Los indignados

En 1968 transitábamos entre la primeria y la secundaria y de aquella matanza de estudiantes del mes de octubre en Tlaltelolco prácticamente nada se supo. Como jóvenes adolescentes estábamos más bien ocupados en la próxima inauguración de la primera olimpiada a llevarse a cabo en un país de América Latina. Con el pasar del tiempo nos dimos cuenta de la magnitud de dicho suceso… Se trataba de estudiantes que, como ahora en varias partes del mundo, manifestaban su indignación. Lo poco y a cuenta gotas que pudimos saber desde nuestro pequeño mundo de niños-adolescentes provincianos era que se trataba de algo así como un grupo de rojillos revoltosos que por andar haciendo desmanes, bien se habían merecido una buena reprimenda del gobierno de Díaz Ordaz. El rompecabezas de historias fragmentadas sobre lo entonces acontecido se ha ido desentrañando lentamente al paso del tiempo. Ahora a más de cuarenta años de distancia, después de oír testimonios y conocer las versiones de variados actores de ese entonces, nos queda más claro lo ocurrido y con ello surge la oportunidad del aprendizaje y la reflexión.

Tal vez el lector se pregunte ¿qué tiene que ver el 68 con el tema del dialogo y la construcción de una mejor sociedad a partir de la familia? A lo mejor no viene al caso… o a la mejor sí.

Hace años en un restaurant de mariscos, disfrutábamos de un rico coctel de camarones mientras el dueño del lugar de deshacía en atenciones con las cuatro mesas ocupadas en ese momento. De pronto en una visita al baño, cercano a la cocina, alcanzamos a escuchar las palabras poco estimulantes de esa educadísima persona sobre la humanidad de su hijo.

–Muchacho pendejo, te dije que atendieras la mesa dos…

–Hay pa, pos no me dijiste que me pusiera a pelar camarones…

–Eso fue hace una hora y ya ves ni pelas bien los camarones ni atiendes la mesa. No sabes hacer nada bien.

El diálogo terminó con el seco sonido de zape  en la nuca del pequeño aprendiz de mesero. Ese papá zapeador había aprendido, en algún tiempo y lugar de su infancia, dos principios pedagógicos sólidamente primitivos: Para “educar a los hijos” hay que castigarlos –de otra manera seguirán actuando mal–. Y en segundo lugar: Hay que quedar bien con las visitas, con el de afuera. En términos del personaje Don Budas Tadeo[i], esto ha sido referido como el pecado de afuerear, esto es, verse constantemente a través de los ojos que miran de allá para acá, de afuera para adentro. Afuerear implica dirigir la atención a ese lugar imaginario del observador externo al que se le atribuyen variadas conductas y gestos que lo convierten en el proveedor permanente de aprobación o desaprobación.

El papá, zapeador de su pequeño hijo-mesero, de pronto revive de entre sus recuerdos empolvados de su infancia, una ocasión donde su mamá lo llevo a visitar a la esposa del patrón para llevarle un puño de cacahuates del rancho. Ya en la casa de la patrona, el ama de llaves los pasa a un pequeño recibidor donde esperan durante unos minutos a que aparezca la señora que los invita a tomar un agua de Jamaica mientras les agradece el regalo. En ese instante aparece un curioso perrito peludo que desconoce a los visitantes y se pone inquieto. El niño al notar la presencia poco amigable del animalito también se repliega a las faldas de mamá. El perrito y el niño se quedan observándose en estado de alerta. Finalmente el animalito, ante un movimiento brusco del niño, rompe la tregua y comienza a ladrar; el niño se asusta. El temor experimentado en ese momento ante el escandaloso cachorro, sin embargo, no es lo más significativo para el niño. El elemento de su experiencia que queda marcado en su memoria, esa sensación difícil de borrar, fue el jalón brusco y agresivo que sintió de su madre mientras lo regañaba con total naturalidad:

–¡No molestes al perro mijo!

Jackes Lacan decía que el inconsciente es el discurso del Otro en tí. !Sí!, de pronto la presencia de ese otro –la mamá– en forma de lenguaje pasa a formar parte de la dimensión de lo inconsciente, de ese algo misterioso e innombrable que eventualmente “sin darte cuenta determina tu forma de percibir, de actuar, de comunicarte”. El lenguaje no sólo tiene contenidos, también transmite de manera implícita rechazo, aceptación, relaciones de poder, respeto, irrespeto…  Cuando la frase ¡no molestes al perro! fue pronunciada, el niño experimentó un momento fugaz de crisis. Estaba en una casa desconocida, ante una señora elegante y un perro que parecía decir con sus ladridos no eres bienvenido. El pequeño al percibir amenaza, como ocurre en situaciones inesperadas, se pone en estado de alerta. La amígdala, esa pequeña estructura límbica considerada como el banco de la memoria emocional, de pronto en momentos de crisis parece abrirse para recibir directamente, sin mediación de la corteza cerebral, toda la información que llega del tálamo… y de un solo golpe registra permanentemente la experiencia de rechazo. Así en una fracción de minuto el niño aprende algo terrible: Que el perro del patrón es más importante que él; Aprende que primero es no molestar al animalito ladrador que proteger o por lo menos acompañar  amorosamente a un niño asustado de visita en una casa extraña de gente rica. Csikszenmihalyi,[ii] o chicsenmiljaii como le dicen sus amigos húngaros ha popularizado el término meme de Richard Dawkins como la unidad de transmisión de información social equivalente a los genes de la biología. Los memes se transmiten y se reproducen con pasmosa facilidad de una generación a otra en forma de creencias y cultura.

Por eso… tal vez aquel lejano Díaz Ordaz no era tan diferente al referido dueño de la marisquería… ni a la madre de éste. Cuando en el 68 están a punto de llegar las visitas de todas partes; cuando los ojos del mundo están puestos en México y su presidente quiere quedar bien y dar una buena imagen… de pronto esa ansiedad de no causar mala impresión, esa obsesión de afuerear, –el cuarto pecado capital de don Budas Tadeo[iii]– se convierte en un acto de violencia desproporcionada contra sus propios jóvenes que por más diferentes, cuestionadores y desafiantes que fuesen a los ojos del presidente … no merecían ser masacrados de manera tan brutal. El problema en la disfuncionalidad humana no es de mala intención como lo sugiere Selvini Palazzoli[iv]. Tal vez, contra lo que algunos piensen, Díaz Ordaz pensó que actuar como lo hizo era un mal necesario y hasta patriótico para proteger la imagen del país. Tal vez en su visión chiquita y desde su conciencia primitiva no pudo reconocer que al no quererse desprestigiar con el mundo exterior estaba descuidando lo más importante: sus propios hijos. Estaba además desperdiciando la oportunidad de dar cauce a esa energía transformadora de jóvenes valientes y entregados que, a su manera como el movimiento reicente de los indignados de todo el mundo –de Wall Street, de Chile, de Roma, de España– desean una sociedad mejor y más justa. Tal vez como padres de familia a veces por cuidar a la visita estamos reciclando ese hábito ancestral de no cuidar y valorar a nuestros propios hijos… y así reproducimos ese meme que nos ordena que cuando hay conflicto la única solución es el zape con lo cual retrasamos el surgimiento de la inteligencia emergente o colectiva[v] que surge cuando se promueve el libre flujo de información.

¡Sí!, cuando las personas dialogan, se escuchan, terminan transformando sus diferencias en maravillosas oportunidades de crecimiento, conexión, aprendizaje, evolución…

[i] Chávez R. & Michel Sergio (2006) En Busca de la Paz Interior: El señor del aguamiel. Ed. Norte Sur.

[ii] Bandura A (1977) Social learning Theory. Englewood Cliffs, N. J. Prentice-Hall.

[iii] Ibid (77)

[iv] Ibid (61).

[v] Inteligencia Emergente “emergence” término de Steven Johnson. Ver también inteligencia colectiva en Levi, Pierre. (2004)  L’Intelligence collective. Pour une anthropologie du cyberespace. La Découverte (Essais).

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