¿Dónde se construye la sociedad?

Ponchis, producto de un hogar altamente disfuncional, fue un niño de aspecto tierno que mataba personas para luego, con la ayuda de su hermanita solidaria, desaparecer los cuerpos…

Juanita Barrazas fue otra niña famosa cuya madre la intercambió a un hombre por un par de cervezas frías. Al paso del tiempo esa niña convertida en mujer se dedicó a la lucha libre y posteriormente, cuando la edad ya no le dio para tantas maromas, dio un giro de actividad para transformarse en la tristemente célebre mata-viejitas.

La lista la podríamos enriquecer con los ya incontables niños sicarios de catorce y quince años y de tantos otros más grandecitos que protagonizaron matanzas como la de San Fernando en Tamaulipas o del Casino Royal en Monterrey, por nombrar sólo algunos lugares conocidos en México. Estos niños y jóvenes excluidos del sistema ciertamente no aparecieron de la noche a la mañana; se fueron cocinando poco a poco a través de relaciones de abandono, de rechazo, de ausencia, de crueldad, de hogares sin vínculos ni límites. Más allá de las condiciones estructurales innegables de desigualdad, corrupción, explotación –estimuladoras también de estos fenómenos– nos preguntamos ¿donde estuvieron y qué hicieron o dejaron de hacer los padres de estos niños? pues finalmente la sociedad se crea y recrea  en la familia. El Instituto Municipal de Seguridad Pública de Juárez entrevistó a cientos de jóvenes catalogados como delincuentes, ladrones, asesinos, violadores, traficantes… La mayoría[i] provenían de hogares disfuncionales.

Lo ya ocurrido; lo que hicieron o dejaron de hacer los padres de esos niños de ayer con todas sus carencias y limitaciones no está más en nuestras manos cambiar. Sin embargo, la pregunta que sí nos involucra desde la trinchera de la familia es ¿qué sí estamos haciendo o dejando de hacer actualmente los maestros y los papás de esos niños que tal vez se puedan estar cocinando para entrar al futuro mundo de las bandas? Ante la preocupante situación social por un lado está la postura de quienes abogan por volver a la formación más estricta de la disciplina, los valores, el respeto…  Se argumenta desde esta perspectiva que el desorden actual se debe a que los padres, por miedo a ser rechazados y reprobados por sus hijos gradualmente se han hecho extremadamente permisivos y comodinos. Un educador de esta postura preocupado por la descomposición social se refiere con amargura a los padres de la nueva generación: Permiten de todo hasta convertir la decencia y el decoro en algo obsoleto… El respeto y los valores morales pasaron de moda y hasta se eliminó a ese policía interno llamado conciencia… hoy  todo se puede, entre mas depravado, mejor[ii].

Por otro lado existe también la postura de que los niños sólo necesitan amor y aceptación incondicional de sus padres. Según esta posición cuando el niño experimenta la aceptación incondicional tiende a hacer el bien de manera natural: Para Alfie Kohn[iii], el amor incondicional lo puede todo y lo demás es secundario. Según esta visión, cuando un padre sabe escuchar y se hace verdaderamente presente en la relación con su hijo éste deja de requerir de premios y castigos para su educación.

Bowlby[iv], autoridad reconocida sobre el tema de las relaciones familiares tempranas, sostiene que el vínculo es básico para la salud mental de los hijos. Un niño que no ha creado un vinculo en su familia vive con una carencia que lo empuja a través de toda su vida a buscar fuera del hogar un sentido de pertenecía y aceptación. Un lugar común de pertenencia para el joven es la banda –heredera de las viejas tribus– cuya nueva regla para ser aceptado, valorado incluido… es con frecuencia delinquir, adoptar cierta moda, cierto lenguaje. La pertenencia a un grupo para un joven es tan importante que es capaz de llegar a extremos espeluznantes para conseguirla. Hay jóvenes que están dispuestos a robar, matar, dejarse golpear, violar… con tal de pertenecer. Los rituales de iniciación de las maras salvatruchas y bandas similares ilustran los pactos de sangre que unen a dichos jóvenes y los convierten en una verdadera familia por la que darían la vida[v]. Por eso, el fracaso de una familia para proporcionar a los hijos un vínculo con sentido de pertenencia por un lado y al mismo tiempo con libertad, para decir lo que piensan y sentir lo que sienten, los lleva a la búsqueda de grupos que proporcionen justo eso: pertenencia con libertad.

La pertenencia a una pandilla o secta al principio va envuelta con una seductora apariencia de libertad. En muchas relaciones primero nos encariñamos, nos enamoramos, nos identificamos con un grupo o una persona y después nos damos cuenta del precio de pertenecer. Si de verdad me quieres –le dice Juan Misógino a su novia– no hagas esto ni aquello: no saludes así; no te vistas asa… De pronto la pertenencia se va comiendo a la libertad y así en aras de la fidelidad a su grupo-banda fácilmente el joven queda atrapado en una cultura de adicciones y violencia –norma de la nueva banda– de la que no es fácil zafarse especialmente cuando se llegó a dicha membrecía huyendo de la propia familia (que al haber ahogado la libertad terminó también por corromper la pertenencia). Si alguno de sus padres la manipulaba, la controlaba, la asfixiaba… es probable que la joven termine atrapada en una relación de pareja o amistad de aspecto inicialmente libre que al correr del tiempo finalmente devele su verdadero rostro…el mismo rostro de asfixia del que venía huyendo: el de pertenencia sin libertad.

Conexión y libertad ¿pueden ir juntas? Desafortunadamente parecen tan mutuamente excluyentes: Si quiero demasiado a una persona, la voy asfixiando poco a poco, le voy prohibiendo que haga cosas que me amenazan; tengo tanto miedo de perderla que termino ahogándola y ya ahogada despojada de su libertad lo único que conservo de la relación es una especie de zombi desvitalizado.

Por otro lado, hay quienes cuando sienten atisbos de enamoramiento en su piel, se alejan “ante el peligro eminente de perder su libertad” pues evocan sensaciones de la infancia cuando mamá, o algún equivalente, experta en el arte de ser posesiva –con mucha conexión y poca libertad– les solía decir: “Si de veras me quisieras no serías tan travieso”. Algunos de estos prófugos del vínculo del amor condicionado experimentan pánico y se hacen “ojo de hormiga” en cuanto perciben que la otra parte se comienza a enamorar. Se sienten obligados a elegir entre libertad y conexión.

Hay familias posesivas promotoras de conexión sin libertad y otras que facilitan la libertad sin conexión en la llamada cultura del “laissez faire” donde “aunque no te sientes asfixiado, tampoco te sientes importante y te quedas en un lugar de profundo aislamiento”. Finalmente también hay hogares que construyen espacios de diálogo donde convergen el máximo de conexión y el máximo de libertad para decir, sentir y pensar lo que se siente, no lo que se debería decir, sentir y pensar.

Alguien que vive la deliciosa experiencia de conexión con libertad y respeto en su familia de origen difícilmente se dejará atrapar por relaciones de co-dependencia propias de los noviazgos posesivos, las bandas, las sectas, las mafias y grupos fundamentalistas. Alguien con la experiencia temprana de conexión con libertad está capacitado para no sentir culpa cuando dice no, ni sentir pánico cuando dice en el mundo de la calle, el trabajo, la amistad y el amor.

 

 

 

 

 

 

[i] Ed. El mañana 8 de sept 2011.

[ii] Mensaje anónimo que circuló en internet en 2010 sobre la falta de carácter de los papás de delincuentes

[iii] Ibid (62). Ver también: Foucault, M., (1979) Discipline and Punish: The Birth of the Prison, Nueva York: Random House.

[iv] Bowlby, John (1991) El vínculo afectivo – Paidos

[v] El fenómeno social de las Maras: Rituales de iniciación. http://www.mundoculturalhispano.com/spip.php?article3039.

BACK