Educación para la Paz

En momentos donde la violencia nos impregna desde múltiples fuentes, creemos de vital importancia contribuir desde diferentes foros y trincheras a una educación para la convivencia no violenta. La educación para la paz convoca a construir a partir de las relaciones cotidianas un mejor país. Estamos convencidos que el cambio de adentro hacia afuera –de lo local a lo global, de la persona y la familia a la sociedad– es el camino más humildemente poderoso.

Desde sus primeras etapas de desarrollo, el ser humano aprende a relacionarse ya sea con o sin violencia. Desde la perspectiva de la educación de la no violencia, curiosamente el primer paso se construye con la experiencia de “tengo derecho a expresar mis necesidades”. Cuántas personas, sin embargo, construyeron a través de su educación la creencia contraria: no tengo derecho de expresar lo que necesito, puedo importunar, no es el momento, a quien le importa, para que sirve, se pueden molestar, no me va a entender, no viene al caso… El  no hablar, es decir el silencio de la boca cuando algo nos molesta, nos lastima, nos frustra, nos ofende…  lleva a consecuencias profundamente destructivas. Podremos callarnos con la boca y decir “no tengo nada” pero, como sostiene Watzlawick[i] en su célebre primer axioma de la comunicación: No puede existir la no comunicación: siempre habrá un mensaje  “por debajo de la mesa”; en la conducta, en el silencio, en el gesto, en el juego del mudo… Existen formas de violencia profundamente destructivas además de la agresión física y explícita. La no cooperación, la resistencia pasiva son formas violentas de responder a una violencia previa. Otra forma de agresión soterrada, silenciosamente destructiva, es el alejamiento que ocurre en una relación cuando por exceso de prudencia no pudimos o supimos hablar, supuestamente para evitarnos un disgusto, una molestia… El silencio se convierte entonces en un alejamiento progresivo tan gradualmente imperceptible que no nos percatamos de su existencia hasta que ya es irreversible; hasta que ya la relación se encuentra herida de muerte. Entonces nos ocurre como a esas ranas que cuando las meten de golpe a un recipiente de agua caliente saltan inmediatamente para salir de él; pero cuando la temperatura va subiendo gradualmente las ranas no parecen darse cuenta y se quedan ahí hasta cocerse en vida…

La educación en la no violencia enfrenta su primera asignatura en la expresión clara directa, personal y a la vez respetuosa, sin adjetivos ni provocaciones para con el interlocutor. El lenguaje es el vehículo a través del cual trasmitimos respeto o irrespeto. La sintaxis de una retroalimentación –el arte de informarle al otro como me afecta su conducta– que se precie de ser verdaderamente respetuosa y constructiva utiliza la primera persona y un lenguaje descriptivo. Cuando tú hiciste… yo me sentí así… Parece algo tan sencillo y, sin embargo, resulta tan difícil circunscribirse a comparitr una foto de la experiencia, es decir a expresar de manera descriptiva “como me sentí en determinada situación” y después proceder a silenciar la mente de sus múltiples voces: las del sermoneador, del enjuiciador, del culpabilizador, del consejero, del víctima, del corrector del prójimo…

 

La práctica de la no violencia comienza con un acto de expresión y continúa con un acto de escucha.

 

Con esta receta se cocina el diálogo, la paz y la inteligencia colectiva. Cuando se dan las condiciones mínimas  para la convivencia en el diálogo entonces las relaciones son como la tierra fértil donde las personas crecen; donde no tienen que pensar o percibir de manera uniforme, donde sólo tienen que aprender a conectarse para aprender unos de otros. Por otro lado, cuando están ausentes las condiciones del diálogo el resultado es observable igual en un gabinete de gobierno, que en una escuela, organización o familia: Personas inteligentes y capaces –médicos, investigadores, profesores, obreros, comerciantes, psicólogos, funcionarios públicos– de pronto funcionan estúpidamente; están tan ocupados en defenderse, atacarse o cobrarse afrentas… que dejan de ser propositivos, creativos, constructivos, transparentes, empáticos… En lugar de sumar restan. No solamente no escuchan al otro en lo referente a antiguas y recientes heridas que contaminan la relación; lo aún más grave es que tampoco se pueden escuchar a sí mismos en aquello que habita en sus profundidades: su vocación su esencia, su misión… La incapacidad de expresarse y de auto descubrirse en el diálogo contribuye en una de las mayores y más costosas violencias: el silenciamiento crónico de esencia, de la vocación humana… lo cual conduce a las personas a ser aun más violentas, irritables e intolerantes con el prójimo. Alguien que no ha sido escuchado verdaderamente ni por sí mismo ni por el otro, inicia la espiral de la violencia al dedicarse a lo que no le gusta y al trabajar en lo que no ama; Por escuchar y complacer al otro, se deja de escuchar a sí misma. ¿Cuántas familias, organizaciones, grupos humanos conformados por gente inteligente actúan de manera estúpida? Unos más, otros menos, todos perdemos en la cultura de la violencia.

 

[i] Ibid (17)

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