Sacar pa’ fuera

Los estudiosos de los fenómenos meteorológicos, así como los especuladores de la interconexión entre los diferentes niveles de organización de la materia en el universo, se refieren al efecto mariposa para ilustrar la posibilidad de grandes cambios y transformaciones con el sólo aleteo de una mariposa cuya ocurrencia en el momento y lugar preciso puede llegar a convertirse en un huracán a miles de kilómetros de distancia. En las relaciones humanas, el aleteo de la mariposa es como el primer eslabón en la cadena de intercambios en la vida de una familia, una pareja, de un estudiante con su compañero o con su maestro. Un cambio en ese primer eslabón pudiese tener un impacto importante o pudiese también no hacer absolutamente ninguna diferencia en el proceso de dicha relación.

Lo que no se habla con la boca se actúa con la conducta, es un viejo principio de la psicodinámica (la versión psicológica de la termodinámica clásica que sostiene que la energía no se destruye sólo se transforma). ¿Qué va a pasar con ese sentimiento silenciado, es decir, con esa energía que hoy callé con mi boca? ¿Cómo el día de mañana o pasado mañana esa pequeña o gran molestia guardada en el cajón de la prudencia, la buena educación, o el miedo al conflicto se va a manifestar a través de una inocente broma o un comentario sarcástico convertidos a su vez en uno de los eslabones que dan forma a la cadena del trágico deterioro de una relación? Dicen algunos teóricos de la física cuántica que existen múltiples realidades algo así como dimensiones paralelas.

Cuando te comienzas a sentir afectivamente distanciado de esa persona a quien amas, pregúntate cuantas cosas te has callado pues es casi inevitable que, en la alquimia de los sentimientos, el transcurrir del tiempo transforme todo lo callado en lejanía del corazón.

La historia de Don Fidel: Profesor mayor de edad, un personaje muy respetado y querido por toda la comunidad; un hombre de presencia transparente y cálida cuya mayor riqueza es tener un par de hijos excelentes y una vida generosa llena de amigos y alumnos que lo aprecian. La joven conductora del programa de televisión lo entrevista.

–Profesor Fidel, Ud. es un hombre muy querido en esta comunidad desde que llego ¿a qué edad?

–Tenía veintitrés años y vine a estrenarme como maestro de primaria con la intención de quedarme un par de años para luego emigrar a otro lugar más grande donde pudiese seguir estudiando algún posgrado.

–Y ¿qué paso?

–Pues ya ve señorita aquí me enamoré, primero de una mujer y luego de todo el pueble y me quedé.

–Oiga don Fidel ¿me imagino que Ud. siendo un hombre tan bueno y querido por todos debió haber tenido una gran madre que lo nutrió emocionalmente para llegar a ser quien es

–Mire señorita –se enderezo ligeramente de la silla–yo a mi edad ya no tengo que andar cuidando las apariencias y fingiendo historias que no son mías. La verdad es que a mi madre yo la odiaba, la odiaba profundamente cuando era un niño.

–Es difícil de imaginar a alguien como usted odiando a su madre.

–He odiado a muchas personas pero sólo por ratitos.

–A su mamá la odio por ratitos?

–La verdad es que a ella es a quien más tiempo en mi vida he odiado

–Y qué hizo con ese odio.

–Lo guardé y lo guardé por mucho tiempo. Mire, de pequeño yo ante el menor motivo era golpeado por mi madre; nunca me dejaba salir a jugar como a cualquier niño normal del pueblo. Alguna vez, estando ella alcoholizada, lo recuerdo tan claramente, la escuche decir que me odiaba porque le vine a desgraciar la vida. Un par de años me quedé a vivir con mi abuela pero al morir ésta regrese a vivir con mi madre.

–Pero ¿qué hizo Ud. con tanto resentimiento?

–Pues un buen día, tendría yo once o doce años sen-tía que algo en mi pecho me quemaba; ya no podía aguantar más y le dije a mi madre que quería hablar con ella… Todavía me acuerdo de aquel solar atrás de nuestra casita con piso de tierra y teja de barro; yo sentado en una piedra y ella en otra –Fidel toma aire con dificultad y se vuelve a reacomodar en su silla–. Ella al principio me dijo toda enfadada ¿Pos de que quieres que hablemos? Yo creo me vio tan serio con mi insistencia que al fin de mala gana se sentó y me dijo A ver pues ¿qué tanto argüende te trais? Pos nomas te quiero pedir que no me interrumpas hasta que terminemos lo que te voy a decir. ¡Ya pues no seas tan misterioso, desembucha lo que trais! –me contestó mi mamá. No me vas a interrumpir entonces –le pregunte–. Ya te dije que no ¿a ver ¿qué me quieres decir?

Y entonces comencé a soltarle de seguidito todo mi rollo, no sé si fueron cinco o diez minutos yo sentí como si hubiesen sido horas enteras y cuando terminé ella como que se quiso defender me dijo que yo también era muy tremendo, desobediente y algunas cosas más. Yo la escuche un ratito con la respiración agitada y los ojos húmedos, conteniendo las ganas de llorar. Finalmente se quedó callada, como pensativa yo estaba con los ojos rojos aguantándome de no llorar… luego me paré y me fui.

–Y se acuerda exactamente qué fue lo que le dijo a su mamá ese día ahí sentado en esa piedra.

–Claro que me acuerdo, le dije: Mamá yo pienso que tú me odias y te quiero decir que yo también te odio porque me tratas muy mal, cada rato me pegas. Todos los niños de mi edad salen a jugar, tú nunca me dejas y cuando me escapo me agarras a patadas como si fuera un animal, por eso te odio… Yo no sé cuantas cosas más le dije pero sentía una gran necesidad de soltarlo todo. Cuando terminé, sólo añadí: ya mamá, ya acabe de decirte todo lo que quería. Mi mamá se quedó callada por un momento en silencio, me imagino que no encontraba ni que contestarme, que no se esperaba oírme hablar así. En esa ocasión ni me golpeó ni me dijo groserías como acostumbraba, ni siquiera me dijo que yo era un malagradecido como solía hacerlo… bueno en realidad, ahora que me acuerdo, sí me dijo que era malagradecido pero nomás una sola vez, como balbuceando y luego guardó silencio, ya no supo que más agregar. Recuerdo bien que cuando me puse de pie sentía mi pecho más ligerito, como un orgullo; como si hubiese echado pa fuera toda el agua podrida y estancada que traía adentro. En ese momento yo no supe ni porque hice lo que hice. Ahora cuando lo veo a la distancia sé que fue una especie de sabiduría interior que me aconsejó “saca todo si no te vas a envenenar”.

–Me imagino que ese fue como un momento de dignidad para Ud.

–Exactamente esa es la palabra; me sentí digno y ahora sé que mi madre con todos sus defectos ese día hizo algo maravilloso por mí, sin saberlo me dio un regalo cuando se quedó callada y me dejo terminar.

–¿Y qué pasó con esa relación?

–Fíjese señorita que fue mejorando poco a poco casi sin darme cuenta fue mejorando: Mi mamá cada vez me pegaba menos y yo creo que también comencé a provocarla menos con mis travesuras. Con el tiempo, siento que la fui perdonando y la llegué a querer. Cuando nació mi hijo, de hecho, ella fue la abuela más cariñosa que se pueda usted imaginar.

–Es curioso ¿no le parece? Cómo un niño de once años tuvo la sabiduría de hablar y sacar el resentimiento.

–Era un niño ignorante que cuando me fui a la capital mal hablaba el español y la primera vez que me invitaron a comer a una mesa agarré la cuchara para comerme el espagueti.

–Tal vez no sabía usar los cubiertos pero había una sabiduría natural que lo hizo hablar para no envenenarse ¿no le parece?

–En ese momento me sentía apenado de no saber usar los cubiertos pero ahora sé que a ese niño le llegó un soplo de sabiduría para sacar de adentro todo el cochinero y comenzar a sanarse… y ¿sabe una cosa? Hace diez años murió mi hermano menor yo sé que se enfermó de cáncer, por callado. Él nunca le pudo decir nada a mi mamá, se guardó todito lo que sentía; cuando creció no la podía ver ni en pintura, nunca la visitó.

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