roma, de España– desean una sociedad mejor y más justa. Tal vez como padres de familia a veces por cuidar a la visita estamos reciclando ese hábito ancestral de no cuidar y valorar a nuestros propios hijos… y así reproducimos ese meme que nos ordena que cuando hay conflicto la única solución es el zape con lo cual retrasamos el surgimiento de la inteligencia emergente o colectiva[v] que surge cuando se promueve el libre flujo de información.

¡Sí!, cuando las personas dialogan, se escuchan, terminan transformando sus diferencias en maravillosas oportunidades de crecimiento, conexión, aprendizaje, evolución…

[i] Chávez R. & Michel Sergio (2006) En Busca de la Paz Interior: El señor del aguamiel. Ed. Norte Sur.

[ii] Bandura A (1977) Social learning Theory. Englewood Cliffs, N. J. Prentice-Hall.

[iii] Ibid (77)

[iv] Ibid (61).

[v] Inteligencia Emergente “emergence” término de Steven Johnson. Ver también inteligencia colectiva en Levi, Pierre. (2004)  L’Intelligence collective. Pour une anthropologie du cyberespace. La Découverte (Essais).

¿Dónde se construye la sociedad?

Ponchis, producto de un hogar altamente disfuncional, fue un niño de aspecto tierno que mataba personas para luego, con la ayuda de su hermanita solidaria, desaparecer los cuerpos…

Juanita Barrazas fue otra niña famosa cuya madre la intercambió a un hombre por un par de cervezas frías. Al paso del tiempo esa niña convertida en mujer se dedicó a la lucha libre y posteriormente, cuando la edad ya no le dio para tantas maromas, dio un giro de actividad para transformarse en la tristemente célebre mata-viejitas.

La lista la podríamos enriquecer con los ya incontables niños sicarios de catorce y quince años y de tantos otros más grandecitos que protagonizaron matanzas como la de San Fernando en Tamaulipas o del Casino Royal en Monterrey, por nombrar sólo algunos lugares conocidos en México. Estos niños y jóvenes excluidos del sistema ciertamente no aparecieron de la noche a la mañana; se fueron cocinando poco a poco a través de relaciones de abandono, de rechazo, de ausencia, de crueldad, de hogares sin vínculos ni límites. Más allá de las condiciones estructurales innegables de desigualdad, corrupción, explotación –estimuladoras también de estos fenómenos– nos preguntamos ¿donde estuvieron y qué hicieron o dejaron de hacer los padres de estos niños? pues finalmente la sociedad se crea y recrea  en la familia. El Instituto Municipal de Seguridad Pública de Juárez entrevistó a cientos de jóvenes catalogados como delincuentes, ladrones, asesinos, violadores, traficantes… La mayoría[i] provenían de hogares disfuncionales.

Lo ya ocurrido; lo que hicieron o dejaron de hacer los padres de esos niños de ayer con todas sus carencias y limitaciones no está más en nuestras manos cambiar. Sin embargo, la pregunta que sí nos involucra desde la trinchera de la familia es ¿qué sí estamos haciendo o dejando de hacer actualmente los maestros y los papás de esos niños que tal vez se puedan estar cocinando para entrar al futuro mundo de las bandas? Ante la preocupante situación social por un lado está la postura de quienes abogan por volver a la formación más estricta de la disciplina, los valores, el respeto…  Se argumenta desde esta perspectiva que el desorden actual se debe a que los padres, por miedo a ser rechazados y reprobados por sus hijos gradualmente se han hecho extremadamente permisivos y comodinos. Un educador de esta postura preocupado por la descomposición social se refiere con amargura a los padres de la nueva generación: Permiten de todo hasta convertir la decencia y el decoro en algo obsoleto… El respeto y los valores morales pasaron de moda y hasta se eliminó a ese policía interno llamado conciencia… hoy  todo se puede, entre mas depravado, mejor[ii].

Por otro lado existe también la postura de que los niños sólo necesitan amor y aceptación incondicional de sus padres. Según esta posición cuando el niño experimenta la aceptación incondicional tiende a hacer el bien de manera natural: Para Alfie Kohn[iii], el amor incondicional lo puede todo y lo demás es secundario. Según esta visión, cuando un padre sabe escuchar y se hace verdaderamente presente en la relación con su hijo éste deja de requerir de premios y castigos para su educación.

Bowlby[iv], autoridad reconocida sobre el tema de las relaciones familiares tempranas, sostiene que el vínculo es básico para la salud mental de los hijos. Un niño que no ha creado un vinculo en su familia vive con una carencia que lo empuja a través de toda su vida a buscar fuera del hogar un sentido de pertenecía y aceptación. Un lugar común de pertenencia para el joven es la banda –heredera de las viejas tribus– cuya nueva regla para ser aceptado, valorado incluido… es con frecuencia delinquir, adoptar cierta moda, cierto lenguaje. La pertenencia a un grupo para un joven es tan importante que es capaz de llegar a extremos espeluznantes para conseguirla. Hay jóvenes que están dispuestos a robar, matar, dejarse golpear, violar… con tal de pertenecer. Los rituales de iniciación de las maras salvatruchas y bandas similares ilustran los pactos de sangre que unen a dichos jóvenes y los convierten en una verdadera familia por la que darían la vida[v]. Por eso, el fracaso de una familia para proporcionar a los hijos un vínculo con sentido de pertenencia por un lado y al mismo tiempo con libertad, para decir lo que piensan y sentir lo que sienten, los lleva a la búsqueda de grupos que proporcionen justo eso: pertenencia con libertad.

La pertenencia a una pandilla o secta al principio va envuelta con una seductora apariencia de libertad. En muchas relaciones primero nos encariñamos, nos enamoramos, nos identificamos con un grupo o una persona y después nos damos cuenta del precio de pertenecer. Si de verdad me quieres –le dice Juan Misógino a su novia– no hagas esto ni aquello: no saludes así; no te vistas asa… De pronto la pertenencia se va comiendo a la libertad y así en aras de la fidelidad a su grupo-banda fácilmente el joven queda atrapado en una cultura de adicciones y violencia –norma de la nueva banda– de la que no es fácil zafarse especialmente cuando se llegó a dicha membrecía huyendo de la propia familia (que al haber ahogado la libertad terminó también por corromper la pertenencia). Si alguno de sus padres la manipulaba, la controlaba, la asfixiaba… es probable que la joven termine atrapada en una relación de pareja o amistad de aspecto inicialmente libre que al correr del tiempo finalmente devele su verdadero rostro…el mismo rostro de asfixia del que venía huyendo: el de pertenencia sin libertad.

Conexión y libertad ¿pueden ir juntas? Desafortunadamente parecen tan mutuamente excluyentes: Si quiero demasiado a una persona, la voy asfixiando poco a poco, le voy prohibiendo que haga cosas que me amenazan; tengo tanto miedo de perderla que termino ahogándola y ya ahogada despojada de su libertad lo único que conservo de la relación es una especie de zombi desvitalizado.

Por otro lado, hay quienes cuando sienten atisbos de enamoramiento en su piel, se alejan “ante el peligro eminente de perder su libertad” pues evocan sensaciones de la infancia cuando mamá, o algún equivalente, experta en el arte de ser posesiva –con mucha conexión y poca libertad– les solía decir: “Si de veras me quisieras no serías tan travieso”. Algunos de estos prófugos del vínculo del amor condicionado experimentan pánico y se hacen “ojo de hormiga” en cuanto perciben que la otra parte se comienza a enamorar. Se sienten obligados a elegir entre libertad y conexión.

Hay familias posesivas promotoras de conexión sin libertad y otras que facilitan la libertad sin conexión en la llamada cultura del “laissez faire” donde “aunque no te sientes asfixiado, tampoco te sientes importante y te quedas en un lugar de profundo aislamiento”. Finalmente también hay hogares que construyen espacios de diálogo donde convergen el máximo de conexión y el máximo de libertad para decir, sentir y pensar lo que se siente, no lo que se debería decir, sentir y pensar.

Alguien que vive la deliciosa experiencia de conexión con libertad y respeto en su familia de origen difícilmente se dejará atrapar por relaciones de co-dependencia propias de los noviazgos posesivos, las bandas, las sectas, las mafias y grupos fundamentalistas. Alguien con la experiencia temprana de conexión con libertad está capacitado para no sentir culpa cuando dice no, ni sentir pánico cuando dice en el mundo de la calle, el trabajo, la amistad y el amor.

 

 

 

 

 

 

[i] Ed. El mañana 8 de sept 2011.

[ii] Mensaje anónimo que circuló en internet en 2010 sobre la falta de carácter de los papás de delincuentes

[iii] Ibid (62). Ver también: Foucault, M., (1979) Discipline and Punish: The Birth of the Prison, Nueva York: Random House.

[iv] Bowlby, John (1991) El vínculo afectivo – Paidos

[v] El fenómeno social de las Maras: Rituales de iniciación. http://www.mundoculturalhispano.com/spip.php?article3039.

¿Qué significa estar presente?

Alvin Mahrer, MarcyAxness, Jon Kabatzin[i], Gabor Maté son renombrados autores que desde diferentes perspectivas coinciden en una misma dirección: Dale tiempo, atención a tu hijo; tal vez sólo puedas ofrecer diez minutos diarios, pero hazlo con presencia. La sola práctica consistente de estar presentes como padres indudablemente haría un mundo mejor.

Para quienes han establecido como una de sus metas de vida la construcción dentro de la familia de mejores,  más sanos, autónomos y felices seres humanos: por lo menos diez minutos diarios de verdadera presencia pueden resultar más eficaces que mil terapias. Quien no puede dedicarle a su hijo con verdadera presencia por lo menos un breve periodo de tiempo a la semana o mínimamente al mes, no importa cuán duro trabaje o cuanto gaste en la mejor escuela, o cuán altas sean las expectativas para que el hijo destaque… probablemente se va a sentir decepcionado al paso del tiempo. La ausencia de presencia en una relación parental, dicen algunos expertos, dificultará que los hijos estén presentes a su vez en el mundo. Gabor Maté[ii] al abordar el tema de uno de los diagnósticos más recurrentes actualmente entre los niños problema, sostiene en su libro “Scattered” que un niño con carencias –déficit– de atención temprana por parte de sus padres o cuidadores primarios, es decir un infante que no ha vivido la experiencia de ser acompañado con presencia –llámese juego, diálogo o tiempo de calidad– tendrá mayores probabilidades de funcionar en su vida escolar con el ya endémico trastorno de déficit de atención.

Hay distracciones externas que impiden a un padre verdaderamente estar presente durante el tiempo asignado para su hijo. Contestar el teléfono o el celular; ir a abrir la puerta, estar revisando papeles o viendo la televisión son distracciones que reducen el grado de presencia. Existen, sin embargo, las distracciones internas mucho más comunes y desapercibidas pero de efecto más nocivo. El gran distractor del dialogo es precisamente el ruido interior. Según Charlie Greer[iii] pensamos en promedio un pensamiento cada cuatro segundos; aproximadamente mil por hora…Esto significa que constantemente estamos con nuestra mente ocupada mientras la otra persona habla. Cuando alguien nos pregunta que estás pensando y respondemos nada seguramente estamos mintiendo, no por falta de honestidad sino por falta del hábito de auto observación. La mente prácticamente nunca se calla. No se requiere estar esquizofrénico para escuchar voces constantemente. El desarrollo de la conciencia individual comienza precisamente cuando la persona observa y reconoce sus propios pensamientos; cuando se da cuenta de cómo mantienen ocupada constantemente su mente. Un día la persona descubre que en una conversación casi siempre hay dos partes hablando al mismo tiempo: una lo hace en voz alta y la otra en voz baja. ¡Sí! en voz baja juzgamos, cuestionamos, invalidamos, dudamos, reprobamos, pensamos en lo caro que están las cosas, en el último gol que metió el chicharito, en lo útil que sería tener un aire acondicionado… y en lo alto que saldría el recibo de la luz… Pensamos en tantas cosas; tenemos tanto ruido en la cabeza, el perico de la mente es tan parlanchín que casi no escuchamos lo que el otro nos quiere decir. Carl Rogers[iv] en una conferencia comparte su experiencia de estar facilitando la comunicación de una pareja que alegremente se arrebataba uno al otro la palabra en un intercambio que se prolongaba dolorosamente con la sensación de cada vez mayor distancia, invalidación mutua, crispación… Probablemente agotado de oír este intercambio de argumentos Carl se puso de pie y casi arrebatando el micrófono le preguntó al marido.

–Me puedes repetir lo que justamente acaba de decir tu mujer.

–Es que las cosas no fueron así lo que pasa es que ella…

–Me puedes repetir solamente lo que ella acaba de decir –insistió C. Rogers.

–Bueno, ella acaba de decir que mmhh… que…. ¿Me puedes repetir querida lo que justamente acabas de decir?

Ahí comenzó el proceso terapéutico solo después de  que él por primera vez se concentró sólo en verificar lo que ella estaba diciendo y dejó de concentrarse en elaborar sus propios argumentos mientras su esposa hablaba.

Contestar con una opinión, consejo, explicación, justificación… antes de simplemente verificar lo que el otro nos dice, es un habito bien intencionado pero altamente obstructor del verdadero dialogo. Escuchar al otro requiere de silencio interior; silencio interior que se nutre de la auto-observación[v]. ¡Qué fácil!… y que difícil escuchar desde un silencio atento. Guardar silencio interior y exterior cuando el otro habla… A eso se le llama presencia. Hay quienes se mueren sin haberla experimentado. Hay padres que trabajan heroicamente; y no paran en todo el día; Padres que darían la vida por sus hijos… pero jamás han tenido un momento de verdadera presencia con ellos. No saben cómo estar simplemente con ellos sin darle rienda a sus voces internas expertas en interrumpir, aconsejar, sermonear, regañar, informar… No saben cómo responderle a su hijo cuando ocasionalmente este reclama quieres más a mi hermano que a mí–. No se han logrado asomar a una manera alternativa y humildemente poderosa: Me imagino hijo que a veces te sientes poco importante para mí… platícame más de eso quiero entenderlo te prometo que no te voy a interrumpir…

[i] Jon Kabatt-zin (1997) Mindful Parenting (New York: Hyperion.

[ii] Gabor Matté (1999) SCATTERED: How Attention Deficit Disorder Originates And What You Can Do. N. Y.: Harper.

[iii]Charles Greer refiere que de de acuerdo al National Science Foundation el ser humano produce aprox 12 mil pensamientos diarios. www.hvacprofitboosters.com/Tips/Tip_Archive/tip_archive7.html

[iv] Rogers: charla sobre pareja 1979.  (Aguaviva México)

[v] Ibid (54).

¿Dónde comienza la violencia?

Por tradición la mujer ha sido más víctima de violencia que el hombre. Por ello se celebra el día contra la violencia hacia las mujeres, aunque también existe violencia contra el hombre.

Parece tan visible y a la vez es algo tan oculto para la mayoría de las personas la secuencia de un evento de violencia. Antes de ocurrir un episodio de violencia generalmente se suceden, en una cadena, algunos eslabones previos. Sin el primero o segundo, no puede existir el cuarto ni el quinto eslabón de la cadena. Probablemente el eslabón más determinante, y también el más inadvertido en la generación de episodios de violencia, es el del silencio generado por la desconexión de la persona consigo misma. Todo comienza con una sensación de incomodidad en el estómago o tal vez en el pecho o la garganta. Mi pareja, mi hijo o mi hermana hicieron o dejaron de hacer algo que me molestó. Quizás yo la esperaba a las siete y llegó a las ocho o la sopa aguada le salió demasiado seca y la de arroz demasiado aguada; o tal vez algo desapareció de mi escritorio y ella es la principal sospechosa de cambiar de lugar mis lentes, mi pluma, mis aditamentos de la compu… Los humanos nos cruzamos con situaciones de enfrentamiento al doblar cada esquina; el conflicto parece ser parte de la vida misma. Sin embargo, la manera como lo enfrentamos hace la gran diferencia. Aunque existen múltiples escenarios de conflicto todos importantes, es la familia, el espacio donde se crea y se reproduce la cultura de la violencia.

La experiencia de pre violencia se inicia con una incomodidad, manifestada como sensación en mi cuerpo. De pronto no soy capaz de voltear hacia adentro y simplemente observar que algo me está ocurriendo físicamente, es decir, es falso ese “no tengo nada” que suelo lanzar demasiado pronto, demasiado automáticamente. El ciclo de la violencia se destapa justamente cuando dejo de reconocer que efectivamente tengo algo. Lo que siento no necesita ser maduro, razonable o lógico. Lo que se siente, por lo pronto se siente y es de vital importancia reconocerlo y poderlo describir, punto[i]. Por mi propia historia yo no puedo de una manera directa controlar el surgimiento de una sensación cuando veo la ropa tirada o cuando “Jorge” no llega ni se comunica a la hora que habíamos quedado. Simplemente siento el piquete en el estómago. La punzada que experimento no es opcional, lo que haga con ella ¡sí lo es! Después de la experiencia del piquete en el vientre aparece el siguiente eslabón; la cara de ídolo de piedra, enojado y mudo. Jorge escucha la pregunta ¿qué te pasa estás enojado? y responde: ¡no, no estoy enojado estoy viendo la tele. Aunque en ese momento se queda mudo, dentro de dos o tres días aprovechará una reunión social para colocar el siguiente eslabón y hacer un comentario jocoso al referirse a su esposa: “Ya llegó la domadora”… O tal vez en lugar de la reunión social, un día especialmente difícil en el trabajo él llegue a casa más temprano y se tome un dos o tres cervezas… Ella por su parte llega tarde de visitar a su amiga enferma, a su mamá, a su hermana, a su comadre… y él no está nada de buenas:

–Aquí me tienes como tu pendejo

–Sólo fui a visitar a mi hermana.

–Seguro ya te metió sus ideas y andas como ella igual de loca.

–No me digas así.

–Te digo como se me pega la gana tú y toda tu familia son puras zorras inútiles.

El desenlace es anunciado: entre el estrés del día, el alcohol y el enojo salen los golpes y más insultos… este evento forma parte de la secuencia de eslabones de violencia (después de algunos días de brincar del mudo al enojado, o del enojado al mudo). Durante algunos días permanecen los dos serios –conformando el cuarto eslabón–, tal vez ella se va a la casa de su mamá o simplemente se quedan bajo el mismo techo pero sin hablarse. Ella, resentida, deja entrever sus intenciones de separación. Él a su vez, transita con la cola entre la patas, aislado y culpable. Entonces aparece el quinto eslabón: la seducción. El golpeador tiene un gesto de arrepentimiento, le ofrece a su ofendida pareja un buen regalo, le pide perdón o cosa parecida. Ella al principio se resiste a recibir la bandera de la paz que él le ofrece humildemente. Sin embargo, no resiste mucho tiempo las muestras de arrepentimiento y termina por otorgar el perdón. Esa noche cierran con broche de oro y tal vez hasta tienen un encuentro amoroso. La reconciliación, el sexto eslabón, sin embargo, sólo dura hasta que aparece, para reiniciar el ciclo por milésima ocasión, el primer eslabón del mudo: ¿Qué tienes mi amor?…  Nada ya te dije.

El circuito de la violencia no se puede arreglar con pura buena intención: un gesto de buena voluntad; un buen regalo; una serenata o un gran ramo de flores   rojas. ¿Cuántas veces necesitas que te envíe rosas rojas antes de que en una de ellas te mate? –se les suele preguntar a las mujeres objeto de violencia.

El día mundial contra la violencia a la mujer no lo podemos celebrar con un acto de silencio sino con el remplazo del primer eslabón de la violencia. Si tu hermano te ofendió, no dejes que se meta el sol sin ir a hablar con él; deja tus ofrendas, ve y reconcíliate…[ii] Esta consigna bíblica tan importante, tal vez algún día alcance el estatus de mandamiento. El perdón no se da sin una experiencia de restauración, que inicia con un acto de expresión conectada… que finalmente rompe el ciclo de la violencia. ¿Me puedes escuchar diez minutos sin interrupción?

Todo comienza con un acto de toma de conciencia de lo que yo siento en mi cuerpo cuando tú haces o dejas de hacer a lgo. Sólo si doy el primer paso de reconocer mi experiencia puedo proceder a compartirla de manera estrictamente descriptiva en un espacio protegido de dialogo. Un segundo momento importante para completar el ciclo de la comunicación y la conexión –alternativo al ciclo de la violencia– es cuando mi contraparte en lugar de contestar con argumentos y razones que desde luego pueden ser válidas y lógicas,  simple y humildemente se limita a comunicarme que entendió la experiencia tal como yo la viví y no como él piensa que debería haberla vivido. Una de las dificultades más comunes para completar dicho ciclo es una pequeña creencia primitiva que de pronto se convierte en el gran obstáculo: Suponer que escuchar y entender la manera de percibir el mundo del otro es equivalente a estar de acuerdo, ceder o aprobar. Esta pequeña trampa-creencia impide a tantas personas realizar algo que parece tan fácil: escuchar verdaderamente quince minutos sin interrumpir, corregir, aclarar… Aunque tú tengas razones absolutamente válidas para no dar un permiso, o comprarle su gorrita o su bicicleta a tu hijo, o te produzca gran desconfianza un novio o amigo de tu hija… ¡no lo interrumpas! déjalo terminar, pon tu atención en entenderla y descubrirás una maravillosa oportunidad de aprendizaje y conexión, independientemente de que estés dispuesta a no otorgar un permiso, hacer una compra, un favor, un servicio…

[i] Moreno S. (2012) Focussing. Guadalajara; Ed. ITESO

[ii] Mateo 5:23-24; Efesios 4:25-26.

Presunto culpable

Martin Seligman, reconocido inspirador del movimiento de la Psicología Positiva hace algunas décadas puso en el inventario de los nuevos términos psicológicos el desamparo aprendido[i]: Cuando a una rata o a un perro se le encierra en un lugar sin posibilidades de escape y se le aplican toques eléctricos con regularidad –cada dos o tres minutos– se observa al principio en el animal una serie de respuestas de activación: se mueve por toda la jaula, salta, empuja, busca… Sin embargo, en la medida que el proceso avanza y se siguen presentando con consistencia los estímulos eléctricos, finalmente el animalito deja de moverse y simplemente manifiesta una conducta de resignación; se encoge en su rincón cuando llega el momento de los toques y ahí se dispone a recibir silenciosa y abnegadamente sus dosis eléctricas. Las condiciones del experimento son posteriormente cambiadas, las reglas se modifican y ahora la jaula tiene un mecanismo que al ser activada abre la puerta para dejar salir al animal o bien detiene la descarga eléctrica. En dichas jaulas exactamente iguales ahora habitan dos tipos de huéspedes: Los animalitos que ya habían recibido sus toques eléctricos y se habían acostumbrado a ellos y los nuevos inquilinos sin historia previa de dichas descargas. El resultado lo puede adivinar el lector: Aquellos animales que ya habían aprendido esa especie de regla implícita “hagas lo que hagas nada va a cambiar”; simplemente se disponen a recibir su tortura con prudencia y resignación; ya no hacen absolutamente nada para escapar. En otras palabras las reglas y el mundo cambiaron pero ellos no. Los nuevos animales, por otro lado, ante el toque inician una serie de conductas exploratorias hasta que dan con el interruptor y lo hacen funcionar. A este fenómeno, en sus diferentes versiones con animales y con humanos se le conoce como desamparo aprendido       –learned helplesness– y ha sido utilizado para referirse a un estado de depresión producido experimentalmente cuya característica es una profunda creencia de haga lo que haga nada va a cambiar; mejor no hago nada…

Este modo de funcionar de desamparo aprendido representa uno de nuestros grandes retos como humanos y como país. Un día aprendes que tu conducta no tiene ningún efecto en la realidad, que hagas lo que hagas no puedes transformar la burocracia, la corrupción, la pasividad, la ineficiencia cómplice y todo eso que de manera magistral y cruda ponen al descubierto ese grupo de valientes realizadores de la película Presunto culpable.

Cuando las conductas, las percepciones y las creencias se hacen automáticas –y lo automático se define en función de su resistencia al cambio–; es difícil una transformación a menos que ocurra una experiencia de expansión, es decir un verdadero golpe en la conciencia que nos lleva a verdaderos saltos cuánticos en nuestra manera de ser, de percibir y de relacionarnos con el mundo. Los habitantes del Distrito Federal tuvieron hace años su par de terremotos que con todo y el profundo dolor provocado los cimbró y esto a muchos los despertó y los ayudo a sacudirse del desamparo aprendido que fue remplazado con un incipiente “si se puede” que se instaló profundamente en algunas mentes que de pronto comenzaron a organizarse y a tener impacto en la sociedad. Tal vez este nuestro México, país golpeado por diversas crisis: económicas, de inseguridad, de desconfianza, de descalificación mutua… tiene ahora su gran oportunidad. Tal vez nos dejemos  golpear por esta crisis y por esta película que aparece como buen presagio de la posibilidad de zafarnos como lo hizo Toño Zúñiga, el protagonista del proceso liberador de ese desamparo aprendido que históricamente los había hecho sentir fatalmente destinados a una condena arbitraria y sin escapatoria.

No se trata de dividir al mundo entre los buenos y los malos al estilo del comercial televisivo donde el entonces presidente Felipe Calderón afirmaba en su guerra contra el narcotráfico: somos más los buenos. Todos somos, como en la película presunto culpable, un poco el juez burócrata en parte perezoso, en parte  abrumado por la carga de trabajo que junto con su proyectista no se quiere complicar demasiado la vida y revisar a conciencia su sentencia; otro poco también como los policías ministeriales o los tristemente celebres policías del estado de México, que tienen que llenar su cuota de detenciones para conservar su nivel de ingresos, su chamba… y tal vez con buena intención pero con una conciencia primitiva hasta creen que protegen “a la comunidad” de gente peligrosa sin darse cuenta de que con sus acciones contribuyen irremediablemente a la inseguridad pues cada injusticia y cada arbitrariedad cometida por ellos mismos con el paso del tiempo se convierte en resentimiento, violencia e inseguridad social. Pero también tal vez todos somos Antonio Zúñiga y asesores que buscan en la jaula una salida, a pesar de años y generaciones de infalibles toques eléctrico; décadas de mensajes, convertidos en profundas creencias, trasmitidos de padres a hijos; de autoridades y burócratas a ciudadanos; de maestros a alumnos y a veces también de curas a sus feligreses: nada de lo que hagas va a cambiar el mundo.

En las entrañas de una crisis, sin embargo, se encuentra escondida también la semilla de la transformación y de la evolución. Lo han dicho de diferente manera desde premios novel como Ilya Prigogine[ii], futurólogos notables como Bárbara Hubbard[iii] e investigadores de la resiliencia como Calhoum y Tedeschi[iv].

La solución pues no está en los partidos políticos, o en la persona del nuevo presidente o gobernador en turno. La transformación de una crisis en oportunidad maravillosa parece relacionarse más bien con la disposición a reconsiderarla no como problema sino como verdadera oportunidad para expandir la conciencia; como catalizadoras de la transformación de adentro hacia afuera. Por momentos desde luego ante las crisis vamos a oír en nuestro interior la correspondiente voz del juez interior burócrata y apático, o de la proyectista lacaya, del judicial primitivo y arbitrario; o del indefenso ciudadano que como los animalitos de Seligman se mueren de depresión con la creencia de ser víctimas indefensas ante los toques arbitrarios de la vida… Sin embargo, también de pronto tenemos la opción de finalmente dejarnos tocar y transportar por el testimonio heroico de gente como Toño y sus compañeros de viaje, gentes como Roberto Hernández el joven y brillante cineasta de la citada película que sigue heroicamente de pie a pesar de haber recibido amenazas de muerte presuntamente instigada por la burocracia judicial que se sintió expuesta y humillada por el testimonio de presunto culpable. Toño y Roberto nos dicen a pesar de todo ¡si hay salida!; vale la pena intentar, participar, conectarnos unos con otros y entonces tal vez estas primeras décadas del milenio se conviertan en una verdadera oportunidad no porque nos vaya a llegar un tsunami, sino porque podremos comenzar a despertar del letargo del “no se puede”

[i] Seligman, M. E. P. (1975). Helplessness: On Depression, Development, and Death. San Francisco: W. H. Freeman.

[ii] Prigogine, Ilya, Nicolis, Gregoire, and Babloyants, Agnes. (1972). «Thermodynamics of Evolution,» (part I). Physics Today (pgs. 23-28), Vol. 25, November.y (part II). Physics Today (pgs. 38-44),Vol. 25, December.

[iii] Hubbard Marx, B. The Revelation: Our Crisis is a Birth (The Book of Co-Creation). Ver también la película documental de la misma autora: Ascending Humanity.

[iv] Calhoun LG, Tedeschi RG (1998), Posttraumatic growth: future directions. En: Posttraumatic Growth: Positive Changes in the Aftermath of Crisis, Tedeschi R. G, Park CL, Calhoun LG, eds. Mahwah, N.J.: Lawrence Erlbaum Associates Publishers, pags. 215-238.

¿Es el amor un sentimiento?

¿Te ha pasado que un día estás con tu pareja y reconoces en ese momento una ausencia total de sentimientos de amor? Más bien parece que te cae bastante gorda esa persona a quien en algún momento te has referido como “tu pareja”. Tal vez te molesta el ruido que hace al comer, o como pronuncia ciertas palabras o tal vez sus comentarios, su olor, su ropa, sus chistes… La lista podría seguir. Cuando estas frente a esa persona considerada tu pareja tal vez no llegues a expresar de manera explícita que no sientes amor pues reconocerlo te significaría un mayor problema. La expresión de sentimientos desagradables tal vez produciría culpa en ti por sentir lo que sientes o resentimiento de parte de tu pareja por oír “lo que duele”. Por otro lado resulta internamente violento mentir que sientes amor cuando en realidad estás experimentando distancia y decepción.

La frase: no siento amor por ti, es difícil tanto para quien la dice como para quien la recibe. Es mejor, consideran algunos, no decirla o en todo caso disfrazarla con un estoy cansado, me duele la cabeza, necesito tiempo no eres tú, soy yo… A primera vista parece una mentirilla piadosa el decir si siento amor cuando en realidad me cae en el hígado esa persona conocida como “mi pareja”. Detrás de la mentirilla piadosa hay, sin embargo, una trampa. Nos da miedo decir: ahorita no siento amor, pues creemos de alguna manera que el amor es un sentimiento y si lo decimos… pues le fallamos al amor y nos exponemos a sentir culpa o rechazo. El amor no es un sentimiento.

El enamoramiento es una manifestación inicial de dos personas que se atraen con diferente grado de intensidad y pasión y ponen así su granito de arena para la procreación. Sin ese sentimiento inicial probablemente como especie humana ya nos habríamos extinguido. Sin embargo, cuando la persona cree que el amor es cuestión de sentir bonito, entonces puede justificadamente cada cinco o seis años decir ya se nos acabó el amor ya no siento nada  y… a cambiar de pareja. Desde luego puede haber muchas razones válidas para cambiar de pareja y cuando llega el momento a cada quien le corresponde decidirlo de la mejor manera posible. Sin embargo, la creencia profunda de que el amor es un sentimiento hace de la calidad de la relación de pareja, algo tan frágil y efímero. El afecto, la ternura y la atracción pueden aparecer y desaparecer de manera intermitente. Ante la dificultad de sentir amor cuando estoy enojado o deprimido pareciera que el amor se acaba. Como sentimientos, ciertamente el amor y el enojo son incompatibles, no se pueden sentir al mismo tiempo.

El amor, sin embargo, como sugiere Luis Brito[i], no es un sentimiento, es un compromiso que suele iniciarse e incluir la experiencia del enamoramiento pero no está circunscrito a ella. Lo realmente grave en ese largo, tortuoso y también maravilloso camino del amor no ocurre cuando un día o dos experimento enojo decepción, tristeza, alejamiento… hacia mi pareja; Lo realmente grave ocurre cuando no soy capaz de compartir dicha experiencia y convertirla en una oportunidad de conexión, crecimiento, desarrollo… Los problemas y las diferencias no nos destruyen como pareja por el hecho de aparecer con cierta frecuencia, nos destruyen cuando transcurren dos días y dos semanas y luego tres meses sin hablar de ello de manera protegida, constructiva. Hablar de ello es muy importante, pero hablarlo “de cualquier manera” no es suficiente. Un problema “mal hablado” tiende a deteriorar más y más la relación. Por ello muchas parejas prefieren no hablar más del asunto enojoso –de celos, de distribución de gastos, de ciertas amistades, del trato con un hijo, suegra, cuñada…  Abundan quienes cierran la puerta con una cándida expresión de autodefensa: si vas a seguir con lo mismo mejor me voy… Otra vez con el mismo tema; otra vez la burra al trigo… Al no hablar de algo se esquiva un inminente momento de incomodidad pero se prolonga la agonía; se evade la molestia –como una aspirina– pero se deja la muela picada para futuros dolores. El amor, para nosotros, es comprometerte no a sentir siempre cosas bonitas sino a compartir las cosas bonitas cuando aparecen pero también las incomodas cuando surgen. Si tu hermano te ofendió no dejes que se meta el sol sin hablar con él sigue siendo una consigna bíblica[ii] profundamente inspiradora en la construcción del diálogo protegido (Efesios 4:25-26). La práctica del dialogo es como el mantenimiento a los autos. Si no lo haces con tu pareja tal vez la relación siga caminando con algunos jaloneos –muchas parejas así funcionan y hasta llegan a viejos–. A lo mejor aunque la relación sobreviva de manera desvitalizada finalmente no se trate de algo tan trágico por ser tan común y corriente. Sin embargo tal vez haya otras formas de transitar… quizás.

 

[i] Brito J. L. (2002) La pareja feliz. S. Miguel de Allende Ed. Luis Brito Z.

[ii]…No dejéis que se ponga el sol sobre vuestro enojo. Efesios 4:26

Educación para la Paz

En momentos donde la violencia nos impregna desde múltiples fuentes, creemos de vital importancia contribuir desde diferentes foros y trincheras a una educación para la convivencia no violenta. La educación para la paz convoca a construir a partir de las relaciones cotidianas un mejor país. Estamos convencidos que el cambio de adentro hacia afuera –de lo local a lo global, de la persona y la familia a la sociedad– es el camino más humildemente poderoso.

Desde sus primeras etapas de desarrollo, el ser humano aprende a relacionarse ya sea con o sin violencia. Desde la perspectiva de la educación de la no violencia, curiosamente el primer paso se construye con la experiencia de “tengo derecho a expresar mis necesidades”. Cuántas personas, sin embargo, construyeron a través de su educación la creencia contraria: no tengo derecho de expresar lo que necesito, puedo importunar, no es el momento, a quien le importa, para que sirve, se pueden molestar, no me va a entender, no viene al caso… El  no hablar, es decir el silencio de la boca cuando algo nos molesta, nos lastima, nos frustra, nos ofende…  lleva a consecuencias profundamente destructivas. Podremos callarnos con la boca y decir “no tengo nada” pero, como sostiene Watzlawick[i] en su célebre primer axioma de la comunicación: No puede existir la no comunicación: siempre habrá un mensaje  “por debajo de la mesa”; en la conducta, en el silencio, en el gesto, en el juego del mudo… Existen formas de violencia profundamente destructivas además de la agresión física y explícita. La no cooperación, la resistencia pasiva son formas violentas de responder a una violencia previa. Otra forma de agresión soterrada, silenciosamente destructiva, es el alejamiento que ocurre en una relación cuando por exceso de prudencia no pudimos o supimos hablar, supuestamente para evitarnos un disgusto, una molestia… El silencio se convierte entonces en un alejamiento progresivo tan gradualmente imperceptible que no nos percatamos de su existencia hasta que ya es irreversible; hasta que ya la relación se encuentra herida de muerte. Entonces nos ocurre como a esas ranas que cuando las meten de golpe a un recipiente de agua caliente saltan inmediatamente para salir de él; pero cuando la temperatura va subiendo gradualmente las ranas no parecen darse cuenta y se quedan ahí hasta cocerse en vida…

La educación en la no violencia enfrenta su primera asignatura en la expresión clara directa, personal y a la vez respetuosa, sin adjetivos ni provocaciones para con el interlocutor. El lenguaje es el vehículo a través del cual trasmitimos respeto o irrespeto. La sintaxis de una retroalimentación –el arte de informarle al otro como me afecta su conducta– que se precie de ser verdaderamente respetuosa y constructiva utiliza la primera persona y un lenguaje descriptivo. Cuando tú hiciste… yo me sentí así… Parece algo tan sencillo y, sin embargo, resulta tan difícil circunscribirse a comparitr una foto de la experiencia, es decir a expresar de manera descriptiva “como me sentí en determinada situación” y después proceder a silenciar la mente de sus múltiples voces: las del sermoneador, del enjuiciador, del culpabilizador, del consejero, del víctima, del corrector del prójimo…

 

La práctica de la no violencia comienza con un acto de expresión y continúa con un acto de escucha.

 

Con esta receta se cocina el diálogo, la paz y la inteligencia colectiva. Cuando se dan las condiciones mínimas  para la convivencia en el diálogo entonces las relaciones son como la tierra fértil donde las personas crecen; donde no tienen que pensar o percibir de manera uniforme, donde sólo tienen que aprender a conectarse para aprender unos de otros. Por otro lado, cuando están ausentes las condiciones del diálogo el resultado es observable igual en un gabinete de gobierno, que en una escuela, organización o familia: Personas inteligentes y capaces –médicos, investigadores, profesores, obreros, comerciantes, psicólogos, funcionarios públicos– de pronto funcionan estúpidamente; están tan ocupados en defenderse, atacarse o cobrarse afrentas… que dejan de ser propositivos, creativos, constructivos, transparentes, empáticos… En lugar de sumar restan. No solamente no escuchan al otro en lo referente a antiguas y recientes heridas que contaminan la relación; lo aún más grave es que tampoco se pueden escuchar a sí mismos en aquello que habita en sus profundidades: su vocación su esencia, su misión… La incapacidad de expresarse y de auto descubrirse en el diálogo contribuye en una de las mayores y más costosas violencias: el silenciamiento crónico de esencia, de la vocación humana… lo cual conduce a las personas a ser aun más violentas, irritables e intolerantes con el prójimo. Alguien que no ha sido escuchado verdaderamente ni por sí mismo ni por el otro, inicia la espiral de la violencia al dedicarse a lo que no le gusta y al trabajar en lo que no ama; Por escuchar y complacer al otro, se deja de escuchar a sí misma. ¿Cuántas familias, organizaciones, grupos humanos conformados por gente inteligente actúan de manera estúpida? Unos más, otros menos, todos perdemos en la cultura de la violencia.

 

[i] Ibid (17)

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