La triangulacion: “el arte de embarrar”

El fenómeno del embarre o la triangulación ocurre ante la incapacidad de expresar sentimientos de manera clara directa y personal… Cualquiera que sea la causa, en la interacción humana y especialmente en la relación de pareja, el contacto cotidiano va generando roces e incomodidades. Al paso del tiempo, la convivencia diaria hace que dos personas casi inevitablemente vivan la experiencia de ser invalidadas, de no ser tomadas en cuenta, de ser no atendidas, de ser ignoradas, de ser intencional o accidentalmente rechazadas o lastimadas. Algunas veces estas experiencias son expresadas en forma de reclamo: “me quedé esperándote como idiota más de una hora a que llegaras”. En otras ocasiones las molestias nunca salen por la boca, nunca son expresadas con palabras, y entonces, de acuerdo con el principio popular de lo que no se habla se actúa, las molestias calladas se convierten, en resentimientos, en distancia y especialmente en incapacidad de escuchar.

En una primera instancia pareciera que la triangulación es un fenómeno propio sólo de las conciencias más primitivas, es decir, de las personas con poco desarrollo y autoconocimiento, sin embargo la triangulación es mucho más generalizada de lo que pareciera e incluso se presenta eventualmente en parejas con un mayor desarrollo, concretamente en condiciones de especial frustración, impotencia e injusticia. La triangulación es el recurso favorito de muchas personas para lidiar con sus asuntos inconclusos y heridas no sanadas.

 

Cuando una   persona no alcanza a expresar sus molestias e incomodidades, por diversas circunstancias internas o externas, entonces puede acudir a la ley del hielo, es decir al silencio extremo cuyo  mensaje es: “no  me pasa  nada pero  estoy  con mi jeta”. Por lo general, cuando la persona en su relación de pareja decide callarse y cerrar la llave de salida de sus sentimientos –por irracionales que éstos parezcan– su estado de ánimo comienza a apagarse y a crearse una distancia emocional con el ofensor. Quien por no hacer el problema más grande decide aprudentar y callar, y afirma con sus palabras que todo está bien, inevitablemente con su conducta terminará mostrándose distante. La conducta hablará, de cualquier manera, cuando las palabras no se atreven.

En ocasiones, sin embargo, el silencio y distanciamiento de pronto se convierten, sin que la persona se dé cabalmente cuenta de lo que hace, en triangulaciones. En otras palabras, la persona herida, callada, distanciada, de pronto comienza a expresar o embarrar la molestia de manera verbal pero con la persona equivocada. El “embarrador” experimenta deseos irrefrenables de involucrar al vecino, de decirle de manera “totalmente inocente” a la hermana, a la suegra, al amigo, al hijo o a la cuñada todas las cosas malas “que me hizo mi pareja”. La persona que ha cerrado la llave de expresión abierta y honesta de sus molestias y ha preferido callarse para “no meterse en problemas” comienza a hacer algo todavía más destructivo que la ley del hielo: comienza a manifestar indirectamente su incomodidad a través del chisme y la triangulación, es decir, a través de actuar la molestia –en esta ocasión con palabras, a veces abundantes, a veces escasas.

Expresarle a la persona equivocada una molestia, un resentimiento o comentario inofensivamente venenoso se convierte en un abundante embarradero de mierda que afecta por igual a los tres puntos del triángulo: a quien recibe el chisme, a quien lo hace y a quien es objeto del mismo. Cuando el hijo funge como el elemento triangulado o embarrado por sus padres, las consecuencias son especialmente funestas. Por desgracia, muchos padres de ambos géneros y de todas las clases sociales practican sin darse cuenta de múltiples maneras el arte de embarrar a sus hijos, a quienes usan como testigos de sus conflictos permanentes.

Finalmente, la manera de manejar una molestia en cualquier versión –embarrar o practicar la ley del hielo–, tiene un efecto altamente nocivo para la salud mental de quienes son parte del ambiente cercano.

En el entorno familiar, los conflictos que papá y mamá no han podido resolver de manera evolucionada y responsable, enredan a los hijos, vecinos, amigos y parientes a tomar partido. Las  hijas  embarradas finalmente le reclaman al papá –o a la mamá–  de sus  errores e infidelidades y toman partido con la víctima, con lo cual  el desgaste es aún  mayor, pues  además del deterioro de la relación de pareja, la hija también pierde a su padre (o madre), éste(a) a su hija porque en la conciencia del primer orden existe esa regla implícita y poderosa que suelen promover de manera inconsciente y sutil tanto los victimarios como las víctimas: “estás conmigo o estás contra mí”.

Los padres triangulan y embarran a sus hijos cuando de manera inocente les hacen algún comentario aparentemente inofensivo:

—Asómate a ver con quién está papá, a ver si no está platicando con esa vieja resbalosa.

—Pídele a tu papá que nos dé lo de la semana antes de que empiece a tomar.

—A ti que te hace más caso dile que nos saque a pasear.

—Tu papá no sale con nosotros porque tiene cosas más importantes que hacer, como su futbol.

—Tu papá es un borracho.

—Tu mamá ha de andar de puta.

—Tu mamá no sabe ni cocinar bien.

 

El  fenómeno de  la  triangulación se  manifiesta en  diferentes niveles de  interacción humana, por  ejemplo en  los  ancestrales  conflictos entre musulmanes  y  occidentales,  entre  palestinos  y  judíos,  entre  católicos y  protestantes  irlandeses, entre  norte  y  sur,   entre terroristas malos y terroristas buenos, entre los amarillos, los tricolores y los azules, etc. Tanto en el nivel internacional como en el doméstico la triangulación es el arte y la práctica de embarrar, de involucrar en un conflicto determinado al resto de la humanidad, que de pronto se ve forzada a elegir de bando y a seguir así estacionada en las etapas más primitivas del desarrollo de conciencia. Uno de los principios de las pequeñas conciencias trianguladoras, “estás conmigo o estás contra mí”, se caracteriza por la tendencia a excluir a las personas y posturas que han cometido “el pecado de no coincidir conmigo”.

En el contexto de la pareja quedan embarrados principalmente los hijos, aunque también los suegros, amigos, vecinos, parientes cercanos y hasta uno que otro desconocido que fortuitamente se atraviesa por el camino. Los comentarios pueden parecer inocentes o totalmente malintencionados. El efecto es el mismo: ensuciar y contaminar al prójimo de un problema que no le pertenece.

Así como la sentencia bíblica reza: “si tu hermano te ofendió no dejes que se meta el sol sin ir a hablar con él”, también existe la oración de la secta de los Trianguladores de Santos Sepulcros Blanqueados (tssb), cuyas siglas también representan al patrono de  la  secta,  que  es el santo  niño Tesusubito.

 

Oración al Niño Tesusubito

 

Si tu hermano te ofendió

Aunque estés en el lecho de tu muerte

Sé fiel a la consigna y repite

No me pasa  nada, no me pasa  nada, no me pasa  nada.

 

Aunque te esté saliendo agüita por los ojos

Tú insiste que es por el humo  del cigarro o el smog

Pero nunca reconozcas que tienes

Algo que te lastimó

Algo que perdonar

Algo que agradecer

Ni mucho menos algo de qué pedir perdón.

 

 

Mejor visita a tus suegros y diles

Que su hijo o hija se ha portado mal.

En los momentos de mayor frustración y enojo

Coméntalo con tus hijos

Con sus hermanas

Con los demás parientes y vecinos

 

 

Embarra mierda a tu alrededor

Con generosa abundancia

En honor a los mandamientos del santo Niño Tesusubito

Patrono de nuestra secta.

 

 

Frente a la persona que se siente lastimada

Por algo que hiciste

O mortificada por algo que “te hizo”.  No escuches ni expreses lo que sientes Limítate a las enseñanzas de tus mayores: Reclamar, juzgar, defenderse.

Sermonear, usar sarcasmo y anexos.

Líbrate de caer en la tentación del diálogo

¡No lo quiera nuestro patroncito! El Niño Tesusubito.

Ni nuestra señora de los chismosos

La reverenda Pata Chapoya.

 

Pues si de verdad expresas y escuchas

Con honestidad y respeto

Tal vez descubras con horror

Que ya no tienes más mierda que embarrar.

 

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Un día cuando José Jr. tiene diecisiete años –y con la cabeza totalmente caliente de tantas “quejas inocentes” de mamá sobre la conducta de papá– se le deja ir a su padre a los golpes; los dos se gritan y afortunadamente en ese momento llega de visita el tío Pedro y el pleito es momentáneamente pospuesto. Padre e hijo viven emocionalmente muy alejados por un tiempo. Finalmente, el joven se casa y se va a vivir a otra ciudad. No quiere saber nada de su padre: lo odia con el odio que mamá le depositó.

Veinte años después, José Jr. está platicando en su grupo mensual de terapia de hijos triangulados anónimos donde asisten sobrevivientes de la triangulación. En esta ocasión escucha el testimonio de una compañera llamada Yolanda:

—A mi madre tengo más de un año que  no la visito, la verdad es que aunque por  un  lado  me siento  culpable de no hacerlo, cada  vez  que  voy a verla se me revuelve el estómago, tengo la misma  sensación de cuando era niña  y mis papás empezaban a tener problemas. Mi madre empezaba a hablar mal  de  mi  papá y yo  me  angustiaba, sentía en  aquel  entonces que  por  lealtad a mi madre yo tenía que  tomar partido. Personalmente no puedo decir que yo tuviera un problema causado directamente por mi papá. Conmigo en realidad mi padre fue cariñoso, por lo menos en un principio. Sin embargo yo no podía tolerar ver a mi madre sufriendo. En aquel tiempo realmente estaba convencido de que sufría por culpa de mi papá. Ahora sé que ella sufría por su propio juego inconsciente de ser víctima; por su propio apego a tener a una pareja junto a ella –a cualquier precio–; por su dependencia, mejor dicho por su adicción a tener a alguien junto a ella para sólo así creer que valía como persona y como mujer.

—Siempre creí  que  las adicciones tenían que  ver  con sustancias como el  alcohol  o con  drogas ilegales como  la  heroína –continúa Yolanda su monólogo–, pero  nunca imaginé que  también hubiese adicciones a  las personas y a las relaciones. Ahora  entiendo: mi madre en aquel  entonces reaccionó de la única  manera que podía, de la única  forma que aprendió de  sus  propios padres y de  su  escuela, de  sus  amigas y de  la televisión. Respondió con su fuerte adicción a tener con ella a su lado a mi papá al precio que fuese. En su lucha por conservarlo por cualquier medio, llegó a hablar con mi abuela materna y con las hermanas de mi padre. Pronto se hicieron dos bandos. Mi mamá también nos enseñó a no hablarle a mi tía Tere ni a mi tío Joaquín, que según ella estaba del lado de mi papá. Aún ahora –mucho tiempo después de la separación– mi madre no ha sabido soltar ni perdonar a mi papá. Yo por mi parte, poco a poco dejé de ver a mi padre, que de vez en cuando nos hablaba por teléfono pero siempre le respondíamos –mis hermanos y yo– con groserías.

—Recuerdo  –prosiguió Yolanda con  su  descripción detallada– cada vez  que  yo le colgaba groseramente el teléfono a “ese  señor”, a mi lado mi  madre me  hacía  un  cariño en  el pelo.  Yo sabía que en el fondo ella estaba orgullosa de mí porque yo había tomado partido con ella; porque no la había traicionado. Aprendí muy pronto a sentirme orgullosa de ser la defensora de mi madre. Por una  parte me sentía como la heroína de la película, pero  otra  parte mía  pagaba un  precio  muy  elevado, un  dolor profundo, un  desgarramiento interno que  ni siquiera alcanzaba a poner en palabras; simplemente me sentía, sin saber  por  qué,  sola y amargada. Mientras esto ocurría en mi  interior, en  mi  relación con  el  mundo de afuera, cada  vez  era  más  natural escuchar a mi madre hablar mal  de mi padre. Recuerdo haber leído una investigación hecha en la Universidad de Pensilvania con mil niños de familias divorciadas: la gran mayoría de ellos no había visto a su papá para nada durante el año previo al estudio. Me daba mucho coraje saber que no era nomás yo, que para muchos otros niños de mi edad los padres varones eran una bola de desobligados e irresponsables. Sigo sin justificar a los padres que se alejan de sus hijos para evitar problemas, pero ahora sé que la otra mitad de la historia la construyen muchas de las madres mártires del abandono. Ahora sé que muchas de estas mamás prefieren sentirse acompañadas en el abandono. En lugar de decir: “fulano terminó la relación conmigo”, prefieren decir: “tu papá nos dejó”.  Se friegan al papá y de paso también perjudican al hijo. Recuerdo perfectamente un domingo en una reunión de familia. Después de dos cervezas mi prima Chela pareció darse cuenta de algo que yo no era capaz de reconocer en mí misma; me confrontó de una manera que nunca voy a olvidar:

—Oye, prima, cuando te escucho hablar así, haz de cuenta que estoy escuchando a tu mamá, usas exactamente sus mismas palabras. A ti, ¿tu papá te traicionó en algo?

—Claro, el desgraciado se fue con otra vieja, con una desgraciada puta.

—Sí, yo sé que traicionó a tu madre, sé que como esposo falló y eso no lo discuto ni lo apruebo, pero te estoy preguntando ¿a ti como  hija te traicionó en algo?

Estaba a punto de contestar con mi manera habitual de hacerlo, con la misma perorata impresa en mi mente; con una especie de “tú también estás de parte de mi papá y de todas sus sinvergüenzadas, ¿verdad?”. Sin embargo me callé sin saber por qué. Quizás me sentí descubierta por la pregunta y me sorprendí a mí misma, me vi con horror en ese momento repitiendo algo que me había lastimado, haciendo precisamente lo que mi madre había hecho toda la vida conmigo: “si no estás conmigo estás contra mí”, es decir si quieres a tu padre no me puedes querer a mí.

Esa noche no pude dormir, me daba vueltas y vueltas la pregunta de mi prima Chela.  Me sentí expuesta en lo más íntimo; fue como si me hubiese desnudado frente a los demás y al ver mis miserias descubiertas sentía mucha vergüenza. Recuerdo que experimenté un odio profundo hacia mi prima por entrometida e indiscreta. ¿Quién le había dado autorización a la muy desgraciada a hurgar en mi interior y exponer sin ningún pudor mis juegos y alianzas secretas? También recuerdo que a partir de entonces, y por un buen tiempo, no le volví a dirigir la palabra.

Sin embargo también tuve que reconocer, en algún lugar profundo de mi conciencia, en algún rincón de mi ego, que estaba reproduciendo con la gente a mí alrededor exactamente el mismo patrón de respuesta que mi madre había practicado conmigo. Había aprendido, sin darme cabalmente cuenta, una especie de “ecuación mental”: amor es igual a lealtad. Sonaba bonito y romántico. Parecía un verdadero heroico acto de amor filial eso de tomar partido, eso de defender a mi madre contra el “infeliz cabrón ese”.  Sin embargo en el fondo también resultaba ser algo profundamente costoso para mí. Me había dejado de escuchar a mí misma, me había convertido en una conciencia habitada, en una extensión de mi madre… Por ser leal a ella me estaba perdiendo a mí misma. De pronto me di cuenta de que necesitaba un espacio para encontrarme.

Cuando Yolanda menciona esta frase tan cotidiana y a la vez tan importante, José, su compañero del grupo, se siente totalmente identificado; se transporta a su propia historia. Recuerda con absoluta claridad aquel lejano 10 de septiembre cuando le llegó por escrito la aceptación de una vieja solicitud casi olvidada para trabajar en una nueva empresa. Desafortunadamente, algo que no estaba en sus planes: la invitación implicaba salir a trabajar fuera de su ciudad.

—Mi madre me dijo ¡de manera tajante! –retoma ahora su relato José mientras Yolanda le cede espacio–, “eso no te conviene”. No obstante algo desconocido en ese momento me hizo aceptar la oferta y así fue que a pesar de mis culpas por dejarla y de mis sentimientos divididos, finalmente decidí yo también tomar distancia de ella.

—Poco a poco –continuó– pude aclarar aún más mi principal razón para aceptar el puesto: precisamente la oportunidad de tener un espacio de silencio para intentar pensar por mí mismo. Parecía que escuchar a mamá tan cerca de mí era como tener una bocina a todo volumen pegada a la oreja que me impedía escuchar mi propia voz.

—¿Y eso  cómo  ha  afectado tu  relación con  tu  madre? –pregunta Yolanda con curiosidad.

—Ahora tengo cuarenta y cinco años y ¿sabes una cosa?, la verdad me da mucha flojera ir a visitarla –confiesa José ante el grupo–. La quiero y entiendo sus sufrimientos, puedo imaginar todo lo frustrada, engañada, desilusionada e impotente que debió haberse sentido. Sin embargo cuando voy  a visitarla, cada  vez que  se toca  el tema  de mi papá aunque sea muy tangencialmente como  no queriendo la cosa,  se me hace  un  nudo  en el estómago y siento  la misma  sensación de ahogamiento de cuando era  niño. Otras veces cuando estoy a punto de ir a verla encuentro un pretexto para no hacerlo. Sé perfectamente que quien en verdad se quedó conmigo cuando era pequeño fue mi madre, que ella estuvo en los momentos difíciles; estuvo cuando me enfermé y en la mayoría de mis fiestas de fin de cursos. La quiero por un lado y por el otro, puedo también reconocer y no negar mi resentimiento hacia ella.

Con mi padre ahora he vuelto a retomar la relación, lo visito lo más seguido que puedo y cuando lo hago me siento movido por el puro gusto de verlo y no por obligación alguna. Ahora, al paso del tiempo, puedo ver la enorme diferencia entre mis padres. Él nunca, jamás, me habló mal de mi madre ni siquiera para referirse a algunos de sus “malos hábitos” como sus exageraciones, sus juegos de víctima, sus manipulaciones y su afición por el chisme.

Papá nunca me dijo en palabras pero, eso sí, me transmitió a través de su silencio discreto algo que mi madre no obstante todo su amor jamás pudo hacer: un mensaje implícito que hasta ahora finalmente puedo descifrar con claridad:

“Los problemas entre tu madre y yo no son tuyos ni tienes la culpa de ellos. No tienes que tomar partido entre nosotros dos, yo para quererte no necesito que estés contra tu madre”.

Acto seguido: José saca de la bolsa derecha de su saco un sobre rotulado dirigido a su madre y le pide a Yolanda que le dé lectura frente al grupo. Se hace el silencio.

 

 

CARTA A MI MADRE

 

Querida mamá:

 

Quizás te extrañe que te escriba esta carta después de tanto tiempo de no tener noticias mías. Sé que te ha lastimado mi distanciamiento y que has comentado a todo el mundo, como es tu costumbre, que “así son los hijos, unos ingratos después de que uno como madre les ha dado todo”.

Yo sé que gran parte de tu vida la dedicaste a tus hijos y que estabas constantemente al pendiente de nuestras necesidades. Nos inscribiste al mejor colegio que estaba al alcance de tu presupuesto. Nunca nos faltó un techo donde dormir ni ropa con que cubrirnos a mi hermana y a mí.

Realmente no obstante algunas épocas relativamente difíciles en lo económico, yo no tengo nada que reclamarte en el aspecto de los cuidados básicos.  De hecho  te  puedo decir  que  me  considero un niño  suficientemente feliz  hasta  la edad  de  los doce  años,  cuando empezaron los pleitos entre tú  y mi papá hasta  que  finalmente se divorciaron.

Durante algunos años antes de la separación –entre mi niñez y mi adolescencia– no tuviste empacho en embarrarme tu propio resentimiento con mi padre. Como prueba de lealtad en aquel entonces y por mucho tiempo yo fungí, sin darme cuenta, como la taza del escusado donde tú echabas tu mierda. Tú no tienes idea de lo que para mí significaba en la noche quedarme con la convicción inevitable de que para ser leal a ti, para cuidarte, tenía que hacer mío tu resentimiento con papá. En  ese  momento me  parecía lo más  natural, era  un  acto de  lógica solidaridad el tomar partido del  lado  de la víctima, de la ofendida –que  obviamente eras  tú–. Ya  que  tú lo estabas perdiendo, yo  también tenía que  perderlo por  amor  a ti; por  lealtad a ti, tenía que escoger necesariamente entre tú y  él; entre él,  desgraciado abandonador, y  tú la  pobre víctima desprotegida. Tenía que renunciar a tener papá, tenía que renunciar a ser leal a él. Ojalá en aquel entonces hubiese yo podido decirles con todas mis fuerzas a ustedes:

—A los dos los quiero mucho, muchísimo y por  favor  no me pidan que   tome   partido,  si  se  quieren pelear  entre  ustedes háganlo pero  en  privado y  no  me  metan en  ello.  Yo puedo acompañarte verdaderamente, puedo estar contigo pero ello no significa que te cargue, que haga míos a tus enemigos. Yo tengo derecho a quererlos a los dos aunque ustedes no se quieran entre sí. Su pleito es de ustedes, tu pleito con mi papá “es tu pedo”. Perdón, quise decir “estupendo”. Si quieres romper con una relación destructiva para ti, eso lo puedo respetar como una decisión tuya.

Con esto no quiero decir que lo hecho por mi padre estuvo bien, pero como hijo a mí no me corresponde juzgarlo a él. Hoy quiero expresarte que yo en aquel entonces no me pude zafar de tus leyes internas, de tus reglamentos no hablados de “estás conmigo o estás contra mí”.  Ahora lo entiendo de manera diferente: no tenía que aprobar a papá, pero tampoco tenía que tomar partido en una bronca que era de ustedes, de una bronca en la que siempre me sentí enredado, involucrado involuntariamente. Recuerdo por ejemplo esas comidas que me parecían eternas donde nadie hablaba, donde tú y él no se dirigían la palabra, pero eso sí, llegado el momento tú me instruías a acercarme a papá para pedirle dinero para mis libros, para comer, para mi ropa.  Yo tenía que hacer lo que a ti te correspondía y, sabes una cosa, odiaba tener que hacerlo.

Nunca pude decirte nada de esto. Ahora pienso que aunque hubiese sido agresivo, haberlo hecho en aquel momento me hubiese salvado de estarte cobrando hoy con tanto tiempo de distancia la factura de aquellos viejos resentimientos. Sí, ése es exactamente mi resentimiento contigo; el haberme callado tanto; ése es el resentimiento que se ha convertido en una profunda resistencia y flojera cada vez que trato de ir a visitarte. Es curioso, pero con mi padre con quien pasé menos tiempo, mucho menos tiempo que contigo, ahora me siento más cómodo. Ahora no siento que tengo nada que cobrarle. Mi gusto por visitarlo con cierta, aunque no demasiada frecuencia, tiene que ver con una sensación que experimento cuando estoy con él: me siento respetado, no me siento exigido a cambiar, me siento aceptado hoy como ayer, tal como soy. Con él no tengo que tomar partido. Contigo fue todo lo contrario. Sabía que me querías y mucho, pero ese amor tenía un precio. Siempre sentí que si osaba acercarme a mi papá, tú no me lo perdonarías. Muchas veces me dijiste sin decírmelo, es decir de manera implícita, por debajo de la mesa: “te quiero mucho, muchísimo, pero a condición de que seas como necesito que seas, a condición de que te pongas de mi lado”. Yo en aquel tiempo no podía descifrar el mensaje, simplemente me sentía atrapado.

Cómo es la vida, mamá, ahora a mí me toca venirte a hablar de papá. Ahora yo vengo a decirte que ojalá hubieses hablado y resuelto tus problemas con él en lugar de venir a quejarte conmigo. Esto que te digo a ti también se lo he  dicho  a él:  mi  padre me  solía  decir, sin  palabras, con  su  manera de  actuar: “no  necesito que  cambies o que tomes partido para  que yo te quiera”. Este mensaje lo recibí de mi padre ciertamente no con mucha frecuencia pero sí con consistencia, con claridad cada vez que fue necesario. Eso para mí fue más que suficiente.

El mensaje tuyo, por otra parte, nunca lo escuché expresado literalmente en palabras, fue a través de tus gestos, de tus comentarios indirectos, de tus actitudes, de tu sutil manera de hacerte la víctima, desde donde yo valientemente tenía que rescatarte. Tu mensaje no verbalizado es algo que hasta ahora puedo traducir más o menos así: “Si de verdad me quieres tienes que estar de mi lado pues ése es el signo mayor de amor y lealtad a mí. Tienes que tomar partido del lado de la justicia y tú sabes: la justicia está de mi lado. Si te acercas a tu padre o si accedes a salir con él, quiere decir que estás contra mí, quiere decir que tú también me abandonas, que de alguna manera tú también decides traicionarme. En otras palabras mis broncas con tu papá tú las debes de abanderar, las debes de hacer tuyas. O estás conmigo o estás contra mí”.

Querida mamá, antes de despedirme quiero decirte que tengo la esperanza de un día poder sentir no sólo con mis palabras, sino con todo mi corazón que realmente ya te perdoné, que vuelvo a sentir ganas de visitarte sin ese antiguo miedo de sentirme como el depósito de tu odio por mi papá; quizás un día pueda ocurrir eso, pero todavía no lo siento. Antes de hacerlo necesito decirte con todas mis palabras aquello que en su momento me callé: necesito decirte que me sentía totalmente embarrado de mierda; necesito decirte que resiento que me la hayas echado a mí, que no hayas tenido todo el valor de separarte bien de mi papá “dizque por nosotros”. Claro que me hubiera gustado ser hijo de una relación bonita entre ustedes. Pero eso no existía, y quedarte con mi papá así como lo hiciste no te lo puedo agradecer. Mamá,  tal  vez  tu  intención fue  buena pero, discúlpame, yo ya  no quiero ni  puedo creer  que  la  intención justifica todo. Me duele saber que en esos momentos tú tenías tu dolor, impotencia, rabia y no sé cuántas cosas más. Pero de este lado de mi piel, en aquel niño de once y doce años, te lo quiero decir con toda claridad a mí no me tocaba ser depósito de esa mierda, yo era tu hijo, no tu depósito. No puedo agradecerte que te quedaras en una relación donde te sentías como víctima: engañada, no respetada, no apreciada. Me sentía utilizado y ahora pienso que eso de utilizar aliados involuntarios es algo que viene de tu familia, algo que se ha transmitido desde hace muchas generaciones. Yo  por  mi  parte te confieso que  prefiero mil  veces  estar bien  separado a  mal  juntado y  constantemente embarrado.

Hoy entiendo que, cuando fui pequeño, mi padre tenía la debilidad de las mujeres, siempre fue enamorado y eso mismo lo llevó a ser desobligado como esposo y como padre de familia. Me imagino todas las veces que te sentiste injustamente tratada por él; todas las veces que sus infidelidades te indignaron y lastimaron.

Sin embargo por el momento me cuesta trabajo perdonarte y disfrutarte, sentirme cómodo contigo.

Después de decirte esto espero que algún día, no sé si cercano o lejano, pueda venir a visitarte y entonces simplemente entender que me diste lo que pudiste y lo que habías aprendido. Tengo pues  la esperanza de algún día venir a visitarte y hasta, ¿por qué no?, poder escucharte, sin  cargarte, sin  sentirme responsable de  ti,  sin  tener que  defender a  mi  papá, sin  tener tampoco que odiarlo. Tal vez algún día, antes de morir, entiendas que eso de hacerse la víctima es como conformarse con las migajas de la vida cuando tienes derecho al pastel grande. Ojalá algún día empieces a cuidarte y a quererte. Sin embargo esto no depende de mí, tú puedes decidir seguir viendo la vida  desde  la misma  vieja  ventana desde  donde hace mucho tiempo lo haces  como  la musa  de  la canción “sufrir me  tocó  a mí  en  esta vida”.

Yo no puedo remediar que insistas en asomarte para ver los eventos de la vida a través del mismo periscopio o que un buen día, cansada de tanta victimez, te atrevas a construir uno nuevo desde donde tú también te perdones y perdones a los que te ofendieron, y disfrutes tu jugo de naranja de las mañanas y tantas otras cosas.  Tal vez esto sea  algo  que  logres hacer, como  dicen  los hindúes, en  esta  vida  o dentro de unas  dos, tres  o cuatro existencias, lo harás cuando estés lista.

Y yo también, por mi parte, espero, cuando esté preparado y ojalá sea en esta vida, poder perdonarte y entonces cuando lo haga sé que me sentiré liberado, para no repetir con mis hijos lo mismo que tú hiciste conmigo como madre.

Sabes  madre, hace  unos  años  en una  borrachera, un  amigo de esos que  sólo  hablan de  asuntos personales y  profundos cuando están tomados, me compartió una  carta. Al terminar de leerla, los dos nos sorprendimos llorando como chiquillos. Le confesé que me hubiera gustado enviarle una carta así a mi madre.

Ahora  pienso que  tal vez  un  día  pueda agradecerte –o tal vez  ya lo  estoy  comenzando a  hacer– que  lo  vivido contigo sea  parte de  mi  preparación para  yo  algún día  recibir mi  propia carta de agradecimiento.

 

Madre:

 

Una carta diferente

 

Ahora que soy padre de tres hijos y te veo ya grande y con caminar cansado por todo lo que tuviste que enfrentar en la vida, quiero que sepas –pues tal vez nunca te lo dije como hoy quiero hacerlo, con total claridad– que estoy profundamente agradecido por uno de los más grandes regalos que pude recibir de ti. De hecho mi agradecimiento no es por algo que me hayas dado o por algo que me hayas dicho o expresado de manera verbal. Lo que tú me diste, madre, fue algo que con el paso del tiempo cada vez valoro más: tuviste muchas ocasiones más  que  justificadas para  desacreditar la imagen de  papá  ante mis ojos; muchas veces  te sentiste ofendida, engañada por  mi  padre, incluso hubo  un  par  de  ocasiones en  las  que  mi  padre te golpeó después de alguna discusión, y sin embargo no caíste en la tentación de triangularme, es decir  no te fuiste por la salida fácil de tantas madres que  conozco  de mis  amigos, que  se sienten con  todo el derecho de cobrarle al  papá  a  través de exhibirlo ante los  hijos; madres que  probablemente dentro de su dolor y sufrimiento hasta experimenten un placer oculto cuando se alían  al hijo con frases  como:

Tu padre no nos quiere, se va con sus viejas.

—A tu padre le importa más el futbol que nosotros.

—Ten cuidado cuando tu papá está enojado, que no te vaya a pegar como lo hizo conmigo ayer.

—Pídele a tu papá que nos dé lo del gasto de esta semana, si es que no se lo ha gastado en sus parrandas.

—Asómate a su escritorio a ver si no tiene una carta.

—Tú que sabes de esas cosas, mira su celular a ver si no tiene mensajitos de esa fulana.

—Tú que sabes asómate a su computadora a ver si no se está escribiendo con la vieja lagartona esa.

—Le importan más sus amigos que nosotros.

—Se compró una camisa nueva pero no tiene para tus zapatos que te hacen falta.

—Acompáñame, hijo, a ponerle una demanda.

—Diles a tus hijos, a ver ¡diles! con quién andabas el jueves en la noche.

Tú, probablemente –estoy seguro– te llegaste a sentir frustrada, engañada, dolida y con ganas de cobrarle de la manera más fácil y accesible a tu alcance: a través de nosotros, tus hijos. Sin  embargo, no  lo  hiciste, te  reservaste todo  tu  dolor, tu  enojo,  tu  rabia  para enfrentarte con él. Recuerdo por ejemplo esa vez cuando después de dos meses de un fuerte pleito con papá nos convocaste a todos y nos dijiste que se iban a separar y sólo nos explicaste en voz pausada y firme:

“Cuando dos personas no se llevan bien y se han dejado de amar es mejor separarse, pues si se quedan juntas se pueden hacer mucho daño y hasta los hijos pueden salir lastimados. Luego agregaste: como papá, él trata de darles lo mejor a su manera, yo estoy segura de que los quiere a su manera; si él se va de mi vida como mi esposo, como mi pareja, eso no significa que ustedes se tengan que ir de la vida de él ni él de la de ustedes. Ustedes no tienen que perder a su padre. Los problemas de nosotros son de nosotros y nos toca a nosotros resolverlos. Ojalá lo puedan querer y aceptar como es y asimismo ojalá sepan tomar lo bueno que él tiene para ustedes. En todo caso les quiero decir que si ustedes le tienen que reclamar algo, reclámenle algo propio. A ustedes no  les  toca reclamarle a  él  su  conducta conmigo ni  a  ustedes como  hijos les  toca reclamarme mi  actuar con  él. Los dos somos adultos y podemos resolver esto entre él y yo. Yo puedo hacer mis reclamos si los llego a tener y me puedo defender, pues conozco la ley y no soy ninguna pendeja. Ustedes tienen derecho a tener a un papá  y a una mamá  y sobre todo tienen derecho a ser  libres  de  querernos a los dos  sin  tener que  tomar partido; tienen derecho a experimentar esa libertad maravillosa de poder amar  a dos personas, aunque entre ellas no se lleven bien”. Mamá, todavía recuerdo tus palabras, con toda claridad. Nosotros sabíamos que a veces él te golpeaba porque un día ocurrió el zafarrancho justo frente a nosotros. Él estaba tomado y tú le dijiste con firmeza: “en frente de los niños no voy a discutir contigo”, y te fuiste al cuarto y él detrás de ti, luego se cerró la puerta y aunque oímos por unos momentos su voz fuerte y enojada, de ahí no pasó a mayores, y al siguiente día nos sacaste al parque a nosotros y cuando te preguntamos por papá nos dijiste que el día de hoy no se sentía bien.  Aunque no nos dijiste toda la verdad tampoco nos decías mentiras.

Nunca nos pediste que te acompañáramos a levantar demandas ni a ser testigos de nada relacionado con nuestro padre.

Un día llegamos de visitar a mi papá que se quedaba en la casa de su madre. Mi abuela y él se habían dedicado a hablar pestes de ti. Cuando te preguntamos qué opinabas de mi papá nos dijiste: “los problemas entre él y yo son sólo nuestros y a nosotros nos toca resolverlos; de mi parte ustedes tienen derecho a quererlo pues es su padre yo no voy a hablar mal de él con ustedes. ¿Me entienden?”

Ya no volvimos a insistir pero  hoy  aprecio madre que  ese día  que papá te provocaba para que tú respondieras en  ese mismo nivel primitivo y  limitado de “ahora que  él  habla mal de mí, yo tengo que  defenderme y cobrársela hablando mal  de  él y echarle tierra como él lo ha hecho conmigo”. Pero no lo hiciste ni ése ni cualquier otro día: en esa ocasión nos mostraste tu calidad de mujer amorosa y evolucionada: tus problemas con él eran con él y no tenías –así lo decidiste– por qué embarrarnos de dichas broncas. Con gran gracia y dignidad nos miraste a los ojos y sólo nos volviste a repetir tu mensaje valiente, digno y amoroso. No lo defendías pero tampoco lo atacabas:

“Los problemas que tenemos son nuestros, no de ustedes. Tienen derecho a querernos a los dos. Créanmelo, si ustedes quieren mucho a  su  padre yo no me siento traicionada ni  nada por el estilo, al contrario, me da gusto por ustedes, pues tener un papá es algo  muy bonito  e importante”.

Algunas veces inclusive fui grosero contigo por las cosas que mi papá

me decía  de ti, sin embargo poco  a poco  me fue  ganando tu  amor incondicional y aunque tú no tenías los recursos económicos de mi padre, que  seguido trataba de comprarnos con  regalos y viajes, la verdad es que  fuimos  descubriendo lo delicioso de estar  a tu  lado. Contigo vivíamos algo que no podíamos vivir al lado de papá, no obstante todo su dinero: la libertad de querer a los dos sin sentirnos culpables ni traicioneros.

Actualmente, aunque vivo lejos de  ti,  te  quiero decir  que  cuando te visito lo hago con gran gusto, no me mueve el sentimiento de obligación, ¡la verdad no! Me mueve el gusto por ver y estar  con esa mujer maravillosa, mi madre, que se amaba lo suficiente a sí misma como para no necesitar que su hijo llenara el hueco que sólo puede ser llenado con respeto y estima propia. Agradezco profundamente el haberte desarrollado lo suficiente como persona como para no actuar como mente primitiva y ponerme en la disyuntiva de “estás conmigo o estás contra mí”. Gracias por ese maravilloso regalo de no embarrarme. Gracias mamá por todo. Gracias por ser y por dejarme ser.

 

 

 

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