Transformación y Crisis

Los virus al igual que las bacterias, responsables de una gran cantidad de padecimientos, son organismos pequeñísimos de una gran sencillez comparados con el cuerpo humano. Cuando un cuerpo infectado de alguna bacteria recibe una dosis de antibióticos, los microbios invasores comienzan a morir de manera masiva y con frecuencia son exterminados totalmente. Sin embargo en algunas ocasiones, unos pocos de esos pequeños y escurridizos micro-sujetos de manera misteriosa sobreviven al ataque y enfrentan un proceso de “evolución filogenética acelerada” a través de mutaciones y recomposiciones genéticas.

Según los antropólogos físicos, el ser humano ha tenido que pasar por periodos prolongados –de cientos de miles de años– para llevar a cabo transformaciones filogenéticas, es decir, para sufrir algunos cambios en las nuevas generaciones que aunque pequeños, sean visibles. Sin embargo, en el caso de los microbios sobrevivientes después de un “bombardeo de antibióticos” de cualquier tipo, de pronto, se observa un cambio espectacular; son capaces de evolucionar a pasos agigantados y de modificar su misma estructura genética en un lapso sorprendentemente corto. A partir de un momento crítico instantáneo pueden dar a luz a una nueva generación de organismos con una estructura que nunca jamás había existido; una nueva “raza” que en el futuro, ante un nuevo ataque de antibióticos equivalente, tendrá la capacidad genéticamente adquirida de sobrevivir campantemente. Existen algunas cepas de dichos microorganismos que para ser liquidados necesitan dosis de diez, cien, o hasta mil veces mayores que las requeridas originalmente. Existen incluso cepas que han evolucionado al grado de ser ya totalmente “inmunes a las bombas de dicho antibiótico, no importa la dosis que les sean aplicadas.

A inicios del siglo veinte un filósofo francés Henry Bergson se refería al elain vital, una especie de impulso ascendente y natural de la vida, que ante los obstáculos impuestos por el mundo de la materia inerte, crea variación y nuevas formas. El científico belga, Ilya Prigogine, ganador del premio Nobel en 1977, inspirado en Bergson, desarrolla su teoría: “Las Estructuras Disipativas” donde explica fenómenos que la termodinámica clásica –también llamada de estados reversibles– no podía abordar. Según el paradigma clásico de la termodinámica de procesos lineales y reversibles, cualquier cambio en una de sus tres variables tradicionales –volumen, calor o presión– tiene el potencial de afectar de manera regular, reversible y predecible a sus “dos hermanas”, o por lo menos a una de ellas si la otra permanece constante. Un concepto central en la termodinámica clásica es el de entropía, proceso, mediante el cual con el simple transcurrir del tiempo, los sistemas sufren una pérdida gradual de energía que los lleva eventualmente a su descomposición, desorden, deterioro… Este principio de entropía, por otro lado, desaparece temporalmente durante el proceso de crecimiento de los organismos. Más bien parece darse un proceso paralelo y a la vez opuesto. Por una parte el organismo se deteriora y por el otro, se mueve en dirección del crecimiento y de mayor orden y complejidad. En otras palabras pareciera que el tiempo puede cumplir con dos funciones opuestas dependiendo del modelo de estudio. En la termodinámica clásica el tiempo es “el espacio” durante el cual ocurre la entropía o deterioro; Con el transcurso del tiempo los sistemas pierden energía y terminan en descomposición y “muerte”. Se requiere tiempo para que un vaso de leche o un trozo de carne se descompongan, para que un ser humano, un perro, una hormiga envejezcan y mueran. Este paradigma de la termodinámica clásica, también llamado de efectos constantes o lineales es perfectamente aplicable sólo en el reducido rango de los llamados sistemas en equilibrio uniforme.

En el nuevo paradigma de las estructuras disipativas, sin embargo, el tiempo puede también fungir como la plataforma donde los procesos de pronto no son irreversibles ni lineales. Si utilizamos metafóricamente el ejemplo ya mencionado sobre la interacción entre volumen, temperatura y presión, es como si al aumentar la presión, más allá de un cierto nivel, ya no afectase en la misma proporción el volumen o aún más, después de cierto punto la materia se transforma en una nueva estructura molecular que ya no puede simplemente regresar a estados previos. El agua puede pasar del estado sólido al líquido y luego al gaseoso con solo operar cambios de temperatura en condiciones de volumen constante. Sin embargo también se han documentado con cambios de temperatura extremos, la aparición repentina –no gradual ni lineal– de estructuras sorprendentes en forma de cristales, como los observados al interior de los copos de nieve.

El tiempo, como variable, en los procesos estudiados por Prigogine es el espacio potencial donde los organismos sufren cambios repentinos que los van transformando en sistemas cada vez más complejos, evolucionados e inteligentes. Ahora bien ¿De qué depende que el tiempo sea un factor de deterioro o un factor de evolución y crecimiento?

Una de las preguntas más fascinantes para los paleontólogos, antropólogos y astrofísicos –estudiosos de las huellas dejadas por la historia de la evolución– sugiere que el proceso de la vida comenzó en las estrellas que circulan por el cosmos. Cien billones de ellas habitan en cada una de los cien billones de galaxias calculadas en el universo “cercano”. Cada estrella funge como un horno nuclear formado inicialmente de átomos de hidrogeno –los más simples de todos; compuestos solamente de un protón, un electrón y un neutrón–. Al calor extremo de cada estrella-horno-nuclear se fusionan dos átomos de hidrógeno para dar lugar a un átomo de helio que al fusionarse a su vez con otro átomo de hidrógeno conforman ahora el litio que al fusionarse con otro átomo de hidrógeno se transforma en un nuevo átomo: el boro y así sucesivamente hasta completar los más de cien elementos de la tabla periódica que conforman toda la materia prima orgánica e inorgánica del universo. Nuestro sol ha estado horneando elementos por cinco billones de años lo que a su vez ha permitido la creación de planetas y similares con algo más que hidrógeno, donde eventualmente, como en el caso de la tierra, las combinaciones de átomos especialmente de carbono, hidrógeno y oxígeno comenzaron ya no a fusionarse sino a combinarse en temperaturas moderadas, para formar moléculas cada vez más elaboradas aunque aún primitivas como los aminoácidos y proteínas que fueron a su vez dando paso –a través de “crisis ambientales” en forma de variados cambios climáticos– a transformaciones en su organización hacia formas cada vez más y más complejas. Hace más de tres mil millones de años la tierra estaba poblada sólo por organismos unicelulares que habitaban los grandes océanos de la tierra. En plena crisis de extinción se conectan dichas células independientes y autónomas para formar los primeros organismos pluricelulares. Surgen así versiones primitivas de vegetales y protozoarios para después dar lugar a formas animales más y más sofisticadas hasta llegar a los mamíferos antropoides que finalmente dan origen al ser humano con un sistema nervioso de gran complejidad y una conciencia de su propia existencia totalmente inédita.

En el cierre del capítulo anterior esbozamos la pregunta central de esta obra: ¿De qué depende que una especie o un organismo muera o crezca; se deteriore o evolucione? ¿De qué depende que ante una situación crítica la persona utilice el tiempo cronológico para emerger o para marchitarse? ¿Qué determina que el ser humano se mueva en dirección al crecimiento y la evolución o inicie su destrucción de manera acelerada? La pregunta aunque compleja merece una postura: Es nuestra creencia que en todas las crisis humanas: intentos de suicidio, abandonos, rupturas, experiencias de violencia… la persona tiene ante sí la posibilidad de dar un salto cuántico como lo han documentado Calhoum y Tedeschi (1999) con sus estudios sobre “el síndrome de crecimiento postraumático”[1].

Desafortunadamente los más cercanos a la persona en crisis, incluidos los padres en su función de protectores, fungen como amortiguador para hacer algo que desde una perspectiva resulta absolutamente razonable y amoroso; pero desde la perspectiva de los procesos de evolución tiene efectos contraproducentes y mantiene al “paciente” en el deterioro del no crecimiento y a la relación atorada en el espacio del problema[2]. El argumento parece ser: si quiero a alguien voy a tratar de evitar que la persona en crisis se suicide, sufra, entre a la cárcel… Sin embargo –he aquí lo paradójico– al evitarles el riesgo del sufrimiento también en la misma medida desaprovecho la oportunidad inherente a la crisis y la maravillosa posibilidad de dar el brinco, o por lo menos a intentarlo con dignidad.

En una crisis conectarse con el otro y comprender su experiencia no significa cargar con sus problemas. Las mujeres que asisten a los grupos de Alanon –filial de alcohólicos anónimos– conocen, por ejemplo, el significado de dar un brinco en su conciencia para trascender el papel de ser las eternas encargadas de rescatar a su adicto. Poco a poco se mueven a la posición de entender profundamente al otro y al mismo tiempo respetar y honrar sus propios límites.

En la casa de la familia Acosta, un buen día la madre Amelia recibe una llamada. Le avisan que sus hijos han sido detenidos por enésima ocasión por beber alcohol en la vía pública. Amelia cariñosamente después de escucharlos con toda empatía les pide a sus hijos que ahora la escuchen a ella. Les informa tranquilamente que tal como habían acordado en la última plática, en esta ocasión y en las subsecuentes aceptará con entereza las consecuencias de los actos de sus hijos. Esa noche los niños duermen en la cárcel y la mamá se queda enfrentando y observando su dolor –en forma de una opresión fría en el pecho– sin acudir a la salida fácil y conocida de ir a sacarlos para momentánea y artificialmente dejar de sufrir.

Juanita Pérez es informada que su esposo está tirado a dos cuadras todo vomitado y borracho. Juanita escucha con ansiedad a su agitada vecina encargada de traer las noticias del barrio. Sin embargo en esta ocasión, después de agradecer la información, por primera vez en su vida, es capaz de permanecer en su casa solita a saborear su modesta cena –una taza de chocolate y una pieza de pan dulce– mientras el marido en cuestión es transportado a los separos de la policía por ensuciar y obstruir la vía pública.

Para ambas mujeres, Juanita y Amelia, es notable la nueva respuesta que, como esposas y madres, son capa­ces de dar por primera vez en sus vidas: Están dispuestas a ya no cargar más la responsabilidad de las conductas de sus prójimos a pesar de quererlos profundamente. Juanita, justo en el momento de la crisis cuando es informada del estado deplorable de su marido, puede encontrar, escondido en su conciencia, un lugar de libertad interior donde soy yo quien decide y no el mundo exterior. Puede optar justo entonces por la evolución de su conciencia y comenzar a voltear hacia adentro de sí misma con aceptación de sus limitaciones y también desde luego en su momento puede escuchar, entender y aceptar al otro; y construir con él una poderosa experiencia de conexión. Puede, en otras palabras, por primera vez observar, sin subirse al tren de su mente, sin juzgar, criticar o desaprobar; Ahora experimenta esa vieja frase “puedo ver mis pensamientos sin subirme a ellos. Por fin es libre de escuchar sin cargar; por fin ha entendido que entender no es aprobar.

Por primera vez en un acto de reconciliación con el proceso evolutivo Juanita está dispuesta a recordarse a sí misma –no necesita decírselo a su pareja– justamente cuando se queda en su casa y se abstiene de ir a rescatar a su maltrecho y vomitado esposo: yo construyo realidades en función de dónde pongo mi atención; si yo pongo mi atención en lo que él mi hizo, construyo la realidad –absolutamente verdadera para mí– de ser una víctima consumada.

Juanita ve con más claridad esa vieja danza mental interminable que ambos han bailado desde siempre; ese paseo por el teatro de su mente donde pequeños egos creados por ambos, intercambian su entrada en el escenario. Ahora sabe que, al igual que su pareja o su hijo, a ella le pertenece la decisión microscópica de ir o no: por el camino de la inconsciencia, por esa vieja inercia, por ese hábito de repetir hasta el cansancio la misma histo­ria inventada que da forma inadvertidamente a estados de ánimo y ventanas a través de las cuales se ve a sí misma como la víctima, como la culpa­ble, como la complaciente, como la niña herida, la recha­zada…

Lo había oído mencionar, lo había leído, como un concepto interesante, pero ahora lo estaba tocando de cerca, lo estaba asimilando con su corazón, con su experiencia… Ahora en­tendía el significado vivo de ser ella quien elige dónde poner su atención; es decir de continuar o no eterna­mente con esa vieja rutina de alimentar de amargura su experiencia y seguir brincando como robot por los mismos pasajes, grabaciones, historias y ventanas de la percepción donde primero se siente angustiada cuando el marido no llega, luego cuando aparece siente ali­vio y hasta gusto de poder proceder a rescatarlo de la calle para pasar de inmediato a ser la vieja regañona y reclamona. Posteriormente procede a hacerse la víctima y finalmente se siente culpable de haberle hablado feo al pobre hombre. Cada cuatro o cinco semanas se reinicia el baile de los viejitos con los mismos brincos, la misma música y los mismos pasos… Hasta ahora lo puede ver con claridad.

Desde el lugar más profundo de su conciencia, Juanita, al avanzar en su propia evolución, comienza a aceptar que no es dueña de la voluntad del otro y que, en todo caso, su verdadera trampa está en “haber comprado el boleto” y subirse al tren de creerse responsable de que su hijo o esposo –adultos ambos– sufran, mueran o vivan. Ahora reconoce que cuando responde desde “el ego de la culpa” funciona sin querer como un sofocador-evasor que sabotea el aprovechamiento del recurso promotor de evolución humana llamado crisis.

En los casos más extremos y asfixiantes de conflictos interpersonales están las amenazas extremas –me voy a morir, a drogar, a enfermar, a ir para siempre– y entonces los seres queridos quedan atrapados en el círculo vicioso de la culpa y de ese “hoyo negro psicológico” conocido como el espacio el problema.

El rescatador en turno, alimentado por el remordimiento, desperdiciará las crisis. En lugar de escuchar experiencialmente y utilizar la ocasión como trampolín para dar un brinco en su evolución caerá en la trampa ancestral de la involución y la entropía al poner toda su atención en redimir una y otra vez al otro. Probablemente termine hundiéndose con él o en el mejor de los casos malgastando toda su energía vital y creatividad en hacer por el otro lo que él no ha podido –o querido– hacer por sí mismo.

Se dan entonces dos desperdicios: el de “la víctima” que insiste en culpar al mundo y se resiste a entrar a su propio proceso (de autoexploración, de auto observación de revisión terapéutica, de autovaloración, de transformación e independencia…) y el del “salvador” que por estar tan ocupado intentando cambiar al otro ha dejado de ocuparse de sí mismo, de ser innovador y creativo en su trabajo, de crecer y de ejercer su vocación.

Una pregunta básica de Juanita y Amelia –ambas en proceso de transformación– es la siguiente: ¿Tengo derecho a aferrarme a mi papel de rescatador movido por el afán de calmar mi propia ansiedad y culpa?; ¿Tengo derecho a obsesionarme por cambiar al otro engañándome que es por su propio bien y hacerme cómplice inconsciente de mantener un estado de equilibrio desequilibrado? ¿O puedo aceptar que dicha persona es responsable de, y tiene derecho a, decidir en un momento de su vida por la entropía o por la evolución?

Al final Juanita o Amelia no pueden salvar al otro. Si insisten en usurpar responsabilidad ajena y hacer lo que al otro le corresponde, terminan quitándole su dignidad de intentar al menos[3] enfrentar su propia vida. Por querer salvar al otro, los rescatadores  se pierden a sí mismos. Una conciencia evolucionada aprende a confiar en las bondades potenciales de la crisis y acepta que detrás del desorden aparente del caos subyace un delicioso orden y una esperanza de evolución en proceso de cocinarse. Puede asimismo escuchar el dolor de una crisis con compasión y sin la obsesión de controlarla, cargarla, evadirla, minimizarla o resolverla.

El dolor de una crisis ciertamente trae consigo –lo sostiene Prigogine, ilustre premio Nobel de Química– la posibilidad de la entropía y el deterioro del sistema, pero también lleva consigo la estimulación potencial al proceso de evolución que por millones de años se lleva a cabo desde los primeros átomos de helio pasando por los aminoácidos hasta el sofisticado ser humano que cada día gracias a –y no a pesar de– sus fluctuaciones de información en forma de crisis y sentimientos fuertes sigue teniendo la posibilidad de crecer en conciencia de maneras sorprendentes.

Cada día la ciencia descubre nuevos efectos y sustancias. Cada cinco o diez años los laboratorios farmacéuticos encuentran una nueva droga capaz, “ahora sí”, de resolver el problema de la ansiedad, la depresión, los pensamientos obsesivos, irracionales… Aunque dichas substancias pueden ciertamente resolver un momento de crisis y regresar a la persona a un estado más funcional de manera provisional; su utilización por default como recurso permanente para mantener a las personas a flote implica renunciar a la activación del potencial de evolución inherente en cualquier organismo capaz de enfrentar o evocar una crisis a través de sus “momentos de sentimiento fuerte”. El acceso a una escena de sentimiento fuerte como un trampolín para la evolución personal suele desperdiciarse cuando la persona por medios farmacológicos ha aletargado su capacidad de conectar sus emociones.

En todo caso, como facilitadores del diálogo nos corresponde promover la máxima expansión de conciencia a través de explorar los sentimientos fuertes de las crisis con total libertad y seguridad psicológica. Sin embargo, paradójicamente más allá de escuchar experiencialmente y así facilitar la toma de conciencia es muy poco lo que podemos hacer sin caer en el juego “de nunca acabar” del primer orden. En este sentido, la filosofía del espacio protegido del diálogo está inspirada en la consigna atribuida a Marshall Rosemberg, pionero de la educación no violenta: Conéctate con el otro, conéctate contigo y Dios hace el resto.

Al final de uno de sus libros más conocidos, Del caos al orden, cuyo título habla por sí mismo, Prigogine establece que el caos es un tipo de orden, de orden inestable, de no equilibrio, que lleva a un sistema a estados de mayor orden y complejidad; a nuevas estructuras y a estados de mayor coherencia.

Las crisis pueden ser consideradas como estados de caos que representan la condición para el aprovechamiento óptimo del tiempo en el desarrollo y evolución de un organismo, es decir, para el surgimiento del nuevo orden, de una nueva estructura, de una nueva conciencia. El tiempo sin crisis, sin caos, sin fluctuaciones lleva a la entropía y al deterioro, La crisis sola, tampoco garantiza evolución, sin embargo el tiempo invertido en una crisis acompañada con apertura, disposición y conexión se convierte en la gran palanca para la evolución de la conciencia. Y el espacio de diálogo en familia es un espacio privilegiado para la evolución social de abajo hacia arriba.

La teoría de las estructuras disipativas trasciende el modelo lineal y establece que los organismos son “sistemas en sí mismos” y a la vez también forman parte de otros supra-sistemas. Cada sistema es eventualmente expuesto a fluctuaciones de energía de “subsistemas fluctuantes” de origen ambiental. Ocasionalmente, como cuando tiene lugar un bombardeo de antibióticos, se amplifican las fluctuaciones en el organismo de un microbio y entonces se desgaja la estructura previa.

Prigogine dedicado a estudiar los procesos irreversibles en química y biología que han llevado a la naturaleza a través de millones de años a evolucionar de lo simple a lo complejo, no puede predecir por adelantado, el resultado de una fluctuación (crisis, o bombardeo de información) pero si establece que existen dos alternativas posibles:

  1. Una estructura de dinámica caótica, en pleno proceso acelerado de entropía, es decir, de involución y deterioro.
  2. Una estructura auto-organizada de un orden superior, es decir una estructura más evolucionada y compleja.

Los orientales, siglos antes de la época de los premios Nobel y de la nueva termodinámica, entienden las crisis humanas con el mismo doble significado de Prigogine: riesgo y oportunidad. Las abuelas igualmente con su natural sabiduría cada vez que nos enfermábamos nos decían: lo que no te mata te fortalece mijo.

Así, ante cualquier crisis nos movemos en alguna de las dos direcciones: hacia la evolución o hacia la involución –no hay de otra–. Para las personas con vocación de crecimiento, la conciencia evoluciona a través de toda su vida –gracias a las benditas crisis– que se convierten en auténticas minas de diamante. Aunque el cuerpo como parte del ciclo vital envejece, la conciencia del ser humano es capaz de permanecer dispuesta a la evolución. Esta característica cualitativamente única en el ser humano ha inspirado a Ceja Gallardo (2000) para referirse al “hombre” como: “El cuarto reino de la naturaleza” por su potencial único de crecer en conciencia hasta el último momento de su vida. Pero también el mismo Ceja Gallardo se refiere al tiempo sin crecimiento cuando distingue al viejo sabio que a pesar de su deterioro físico, mantiene su conciencia en evolución; versus el “viejo involucionado” que con la edad simplemente ha acumulado más tiempo de ejercer la estupidez.

Las crisis de la vida son pues una condición más no una garantía para la evolución de las conciencias.

 

 

 

[1]Tedeschi RG (1999), Violence transformed: posttraumatic growth in survivors and their societies. Aggression and Violent Behavior 4(3):319-341

[2]Miguel Ángel Olguín se refiere al espacio del problema –en contraste con el espacio de la solución– como aquel intercambio en el cual sin darse cuenta las personas hacen todo, absolutamente todo para mantener el problema sin solucionar. Paul Watzlawick asimismo le llama a su versión de este fenómeno cambio de primer orden.

 

[3] Hay jóvenes que siguen viviendo con sus padres “a causa de “ciertos problemas psicológicos que los hacen incapaces de valerse por sí mismos”. Como los hijos no son normales los padres los involucran en su juego de tratarlos como niños con el argumento de: si cuidándolos hacen lo que hacen imagínese si no los cuidamos. Un día esos jóvenes al quedar huérfanos, andan rodando y viven sus últimos años lastimosamente a la deriva. Tal vez hubiesen preferido ser tratados con dignidad: escuchados, queridos y entendidos pero no cargados por sus padres. Hubiesen preferido morir con la dignidad de haber intentado heroicamente hacer su vida con todo y sus limitaciones que haber gastado sus vidas y la de los demás lastimosamente atrapados en el juego invisible: el parásito y su mamá de teta grande.

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