La pandemia buena suerte, mala suerte… quien sabe?

4. La oportunidad en tiempos de Pandemia.
Sergio Michel y Rosario Chávez

 Mi hermana mayor de 25 años trabaja de maestra en una preparatoria. Este relato se lo debo a ella pues según dice, tengo aptitudes de escritor y me ofreció pagarme doscientos pesos si le entrego, como testimonio para su tesis,  mi historia de la noche del lunes 23 de marzo.

Mi segundo hermano está en la prepa y tiene diecisiete años. Se la pasa con sus amigos y para él soy simplemente un escuincle idiota. Después sigo yo Felipe, de catorce años, que no soy ni burro ni aplicado en la escuela; simplemente ahí la llevo. Mi hermana la maestra, dice que soy inteligente pero yo no le creo nada, ella a todo mundo le ve cualidades, hasta a mí. Finalmente está mi hermana Mariana de doce años que ya va a terminar la primaria y se siente toda una señorita.

Vivimos en Irapuato y de pronto todo comienza a trastornarse. Hace días que en mi casa, los cuatro hijos estamos de ociosos. Mi mamá tiene todo el día la tele prendida en los diferentes canales de noticias. Parece que aquí ya llegó la pandemia como le dicen y todos estamos sacados de onda. Ya tenemos varios días de suspensión de clase. ¡Unas semanas gratis de vacaciones! ¿Se imaginan? Me da gusto porque no tengo que hacer tarea, ni levantarme temprano. En el fondo, sin embargo, también siento miedo ¿será la cosa tan grave? Que yo recuerde, nunca se habían suspendido más de una semana las clases! Nadie que yo conozca se ha muerto ni enfermado del famoso virus, pero en Italia ya van como cinco mil muertos en un mes. Mi abuela que vive a la vuelta y todos los días come con nosotros dice que ahora si se iba a acabar el mundo porque nos estábamos portando muy mal. Mi hermano, que siempre se burla de todo, me volteó a ver y me dijo quedito frente a la abuela que no escucha muy bien, que estaba loca. Yo para no contrariarlo le sonreí en señal de acuerdo. En el fondo, sin embargo, me he quedado dándole vueltas a ese comentario. No he querido mostrar miedo ni verme como niña asustada pero la verdad si estoy nervioso.

Para acabarla de amolar, hoy en la noche se funde un fusible y se va la luz en toda la casa. Mi papá no encuentra la lámpara; mi mama tampoco halla la caja con los fusibles y en un ratito los dos se ponen de genio a discutir mientras el resto de la familia nomás escuchamos la manera de echarse la culpa uno al otro. Mi papá dice la última palabra y mi mamá como de costumbre se queda callada tragándose su enojo A propósito en la tele mencionaron un país donde también se desató la epidemia de divorcios pues cuando las parejas pasan más tiempo juntos pues pelean más y truenan…  De repente ya no hay televisión, ni radio y, como si fuera broma de mal gusto, los teléfonos celulares de mis hermanos mayores y el de mi papá se pusieron de acuerdo para estar descargados. Parece una verdadera tragedia pues estamos ahí todos aplastados en la estancia donde se encuentra el televisor sin hacer nada. Se imaginan lo que es no poder salir, ni tener tele, ni radio, ni nada. Parece ser una de las experiencias más aburridas que jamás hayamos vivido como familia, es más, no sé si la podremos soportarla. Tal vez nos vamos a volver locos o nos vamos a divorciar entre todos.

Mi hermana la maestra, tiene esa manía de tomar cursos constantemente.  Recientemente se certificó en la red de maestros facilitadores. Mientras estamos ahí sentados todos como leones enjaulados, se le ocurre proponernos un ejercicio para practicar lo que acababa de aprender.

–¿Cómo la ven si hacemos un círculo de diálogo? Es como jugar a la foto y al espejo del libro que les recomendé el semestre pasado de Los pequeños conspiradores del Kiosquito

–¡Ay no manches! tú y tus cosas –contesta como de costumbre mi hermano, siempre dispuesto a silenciar cualquier iniciativa–. Te aseguro que nadie leyó tu dichoso libro.

Yo tampoco lo había leído a pesar de su insistencia. Me quedo callado y me siento incómodo. Veo venir una discusión más, de esas que tanta flojera me dan y silenciosamente me escabullo a mi cuarto con la intención de quedarme ahí para siempre. Pero para mi desgracia, tirado en mi cama, comienzo a ver las sombras de una Jacaranda de la calle que se mueve con el viento y siento miedo. Me doy cuenta que cuando todo está en silencio, cuando no hay televisión, ni radio, ni audífonos ni nada en qué distraer la mente, ésta se comienza a imaginar cosas, y aunque ya no soy un niño, pos mi mente que no se deja controlar ni por su dueño, que soy yo, se pone a inventar puras tonterías, por ejemplo que es el fin del mundo, como sugieren en el documental “la edad de la estupidez” que nos dejo ver el profe para un tema de ecología. Me pongo de pie y me asomo a la ventana todo desesperado. Sólo veo la jacaranda triste soltando sus flores moradas que tapizan la calle. A lo lejos, en esta nuestra colonia toda despoblada, se ven los faros de algún auto solitario que desaparece al dar vuelta como si se lo hubiera chupado la bruja. Finalmente ya no aguanto tanta brincadera de mi mente y me resigno a bajar a sentarme en el mismo lugar que deje desocupado en esa “sala de usos múltiples” que sirve de comedor, de centro de reuniones sociales, de lugar para hacer la tarea y también como una especie de altarcito donde se adora al ser más importante del hogar: el televisor donde coincidimos todos a ver la novela de las nueve y al terminar vemos un ratito de noticias. En esta ocasión el lugar está oscuro de palabras y silencioso de imágenes, nada se ve ni se oye, pero al menos se que aunque no nos comunicamos, el espacio sirve para aplastarnos ahí todos como vegetales –y eso es mejor que nada..

  Como les vengo diciendo no somos una familia acostumbrada a comunicarnos y mucho menos de cosas personales. Mi papá es una persona trabajadora y responsable, bebe de vez en cuando, pero no mucho; trabaja de taxista y hoy llega muy temprano porque casi no hay gente en la calle. Eso de hablar o platicar no se le da y si en ocasiones abre la boca es para dar alguna orden o llamarnos la atención. Yo supongo que él me quiere, después de todo es mi papá, sin embargo, aunque lo sé con mi cabeza, tengo la sensación en mi corazón de no ser querido o importante para él.

Después de diez minutos de andar como burro sin mecate regreso a aplastarme en el sillón verde de la sala multiusos. Parece que todo se detuvo; mi familia aprovechó para quedarse exactamente como los dejé: en silencio. La última que habló fue mi hermana cuando nos invitó a practicar ese ejercicio que le enseñaron en su último curso.

–A ver pues ¿qué es eso de tu círculo de diálogo? –se aventura mi papá a romper su costumbre de permanecer mudo–. Aunque su tono es áspero, pues no tiene otro, el mensaje que yo interpreto es de interés.

–¿Sí quieren jugar a intercambiar fotos y espejos –se anima mi hermana a insistir ante la muestra de apertura de mi padre.

–Platícanos pues de qué se trata –me sumo de plano a apoyar a mi hermana mayor sabiendo que mi papá ya ha hecho más que suficiente–. Para sus pulgas, eso de preguntar algo sin regañar es un gran paso, es como una tregua de guerra, como una señal inesperada de cercanía; Ya es pedir demasiado que mi papá siguiera preguntando en ese tono. En el fondo yo también tengo ganas de sentirme diferente con mi familia. Quisiera estar más a gusto pero no tengo la más remota idea de cómo se le hace para sentirse uno más cercano y cómodo en esta sala de usos múltiples.

De pronto me doy cuenta que en este momento la oscuridad me da una maravillosa ventaja sobre mi hermano Jorge. Él, por ser dos años mayor que yo y ser muy bueno en el futbol –cosa que a mí no se me da– ejerce un extraño dominio sobre mi persona. Nomás es cuestión de ver de reojo su cara… y ya valió un cacahuate mi autoestima. Me siento observado, como inundado de su mirada. Parece como si él fuera mi única fuente de aprobación o desaprobación. Esa mirada suya tan característica, es como un rayo que me paraliza; cuando yo lo veo de reojo, no necesita decir ni una palabra; me siento totalmente estúpido, inapropiado, fuera de lugar, juzgado, torpe… por haber dicho algo fuera de lugar.

Sin embargo, ahora que todo está en penumbras yo siento ganas de apoyar a mi hermana en su iniciativa, Ya no quiero quedarme callado, como otras veces, por miedo a la mirada de Jorge; En la oscuridad, como por arte de magia, la cara de mi hermano desaparece de mi conciencia. Por un instante deja de tener sobre mi persona todo ese poder instantáneo para hacerme tartamudear y sentirme estúpido y ridículo.

–Órale platícanos –tomo valor y le insisto a mi hermana.

–¿De verdad están dispuestos a participar en este juego? Bueno, más bien se trata de una dinámica que me enseñaron en la red.

–Claro, explícanos de qué se trata –la animo de nuevo, ya envalentonado por el cobijo de la oscuridad.

En esta ocasión mi hermano no dice nada, me imagino que en algún rincón de su mente él también quisiera que pasara algo diferente; tal vez está asustado con toda esa bola de cosas que han estado transmitiendo por la tele sobre el virus que últimamente ha pegado fuerte en Europa. No sé, a lo mejor también al imaginar que cada momento podría ser el último, quizás se le antoje, aunque no lo reconozca, darle una probadita a una nueva forma de relacionarnos todos como familia; a intentar algo diferente; tal vez quiera dejar su maldito hábito de darme carrilla y tratarme como retrasado mental.

–Muy bien: si quieren vamos a hacer “la dinámica”; les voy a pedir que cada uno de ustedes piense en alguna vez… tiene que ser una ocasión concreta, es decir, un ejemplo que todos nos podamos imaginar, donde nos sentimos bien o no sentimos mal. Puede ser una vez que me sentí importante, tomada en cuenta escuchada en esta casa, y una vez donde al contrario, me sentí ofendido, agredido no tomado en cuenta, hecho a un lado… ¿sí me explico?  –termina mi hermana preguntando con suavidad.

–No mames hermanita… –ya no se pudo aguantar mi hermano Jorge que regresa a su viejo hábito de desacreditar cualquier iniciativa ajena.

–Déjala que termine “mijo” –interviene mi papá para alivio de algunos que ya veíamos saboteado ese intento valiente de mi hermana de atreverse a hacer algo diferente.

–Además –retoma de inmediato la palabra Bertha– una regla de este juego es que nadie se vea obligado a hablar si no quiere; lo único que necesitamos tener presente es no interrumpir a la persona que está hablando de su foto hasta que termine. ¿Quién quiere comenzar a compartir su experiencia de una vez que se sintió bien y una vez que se sintió mal?

–¿Puede ser de cualquier cosa? –Pregunta mi madre que usualmente se mantiene al margen de cualquier conversación pública.

Mamá nos puede escuchar y aconsejar en privado, pero cuando mi papá está presente se vuelve muy callada. Creo que con papá le pasa lo mismo que a mí me sucede con mi hermano: se bloquea toda.

–Claro, cualquier cosa reciente o remota, puede ser algo de la semana pasada, o de ayer, o incluso de hace años –con toda seriedad responde mi hermana dirigiéndose a mi madre.

–Bueno yo quiero empezar –dice mi hermano para sorpresa de todos.

–Pos algo que me cae re gordo es que a mi hermana Mariana siempre la tienen bien consentida y a ella le dan todo lo que pide y a mí nada.

–No es cierto, con los dos tratamos de ser parejos –interviene mi papá como si le hubieran puesto un cohete en el trasero. Mi hermanita Mariana de doce años se limita a escuchar en silencio con los brazos bien cruzados.

–Recuerden que estamos haciendo un ejercicio diferente a lo que hacemos normalmente –vuelve a insistir mi hermana interrumpiendo a papá con una mezcla perfecta de prudencia y firmeza–. Nomás durante esta hora que dura el diálogo les voy a pedir que respetemos las reglas de no interrumpir a Jorge. Hoy él está atreviéndose a expresar lo que siente y nosotros en  señal de aprecio y de respeto vamos a dejarlo hablar hasta que termine… Y a ti Jorge te voy a pedir que nos pongas un ejemplo, una foto de tu experiencia. Recuerden todos, es muy importante para imaginar al otro: un ejemplo –se dirige ahora a mí en la penumbra, como solicitando algo de solidaridad–, es lo único que pido; descríbenos un ejemplo concreto de un momento donde te sentiste así.

–Hace años que le estoy pidiendo a mis papás que me compren una bici de montaña y no me pelan  –retoma la palabra Jorge y luego hace pausa.

–Por favor, sólo danos un ejemplo del momento donde te sentiste así –insis-te mi hermana con suavidad.

–Está bien, pues. La semana pasada pasamos por la calle Bolivar –continúa Jorge dirigiéndose ahora a mi papá– mi hermana comienza a pedirte que le compres esa bicicleta que está en el aparador. Yo nomás me quedo viendo cómo se meten los dos a la tienda de don Gil López donde tienen bicicletas deportivas como la que yo quiero.  Yo me quedo afuera con mi mamá viendo los aparadores y tú platicas con el señor Gil que es tu amigo. Ella sale toda feliz porque le dijeron que en dos días se la iban a llevar a la casa. Y el martes que entregan la bicicleta a domicilio –la verdad yo no creía que fuera cierto; pensé que ella nomás estaba bromeando– en ese momento me siento bien gacho cuando veo que con una vez, una sola vez, que ella pide su bici, luego luego se la compras, tu siempre le haces todos sus gustos…

–Muy bien vamos a detenernos un poco aquí –Bertha corta suavemente el relato de Jorge y nos explica entonces que una intervención puede durar hasta cinco minutos, pero cuando se toma más tiempo, como es el caso de mi hermano se hace difícil escucharlo verdaderamente y recordar todo lo que ha dicho–. Les voy a pedir que nos imaginemos dentro de la piel de Jorge y reportemos lo que hemos entendido hasta donde él ha podido compartir hoy.  En esta ocasión yo voy a hacer una síntesis de su relato y luego cada uno va a agregar unas palabras de escucha, o acuse de recibo dirigido a Jorge que comience con la frase: me imagino que te sentiste… ¿de acuerdo?

–Yo te escuché Jorge –inicia su síntesis Bertha para poner el ejemplo– que un día vas caminando por la calle de Bolivar con mis papás y mi hermana  Mariana. Entonces escuchas que mi hermana le pide a mi papá una bicicleta; ellos se meten a la tienda y te da mucho enojo y sentimiento ver que de ahí sale tu hermanita feliz porque ya le encargaron su bicicleta…  pero lo más feo que sientes, es cuando a los dos días llega esa bicicleta a la casa… Me imagino que te sientes poco importante para mi papá, me imagino que te duele…  Alguien más quiere decirle en una frase ¿cómo se imagina que se sintió en ese momento?

–Yo me imagino que te sientes triste y con coraje  –le digo a Jorge después de un breve silencio.

–Yo me imagino que para ti es muy importante tener una bicicleta y te da coraje que no te la compren  –continúa mi mamá.

–Lo que pasa es que a tu hermana le habíamos ofrecido comprársela si sacaba buenas calificaciones… y ya ves, sacó nueve punto cinco de promedio final–interviene papá dando su opinión, no un acto de escucha.

–¡Un momento, un momento! –interrumpe mi hermana apresuradamente antes de que mi papa pudiera continuar explicando lo que ya todos sabemos: que mi hermano es un burro al que no le compran nada porque saca puras reprobadas–. Papá: sólo en este ejercicio te voy  a pedir que le digas a Jorge en una frase, cómo te imaginas que se sintió. Recuerden, –se dirige a todos con aire de maestra de primaria– que aquí no estamos discutiendo si es justo, válido, cierto o razonable lo que el otro dice. Es más, los sentimientos ni siquiera son lógicos, simplemente son como son. En este ejercicio sólo vamos a decirle al otro lo que nos imaginamos que sintió… A ver papi, dale a Jorge un espejo; dile qué te imaginas que sintió.

  –Bueno Jorge, me imagino que en ese momento tú te sientes triste, como si tú no fueras importante para nosotros, bueno… mejor dicho, como si no fueras importante para mí. Te sientes triste porque hace dos años que me estás pidiendo una bicicleta… y en ese momento que se la compro a tu hermana, pos te sientes bien gacho… bien triste.

Papá ya no agrega más comentarios, no explica nada, no se defiende, no se justifica, sólo se imagina lo que Jorge siente y luego se calla. De eso se trataba el ejercicio. En ese momento veo de reojo a mi hermano, y a pesar de la tenue lucecita de las dos pobres velas que apenas iluminan nuestro círculo de diálogo protegido, alcanzo a distinguir cómo pasa saliva con dificultad y de manera discreta se limpia con la manga una lágrima, que contraría a su machismo. A papá, también en la última frase, se le corta la voz. Por un momento agradezco que no hay ruido de la tele que nos distraiga de lo importante. Es como un instante mágico donde de pronto todos estamos conectados con la experiencia de mi hermano. Mi papá, por primera vez me parece cercano –ni regañón, ni autoritario, sólo cercano– por el solo hecho de haber podido regresarle a Jorge un “me imagino que te sientes…” Con ese inofensivo y sencillo acto de escucha hacía Jorge, mi papá parecía estarle diciendo, sin decirlo, te entiendo, me importas... Por un momento que parece un pedacito de eternidad, mi papá, sin palabras le está trasmitiendo con su tono de voz, con su postura, con su mirada, con ese sencillo y poderoso acto de escucha: renuncio a cambiarte, a convencerte a cuestionarte; por un momento sólo te estoy aceptando que te sientes triste cuando no te compro tu bicicleta.

A mi papá, todos lo sabemos en la familia, nadie lo escuchó de niño, ni de adolescente, por lo menos, no los abuelos. Y sin embargo, ahí está ahora escuchando… algo que nadie hasta entonces le había enseñado. Aunque en el primer intento no  pudo evitar echar todo su rollo mareador, en el segundo ensayo tuvo la humildad de dejarse guiar por mi hermana y simplemente se conectó. Fue un momento muy conmovedor que difícilmente se puede explicar con palabras; fue como si papá al estar escuchando a Jorge se hubiera sacudido de su propia piel y se hubiera metido a la foto de Jorge. Fueron sólo unos segundos donde mi papá, el taxista regañón no explicó nada, no se defendió, sólo se limitó a escuchar a su hijo comenzando con esa fórmula mágica que nos acababa de enseñar Bertha: me imagino… que  te sientes triste  y lastimado cuando a tu hermana le compró algo que a ti te he negado durante dos años ¿verdad? En ese momento la sensación de ser parte de  Jorge. Es difícil ponerlo en palabras, se siente como si una onda de electricidad nos uniera a todos y nos sintiéramos sencillamente aceptados y unidos en la experiencia de mi hermano que se arriesgó a mostrar su foto de dolor detrás de su máscara de desafiante y agresivo.

El ejercicio continuó, con dos o tres pequeños jalones de oreja que nos hizo pacientemente Bertha para que pudiéramos seguir las reglas mínimas del “diálogo protegido”. Sus instrucciones nos ayudaron para que al momento de hablar nos concentráramos en una escena concreta; para que al escuchar nos abstuviéramos de defendernos y dar nuestra opinión y sólo nos limitáramos a dar una síntesis de lo escuchado iniciando con la frase “me imagino que…”  Bertha nos pidió que tratáramos de sentir, de imaginar con nuestro cuerpo cómo se sentía el otro.

Cuando llegó su turno, papá habló –ahora sí– de su versión del asunto de la bicicleta y también de cómo a veces se sentía mal cuando nomás le hablábamos para pedirle dinero. Después, mi hermana Mariana nos platicó de una vez que ganó un concurso de ortografía y también de una vez que un niño que le gustaba le dijo gorda y ella se quería morir de vergüenza. Mi hermana Bertha, en su turno, nos platicó de la vez que se sintió tan emocionada cuando mi papá –ya con unas copas encima– le había dicho que en realidad se sentía muy orgulloso de ella.

Esa noche memorable no hicimos comentarios sobre la suspensión de los partidos de futbol, ni sobre lo sorda que está la abuela; ni sobre mis orejotas, o las llantitas de Mariana. Ese día sólo nos escuchamos. Durante una hora desfilaron en la sala de nuestra casa, puras fotos y actos de escucha que entre todos nos dimos; fotos y espejos que aunque aparentemente no dicen gran cosa, llevan la magia de la aceptación y la conexión:

–Me imagino Bertha: toda esa emoción en tu pecho ese día cuando papá te dice lo orgulloso que se siente de tener una hija como tú. Me imagino que ese día sentiste que eras importante para él y en ese momento sientes tu pecho lleno de alegría.

–Mariana: que gacho debió haber sido cuando enfrente de otros niños a la hora de la salida ese niño que antes te gustaba se burló de ti, te sentiste con ganas de que te tragara la tierra. Me imagino que te sentiste muy triste y muy decepcionada. Me imagino también esa emoción por todo tu cuerpo cuando frente a todos los grupos de secundaria la directora dice: “en esta escuela hay una niña que ha  ganado el concurso de zona en ortografía…” y luego   todos te aplauden. Te sientes en ese momento un poco apenada, pero también muy feliz de haber logrado ese premio.

–Papá: me imagino que a veces te sientes solo cuando ves que nos acercamos a ti sólo para pedirte dinero, me imagino que a veces te gustaría que te preguntáramos cómo te ha ido. También me imagino que estos días que no ha habido mucho trabajo, tú te preocupas de no sacar dinero suficiente para los gastos, como hoy, que en toda la tarde no hiciste ningún viaje y preferiste venirte a la casa para no andar gastando gasolina. Y también nos dices que crees que una manera de hacer que tu hijo Felipe reaccione y estudie  más es no comprándole la bicicleta. Dices que sí lo quieres y una parte tuya quisiera verlo contento y comprarle la bici, pero que temes que si se la compras, no le va a echar ganas al estudio.

–Tú Felipe: te sientes muy mal cuando yo me burlo de tus comentarios; dices que a veces prefieres no hablar por miedo de que yo me burle.

–Mamá tú nos dices que aquella vez que Jorge no llegó a dormir tú te angustiaste mucho; que te imaginabas muchas cosas en tu cabeza, que para ti esa noche fue una verdadera tortura pues hasta pensaste que lo habrían atropellado y que tal vez lo ibas a encontrar muerto en la Cruz Roja. Tu mente estaba pensando un montón de cosas y mientras más imaginabas más te angustiabas. También nos platicas de la vez que mi hermana Bertha te regaló un ramo de flores; me imagino que ese día te emocionaste muchísimo cuando ella te dijo que te había comprado este ramo con su primer sueldo y que te agradecía todo el apoyo durante su carrera. Tenías ganas de llorar de alegría.

Ese día no necesitamos juegos de mesa ni televisión para distraernos; ese día rompimos una manera pobre de comunicarnos. Había existido hasta entonces entre nosotros una especie de regla: no decir nuestros sentimientos y menos aún escucharnos. Uno habla y el otro critica o por lo menos da carrilla; uno esconde sus sentimientos por miedo a no ser entendido y el otro al ver que el de enfrente no se abre ni se arriesga,  pues también se protege con el silencio. Es como si tuviésemos una especie de regla familiar que nunca se escribió en palabras pero estaba presente  como el aire que respiramos: “de lo único que puedes  hablar con cierta tranquilidad es de cosas superficiales; del futbol, de la telenovela, de chismes de la vecina y de cosas así”

Antes de este día, la única vez que recuerdo haberme sentido verdadera-mente conectado  con mi papá fue cuando me llevó a ver un partido del mundial en un restorán con pantalla gigante y el Chuky Lozano metió un golazo. Los dos nos levantamos del asiento y gritamos al mismo tiempo ¡gooooool! y al sentarnos, mi papá me dio unas palmaditas en la espalda –me acuerdo perfectamente–. Ese fue el momento más cercano que había tenido con él hasta entonces. Pero este día que se fue la luz, la sala de usos múltiples se convirtió en el Kiosquito, y todos en conspiradores. Todo se iluminó; saboreamos una conexión más profunda. Cada vez que uno hablaba y el otro escuchaba. Con esa formulita del me imagino que… parecía como si se deslizara un chorrito de luz que llegaba directo al corazón y lo suavizaba. El tema podía ser variado –era lo de menos– lo importante fue que nos atrevimos a hablar de nuestros sentimientos… y luego la escucha llegaba como aroma suave y cálido que decía sin palabras: Hoy no necesito cambiarte para quererte…  sólo te quiero entender.

Al día siguiente googlié y bajé completito el libro de Los Pequeños Conspiradores del Kiosquito y me lo chuté todo.  Me identifique con Yeyo y decidí que voy a aliarme con  mi hermana Bertha para seguir conspirando en el Kiosquito de nuestra casa… El ambiente se siente diferente, por eso, ahora cuando alguien habla de la pandemia: de todos los riesgos para la salud; de las pérdidas de vidas, –y económicas–, de los cambios y cancelaciones de planes… yo me dispongo a cuidarme con responsabilidad: no voy a dar abrazos ni besos, pero si me voy a conectar con mi foto porque gracias a que se fue la luz estoy aprendiendo que la experiencia nos conecta mientras la ideología nos separa. ¿Mala suerte, buena suerte…  quién sabe?

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