La construcción de un clima de seguridad psicológica en la escuela

En esta época post modernista ya no parecen sorprendernos una gran variedad de síntomas sociales convertidos en parte de la realidad cotidiana: adicciones, violencia, embarazos y suicidios adolescentes, depresión, corrupción, desconfianza básica, hostigamiento, indiferencia… Ante este panorama con frecuencia se escucha decir en foros sobre familia, pareja, escuela… que como sociedad vivimos y promovemos una cultura de la violencia.

Ante la abrumadora evidencia de un sistema escolar en crisis que crea constantemente conflicto, exclusión, intolerancia… apelamos al trabajo de promoción de una cultura de paz. Ante los retos y oportunidades que surgen ante el inevitable conflicto humano nos vemos convocados a la construcción de una mejor sociedad a partir de la práctica de espacios de diálogo y aprendizaje interpersonal en la escuela[i]La propuesta de esta práctica está inspirada en el potencial probado de la práctica sistemática del “dialogo protegido” para la creación de ambientes viables de verdadera inteligencia colectiva promotores de personas emocionalmente sanas, creativas, realizadas y éticamente responsables… La escuela a pesar de múltiples esfuerzos sigue siendo, más de lo que quisiéramos reconocer, el caldo de cultivo de la violencia y el trauma psicológico para muchos estudiantes.

Nos mueve el sueño de construir en cada salón de clase un espacio de crecimiento emocional que no implique necesariamente añadir una dependencia más de especialistas, agentes externos, recursos económicos adicionales… Con nuestra propuesta convocamos al verdadero maestro de vocación a enriquecer con su práctica esta visión, sin importar qué partido o persona gobierne su estado o país, para participar en la transformación de abajo hacia arriba a partir del ejercicio del diálogo accesible y absolutamente viable, siempre y cuando haya un mínimo de disponibilidad. Te retamos, estimado maestro, a darnos y darte una oportunidad de probar por ti mismo un espacio de diálogo protegido con tus alumnos y observes que ocurre. Te invitamos a aventurarte con apertura, disciplina y disposición a ir más allá de la simple lectura de esta obra para experimentar y fortalecer la práctica del dialogo tanto en el salón de clase como en tu familia[ii]

Tal vez inicialmente no logres hacerlo impecablemente. Sin importar cuán deteriorada desvitalizada difícil o fluida se encuentre la relación al interior de tu grupo de clase, es posible, sin embargo, que si lo practicas con consistencia, cada vez te resulte mejor y eventualmente toques destellos esperanzadores de “cercanía con libertad” con tus alumnos o con alguno de tus hermanos, padres, hijos… y entonces te descubras cautivado con la riqueza y sencillez de este recurso. Tal vez logres experimentar en carne propia lo ocurrido en aquella utopía de la primera guerra mundial convertida en película “JoyeuxNöel” donde soldados peleados a muerte, agazapados en sus trincheras durante la primera guerra mundial durante una tregua de navidad de pronto, en una experiencia transformadora, se conectan, se hermanan, desisten de verse como enemigos… En una escena secundaria de la película pequeños grupos de soldados reunidos en el campo de batalla se comparten las fotos de sus familias, de sus hermanas, de sus esposas, sus madres, sus hijos… Descubren el poder de compartir “una foto de su experiencia” como diría Alvin Mahrer; Experimentan en un instante como la ideología separa y la experiencia conecta… y cuando regresan a sus trincheras simplemente ya no pueden dispararse más.

Los maestros, para bien o para mal, somos un testimonio importante para nuestros estudiantes. Funcionamos como modelo a través de la manera de relacionarnos con el otro: a través de nuestra forma de escuchar, es decir, a través de nuestra forma de permitir o inhibir la expresión de dudas opiniones molestias y sentimientos en general. Como diría Mc Luhan el medio es el mensaje. Nuestra función formativa, la ejercemos a través de nuestra manera respetuosa o devaluadora, clara o confusa, directa o indirecta, personal o impersonal, saturada de premios y castigos o de conexión… Es a través de nuestras relaciones cotidianas como inevitablemente trasmitimos un curriculum oculto lleno de valores o anti-valores, rechazo, respeto, confianza o desconfianza básica; amor o desamor, conexión con el otro o desconexión…

Durante el proceso de “cocinar” su metodología participativa que aquí nos inspira, Ubaldo Palomares uno de los pioneros en el campo del Desarrollo Humano Educativo, cita una conversación con el psicólogo clínico Harold Besell, su colaborador inicial:

La psicoterapia muchas veces llega tarde a la cita y es además demasiado cara. Es decepcionante, y muy molesto tratar pacientes día tras día en terapia cuyos problemas pudieron haberse evitado. Los traumas pudieron haber provocado algunos de sus problemas, pero todo mundo ha experimentado traumas. Los problemas de mis pacientes resultan en gran medida no de lo que les pasó, SINO DE LO QUE NO LES PASÓ. A ellos les faltó aprender algunas importantes lecciones acerca de la gente, de la vida y de ellos mismos. Ellos simplemente no tuvieron las experiencias adecuadas que necesitaban. No sólo es el hecho de que la psicoterapia resulta terriblemente costosa. Me preocupa toda esa gente que anda por ahí, que necesita ayuda pero que no puede financiarla. Me gustaría contribuir con algún tipo de plan o programa preventivo-educativo…[iii]

Los círculos de aprendizaje interpersonal (CAI) y el dialogo protegido (EPD) que hemos esbozado y compartido por diferentes medios fueron inspirados en dicho reto… convertir a la escuela en un verdadero lugar de desarrollo personal de educación para la vida donde el alumno a través de experiencias concretas de validación, aprende tolerancia, respeto, justicia, responsabilidad, colaboración… aprende algo que el día de mañana lo convierte en mejor ciudadano, mejor padre, mejor esposo…

[i] Chávez R. Michel S. (2012) 2ª edición: El espacio protegido del dialogo Mexico; Ed. Papiro Omega. También se puede acceder a la pág. Web: www.espacioprotegidodeldialogo.com y descargar sin costo el capítulo VIII del libro mencionado donde se describe el procedimiento del dialogo protegido.

[ii] Ibid (2)

[iii] Palomares 1980, Pág. 17 The Magic circle program.

Bullying

En los países angloparlantes se ha acuñado el término bullying para referirse a un problema creciente y ya epidémico que ha llamado la atención pública con casos dramáticos como los de Jokin, un joven de catorce años, que a partir de dificultades ocasionales para controlar esfínteres, se convierte en objeto de burla de sus compañeros.

—Eres un apestoso –le dice uno de los agresores y le mete un puño de tierra en la boca. Algunos niños se ríen estrepitosamente mientras Jokin yace en el suelo inmovilizado.

Una vez más, los maestros como el personaje del hombre champignon de la obra “El Principito” están tan ocupados con cosas más “importantes y serias” como cumplir un programa académico que no se dan cuenta de la gravedad de la situación. En la escuela de Jokin se han construido dos nuevas aulas y un laboratorio, pero jamás se han construido espacios de confianza y seguridad psicológica para la expresión de sentimientos, para la exploración de experiencias personales, ni para la conexión entre estudiantes. El hostigamiento constante hacia el joven se hace más y más intolerable hasta que un día deja de asistir a la escuela. Sólo entonces “su tutora” registra paradójicamente la existencia de Jokin a través de su ausencia: Llama a los padres para pedirles que lo manden a la escuela porque el niño “tiene que aprender”. Jokin es obligado a regresar a la escuela y vuelve a vivir el mismo hostigamiento de siempre. Esa noche se lanza desde un muro al vacío y muere. Uno de sus compañeros tiempo después de la tragedia escribía “Cuanto más tiempo pasa peor me siento. Es como un gusano que corroe mi interior por no haberte defendido”

Dan Olweus por primera vez en 1970 documentó –encomen-dado por el ministerio de Educación de Noruega– el fenómeno del bullying a partir de la observación del suicidio de adolescentes que “coincidentemente” habían sido objeto de maltrato durante su vida escolar. A partir de entonces, el bullying comenzó a ser estudiado en países del primer mundo y a ser asociado con el fenómeno del suicidio.

En México se estima que tres de cada diez estudiantes de educación básica viven con el temor diario de entrar a la escuela y ser hostigados de manera física, verbal o psicológica.

Según los primeros datos formales de este fenómeno en nuestro país, de acuerdo a las consultas juveniles e infantiles realizadas por el Instituto Federal Electoral (IFE) en los años 2000 y 2003, el 32% de los menores de 15 años consultados afirmaron ser víctimas de maltrato en la escuela; más de 15% aseguró ser insultado y 13% dijo ser golpeado por sus compañeros.

De acuerdo al Instituto Nacional de Pediatría “el 30% de la población se cataloga ya sea como víctima o como agresor. El pretexto para agredir a alguien de manera sistemática es variado.

“En la escuela, el típico bullying que le llaman, te agarran tus libros, te rompen tus útiles, te esconden tus cosas, todo eso si lo sufrí en la secundaria”, mencionó J. G. estudiante. A. R. alumno del programa escuela segura a su vez dio su testimonio: “Por ejemplo que tú estás en paz y llegan a molestarte, o te llegan a golpear, o sea: es molesto”.

El Consejo Nacional de Autoridades Educativas (Conaedu), ha manifestado su preocupación e interés para identificar y erradicar la violencia, discriminación y bullying en las escuelas secundarias del país, a través de la impartición en el 2009 de cuatro mil talleres a los maestros del programa escuela segura (con cerca de veinte mil escuelas participantes entre privadas y públicas). “…la estrategia de poder fomentar los valores y una cultura de convivencia en un marco de paz y civilidad” –expresó en el 2009 en una entrevista la titular de Educación Pública con motivo de reunión del Conaedu y anunció que como parte del Programa Escuela Segura se ha diseñado y distribuido también un Manual de Prevención de Adicciones y de Violencia en el Aula.

El estado de Guanajuato también ha sido tocado por el fenómeno del bullicidio. En 1992 la encargada de proyectos de la Secretaría de Educación de Guanajuato alarmada por una ola creciente de suicidios entre adolescentes del Estado, apoya el fortalecimiento del departamento de Desarrollo Humano con los antiguos maestros de Orientación Vocacional para implementar actividades de sensibilización y prevención del suicidio en jóvenes. De esta y otras necesidades excluidas en la práctica educativa oficial surgió la necesidad de crear redes dispuestas a trabajar en su propio crecimiento personal y en su capacitación como facilitadores del Desarrollo Humano. Desafortunadamente, con muy contadas excepciones el maestro promedio no cree que la consigna educativa de aprender a relacionarse inspirada en las propuestas de Edgar Faure, José Trueba, Jackes Delors –por mencionar sólo algunos– sea su asunto ni su responsabilidad. El maestro de conciencia chiquita está tan ocupado en los programas y en disminuir los índices de reprobación y en muchas otras cosas importantes pero alejadas de la promoción humana y la salud emocional de sus alumnos, que olvida que al no hacer nada en esta dirección muchas veces deja de ser un elemento neutro para pasar a ser, a través de su ejemplo, cómplice activo e inconsciente de la cultura del hostigamiento, de la intolerancia y de la relación humana empobrecida que de maneras diversas promueve la violencia.

Desde luego que también existen respuestas constructivas e inspiradoras de maestros facilitadores: La tutora “Elena” a pesar de algunas resistencias iniciales llevaba a cabo una vez cada quince días una actividad de integración y dialogo a la manera de los “Círculos de Aprendizaje Interpersonal”. Algunos de los jóvenes más resistentes a hablar de “uno mismo” tuvieron la opción de elaborar por escrito un trabajo alternativo. Finalmente la mayoría decidió quedarse en las clases quincenales y compartían su experiencia con la ayuda de temas que la maestra proponía. El día de la evaluación final del ciclo uno de los jóvenes, le escribió lo siguiente a su maestra:

¿Qué aprendí en este semestre? Aprendí a escuchar y a expresar lo que siento pero hoy especialmente le quiero decir que aprendí a conocer a José. Al principio del semestre a todos se nos hacia medio rarito a mí la verdad me daba flojera invitarlo a salir con nosotros ni siquiera sé muy bien definir el porqué. Hablaba medio chistoso y además era bien ingenuo. Todos nos divertíamos cuando le decíamos que su papá era un corrupto porque había salido en el periódico algo de un fraude. El nomás se quedaba callado y se retiraba. Era lo más común agarrarlo de botana y verlo como tartamudeaba cuando trataba de defenderse. Todavía recuerdo ese miércoles cuando usted nos propuso un tema medio cursi “Alguna vez que nos hayamos sentido solos”. José empezó a hablar de cómo se sentía en la escuela y luego compartió que cuando entro a primer año su meta era tener por lo menos un amigo al final de la secundaria. Pero no lo había logrado. Los domingos en la tarde sus hermanos salían y él se quedaba en casa y siempre se preguntaba si algún día él también iba a poder salir como los demás.

Sabe una cosa maestra cuando escuche a José y vi sus ojos rojos y oí su voz quebrarse en ese momento se mi hizo un nudo en la garganta. A mí me caen gordos los que se hacen la víctima para llamar la atención, pero esto era diferente. No tenía la menor idea de lo que José vivía en su interior. Ese día me prometí a mi mismo nunca más volverme a burlar de él. Ese día me di cuenta que si yo he sido afortunado de tener amigos y unos papás que no me sobreprotegieron y se corrían el riesgo de hacerme más independiente y darme más permisos para salir que a José ahora quizás yo pueda intentar darle uno de los regalos que yo nunca había apreciado: la amistad. Hace una semana que le pregunte a José (pues ya me acerco un poco más a él) como se había sentido aquel día; me dijo que es la primera vez que habla de esto sin que se burlen. Yo nomás le di una palmada. El, con un apretón de manos muy fuerte, me dio las gracias. En ese momento sentí que al estarle dando algo de mí, yo también recibía. Por todo eso yo ahora también le quiero decir: gracias…

En prácticamente cada salón de clases existen múltiples personajes anónimos que por ser diferentes viven sus propios dramas: El niño obeso, por ejemplo, que para evitar la burla por su torpeza, prefiere no practicar ningún deporte, y con ello se aísla aún más del resto de sus compañeros. Está también la niña tímida que recién llegada de otra ciudad o de otra escuela, de pronto se siente desprotegida y excluida por sus compañeros; o el que usa lentes o es orejón o con espinillas o muy delgado o muy chaparro o muy cabezón o muy aplicado. Existe también el niño con múltiples problemas en su casa, que presenta un pobre rendimiento académico que a su vez contribuye a la formación del estereotipo de burro con su consiguiente efecto devaluatorio en su persona; o el hermano mayor, testigo y recipiente constante y pasivo de las agresiones mutuas de sus padres (por ej. “Tu padre nos dejó por esa vieja zorra a la que quiere más que a nosotros”; “tu madre es una loca que se acuesta con cualquiera”).

Para los adultos, que en su tiempo tampoco fueron escuchados, puede parecer irrelevante, sin embargo, cada niño y niña en edad escolar –cada versión de Jokins o de José– tiene una historia y un conflicto que enfrentar. Para cada niño, su experiencia es totalmente importante, es totalmente relevante y vital. Desafortunadamente, con el paso del tiempo se va dejando convencer de que no es para tanto, de que no debería sentir lo que siente, de que no viene al caso, de que es su culpa y lo que a él le sucede no es importante…

¿Cuántos adultos, que una vez fueron niños, han enterrado tanto sus sentimientos y su experiencia interna, que llegan al punto de ya no escucharse más a sí mismos? ¿Cuántos de ellos un día se descubren con una identidad ya bien acendrada como personas “naturalmente” incapaces y sin derecho de expresar sus preferencias, molestias, resentimientos, anhelos, logros…? Que al no poderlas expresar de manera protegida y adecuada se convierte en violencia posteriormente. No siempre habrá suicidios físicos o “bullicidios” ciertamente, sin embargo, es en la escuela donde se inician muchos procesos de deterioro emocional; La familia suele poner su granito de arena que después “magisterialmente” complementa la escuela en lo que Schatzman (1977) ha llamado tristemente: el “asesinato del alma”.

Por irrelevante que parezca, cada estudiante, niño o adolescente, vive cotidianamente su propia odisea. El maestro –usual-mente lejano a la experiencia interna de sus alumnos– se relaciona con la parte más obvia o manifiesta del estudiante, es decir, con su conducta, clasificable en términos de exclusivamente dos dimensiones: disciplina y rendimiento escolar. Si el alumno se porta bien y es aplicado, probablemente tendrá una relación cordial con el maestro. Ese aprecio condicionado del maestro se va reduciendo en la medida que el alumno se aleja del modelo de estudiante ideal. El maestro común y corriente rara vez hace algo significativo para facilitar el proceso de integración de los niños excluidos y diferentes en cualquiera de sus innumerables versiones –por gordos, por flacos, por ricos, por pobres, por aplicados, por desafiantes, por burros, por orejones o por chimuelos, etc., etc.–. El maestro común y corriente –por su falta de capacitación como facilitador, por su falta de crecimiento personal, por su dependencia en la pedagogía del premio y el castigo y por su excesiva preocupación por los resultados académicos y la buena conducta– deja escapar constantemente invaluables oportunidades de intervenir de manera significativa. El maestro en el mejor de los casos funciona como un buen instructor, en el peor, se convierte en cómplice; puede con claridad identificar el terrorismo de los niños pero no reconocer el propio. Permite que en sus propias narices ocurran actos de agresión ante los cuales sólo tiene el recurso de castigar o ignorar pero no el de promover espacios para la expresión constructiva.

Un maestro sin desarrollo interior difícilmente será capaz de dejar huella como “educador para la vida”; como agente promotor de la salud mental de sus alumnos; como facilitador del crecimiento personal y comunitario.

La posibilidad de expresar la experiencia propia con libertad interior es el primer paso en el camino de la salud mental individual y grupal. Según Ferry, el progreso hacia la libertad de los alumnos se adquiere a través de la apropiación del derecho de participar y expresarse en clase. Bessel (1972) y Jackins (1965) han sugerido la idea de que: “El trauma se da, no tanto por el dolor ocurrido cuando algo nos faltó o cuando alguien nos lastimó. La huella de una herida del pasado permanece como “trauma” de alguna manera en proporción a la imposibilidad de expresión, de desahogo y de integración constructiva de la experiencia. Por nuestra parte, sostenemos que un maestro, para promover la expresión y el desahogo, no requiere de estar formado académicamente como terapeuta: requiere simplemente, crecer como persona, y desarrollar una cualidad básica, para cualquier facilitador del desarrollo humano: el saber conectarse y escuchar con respeto.

EDUCACIÓN PARA LA PAZ: Para Laura Perls, la clave en la construcción de una cultura de la violencia y de la guerra estriba precisamente en la falta de contacto y de expresión de los sentimientos de dolor emocional. En su mayoría las personas encargadas de la planeación educativa en los niveles nacional y estatal tienen ellos mismos dificultades para contactar y expresar de manera honesta y constructiva sus propios sentimientos. Para muestra de ello basta observar como resuelven sus conflictos y diferencias algunos de nuestros modelos, en las medianas y altas esferas; desde las cámaras legislativas, los equipos de planeación de las diversas instancias de gobierno hasta los claustros de maestros de Escuelas Normales y de Universidades.

¡Claro que es importante apuntalar la enseñanza de las ciencias y las artes! Pero es vital y urgente iniciar con la competencia cero (Machiavelo 1998) y promover el Desarrollo Humano en el salón de clase. Hemos logrado a través de las diferentes instituciones sociales formar buenos comerciantes y militares políticos –diría Platón– a los que habría que sumar científicos y artistas. Sólo que hemos olvidado a los filósofos, a los buscadores de la verdad y de la libertad interior.

Sacar pa’ fuera

Los estudiosos de los fenómenos meteorológicos, así como los especuladores de la interconexión entre los diferentes niveles de organización de la materia en el universo, se refieren al efecto mariposa para ilustrar la posibilidad de grandes cambios y transformaciones con el sólo aleteo de una mariposa cuya ocurrencia en el momento y lugar preciso puede llegar a convertirse en un huracán a miles de kilómetros de distancia. En las relaciones humanas, el aleteo de la mariposa es como el primer eslabón en la cadena de intercambios en la vida de una familia, una pareja, de un estudiante con su compañero o con su maestro. Un cambio en ese primer eslabón pudiese tener un impacto importante o pudiese también no hacer absolutamente ninguna diferencia en el proceso de dicha relación.

Lo que no se habla con la boca se actúa con la conducta, es un viejo principio de la psicodinámica (la versión psicológica de la termodinámica clásica que sostiene que la energía no se destruye sólo se transforma). ¿Qué va a pasar con ese sentimiento silenciado, es decir, con esa energía que hoy callé con mi boca? ¿Cómo el día de mañana o pasado mañana esa pequeña o gran molestia guardada en el cajón de la prudencia, la buena educación, o el miedo al conflicto se va a manifestar a través de una inocente broma o un comentario sarcástico convertidos a su vez en uno de los eslabones que dan forma a la cadena del trágico deterioro de una relación? Dicen algunos teóricos de la física cuántica que existen múltiples realidades algo así como dimensiones paralelas.

Cuando te comienzas a sentir afectivamente distanciado de esa persona a quien amas, pregúntate cuantas cosas te has callado pues es casi inevitable que, en la alquimia de los sentimientos, el transcurrir del tiempo transforme todo lo callado en lejanía del corazón.

La historia de Don Fidel: Profesor mayor de edad, un personaje muy respetado y querido por toda la comunidad; un hombre de presencia transparente y cálida cuya mayor riqueza es tener un par de hijos excelentes y una vida generosa llena de amigos y alumnos que lo aprecian. La joven conductora del programa de televisión lo entrevista.

–Profesor Fidel, Ud. es un hombre muy querido en esta comunidad desde que llego ¿a qué edad?

–Tenía veintitrés años y vine a estrenarme como maestro de primaria con la intención de quedarme un par de años para luego emigrar a otro lugar más grande donde pudiese seguir estudiando algún posgrado.

–Y ¿qué paso?

–Pues ya ve señorita aquí me enamoré, primero de una mujer y luego de todo el pueble y me quedé.

–Oiga don Fidel ¿me imagino que Ud. siendo un hombre tan bueno y querido por todos debió haber tenido una gran madre que lo nutrió emocionalmente para llegar a ser quien es

–Mire señorita –se enderezo ligeramente de la silla–yo a mi edad ya no tengo que andar cuidando las apariencias y fingiendo historias que no son mías. La verdad es que a mi madre yo la odiaba, la odiaba profundamente cuando era un niño.

–Es difícil de imaginar a alguien como usted odiando a su madre.

–He odiado a muchas personas pero sólo por ratitos.

–A su mamá la odio por ratitos?

–La verdad es que a ella es a quien más tiempo en mi vida he odiado

–Y qué hizo con ese odio.

–Lo guardé y lo guardé por mucho tiempo. Mire, de pequeño yo ante el menor motivo era golpeado por mi madre; nunca me dejaba salir a jugar como a cualquier niño normal del pueblo. Alguna vez, estando ella alcoholizada, lo recuerdo tan claramente, la escuche decir que me odiaba porque le vine a desgraciar la vida. Un par de años me quedé a vivir con mi abuela pero al morir ésta regrese a vivir con mi madre.

–Pero ¿qué hizo Ud. con tanto resentimiento?

–Pues un buen día, tendría yo once o doce años sen-tía que algo en mi pecho me quemaba; ya no podía aguantar más y le dije a mi madre que quería hablar con ella… Todavía me acuerdo de aquel solar atrás de nuestra casita con piso de tierra y teja de barro; yo sentado en una piedra y ella en otra –Fidel toma aire con dificultad y se vuelve a reacomodar en su silla–. Ella al principio me dijo toda enfadada ¿Pos de que quieres que hablemos? Yo creo me vio tan serio con mi insistencia que al fin de mala gana se sentó y me dijo A ver pues ¿qué tanto argüende te trais? Pos nomas te quiero pedir que no me interrumpas hasta que terminemos lo que te voy a decir. ¡Ya pues no seas tan misterioso, desembucha lo que trais! –me contestó mi mamá. No me vas a interrumpir entonces –le pregunte–. Ya te dije que no ¿a ver ¿qué me quieres decir?

Y entonces comencé a soltarle de seguidito todo mi rollo, no sé si fueron cinco o diez minutos yo sentí como si hubiesen sido horas enteras y cuando terminé ella como que se quiso defender me dijo que yo también era muy tremendo, desobediente y algunas cosas más. Yo la escuche un ratito con la respiración agitada y los ojos húmedos, conteniendo las ganas de llorar. Finalmente se quedó callada, como pensativa yo estaba con los ojos rojos aguantándome de no llorar… luego me paré y me fui.

–Y se acuerda exactamente qué fue lo que le dijo a su mamá ese día ahí sentado en esa piedra.

–Claro que me acuerdo, le dije: Mamá yo pienso que tú me odias y te quiero decir que yo también te odio porque me tratas muy mal, cada rato me pegas. Todos los niños de mi edad salen a jugar, tú nunca me dejas y cuando me escapo me agarras a patadas como si fuera un animal, por eso te odio… Yo no sé cuantas cosas más le dije pero sentía una gran necesidad de soltarlo todo. Cuando terminé, sólo añadí: ya mamá, ya acabe de decirte todo lo que quería. Mi mamá se quedó callada por un momento en silencio, me imagino que no encontraba ni que contestarme, que no se esperaba oírme hablar así. En esa ocasión ni me golpeó ni me dijo groserías como acostumbraba, ni siquiera me dijo que yo era un malagradecido como solía hacerlo… bueno en realidad, ahora que me acuerdo, sí me dijo que era malagradecido pero nomás una sola vez, como balbuceando y luego guardó silencio, ya no supo que más agregar. Recuerdo bien que cuando me puse de pie sentía mi pecho más ligerito, como un orgullo; como si hubiese echado pa fuera toda el agua podrida y estancada que traía adentro. En ese momento yo no supe ni porque hice lo que hice. Ahora cuando lo veo a la distancia sé que fue una especie de sabiduría interior que me aconsejó “saca todo si no te vas a envenenar”.

–Me imagino que ese fue como un momento de dignidad para Ud.

–Exactamente esa es la palabra; me sentí digno y ahora sé que mi madre con todos sus defectos ese día hizo algo maravilloso por mí, sin saberlo me dio un regalo cuando se quedó callada y me dejo terminar.

–¿Y qué pasó con esa relación?

–Fíjese señorita que fue mejorando poco a poco casi sin darme cuenta fue mejorando: Mi mamá cada vez me pegaba menos y yo creo que también comencé a provocarla menos con mis travesuras. Con el tiempo, siento que la fui perdonando y la llegué a querer. Cuando nació mi hijo, de hecho, ella fue la abuela más cariñosa que se pueda usted imaginar.

–Es curioso ¿no le parece? Cómo un niño de once años tuvo la sabiduría de hablar y sacar el resentimiento.

–Era un niño ignorante que cuando me fui a la capital mal hablaba el español y la primera vez que me invitaron a comer a una mesa agarré la cuchara para comerme el espagueti.

–Tal vez no sabía usar los cubiertos pero había una sabiduría natural que lo hizo hablar para no envenenarse ¿no le parece?

–En ese momento me sentía apenado de no saber usar los cubiertos pero ahora sé que a ese niño le llegó un soplo de sabiduría para sacar de adentro todo el cochinero y comenzar a sanarse… y ¿sabe una cosa? Hace diez años murió mi hermano menor yo sé que se enfermó de cáncer, por callado. Él nunca le pudo decir nada a mi mamá, se guardó todito lo que sentía; cuando creció no la podía ver ni en pintura, nunca la visitó.

El lenguaje nos limita

Desde variadas perspectivas como las de Sta. Teresa de Ávila,[i] pasando por Ouspensky[ii], Clare Graves[iii], Ken Wilbert[iv]… y de manera más definida desde la óptica postmodernista del conocimiento (Sexton, 1997[v]), se ha sostenido que existen diferentes niveles y formas de percibir la realidad. Hay un primer nivel superficial donde a la experiencia que tenemos del mundo la reconocemos en nuestra mente sin titubeos como “la realidad”: Tú me haces perder la paz, yo te hago sentir culpable; el pasto es verde, Juana está enojada, María es bipolar, Jorge es un coqueto y Lorena es superficial. Los humanos tendemos a cargar nuestro lenguaje de causalidades y de adjetivos que usualmente van precedidos del verbo ser que implica identidad.

En la primera mitad del siglo pasado (1933) Alfred Korzybski,[vi] creador de la Semántica General esbozó una propuesta que posteriormente endorsarían David Bourland[vii] y más recientemente Robert A. Wilson[viii]: Suprimir el verbo ser del lenguaje. En español, a diferencia del inglés, existe el verbo estar que corresponde a un estado provisional no a una identidad o cualidad intrínseca, implícita en el verbo ser al cual se refiere Korzybski y sus seguidores. Pero ¿qué significa en términos prácticos la advertencia de Korzybski de restringir el uso del verbo ser? Korzybski sostenía que el ser humano estaba limitado en su conocimiento tanto por su estructura cerebral como por la estructura del lenguaje. En relación a la primera limitación es claro que el ser humano sólo es capaz de percibir lo que su aparato biológico le permite: es decir, un rango limitado en el espectro de tonos, luminosidad, sabores, estímulos kinestésicos, olores… Los humanos, por ejemplo no percibimos directamente las ondas electromagnéticas como los hacen delfines o murciélagos.

Sin embargo, la restricción más grave en nuestra manera de percibir y conocer el mundo –incluido el mundo de los seres humanos que nos rodean– se encuentra en la misma estructura del lenguaje que utilizamos y con la cual conformamos un limitado tipo de conciencia y de construcción del conocimiento. Sexton, por ejemplo, le llama pre-moderna a la época más arcaica de construir el conocimiento. Después, con el advenimiento de la observación científica viene la época moderna representada por la física Newtoniana que dio auge al método científico experimental; Finalmente llega el postmodernismo impulsado por la física cuántica y sus descubrimientos sobre el extravagante funcionamiento de la materia en el nivel subatómico.

Cada nivel de conciencia, cada etapa del conocimiento tiene su propio lenguaje que permite describir fenómenos accesibles en un momento dado a la comprensión humana. Las personas, atrapadas en sus propias conciencias, son incapaces de advertir que están usando un lenguaje medieval para describir fenómenos que simplemente no son traducibles en ese nivel. Cómo explicar por ejemplo que la materia, del nivel atómico hacia arriba, se comporta de manera consistente con la física newtoniana…y sin embargo, en el nivel sub-atómico, su comportamiento es totalmente diferente.

Un fenómeno de utilidad didáctica es el relacionado a la naturaleza de la luz. El debate acerca de si la luz es de naturaleza corpuscular u ondulatoria, es decir, si está conformado de partículas u de ondas ha ocupado y preocupado a las mentes científicas desde el siglo XVII cuando el propio Issac Newton defendía la naturaleza corpuscular de la luz mientras Christian Huygens afirmaba que la luz era ondulatoria (De Solla, 1961)[ix].

Hablar de ondas versus partículas implica, en lenguaje lógico-newtoniano, referirse a dos categorías diferentes y mutuamente excluyentes: si es rojo no puede ser amarillo o si es amarillo no puede ser azul, si es perro no puede ser gato; si es avión no puede ser bicicleta. En las leyes de los silogismos de la lógica aristotélica es muy claro que una cosa no puede ser algo y no serlo a la vez. La luz ¿es ondas o es partículas? Justamente en la manera de plantear el problema está la dificultad de resolverlo. Si utilizamos el medieval verbo ser nos vemos forzados a elegir una de dos cualidades o sustantivos incompatibles. Estamos atrapados en el uso del verbo ser –diferente al verbo estar–. La luz ¿es ondas o es partículas? Para resolver un problema moderno o mejor dicho para entender un nuevo hallazgo de la ciencia no podemos usar el lenguaje aristotélico, newtoniano, medieval… atrapado en el verbo ser. La salida de este enredo conceptual requiere de enunciarlo de manera impecablemente descriptiva, fenomenológica, operacional,[x] cuántica: La luz se comporta como ondas cuando es observada desde cierta perspectiva y por otro lado se comporta como partículas cuando es observada en condiciones diferentes… punto.

Esta perspectiva que algunos llaman genéricamente post-modernista implica que la verdad no es algo que podemos descubrir ahí afuera y exista en si misma independientemente del observador como se creía en tiempos del modernismo. Es más bien a partir de nuestra interacción con la realidad que construimos no realidades, sino variados niveles y elaboraciones de ésta.

Ante un bombardeo de fotones puedo percibir alternativamente ondas o partículas[1], asimismo cuando estoy participando de una relación interpersonal con mi pareja, por ejemplo, no necesito estar de acuerdo para reconocer su realidad cuando ella dice: Me siento abandonada cuando tú llegas tarde del trabajo y pocas veces tienes tiempo para salir conmigo, y trato de llamarte pero tu teléfono esta desconectado y entonces me comienzo a imaginar que sales con otra mujer….

Y entonces yo también puedo compartir mi experiencia y ser entendido cuando expreso: Yo me siento presionado cuando se me acumula el trabajo y por un lado mi jefe me dice que le urge esto y aquello y por otro lado tú me hablas varias veces al día para recordarme que vaya al súper en camino a casa y compre cosas, y de pronto me doy cuenta de que no voy a alcanzar a pasar por tus encargos porque se me hace tarde y me siento tan incomodo de escucharte decir que me importa más mi trabajo que mi familia y entonces prefiero no contestar el teléfono para evitarme el regaño. Por otro lado, también me doy cuenta –aunque esto me da trabajo decirlo– que estoy muy enojado y resentido contigo cuando llego a mi oficina y miro con mis propios ojos que has entrado sin avisarme y estás revisando mi correo y en esos momentos me siento invadido, con pocas ganas de acercarme a ti y ser cariñoso… cuando llego a casa siento ganas de tomar distancia, de encerrarme en mi cuarto a leer el periódico y no hablar contigo.

El único puente posible para avanzar hacia la construcción de nuevas realidades consiste en no invalidar ninguna de las dos realidades; ni esperar que algún árbitro cósmico nos diga cuál de los dos tiene razón. Por incompatible que parezca la luz es…o mejor dicho se comporta como partículas y también como ondas. Ciertamente algunas parejas en situación de conflicto acuden al psicólogo, al cura, al compadre… para obtener un veredicto sobre cuál de los dos tiene la razón. Goolishian[xi] –uno de los pioneros de la terapia familiar sistémica– hace algunas décadas durante su internado como terapeuta fue asignado para tratar a un hombre que parecía tener graves problemas de pareja. Pasaron varios meses de tratamiento durante los cuales Goolishian fue alimentando una profunda simpatía por ese pobre hombre que era tan hostigado por su mujer. Qué difícil ha de ser vivir con esa vieja bruja –más de alguna vez seguramente llegó a pensar para sus adentros el joven terapeuta–. Un día la vida lo puso en una situación inesperada y extraña: le tocó cubrir a uno de sus colegas que llevaba el caso precisamente de la mujer del esposo oprimido. Después de algunas sesiones reconoció sentimientos de simpatía, hacia la mujer a la que finalmente pudo identificar como la esposa de su cliente.

Tony de Mello[xii] refiere la anécdota del sabio Nasrudín que escucha a la esposa quejarse del marido y exclama ¡Tienes razón!… Después escucha al marido quejarse de su mujer y exclama igualmente: ¡Tienes razón! Cuando Nasrudín es confrontado por esta aparente inconsistencia o forma de darles por su lado a ambos, el sabio se sostiene y confiesa que ciertamente para él ambos tienen razón: su propia razón.

A partir de esta perspectiva cuántica –que sostiene que la realidad con todo y sus dimensiones de tiempo y espacio es construida de manera diferente en función de la posición del observador– nace el modelo de terapia de Goolishian conocido como de realidades múltiples. Según este autor cada miembro de una familia de una pareja, de un grupo… percibe de manera diferente y construye en su cabeza diferentes realidades. La psicología cuántica de Robert Anton Wilson y los diálogos de Bohm[xiii]son sólo dos ejemplos de propuestas que aplican principios de la física quántica al mejoramiento y evolución de las relaciones humanas.

Por otro lado, psicólogos y psiquiatras de la vieja escuela clínica –llamada así porque utiliza el modelo médico habituado a clasificar enfermedades para así poderlas tratar– siguen utilizando el referido lenguaje medieval cada vez más anacrónico desde la perspectiva de la nueva física. Saber que una persona “es” antisocial, narcisista, limítrofe… facilita ciertamente un lenguaje común entre profesionistas de la salud mental que sin embargo, más allá del poder y la pompa que confiere a quien así habla, suele aportar por sí mismo poco al desarrollo y evolución de las personas diagnosticadas.

El verdadero salto cuántico de transformación en una relación surge cuando la pareja se puede ver a los ojos y validar dos afirmaciones aparentemente incompatibles y construir a partir de ahí una nueva realidad más compleja; cuando Juan le dice a María: Tú realmente te sientes ignorada y abandonada por mí cuando no me reporto; me imagino tu miedo y ansiedad de pensar que ando con alguien más… Y luego María le valida a Juan: Tú realmente te sientes presionado cada vez que te hablo al trabajo para pedirte que no te tardes; que me compres esto o aquello y luego además de mis llamadas tienes las llamadas de tu jefe apurándote a terminar el reporte, las cuentas, el balance… te sientes presionado y prefieres apagar tu teléfono celular… y me puedo imaginar aquel día que llegas a tu oficina y me encuentras ahí en tu escritorio mirando tu computadora, en tu correo y te sietes en ese momento muy indignado muy invadido por mí, resentido… sientes, me imagino, pocas ganas de acercarte y ser cariñoso…

Cuando una pareja puede provisionalmente suspender su subordinación al ego controlador y defensivo y sólo, por unos instantes, se conecta con su empatía, con sus neuronas espejo, con su capacidad de compasión… entonces se da la magia de la conexión, de la apertura mutua, de la construcción de una nueva perspectiva.

Cuando por un momento son capaces ambos de poner en pausa su obsesión por cambiar al otro o su deseo de convencer o disuadir… (por su bien desde luego); Cuando comienzan a usar de manera cuidadosa su lenguaje que se va transformando de lo causal y enjuiciador a lo descriptivo-fenomenológico; del tú deberías al yo deseo; de eso está mal a yo experimento dificultad para aceptar o aprobar dicha conducta; del auto azul es más bonito al yo prefiero el auto azul… entonces ambos inician de manera imperceptible pero poderosa el camino de la conexión, de la generación de una conciencia de unidad –de momentáneamente ser parte de lo mismo–; de la construcción de nuevas realidades, de nuevas formas de relacionarse y de entender el mundo. Ambos se mueven, asimismo, de un estado de defensa a un estado de apertura. El camino del diálogo “en lenguaje impecable” es el camino de la integración de nueva información; de la construcción de una nueva estructura donde las múltiples realidades por incompatibles que parezcan, pueden convivir y conformar una nueva realidad, es decir una nueva relación de orden más elevado, más complejo, más avanzado, más inteligente… donde es cierto que la luz, sin ser, partículas se comporta como tales y también “sin ser” ondas se comporta como si lo fuera.

Por otra parte el lenguaje característico de niveles de conciencia más primitivos, en un abrir y cerrar de ojos, promueven la separación, la lucha de poder, la conciencia “newtoniana” de: estamos separados, somos contendientes, nos amenazamos mutuamente… En lugar de conectarse el maestro desde esta posición trata de controlar a su alumno y este trata de defenderse.

[1]Cuando el bombardeo de fotones pasa a través de una lamina de acero ranurada, el comportamiento de los fotones es ondulatorio. Pero si al paso por dichas ranuras se coloca una cámara que registre la presencia de dichos fotones, estos automáticamente –ante la sola condición de colocar un aparato observador– se comportan como partículas.

[i] Avila de Teresa. Las Moradas (El castillo Interior) en Teresa de Jesús: Obras completas (1996). O. Carmelitas; Madrid Ed. Biblioteca de autores cristianos.

[ii] OuspenskP. D. (1957). The Fourh Way. Londres: Ed. Routledge and Kegan Paul.

[iii] Graves, C. The Never Ending Quest. Sta. Barbara Ca.: Eds Cowan y Todorovic/Publishing Co. NVC Cons.

[iv] Wilber, Kent (1985). La conciencia sin Fronteras. Barcelona. Ed. Kairos.

[v] Sexton, T. L. (1997). Constructivist thinking in counseling practice, research, and training. (13-18). New York: Teachers College Press.

[vi] Alfred Korzybski, 1994, (5a edición) Science and Sanity An Introduction to Non-Aristotelian Systems and General Semantics. Ed. Inst. of General Semantics.

[vii] Bourland, D. David; Johnston, Paul Dennithorne, eds. (1991). To Be or Not: An E-Prime Anthology. San Francisco: International Society for General Semantics.

[viii] Robert Wilson (1990) Quantum Psychology. N. Y. New Falcon Publication.

[ix] De Solla en BarberT. X. (1976). Pitfalls in Human Research. Elmsford New York: Ed Pergamon Press.

[x] Descriptiva, fenomenologica, operacional…

[xi] Goolishian Anderson, H. & Goolishian, H. (1992) The client as the expert: a not knowing approach to therapy. In Therapy as a Social Construction. London: Sage Publications.

[xii] Vallés, C. ( 1990). Ligero de Equipaje. Barcelona: Ed. Salterrae.

[xiii] Bohm D. (1996) On Dialogue. N. Y. Routledge.

¿Con qué te brillan los ojos?

En la Secretaria de Educación de Guanajuato hemos tenido el privilegio de colaborar en la formación de redes de maestros facilitadores. La esencia de este programa, dirigido a profesores de educación pública, no es muy diferente al correspondiente de padres de familia facilitadores. Cuando un papá o un maestro están demasiado ocupados en cambiar, mejorar, transformar, proteger, dirigir… a sus hijos o alumnos –lo cual desde luego no necesariamente es “malo” pero si disfuncional cuando se hace en demasía cuando por estar tan ocupado en dirigir, se descuida el escuchar y se pierde la oportunidad de conexión. En el libro de Aprender a ser y a dejar ser[i] hemos referido la importancia de la esencia de cada persona, es decir, de ese algo con el que le brillan los ojos. Aunque existen modas e intereses pasajeros, la esencia es algo más permanente es algo que apasiona y explica porque un joven se puede pasar, sin premios de por medio, cuatro o más horas seguidas practicando al piano, al futbol, al dibujo, escribiendo cuentos, diseñando autos, bailando… Por otro lado, hay quien se muere sin saber realmente con que le brillan los ojos, cual es su esencia, su pasión, aquello en lo que potencialmente es excelente, aquello por lo que, que como decía Kierkergard[ii], la persona estaría dispuesta a dar la vida. Existen papás y maestros con plena conciencia de los déficits de sus pequeños, toman nota de todo lo que el hijo o alumno debería hacer diferente, de aquello en lo que es defectuoso… pero no tiene la menor idea de con que le brillan los ojos. Curiosamente, tal vez no haya mejor terapia que el ejercicio de la vocación-esencia; ni mejor manera de encontrar ese brillo de los ojos que a través, no del premio y el castigo, sino de la experiencia de ser escuchado. Como sugiere Gary Zukav[iii], al alma se llega por el camino de los sentimientos.

Con frecuencia nos ocupamos en indagar “en qué te equivocaste, dónde fallaste, qué hiciste mal…” En el abordaje apreciativo, no se trata de negar las deficiencias que todo mundo padece, se trata de poner el énfasis en los recursos:

La indagación apreciativa[iv] sugiere preguntas dirigidas a los carismas personales, a los logros, a las cualidades:

–Dime algo que te hizo sentir orgulloso hoy, ayer o antier;

–Platícame una experiencia donde te sentiste capaz, útil, valioso…

La pregunta seleccionada tiene entre sus funciones el de construir una realidad interpersonal. Si preguntas por sus defectos a una persona, te vas a relacionar con una mole de errores que al ser tratada como tal, probablemente confirme la realidad implícita de tu pregunta… Podemos llenar hojas y hojas de adjetivos negativos y tal vez, sin darnos cuenta, terminemos cosechando sólo defectos y patología a través de nuestras preguntas. O también como alternativa, quizás podríamos tomar nota de los heroicos esfuerzos de tantos padres y madres que cada mañana se levantan a llevar a sus hijos a la escuela y a trabajar para mantener a su familia. Tantos padres y maestros heroicos que con todo y sus heridas emocionales con las que a veces salpican al prójimo –quien no las tiene–, cada día llevan a cabo silenciosamente verdaderos actos admirables. Sólo nos corresponde aprender a observar y validar dichas experiencias aunque no salgan a la luz en los noticieros ni en las notas rojas de los periódicos.

Buscar y encontrar defectos es como un pasatiempo tan inconsciente que ni nos damos cuenta que lo practicamos, finalmente todo mundo lo hace y parece tan normal. Pero verdaderamente no tiene que ser así; hay otros temas de conversación, otros lugares donde poner la atención. Hoy, mañana o este fin de semana, tal vez se te ocurra sólo, por curiosidad, preguntar a esa pareja, hijo o hermano distanciado o cercano, no importa: Dime algo que te hizo sentir bien, capaz, orgullosa…”

Puedes considerarlo un logro si al menos consigues arrancar un pequeño relato a tu interlocutor. Sabes: cuando no hay una cultura del diálogo, el compartir experiencias no brota espontáneamente a la primera invitación… no te desanimes, tal vez te sorprendas cuando finalmente consigas un buen relato al tercer o cuarto intento y entonces intenta escuchar como si no hubieses escuchado nunca esa historia; como un niño que ve el mar por primera vez. Durante la narración no tienes que corregir, competir, hacer un comentario inteligente… Sólo escucha con la humildad de quien quiere penetrar en la película del otro y entenderla tal como el otro la vive… sólo eso. A veces escuchar en silencio y con ojos atentos es suficiente para asomarte a las entrañas de esa otra dimensión; quizás descubras que detrás del mundo de los defectos también hay luz atrapada que de pronto se asoma a la puerta cuando alguien pregunta por ella; Quizás descubras un esbozo de su alma, de su esencia, de su vocación… a través de la pregunta ¿con que le brillan los ojos?

[i] Chávez R. & Michel B. S. (2002; 2004) Aprender a ser y a dejar ser vol I y II. México, Ed. Norte-sur

[ii] Kirkergard Sören (1962) Diario, Brescia, Morcelliana. “…la verdad para mí es encontrar la idea por la que yo debo vivir y debo morir”

[iii] Zukav, G. (1990). The seat of the soul. New York: Ed. Fireside book by Simon & Schuster.

[iv] Cooperrider, D. L. (1995). Introduction to Appreciative Inquiry. In W. French & C. Bell (Eds.), Organization Development (5th ed., ): Prentice Hall.

Diálogo transformador de conciencias

Hace veinte años, nos iniciábamos como asesores en desarrollo humano de la secretaria de educación de Guanajuato. Nos fue asignada la capacitación a un grupo de maestros de primaria de Atarjea, uno de los municipios más lejanos e inaccesibles del estado. Fueron dos días dedicados a la formación de una nueva red de maestros facilitadores, como se les llama a esos heroicos profes que dan el brinco de ser burócratas de la educación, es decir, transmisores de información y aplicadores de exámenes, para convertirse en facilitadores de la vocación y el aprendizaje significativo de sus alumnos. Algo que en aquel momento nos sorprendió y a menudo nos vuelve a conmover, es el desarrollo, como dicen los ecologistas, de sistemas inteligentes autosustentables. Cuando se dan ciertas condiciones en la calidad de dialogo entre las personas, no hay mayor necesidad de terapias ni de intervenciones costosas… Durante el proceso de escuchar y de ser escuchado, la dirección del cambio aparece de manera inesperada, maravillosa y suave.

En aquella ocasión fueron no más de doce horas de un taller donde básicamente los maestros aprendieron los rudimentos para llevar a cabo un círculo de aprendizaje interpersonal CAI, ejercicio sencillo y poderos de comunicación humana inspirado en los círculos mágicos. La idea era construir lo que Miguel Ángel Machiavelo[i] llama la competencia cero en la educación. “Si no hay un clima de relación adecuado las demás competencias se desarrollan con dificultad” ese era el objetivo que ya Rogers en su libro Freedom to learn[ii] comenzó a esbozar. Primero crear un clima de seguridad psicológica para después trabajar con otras competencias. Antes de despedirnos de nuestro grupo en Atarjea les dejamos nuestra última invitación; nuestro último reto:

–La mejor manera de dominar una herramienta como ésta es a través de realizarla. La sola práctica te muestra el camino; te convierte poco a poco en experto –les conminamos en nuestra última intervención–; Lleven a cabo sus círculos de aprendizaje interpersonal (CAI[iii]) sus espacios protegidos de diálogo… cada semana o por lo menos cada quince días; intenten robarle una hora a su programa para desarrollar este ejercicio. Van a ir construyendo sin darse cuenta un ambiente diferente, de participación, de confianza, de respeto, de seguridad, de inteligencia colectiva… Si no practican de manera sistemática estos espacios de diálogo no podrán saber por ustedes mismos si de verdad vale la pena; si no lo hacen no se quejen… adiós.

Después de ocho meses regresamos con el grupo, el ochenta por ciento de los maestros eran los mismos, el otro 20 por ciento habían sido remplazados. De los que habían participado ocho meses atrás, nos gustaría decir que todos estaban transformados; no es cierto. Por más que en TV ofertas nos insistan que hay verdaderas curas mágicas con hongos michoacanos o marungays o tal vez pompis perfectas con tenis supershaper… Las transformaciones mágicas, lo sabemos, son anhelos profundos de mentes primitivas que hábilmente son explotadas por algunos mercenarios de la mercadotecnia. Hemos de reconocer que por lo menos la mitad de nuestros egresados no mostraban transformación visible. El curso les había parecido interesante, tal vez divertido… pero hasta ahí. Para algunos, nuestra presencia había resultado ser un buen sermón en la mañana del domingo… que durante la tarde, en un 90 por ciento de su contenido ya se había esfumado de la memoria. A los cinco días, el otro diez por ciento restante de información había desaparecido para la mitad de los maestros.

–Dar clases especialmente con adolescentes es difícil, ya no tienen respeto, son groseros, ahora uno no les puede decir nada; uno está tan ocupado tratando de medio controlarlos que queda poco tiempo y energía para realmente “educarlos” –nos compartían con resignación.

Buena parte de los maestros, nos dimos cuenta, seguían después de ocho meses con sus mismas quejas, con sus mismos alumnos y con sus mismas prácticas: a más ruido de los alumnos, más gritos de los maestros, a más indisciplina más castigos, más control… En fin: la ley del zape: Si un zape no es suficiente, como maestro vas aumentando la dosis, a más indisciplina: más zapes, más de lo mismo, mas castigos, regaños, gritos, amenazas… hasta que terminas abollándole a tu alumno la cabeza o por lo menos la autoestima –tanto como él a ti.

Francisco era uno más de nuestros participantes, representante de la otra mitad del grupo: un maestro de cuarenta y tantos años, con una plaza en la telesecundaria de la comunidad a donde solían llegar algunos jóvenes en condiciones precarias. Su trabajo ahí resultaba verdaderamente frustrante, parecía estar enredado en el círculo de querer “educar” a sus alumnos con más disciplina mientras ellos respondían con más apatía. Al final del día, de regreso a su casa, el profe tenía que lidiar con serias dudas sobre su propia vocación de maestro, su autoestima, su capacidad…

A la vuelta de ocho meses que regresamos al lugar encontramos que algo había pasado con la conciencia, con su manera de percibir y de relacionarse de algunos profes. Nos preguntamos porque Francisco y otros como él ¡sí habían vivido una notable transformación! y otros parecían haber pasado de noche frente a nuestra bien intencionada capacitación. Les pedimos que nos informaran –sin consecuencias de por medio y con el sólo interés de entender el fenómeno del cambio–cuántas veces a la semana, mes, semestre… le habían dedicado a su práctica. Los hallazgos se redujeron a lo siguiente: Mientras un buen porcentaje, atrapado en su rutina, estaba tan ocupados haciendo más y más de lo mismo y se justificaban de su poca práctica con el siguiente argumento: “Si así tenemos poco tiempo para cubrir los programas imagínese si le robamos otra hora semanal al horario de clases”; otros como Francisco y algunos de sus compañeros, habían podido zafarse de la inercia de la rutina y se arriesgaron a robarle un poco de tiempo al programa para hacer sus círculos. Los maestros que fueron capaces de practicar su CAI con un mínimo de consistencia –por lo menos tres veces al mes– fueron descubriendo que esa pérdida de tiempo se convertía en una verdadera inversión: la construcción de un clima de confianza que a la larga reditúa con creces. Descubrieron por sí mismos, que un alumno que se siente aceptado y respetado se dedica menos y menos a boicotear a su profesor. Está menos ocupado en defenderse y más en aprender. El profe Francisco nos relato una de sus experiencias:

–Uno de mis alumnos más difíciles en los últimos meses –en el círculo semanal– se animó a compartir su relato en respuesta a la pregunta de ese día: “Una vez que me sentí tratado injustamente”. Cuando el joven terminó su relato, según el procedimiento, tocaba ahora el turno de elegir a alguien que voluntariamente quisiera darle un acuse de recibo. Yo en ese momento aproveché la oportunidad y me ofrecí de voluntario.

–¿Te puedo yo repetir lo que dijiste Manuel?

–Ta bueno

–Me imagino que ese día que yo te vi dándole un empujón a tu compañero y te saqué de clase sin dejarte hablar tú te sentiste muy indignado y enojado conmigo… pues dices que tu compañero te había estado molestando toda la clase y ya estabas harto de él y justo cuando tú te hartas y te defiendes, yo volteo y lo único que veo es tu reacción… Tú sientes que yo no te creo y sólo vi una parte de toda la película, cuando quieres hablar en tu defensa, yo te interrumpo y te digo que te salgas. Y entonces al ir saliendo ves que tu compañero se ríe y tú de verdad te sientes lleno de rabia, especialmente cuando escuchas mis palabras y sientes que te vuelvo a echar la culpa: Otra vez tú, tenías que ser tú ¡salte! –me escuchas decir. Me imagino que te sientes entre triste y enojado… no escuchado; te sientes desanimado, y sin ganas de echarle ganas a la escuela…

Eso fue todo lo que dijo el profe, en eso consistió su acuse de recibo, no dio explicaciones, no se defendió, no contraatacó… sólo escuchó. Al joven se le salieron un par de lágrimas furtivas. Probablemente en su interior estaba procesando un mensaje no escrito en palabras; un mensaje oculto pero a la vez visible, audible, tangible… el joven se dejó tocar por ese mensaje que sin palabras decía: te escucho, me importas, ahorita no te quiero cambiar solo quiero entenderte; tus sentimientos son importantes y los respeto. Algo cambió a partir de entonces en esa relación entre el profe Francisco y su alumno que comenzó a involucrarse y a cumplir más… Por otro lado, durante sus prácticas de diálogo, con cada relato que escuchaba el profe Francisco, –sin querer cambiar o convencer al otro– fue aprendiendo lecciones importantes: primero de sus alumnos, luego de su hija adolescente y hasta de su esposa. Se había dado la oportunidad de probar con consistencia, con disciplina este recurso y había bebido de la sabiduría de cada experiencia de su prójimo convertida en lección de vida, había crecido en conciencia, había construido desde los cimientos una manera más inteligente de funcionar como maestro, padre y esposo donde ahora surgía una nueva regla: “primero escucha y después, sólo después, si quieres regaña si aún crees que es necesario hacerlo”.

[i] Machiavelo: La competencia cero documento de circulación interna de la secretaria de educación de Guanajuato (2007) ver también en El maestro facilitador de Michel S. y Chávez R. Editorial Norte-sur.

[ii] Rogers C. (1983) Freedom to learn. Columbus Ohio. Ed. Merril.

Los colores de la disposición

Si solamente los humanos pudiésemos tener unos lentes especiales para percibir el color de la persona con quien interactuamos. No se trata de cualquier color, se trata de intentar percibir el color de la apertura. Con la mirada normal podemos ver si el prójimo luce el pelo claro, obscuro largo o corto, podemos observar su estatura y su complexión física… pero ¿cómo sería si además pudiésemos percibir el “color de su disposición” justamente mientras se desarrolla una plática, una discusión, un intercambio de información aparentemente inocente. Si pudiésemos percibir su color interior, su modo de procesar información… podríamos fluir tan suavemente en nuestras relaciones interpersonales especialmente con las personas queridas con quienes más solemos enfrascarnos en pequeñas luchas de poder.

En 1920 un investigador de apellido Cannon describió un fenómeno fisiológico propio del humano y demás mamíferos, llamado: fight or flight response[i] donde ante un estímulo amenazante, el organismo se prepara con todo para pelear o huir. Después de casi cien años, dicho descubrimiento sigue inspirando múltiples investigaciones y nos ayuda a entender el funcionamiento de una persona en este estado mental y biológico.

En el cuerpo humano ante situaciones de alerta aparece una hormona precursora producida en el hipotálamo que estimula en la hipófisis la liberación de corticotropina que a su vez estimula en las glándulas suprarrenales la producción de cortisol[ii], conocida también como la hormona del estrés: En pequeñas dosis, esta hormona, facilita el metabolismo de la glucosa, proporciona un incremento natural de energía, sin necesidad de taurina ni cosa parecida, regula la presión de la sangre, activa el sistema inmunológico… Sin embargo, cuando esta condición se prolonga, el cortisol comienza a tener un efecto nocivo: la función de la tiroides es afectada, los niveles de azúcar en la sangre se desequilibran, aumenta la presión arterial… Durante los estados prolongados de estrés, el cerebro es inundado de cortisol y biológicamente se detienen las funciones de reparación y construcción de tejido nuevo. En otras palabras, se suspende el modo de crecimiento y se activa, ante la percepción de amenaza, el de protección o defensa. El organismo no puede estar al mismo tiempo en modo de protección y en modo de crecimiento, modos que aunque complementarios son también excluyentes; la activación de un modo desactiva a su contraparte. La sangre que en modo de crecimiento es suministrada a los lóbulos pre-frontales o cerebro ejecutivo, de pronto cuando surge la amenaza, es distribuida hacia los músculos, sistema nervioso periférico y óseo. El organismo todo, automáticamente se dispone a correr, a pelear –o a veces a paralizarse de terror–, la calidad del pensamiento es reactiva, no integradora, la claridad de las funciones cognoscitivas y la capacidad de tomar decisiones complejas se obstruye. Un niño inteligente de pronto en estado de defensa no tiene idea de cuánto es dos por dos, olvida todo lo que había preparado para el examen; Un adulto se paraliza cuando tiene que hablar en público, aun cuando se trate de un tema que conoce bien.

En modo de protección o defensa la persona está concentrada en defenderse más que en escuchar razones y en abrirse a nueva información.

Cuando Pedro X se encuentra en plena proceso de vomitarle un buen sermón a su alumno, hijo o pareja, es fácilmente observable con un mínimo de atención y sensibilidad, algo que a él, enfrascado en la conversación, le pasa desapercibido. Mientras Pedro habla el alumno está recibiendo información bien intencionada y de utilidad aparente en forma de reclamo, sugerencia, consejo, advertencia… El joven parece tenso, con sus brazos cruzados como queriéndose defender de la andanada de argumentos todos lógicos e impecables. Esta interacción, de lo curioso pasa a lo patético. El profe Pedro, parece estar vaciando una jarra tras otra de líquido informativo en forma de sermón, sobre el embudo incrustado en la cabeza del joven. La carga de defensividad en la interacción resulta tan obvia para todos menos para Pedro. No importa cuántos litros de buena información sean depositadas en el escuchador…. La persona que habla sin cesar está tan ocupada vertiendo su contenido, que no se da cuenta ni remotamente, precisamente por estar tan concentrado –o distraído– en cambiar al otro… que todo lo que entra por el embudo termina por derramarse fuera del cerebro, ni una sola gota es procesada. Nada de información útil penetra a tierra fértil, todo se desparrama por la simple razón que el presunto escuchador tiene cerrada la llave de entrada del aprendizaje significativo. Esta condición de tener la llave cerrada referida por los biólogos como “el modo de protección o defensa” se activa en condiciones de amenaza física o psicológica. En el terreno de las relaciones interpersonales, la percepción de ser manipulado, o presionado por cualquier medio, a pesar de la indiscutible buena y razonable intención del cambiador, suele promover en su contraparte la resistencia al cambio, es decir, la activación del modo de defensa o protección.

Juan, padre de familia, un día hace cumplir una de sus pocas reglas vigentes en el hogar: Aunque el sábado el permiso es gratuito para su hija, sin embargo, el salir los viernes está condicionado a no tener más de tres reprobadas en las calificaciones escolares del mes. Ese viernes cuya semana comenzó con cuatro reprobadas coincidió con la fiesta de quince años de una de las mejores amigas de su hija que le pide encarecidamente a papá justo al momento de la cena: déjame porfis, porfis… Papá se arma de valor y se sostiene: “Lo siento mi hija con cuatro reprobadas no puedes salir, esa regla tú ya la conoces”. La hija después de insistir e insistir se cansa y sale del comedor dando un portazo y exclamando: ¡Te odio, eres el peor papá del mundo!

Si en ese momento, papá responde al exabrupto de la niña con un contraataque de argumentos, tratando de trasmitir información razonable a un cerebro intoxicado de cortisol… Es fácil imaginar el resultado: choque de gritos, sombrerazos y tal vez golpes. Muchas relaciones de hecho sufren rupturas irreparables cuando coinciden ambas partes en un momento crítico de cortisol elevado. Un hijo en proceso de vivir una crisis de disciplina, esto es, al enfrentar la consecuencia no deseada de sus actos, por ejemplo, ante la negación de un permiso por haber cosechado tres reprobadas mensuales, de pronto se pone en modo de protección –a la defensiva– y cierra la llave de acceso a su capacidad de razonar, de usar su inteligencia. En ese momento no está facultado para recibir ni asimilar sermones brillantes; su capacidad para realizar un aprendizaje integrador se encuentra fuera de servicio pero por otro lado, de manera paradójica, su amígdala está activa, ese órgano conocido como el banco de la memoria emocional capaz de registrar experiencias emocionales intensas que serán evocadas “reactivamente” al menor estímulo. Papá en ese momento tal vez pueda reconocer las condiciones no propicias para el aprendizaje integrador, pero si aptas para el aprendizaje emocional reactivo que surge al calor de las crisis y de los exabruptos de violencia. Entonces cuando su hijo responda con enojo al serle negado el permiso, probablemente papá respire hondo, le clave una buena mordida a su sándwich de queso y le dé un sorbito a su bebida. Mientras mastica sabrosamente su cena tal vez sea capaz de observar, sólo observar sin subirse, a los trenes del pensamiento que cruzan su mente a cien por hora… y siga saboreando en silencio interior la última mordida de su emparedado. Algunos padres saben de la magia de no enredarse al querer corregir a un hijo enojado, instalado en pleno modo de defensa, y entonces al no enredarse en una discusión ven diluirse el problema. John Gottman[iii] investigador de las relaciones de pareja sostiene que uno de los indicadores claves para predecir un divorcio es precisamente la incapacidad de los conyugues de suavizar un intercambio y no enredarse en reacciones de crítica, defensividad, ataque… de no contestar un berrinche con otro peor.

Hay padres que al oír los reclamos de la hija, se enganchan; se montan en el tren del controlador, el regañador, el razonable, el defensor de los buenos modales… y deciden ir a perseguir a la rebelde para hacerla entrar en razón, hacerle ver que no se debe de poner así, que ella se lo buscó, que ella tiene que aprender y hacerse más responsable y que el castigo es una medida totalmente justa… Entonces sobre el primer problema papá construyen uno mucho mayor que es coronado con ofensas descalificaciones y hasta con violencia física y verbal. Todavía no conocemos un sólo caso donde un hijo frustrado instalado en su modo de defensa por no poder asistir a la fiesta de su mejor amigo, después de dar el portazo y ser alcanzado y sermoneado por papá ante las brillantes frases de este, de pronto se deslice mágicamente al modo de crecimiento, ponga cara de iluminado y con voz pausada y tono conmovedor exclame: ¡Gracias papito! ya entendí: todo esto lo haces por mi bien; esta es una medida formativa para mí y aunque ahorita me duele, me va a ayudar fortalecer mi carácter, a convertirme en una persona de bien… Lo único que haces es cumplir una regla cuyas consecuencias ya habíamos acordado… ¡gracias!

Esto lo podría decir el hijo en modo de crecimiento cuando hay apertura y disposición para aprender, es decir unos días, meses o años después del evento pero no justo cuando está saturado de cortisol. No importa pues lo brillante de un argumento si la persona está cerrada, se le va a escurrir el agua de depósito y no va a entrar ni una gota de entendimiento a su cerebro. Por eso, Si los humanos tuviésemos un color en la piel dependiendo del modo de procesar en el que nos encontramos… de verdad cuántos problemas nos ahorraríamos. Un maestro, un padre, novio, amigo, esposa… capaz de percibir el color psicológico del “otro” con quien se intenta un diálogo se daría cuenta de que si en ese momento renuncia a convencerlo y puede respetar la frustración de su interlocutor y lo deja en paz por un momento vivir su enojo; si no agrega un berrinche a otro berrinche… saldrá mejor librado y podrá hacer de las crisis oportunidades, no deterioros. Un padre de familia necesita aprender a sentirse cómodo ante la molestia natural de la frustración generada en el hijo por no poder asistir a la fiesta de su mejor amiga.

Si papá o mamá se pueden quedar, con su mente en silencio, amando a su hijo –aun cuando no le complace sus gustos– sin quererlo forzar a ser cariñoso, obediente, resignado, agradecido, razonable… entonces, tal vez se den cuenta de que a los dos o tres días del incidente enojoso el hijo se acerque y les vuelve a hablar con afecto. Pero si el hijo además de sentirse frustrado y en modo de protección se siente acosado por los sermones de papá o mamá, es probable que el distanciamiento dure más días o tal vez semanas, meses o buena parte de su vida… Por eso cuando veas a alguien en tu familia instalado en el modo de protección en lugar de andar brincando de un pensamiento a otro y quererlo cambiar, pretender que te escuche, que sea razonable, que entienda… dedícate a cultivar el silencio interior; si realmente te parece que tu norma es sensata y fue previamente acordada disponte a respetarla y a respetar la frustración del otro cuando tiene que enfrentar las consecuencias de sus actos.

Por otro lado, si algo de lo que te dijo en el momento de la crisis te ofendió o algo de lo que hizo te afectó, tal vez en caliente tomes nota de la foto de ese momento y la escribas o la grabes con todo detalle y en un lenguaje impecablemente descriptivo…y la guardes por el momento. Después de unos días, cuando tu interlocutor se encuentre dispuesto a escucharte diez minutos con atención y sin interrupción tú estarás en condiciones de compartir tu experiencia en un espacio protegido de dialogo tu experiencia, cuando ambos estén más cerca del modo de crecimiento que del modo de protección.

[i] Cannon W. B. (1963) Bodily Changes in in Pain, Hunger, Fear and Rage. 2da. Ed. Newton Cebtre, Mass.: Brandford.

[ii] Elizabeth Scott. (2011) Cortisol and Stress: How to Stay Healthy. Cortisol and Your Body. www.about.com Guide (Sept. 22).

[iii] Nan Silver & Gottman, John (1994). Why marriages succeed or fail: what you can learn from the breakthrough research to make your marriage last. N. Y.: Simon & Schuster

La vida da segundas oportunidades

La mamá de Lucía, durante buena parte de su vida tuvo que trabajar de maestra y en tiempos difíciles lo hizo en doble turno. Papá por su parte tenía un pequeño taller de maquila al lado de la casa con una cuantas maquinas de coser y podía estar un poco, –sólo un poco– más presente que su esposa en el hogar. La joven Lucía recuerda la experiencia de comer sola con doña Coty la señora que la atendía en ausencia de mamá que llegaba noche cuando la niña había ya hecho su tarea y en ocasiones se mantenía encerrada en su cuarto viendo la televisión o escuchando sus cidis favoritos. La hora de la comida para la niña tenía un sabor triste: en alguna ocasión coincidía con sus hermanos mayores que por cuestiones de la edad finalmente no le hacían gran caso. La niña de hecho no estaba segura si prefería comer sola o mal acompañada por ellos que con frecuencia se la pasaban prendidos a su celular o viendo la tele mientras ruidosamente sorbían la sopa y si acaso se ocupaban de ella era para corregirla. La niña solía sentirse entre invisible e insignificante. Cuando mamá llegaba y le preguntaba ¿Cómo te fue en la escuela mi hija? la niña contestaba con un seco “bien” después del cual y de alguno que otro monosílabo por el estilo no daba mayor entrada a una conversación. Por un lado tenía ganas de sentirse importante y cuidada por su mamá, pero por el otro, cuando ésta intentaba sacar plática se topaba con pared. Lucía deseaba de su madre por una parte: aprecio, cercanía, atención…. pero por otro lado –desde uno de sus pequeños egos interiores–experimentaba resentimiento y contestaba con un cortante equis.

Los sábados por la mañana la joven juega con el equipo de voleibol de su escuela y después del partido se queda un rato con sus amigas. Al llegar a casa mamá le suele preguntar: ¿Ya comiste?… Ya comí –contesta la niña en automático aun cuando no fuese cierto. Ta bueno –responde a su vez mamá que se queda sentada en su sillón mientras con un ojo lee y con el otro ve la tele. En ese juego totalmente imperceptible la niña se convierte en cómplice de recrear su propio abandono: quisiera sentir más cerca a su madre pero a la vez le cierra la puerta de cualquier conversación.

Lucia parece atrapada en el reciclaje de esa vieja sensación de sentirse abandonada a la hora de la comida. La mamá la quiere tanto que trabaja doble turno para poderle dar la mejor educación y comodidades… sin embargo, a pesar de la mejor de las intenciones la experiencia concreta de la niña es de abandono puro. A sus 17 años ya ha acumulado muchas comidas sin compañía y una relación bastante parca y frágil con mamá. Un sábado la joven consigue permiso para asistir a una fiesta especial: la coronación de la reina de su prepa. Van a ir todas sus amigas y ella se pasa tres horas arreglándose para lucir bonita. Consigue de mamá la concesión de regresar a las dos de la mañana acompañada de su mejor amiga que se ofrece a traerla. A las dos de la mañana con cinco minutos, el auto de la amiga llega a la casa de la familia y se estaciona para dejar a la joven. La madre se asoma por la ventana y experimenta una sensación efímera de descanso al ver llegar el auto con su hija. Pasa una hora y media y la niña no entra a la casa pues se queda platicando con la amiga. Mientras papá duerme a pierna suelta, mamá carga todo el peso de la preocupación familiar; No se puede dormir y harta de esperar, le envía varios mensajes a la joven que sólo contesta ahorita ya voy… y así dan las tres y media de la mañana hasta que finalmente Lucía entra a la casa con los zapatos en la mano y los pies hinchados de tanto bailar. La mamá no ha podido dormirse y con justa razón se siente molesta, irritada, no respetada por su hija. Desde ese lugar de incomodidad está a punto de lanzarle la clásica pregunta. Oye ¿tú crees que estoy pintada? Si lo hubiese hecho, de esa manera tan típica, hubiese recibido una respuesta igualmente típica. Probablemente hubiese contribuido al segundo eslabón de la cadena de la desconexión (la niña ya habías puesto el primero con su ya voy, ya voy, ya voy…). Se hubiese repetido entonces una escena más de distanciamiento donde tanto madre como hija se quedan más resentidas, más alejadas, mas atoradas. Las palabras parecen tan inocentes y sin embargo están tan cargadas emocionalmente de mensajes de violencia implícita. El pez está tan acostumbrado a vivir en el agua que simplemente ya no la ve, se dedica a nadar en ella. Los humanos, como sugiere Marshall Rosemberg, ya no vemos la violencia con la que hablamos, con la que nos relacionamos, en la que nadamos… Sin darnos cuenta nos comunicamos con tanta violencia y luego nos extrañamos de no ser escuchados, de que los otros se pongan defensivos y se cierren a ver las cosas como “son”.

Cuando alguien me dice algo tan inofensivo como: ¿Crees que estoy pintado?, o me hace alguna otra pregunta por el estilo –reflexiona la adolescente– algo en mí se pone a la defensiva y entonces pongo mi energía y mi inteligencia en defenderme en contraatacar, en justificarme… en todo menos en abrirme al aprendizaje.

Ciertamente mamá cree por su parte que lanzarle semejante pregunta es comprensible y humano, es decir: la única manera lógica de responder después de esperar hora y media a que la adolescente discurra entrar y mientras yo estoy aquí atrapada sin poder dormir. ¡Claro! de alguna manera es comprensible y humano pero también resulta absolutamente estúpido intervenir de esa manera en términos no de la intención sino del efecto que produce. ¡Sí! de pronto personas inteligentes como la mamá se encuentran atrapadas en un juego destructivo. Si esa respuesta tuviese un efecto constructivo, si llevase a un lugar de acercamiento, de solución, de aprendizaje…. ¡estaría justificada! Pero no es así: Estas inocentes preguntas llevan más bien a reproducir situaciones conocidísimas de mayor conflicto, distanciamiento, estancamiento… Decir que algo es comprensible y humano significa simplemente que así se aprendió y así se ha practicado por generaciones, tanto que parece tan natural, tan obligatorio… que ya no se considera opcional.

 

Ese día a las tres y media de la mañana llega la niña con sus zapatos en la mano y se queda sentada en el sillón de la entrada con la cara descompuesta; algo en su mirada –percibe la mama– trasmite dolor. A punto está la señora Muro de lanzar de su repertorio alguna versión de respuestas típicas para la ocasión: ¿Estoy pintada o qué? ¿Crees que yo no tengo derecho a dormir? ¿Cuándo vas a aprender a ser más respetuosa? ¿Parece que en lugar de agradecerme te empeñas en tratarme mal? Te valen un soberano cacahuate los horarios a ti, aquí está tu pendeja… Pero ¡no! en esa ocasión mamá al ver sentada a su hija, en una fracción de segundo, reconoce ante sí la maravillosa posibilidad de decidir… justo en ese espacio microscópico que se abre entre un pensamiento y otro. Por un instante ubica de manera tangible sus opciones: puede entrar al espacio de la entropía[i] y seguir la inercia de sembrar lo mismo para cosechar más de lo mismo… o poner pausa, sólo por un momento, a ese afán de cambiar a la otra. Mamá elige en un glorioso instante de libertad interior conectarse con lo que se imagina su hija siente en ese momento.

–Mi hija te veo triste… ¿te pasa algo?

Fue todo lo que necesito la niña para por primera vez en su vida atreverse a hablar y hablar y hablar con su madre por casi dos horas. La joven comienza a hablar y mamá la invita entonces a pasar a la cocina donde prepara un café para poder estar ahí presentes y despiertas en el desahogo. Durante ese tiempo la madre permanece estoicamente sin interrumpir, sin regañar, aconsejar, advertir, sermonear y toda la gama de RAB´s (respuestas automáticas bloqueadoras) que ella misma había aprendido de la abuela que a su vez lo aprendió de la bisabuela que a su vez… A las cuatro de la mañana, después de haber escuchado a su hija hablar y hablar atropelladamente, la mama pudo imaginar la experiencia de la joven Lucía; pudo conectarse a través de sus neuronas espejo –esas maravillosas colonias neuronales programadas para entender e imaginar la experiencia del otro sin quererla cambiar–. Después de haber escuchado en silencio a su hija, mamá toma la palabra y se limita a trasmitirle que efectivamente escuchó con atención y respeto todo el relato.

–Me imagino hija cuando llegas a la fiesta y ves frente ti a tu ex novio bailando con su nueva novia; te sientes terriblemente mal y quisieras desaparecer, que te tragara la tierra. Luego cuando te sacan a bailar te das cuenta de que con tus zapatos te ves diez centímetros más alta que tu nueva pareja –ese muchacho que te gusta– y en ese momento te sientes tan ridícula, observada y criticada por la mirada de tu ex novio. De por sí ya te sentías vulnerable y ahora con esto nuevamente quieres que te trague la tierra… Finalmente decides quitarte tus zapatos para verte al mismo nivel que tu acompañante y ahora tu ex novio tira “accidentalmente” un vaso de refresco: Te sientes tan frustrada tan indignada… te da coraje que toda la fiesta se te haya arruinado cuando tú tenías tantas ganas de pasártela bien… te da coraje con él y contigo por amargarte así la noche… durante todo ese tiempo te la pasas conteniendo el llanto… no quieres dar un mal espectáculo por eso cuando te subes al auto de tu amiga te sueltas llorando; realmente ya no aguantas… Me imagino lo verdaderamente desagradable, difícil, frustrante que fue esta fiesta a la que tenías tanta ilusión de ir…

La historia de la joven podría parecer tan irrelevante, tan común y corriente a esa edad, sin embargo, para ella fue una experiencia de profunda desolación… Y al mismo tiempo, una verdadera oportunidad ofrecida a mamá en bandeja de plata para escuchar y conectarse; para cambiar el curso de la cadena de estímulo-respuesta. Mamá, en un momento de claridad, decide aportar con un eslabón distinto al acostumbrado reclamo; Mamá por primera vez es capaz de humildemente acompañar a su hija en ese tramo doloroso de su vida de adolescente y al hacerlo así, con un humilde te veo triste ¿te pasa algo? se asoma a una experiencia profunda, impregnada de ese tipo de conexión que se da cuando sólo por unos momentos una madre, o padre es capaz de ponerle pausa a su afán irrefrenable y bienintencionado de cambiar, disciplinar, corregir… Mamá ese día fue capaz de concentrar de manera humildemente poderosa –y sanadora– su atención en imaginar cómo se sintió la joven… Ese día mamá aprendió que aunque en el pasado no supo o no pudo estar más presente con su hija de ayer, hoy la vida le ha ofrecido una segunda oportunidad.

[i] James O`dea (2011) Curso internacional: The shift network.

Sólo una foto… de tu experiencia

Se trata de un hecho histórico de la primera guerra mundial plasmado en una película que nos parece bellísima: En Joyeux Nöel (Noche de paz) hay una escena donde tres soldados; un escocés, un alemán y un francés, de pronto coinciden en un brevísimo espacio de tregua compartiendo las respectivas fotos de sus familias, esposa, hijos pequeños, madre anciana… Y en un instante inesperado y mágico se da una conexión entre ellos. En pleno campo de batalla, desaparecen momentáneamente sus identidades de enemigos peleados a muerte; con ideologías, banderas y religiones diferentes. El compartir una escena, una fotografía, una experiencia concreta, una escena o momento de sentimiento fuerte (MSF[i])… tiene el efecto mágico, humildemente poderoso de conectar más allá del ego a dos o más personas en el encuentro, en la experiencia de ser humanos.

Las ideologías separan, las experiencias conectan.

 

Los soldados ni siquiera hablan el mismo lenguaje pero pueden a través de un fotografía compartir la vivencia de ser padres, hermanos hijos, esposos…

Por otro lado, cuando en el transcurso de una conversación cotidiana en tiempos de paz, aparece inadvertidamente el lenguaje cargado de verbo ser y de adjetivos o de expresiones como: No tienes razón; la cosa no fue así; tu deberías; nunca debiste; la verdad es que; no tienes por qué sentirte así… en ese instante la conexión se va al caño. Desafortunadamente nuestro lenguaje está saturado de dichas expresiones promotoras disfrazadas de violencia[ii]. Tal vez te preguntes: Y si no las digo… ¿qué me queda? Pos me quedo mudo si me quitan el único lenguaje que tengo. La experiencia nos acerca, la ideología nos separa… este es el espíritu de la consigna de la construcción del dialogo[iii]. Piensa las veces que empezaron a discutir sobre lo que tu pensabas que yo pensaba sobre lo que el otro pensaba… y entonces el problema no es pensar ¡para nada! el problema es que generalmente cuando pensamos, creemos que pensamos la verdad y que percibimos la única realidad posible y se nos olvida que sólo podemos pensar y creer, nuestra verdad y percibir sólo nuestra percepción. Muchos años pensé que yo podía recordar lo que veía… hasta que un día me di cuenta de que solo veía lo que recordaba –decía el señor del aguamiel.

Todo esto de observar tu lenguaje, por ocioso que parezca tiene una implicación concreta en tu vida; en tu manera de relacionarte con tu pareja, con tus hijos; con tus padres; con tus hermanos. Si, desde tu ego, crees que tienes la verdad y que las cosas no son así… simplemente no vas a poder escuchar. Vas a aprovechar cada oportunidad de intercambio para distanciarte más, estarás más ocupado en corregir al otro que en entenderlo. Ahora bien, tal vez logres tocar la dimensión de la conexión si puedes permanecer provisionalmente sólo por unos minutos, escuchando atentamente, silenciosamente, simplemente… la descripción de la experiencia concreta de lo que vivió, leyó o escuchó… de sus miedos, de cómo aprendió de niño o de joven a desconfiar, a temerle a viajar, a ser lastimado, a la burla, a ser robado, traicionado, decepcionado…

Un día, sólo por el gusto de probar y justamente antes de lanzar tu opinión, consejo, sugerencia, diagnóstico… te invitamos a que pruebes a responder con un simple:

¿Platícame de un ejemplo de cómo fue para ti?

Y luego guarda silencio: calla tu boca y también silencia tu mente… sólo unos minutos y observa lo que ocurre.

Si lo intentas varias veces; si insistes… tarde o temprano llega el momento en el que la persona te platica su experiencia concreta, y entonces tal vez seas capaz de escuchar con tu mente y tu boca calladitas; sin querer cambiar ni convencer al otro… sólo a escuchar esa experiencia concreta de alguien, tal como es y no como debería de ser. Tal vez te limites a invitar a tu interlocutor a que describa –no a que modifique su versión o sus creencias– sólo a que te describa su experiencia… Es probable entonces que como les ocurrió a aquellos soldados de la primera guerra mundial, que con sólo mostrar la foto de su propia experiencia; una foto donde aparece una esposa, una hija de tres años, una mamá anciana, dos sobrinos, una hermana… que quizás no vuelvan a ver. A pesar de sus diferentes historias e ideologías, los soldados enemigos se conectaron en aquello que los hace profundamente humanos y hermanos… su experiencia.

[i] Chávez, R. R. y B. Michel (2008). “MSF: La Aportación de Alvin Mahrer. Prometeo”: Revista Mexicana de Psicología Humanista y Desarrollo Humano. Núm. 54, 2008, pp. 64-68.

[ii] Ibid (19)

[iii] Ibid (2).

Mi hijo es un mudo

Realmente mi hijo está en una edad en la cual no se le puede sacar nada; jamás habla, jamás dice lo que le pasa –se quejaba amargamente una mamá con su nueva amiga.

–Platícame un ejemplo ¿cómo es él en lo poco de interacción que tienen?

–Pos ¿cuál interacción? si casi no habla.

–Pero al menos ¿hay algún tema en especial que de vez en cuando refiere?

–Por ejemplo, algo que menciona con cierta frecuencia es su preocupación por mi bienestar… parece que tiene miedo de que me vaya a pasar algo. A veces me dice que maneje con cuidado o que no vaya yo a permitir que me ocurra un accidente

–Y ¿qué le contestas?

–Bueno yo le digo claro que no me va a pasar nada mi amor: mira yo sé cuidarme no tienes porqué sentirte así…

Mamá responde de manera impecablemente lógica; está tan ocupada en proporcionar explicaciones lógicas que no alcanza a reconocer que por un instante se ha abierto una puerta, en sus meras narices. Mamá no está preparada; simplemente no puede ver esa oportunidad de conexión detrás de la recomendación del niño; Es como tener enfrente un vaso de agua en pleno desierto; te estás muriendo de sed y ahí tienes el agua, pero no la ves… Quieres que tu hijo hable, intentas acercarte a él, deseas conectarte, saber algo de su vida y justo con tu manera de contestar cierras la puerta que supuestamente has estado queriendo abrir.

–A ver ¿cómo está eso? ¿Por qué dices que yo le cierro la puerta si lo que intento es precisamente lo contrario? Lo que trato con todo mi corazón es que se abra conmigo, que exprese lo que siente.

–A veces tienes que elegir en el breve espacio donde coincides con tu hijo, entre dar una razón, es decir contestar o simple y sencillamente entender, conectar, escuchar, reflejar…

–Pos eso es lo que hago.

–Eso es lo que crees que haces, pero si te observas de manera minuciosa, si eres capaz de registrar y observar una y otra vez, como en una película, un trozo de tu ultima interacción, te darás cuenta de que se trata de dos formas de responder no solo diferentes sino también excluyentes, es decir: escuchas o contestas.

–A ver barajéamela más despacio ¿cómo está eso de que o escuchas o contestas?

–Mira tal vez esto realmente lo puedas entender desde ya… o tal vez tengan que pasar meses o años para que le des el golpe a la idea. Tal vez un día en ese justo instante de estar oyendo a tu hijo hacer el comentario de su miedo y te diga: “Ten cuidado mami cuando estés en el trabajo, no te vayas a accidentar y caer de los andamios”. Ahí, justo ahí, quizás vuelvas a responder ante su petición de “cuídate mamá” con una aclaración para tranquilizarlo y al hacerlo así, te deslizarás como de costumbre al viejo hábito de contestar: Sonarás muy lógica pero precisamente por andar de lógica perderás la oportunidad de dar un brinco a otra dimensión de la comunicación… A los sentimientos no hay que explicarlos, hay que imaginarlos, sentirlos, experimentarlos, describirlos… No es que sea malo responder con acopio de razones “no, mi hijo tú tranquilo, no me va a pasar nada…” El problema es que, en tus propias narices, se te escapa de las manos la oportunidad de reconocer algo básico: detrás de cada pregunta o petición se esconde un sentimiento… y el sentimiento es la puerta de entrada a la conexión. Sí contestas muy rápido al contenido y lanzas una respuesta lógica típica, informada, bien intencionada… entonces probablemente ahí se termine el dialogo. Cuando eliges dar unas razones lógicas y didácticas para que tu hijo entienda, estás decidiendo desaprovechar la alternativa de la conexión. Ese instante es una oportunidad, una ventana donde se asoma un sentimiento de miedo en tu hijo; un sentimiento que bien podrías pescar al vuelo; tomarlo por los cuernos y validarlo.

–Si suena fácil todo esto pero en la práctica como se le hace?

–¿Qué te imaginas que siente tu hijo en ese momento que te hace la pregunta?

–Pues que no hay razón para preocuparse.

–Eso es lo que tú quisieras… pero no has contestado a mi pregunta: solamente dime ¿qué te imaginas que siente él?

–Preocupación de que me ocurra algo.

–Perfecto… ¿sabías que cuando en algún momento nos imaginamos lo que el otro siente ponemos a funcionar a nuestras maravillosas y evolucionadas células de la empatía conocidas como neuronas-espejo? A ver… ¿Cómo podrías armar una frase con el verbo imaginar, con el sentimiento principal y con una invitación a hablar?

–Mmmhh… no es difícil eso, a ver qué te parece esta frase: me imagino que de verdad te preocupa… pero no tienes por qué preocuparte porque mamá se sabe cuidar…

–¡Alto!… ibas muy bien pero no duraste ni tres segundos antes de volver a meter tus razones. Parece que hay una parte muy entrometida de tu mente –algunos le llaman el ego– que luego luego interrumpe el trabajo de las neuronas espejo encargadas de simplemente imaginar lo que el otro dice. Para escuchar necesitas observar tu propia mente y aprender a quedarte conectado con la humilde y poderosa función de las neuronas espejo que a diferencia del ego no quieren convencer a nadie; su función es simplemente enchufarse con la experiencia del otro y entenderla. ¡A ver! inténtalo otra vez: una frase con el verbo imaginar, con el sentimiento principal y una invitación.

–Me imagino mi hijo, que te preocupa que algo me pase… te gustaría platicarme más para entenderte…

–EXACTO, eso es todo… y ¿sabes? si puedes quedarte haciendo esto de sólo escuchar con tus neuronas espejo sin deslizarte al ego, si sólo por veinte minutos logras renunciar a cambiarlo, convencerlo disuadirlo… si sólo imaginas lo que el otro siente y le esbozas lo que tu percibes para que él vaya afinando.. tal vez tu último “me imagino” se escuche más o menos así:

–Y me imagino que cuando piensas en ese accidente que tuve hace dos años tienes mucho miedo que me pase algo… de quedarte solito… me imagino que soy muy importante para ti aunque a veces peleamos; no te gustaría que yo me muriera…

Si después de decir esto te quedas en silencio; si logras llegar hasta el minuto veinte sin haber dado razones, consejos, sugerencias… tal vez descubras con asombro una experiencia de verdadera apertura en ese hijo –o alumno– tuyo supuestamente cerrado; tal vez él mismo reconozca con sorpresa esa deliciosa sensación de haber sido entendido sin querer ser cambiado. Y entonces, en ese momento de apertura –no antes–, podrás decirle que te vas a cuidar. O tal vez, es posible, que intuyas que ni siquiera necesitas decirle nada más; que con la sola experiencia de ser entendido, el sentimiento de inseguridad se va transformando… No me lo creas, pero pruébalo y observa lo que ocurre. Tal vez entonces entiendas porque Marshall Rosemberg pionero mundial de la comunicación no violenta relataba que Dios le había dicho: Tú dedícate a entender al otro y a expresar con transparencia lo que sientes… y yo hago el resto[i].

[i] Ibid (19).

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