Presunto culpable

Martin Seligman, reconocido inspirador del movimiento de la Psicología Positiva hace algunas décadas puso en el inventario de los nuevos términos psicológicos el desamparo aprendido[i]: Cuando a una rata o a un perro se le encierra en un lugar sin posibilidades de escape y se le aplican toques eléctricos con regularidad –cada dos o tres minutos– se observa al principio en el animal una serie de respuestas de activación: se mueve por toda la jaula, salta, empuja, busca… Sin embargo, en la medida que el proceso avanza y se siguen presentando con consistencia los estímulos eléctricos, finalmente el animalito deja de moverse y simplemente manifiesta una conducta de resignación; se encoge en su rincón cuando llega el momento de los toques y ahí se dispone a recibir silenciosa y abnegadamente sus dosis eléctricas. Las condiciones del experimento son posteriormente cambiadas, las reglas se modifican y ahora la jaula tiene un mecanismo que al ser activada abre la puerta para dejar salir al animal o bien detiene la descarga eléctrica. En dichas jaulas exactamente iguales ahora habitan dos tipos de huéspedes: Los animalitos que ya habían recibido sus toques eléctricos y se habían acostumbrado a ellos y los nuevos inquilinos sin historia previa de dichas descargas. El resultado lo puede adivinar el lector: Aquellos animales que ya habían aprendido esa especie de regla implícita “hagas lo que hagas nada va a cambiar”; simplemente se disponen a recibir su tortura con prudencia y resignación; ya no hacen absolutamente nada para escapar. En otras palabras las reglas y el mundo cambiaron pero ellos no. Los nuevos animales, por otro lado, ante el toque inician una serie de conductas exploratorias hasta que dan con el interruptor y lo hacen funcionar. A este fenómeno, en sus diferentes versiones con animales y con humanos se le conoce como desamparo aprendido       –learned helplesness– y ha sido utilizado para referirse a un estado de depresión producido experimentalmente cuya característica es una profunda creencia de haga lo que haga nada va a cambiar; mejor no hago nada…

Este modo de funcionar de desamparo aprendido representa uno de nuestros grandes retos como humanos y como país. Un día aprendes que tu conducta no tiene ningún efecto en la realidad, que hagas lo que hagas no puedes transformar la burocracia, la corrupción, la pasividad, la ineficiencia cómplice y todo eso que de manera magistral y cruda ponen al descubierto ese grupo de valientes realizadores de la película Presunto culpable.

Cuando las conductas, las percepciones y las creencias se hacen automáticas –y lo automático se define en función de su resistencia al cambio–; es difícil una transformación a menos que ocurra una experiencia de expansión, es decir un verdadero golpe en la conciencia que nos lleva a verdaderos saltos cuánticos en nuestra manera de ser, de percibir y de relacionarnos con el mundo. Los habitantes del Distrito Federal tuvieron hace años su par de terremotos que con todo y el profundo dolor provocado los cimbró y esto a muchos los despertó y los ayudo a sacudirse del desamparo aprendido que fue remplazado con un incipiente “si se puede” que se instaló profundamente en algunas mentes que de pronto comenzaron a organizarse y a tener impacto en la sociedad. Tal vez este nuestro México, país golpeado por diversas crisis: económicas, de inseguridad, de desconfianza, de descalificación mutua… tiene ahora su gran oportunidad. Tal vez nos dejemos  golpear por esta crisis y por esta película que aparece como buen presagio de la posibilidad de zafarnos como lo hizo Toño Zúñiga, el protagonista del proceso liberador de ese desamparo aprendido que históricamente los había hecho sentir fatalmente destinados a una condena arbitraria y sin escapatoria.

No se trata de dividir al mundo entre los buenos y los malos al estilo del comercial televisivo donde el entonces presidente Felipe Calderón afirmaba en su guerra contra el narcotráfico: somos más los buenos. Todos somos, como en la película presunto culpable, un poco el juez burócrata en parte perezoso, en parte  abrumado por la carga de trabajo que junto con su proyectista no se quiere complicar demasiado la vida y revisar a conciencia su sentencia; otro poco también como los policías ministeriales o los tristemente celebres policías del estado de México, que tienen que llenar su cuota de detenciones para conservar su nivel de ingresos, su chamba… y tal vez con buena intención pero con una conciencia primitiva hasta creen que protegen “a la comunidad” de gente peligrosa sin darse cuenta de que con sus acciones contribuyen irremediablemente a la inseguridad pues cada injusticia y cada arbitrariedad cometida por ellos mismos con el paso del tiempo se convierte en resentimiento, violencia e inseguridad social. Pero también tal vez todos somos Antonio Zúñiga y asesores que buscan en la jaula una salida, a pesar de años y generaciones de infalibles toques eléctrico; décadas de mensajes, convertidos en profundas creencias, trasmitidos de padres a hijos; de autoridades y burócratas a ciudadanos; de maestros a alumnos y a veces también de curas a sus feligreses: nada de lo que hagas va a cambiar el mundo.

En las entrañas de una crisis, sin embargo, se encuentra escondida también la semilla de la transformación y de la evolución. Lo han dicho de diferente manera desde premios novel como Ilya Prigogine[ii], futurólogos notables como Bárbara Hubbard[iii] e investigadores de la resiliencia como Calhoum y Tedeschi[iv].

La solución pues no está en los partidos políticos, o en la persona del nuevo presidente o gobernador en turno. La transformación de una crisis en oportunidad maravillosa parece relacionarse más bien con la disposición a reconsiderarla no como problema sino como verdadera oportunidad para expandir la conciencia; como catalizadoras de la transformación de adentro hacia afuera. Por momentos desde luego ante las crisis vamos a oír en nuestro interior la correspondiente voz del juez interior burócrata y apático, o de la proyectista lacaya, del judicial primitivo y arbitrario; o del indefenso ciudadano que como los animalitos de Seligman se mueren de depresión con la creencia de ser víctimas indefensas ante los toques arbitrarios de la vida… Sin embargo, también de pronto tenemos la opción de finalmente dejarnos tocar y transportar por el testimonio heroico de gente como Toño y sus compañeros de viaje, gentes como Roberto Hernández el joven y brillante cineasta de la citada película que sigue heroicamente de pie a pesar de haber recibido amenazas de muerte presuntamente instigada por la burocracia judicial que se sintió expuesta y humillada por el testimonio de presunto culpable. Toño y Roberto nos dicen a pesar de todo ¡si hay salida!; vale la pena intentar, participar, conectarnos unos con otros y entonces tal vez estas primeras décadas del milenio se conviertan en una verdadera oportunidad no porque nos vaya a llegar un tsunami, sino porque podremos comenzar a despertar del letargo del “no se puede”

[i] Seligman, M. E. P. (1975). Helplessness: On Depression, Development, and Death. San Francisco: W. H. Freeman.

[ii] Prigogine, Ilya, Nicolis, Gregoire, and Babloyants, Agnes. (1972). “Thermodynamics of Evolution,” (part I). Physics Today (pgs. 23-28), Vol. 25, November.y (part II). Physics Today (pgs. 38-44),Vol. 25, December.

[iii] Hubbard Marx, B. The Revelation: Our Crisis is a Birth (The Book of Co-Creation). Ver también la película documental de la misma autora: Ascending Humanity.

[iv] Calhoun LG, Tedeschi RG (1998), Posttraumatic growth: future directions. En: Posttraumatic Growth: Positive Changes in the Aftermath of Crisis, Tedeschi R. G, Park CL, Calhoun LG, eds. Mahwah, N.J.: Lawrence Erlbaum Associates Publishers, pags. 215-238.

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