¿Quieres escuchar?: sacúdete el ego

Querida Elena: te escribo esta carta después de enterarme de este intento fallido de diálogo familiar. Hace un año surgió un conflicto profundamente doloroso para ti, tu hijo y tu nuera. Se distanciaron de tal manera que durante todo este tiempo no viste a tu querido nieto y ni siquiera pudiste asistir a su cumpleaños. Fue un año donde experimentaste una profunda soledad y abandono de ese hijo a quien tanto has amado. Te sentiste verdaderamente lastimada y excluida de su vida. Después de este receso forzado en la relación, hiciste acopio de valor y lograste convocar a tu hijo para intentar una charla amistosa, un acercamiento. Lo invitaste a tu casa para tomarse un café y platicar. Preparaste con esmero esas galletas que sabes a él le encantan y a las cinco en punto todo estaba dispuesto en la terraza para recibirlo.

De pronto sentados frente a frente, tu hijo se prepara para hablar; observas como toma aire con mucha dificultad para tratar de contestar a tu pregunta. ¿Porque te has distanciado tanto? Comienza entonces a referirse a aquella ocasión cuando en el clímax de un intercambio áspero –después de haberte enterado que se había dado de baja de la universidad para dedicarse de tiempo completo al rancho– él recuerda haberte escuchado decir en frente de sus hermanas: ¡eres una decepción y un bueno para nada! así nomás vas a parar en un mantenido de tu mujer como el tío Felipe…

¡Yo jamás dije eso, eso es una mentira, un invento tuyo que no sé de donde sacaste! –te aprestaste a contestar inmediatamente antes de que el joven terminara de articular la última frase.

Querida Elena: Tal vez esas no fueron las palabras exactas que pronunciaste, o tal vez sí. Tal vez la frase que él refiere que tú dijiste, está toda distorsionada… Sin embargo, él finalmente sólo te reporta lo que alcanza a recordar, a reconstruir en su memoria. Independientemente de la fidelidad de sus recuerdos, lo importante y lo grave del asunto es que tú como mamá, como persona a su vez lastimada por su reclamo: ya no pudiste silenciar tu propia mente; no lograste mantener toda tu atención escuchando la experiencia de tu hijo, tal como él la recuerda. Te sentiste amenazada, te sentiste atacada y comenzaste a ocupar tu energía desesperadamente en rebatir, en corregir, en defender tu perspectiva y la veracidad de tus propios recuerdos. Dejaste de escuchar. En algún lugar aprendiste que la realidad es sólo una y en este caso la que tu hijo refería no podía ser la verdadera realidad porque no coincidía con la que de manera absolutamente honesta, tú tenías registrada en tu memoria como la verdadera realidad.  Si la tuya era la verdad, la de él tenía que ser mentira. El problema no reside tanto que entre tú y tu hijo, existieran versiones diferentes respecto a “cómo sucedieron las cosas”; el problema no es que cada ser humano recuerde y amplifique de manera selectiva unos detalles de su percepción a costa de otros. A lo mejor el recuerdo en tu memoria es más exacto que el que tu hijo guardó en la suya y según criterios de exactitud lo de él efectivamente podría calificar como mentira, distorsión, invento… ¡pero eso es irrelevante si de verdad quieres construir un diálogo!

No tiene la menor importancia quien gana en el concurso de la “verdad” cuando aspiras a conectarte verdaderamente con el otro y a hacer de este encuentro una verdadera oportunidad de sanación. Lo único lamentable en aquel fallido intento de conexión, fue tu indisposición, tu incapacidad para asomarte aunque fuese provisionalmente a escuchar, ver, sentir… con apertura una película diferente a la tuya; una película que ni siquiera tendrías que declarar como “la verdadera realidad”.

Para conectarte con tu hijo sólo necesitabas haberte asomado a su versión e imaginar su experiencia desde la perspectiva de su percepción: desde su recuerdo, desde su narración, desde su propio dolor… y poderla reconocer y validar como “su versión”, sólo como eso. Recuerda: escuchar no significa estar de acuerdo; sólo significa que puedes silenciar tu mente y desnudarte de tu propia versión para asomarte a la de tu prójimo.

En ese momento la posibilidad de un acercamiento con tu hijo estaba tan cercana y a la vez tan dolorosamente lejana. Tu atención estaba puesta en tu propia película y te urgía aclarar que así no fueron las cosas. Era como si de pronto en plena carretera al ir conduciendo se te atravesara una vaca gigantesca y todo el campo visual del parabrisas de tu auto fuese invadido con piel de vaca, con cuernos de vaca con cola de vaca con ojos de vaca…. nada de carretera, sólo imágenes de vaca en el campo visual del conductor. Querida Elena ya no pudiste ver en ese momento la carretera, ya no pudiste seguir asomándote al relato de tu hijo. Creías estar escuchando su narración pero en realidad comenzaste a escuchar tus propias voces. Se te atravesó tu propia vaca, tu propia historia, tus propios recuerdos de injusticias y ofensas pasadas, tus heridas, tus hábitos, tus razones, tu perspectiva, tu manía de corregir, de defenderte –como una cuestión de dignidad, de honor… En realidad tú no atropellaste a la vaca, la vaca te atropelló a ti y por un momento irrumpió en tu conciencia… Parecía tan fácil mantener tu atención en la experiencia de tu hijo, en su relato… y sin embargo, ya frente a él, te resultó tan difícil ponerle pausa a las imágenes de esa “vaca del ego” que se cruza de repente y representa no solamente tu versión de los hechos sino también tus heridas, tus resentimientos… Esa vaca atravesada en tu parabrisas te impide concentrarte en la historia del otro, por lo menos mientras termina su relato. En ese momento cuando tu hijo evoca un recuerdo que no coincide con tu memoria, claro que tú también te sientes lastimada, injustamente malinterpretada por él… Y desde ese lugar de dolor, repentinamente todo tu cuerpo cambia de canal, de modo de operar: del color verde de la apertura te deslizas al color rojo de la amenaza. Tu cuerpo todo se pone a la defensiva. El sentirte atacada, malinterpretada… te lleva a ti misma a atacar y de pronto te imposibilita el conectarte con tu sistema biológico “verde” de la compasión y la empatía –ese tejido de neuronas espejo cuya función no es hacer entrar en razón al prójimo, cambiarlo, corregirlo… sino sólo imaginarlo, entenderlo, desde su película–. Responder con compasión, con empatía es algo aparentemente tan fácil que hasta un niño de cinco años lo puede hacer. Pareciera tan sencillo el haber podido responder así:

–Me imagino hijo: ese día que me escuchaste decir: “así por ese camino vas a terminar de mantenido como tu tío Felipe…”  Oír eso, me imagino, te lastimó mucho; te sentiste muy dolido conmigo; atacado, reprobado. Es algo difícil de olvidar ¿verdad?

Sí, pareciera tan fácil y, sin embargo, resulta tan difícil responder ante el relato del otro, no con tus opiniones sino con tu ínsula anterior; con esa estructura neuronal donde se asienta la empatía y la compasión; con esa red especializadas en imaginar la experiencia del otro, en recrear lo que siente, tal como lo siente no tal como lo “debería” de sentir…

Estimada Elena, después de un año de no verse, la vida te colocó, una vez más, frente a tu hijo y en seguida del saludo cordial y de un breve espacio de plática civilizada, ante tu pregunta directa con cierto olor a reclamo de ¿por qué te has retirado? él aborda abruptamente el tema de su resentimiento, expresado también en forma de reclamo… ¡Pácatelas! entonces tú respondes con otro abrupto acto de corrección: yo jamás te dije eso… En ese momento se termina de colapsar el frágil el puente de conexión que tímidamente amenazaba con acercarlos.

Hoy tal vez hayas aprendido –o tal vez no– que un reclamo puede ser una maravillosa oportunidad envuelta en espinas. Usualmente las personas que sólo ven la envoltura agresiva del reclamo responden a la defensiva ante las espinas –tal como él lo hizo contigo y tú con él–.

No te tienes que regañar por haber lanzado tú el primer reclamo y luego por haberte defendido cuando él te reviró… Es entendible, cuando te sientes atacada, malinterpretada o injustamente tratada… simplemente desconectas tu sistema biológico de la empatía y conectas la contraparte: tu modo de alerta; cambias del modo verde, de apertura y conexión, al modo rojo de alerta al peligro… y desde ahí contestas con esa parte de tu ego que reacciona a la defensiva; que quiere corregir al otro antes de terminar de entenderlo. No eres el primero ni serás el último ser humano que lo hace…

Sin embargo, hay un resquicio casi invisible, una hendidura por donde, a pesar de la fea envoltura del reclamo, se llega a filtrar una posibilidad esperanzadora. La persona impugnada por el reclamo, de pronto, cuando es iluminada por su conciencia, es capaz de mantenerse en modo verde, romper el círculo de la violencia verbal y simplemente deslizar una respuesta impregnada de compasión. En un momento de claridad apaga su ego y prenden sus neuronas espejo para avizorar un sentimiento detrás de un reclamo, de una ofensa, de un juicio infundado, de un: a ti eso te vale madre; el siempre fue tu preferido; yo te importo un bledo… ¡Sí! detrás de un reclamo se alcanza a asomar un sentimiento de dolor, una herida… que anhela secretamente ser entendida, ser pescada al vuelo por tu radar “de color verde”.

Hay quien logra heroicamente mantener prendido su radar, sus neuronas espejo… y reconoce la existencia esa capa de dolor profunda, detrás de la agresión y el tono de reclamo… y puede, entonces lanzar una respuesta inédita, inesperada: validar sentimientos de vulnerabilidad escondidos debajo de las espinas, de las palabras duras y ásperas, de las apreciaciones distorsionadas… Ahí justamente comienza a surgir la conexión: al reconocer el dolor del otro y honrarlo a través de un sencillo y poderoso: Me imagino que ese día… te sentiste muy dolido conmigo.

Querida Elena: ahí estaba, asomándose el dolor de tu hijo expresado de la única manera que pudo hacerlo: en forma de reclamo. Ahí estaba asimismo el riesgo inminente de convertir ese intercambio en un mayor distanciamiento y resentimiento… Pero también ahí estaba la oportunidad de convertir una crisis en oportunidad; de resonar con su sentimiento profundo –no sólo con su forma agresiva y reclamona–. Ahí estaba la ocasión de escuchar, de validar esa vieja experiencia de dolor, de resentimiento en tu hijo e impregnarla de aceptación con un simple me imagino –que de momento no llegó.

Ahí frente a tus narices estaba la oportunidad de concentrarte en escuchar, sin distraerte en intentar corregir una “forma incorrecta y mentirosa”. Las condiciones estaban dadas, agazapadas detrás del reclamo, sólo necesitabas escuchar su dolor, para empezar a andar el camino de la conexión y comenzar a sanar esa su vieja herida… que después te permitiría también a ti compartir y sanar la tuya propia.

Ayer dejaste pasar la ocasión, porque tu propio dolor incrustado en tu ego te atropelló, te secuestró y rompió el silencio de tu mente –ese silencio tan necesario para escuchar verdaderamente–. Sin embargo, seguramente mañana la vida que es generosa, te dará una segunda y una tercera oportunidad para, con tu mente calladita, puedas evitar las vacas del ego que cruzan por tu camino y lograr sintonizarte con tu hijo; con su dolor, sus resentimientos, sus éxitos…

Mañana sí mantienes prendidas tus neuronas espejo y te concentras por unos minutos sólo en imaginar la película de tu hijo en lugar de contestar con tu típico: ¡no es cierto yo nunca dije eso!… te sorprenderás de ese efecto reparador, discreto y a la vez impactante, en la cara de tu hijo cuando le regales ese acto de escucha que quizás logre pronunciar tu boca:

Me imagino hijo: ese día que me escuchaste decir: “así por ese camino vas a terminar de mantenido como tu tío Felipe…  Oír eso, me imagino, te lastimó mucho; te sentiste muy dolido conmigo; atacado, reprobado. Es algo difícil de olvidar ¿verdad…?

 

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