Un posible regalo de navidad

Arturo había aprendido desde niño a ser duro. A los seis años quedó huérfano de madre y se fue a vivir con una abuela bastante abrumada de tener que cuidar a un pequeño travieso y preguntón. Poco a poco se le fueron quitando esas dos características: dejó de ser travieso a los primeros golpes; dejó de preguntar después de tanto sentirse ignorado por la abuela. Finalmente aprendió a no llorar ni a sentir dolor cuando escuchó a su tío confrontarlo: ¿Te vas a quedar chillando toda la vida o quieres hacerte hombrecito? Aunque sentía tristeza, aprendió a esconderla tan bien que a veces se engañaba a sí mismo cuando decía para sus adentros: No estoy triste es que ando distraído. Así creció, así tuvo que sobrevivir y por eso cuando se casó y tuvo hijos, pues los quería a su manera; nunca dejo de ser un buen proveedor. Sus hijos siempre tuvieron casa, vestido, sustento y las mejores escuelas dentro de sus posibilidades, sin embargo, no sabía cómo conectarse con ellos.

–¿Cómo te fue?

–Bien.

–Ta bueno.

–Adiós.

Un día su hijo de ocho años se atrevió a ir un poco más lejos y preguntó:

–Oye pá ¿a qué edad me vas a dejar tener novia?

–Hasta que tengas 18 años

–Ni se te ocurra pensar en tarugadas antes de esa edad… y acábate tu sopa, no hagas ruido al sorber, baja los codos de la mesa…

Ese era el tipo de relación que Arturo alimentaba. Corregir era su único tema de conversación, era su única manera conocida de relacionarse. ¡Claro que papá quería a su hijo! pero no sabía conectarse con él pues estaba tan absorto corrigiéndolo. No se le ocurría que hubiese otras formas de contestar; No se le ocurría ni por un instante poner pausa a su función de corrector empedernido y… solo por unos momentos fungir como la oreja que escucha. En su vida profesional estaba acostumbrado además de corregir, a dar instrucciones a sus asistentes, a su secretaria, a sus pacientes… Era muy bueno para dar instrucciones pero no sabía escuchar. Parecía tan sencillo… pero resultaba tan difícil responder de otra manera. ¿Cómo interesarse genuinamente por la experiencia del niño que pregunta ¿Hasta qué edad me vas a dejar tener novia? Qué pasaría si papá contestara:

–¿A ti te gustaría tener novia?…

Entonces tal vez el niño pudiese invitar a papá a asomarse a su mundo y compartirle un poco de su experiencia con un “pos si” o con un ligero, muy discreto movimiento afirmativo de la cabeza…

–Me imagino que te gusta alguna niña….¿Te gustaría platicarme?

En ese momento, una parte del niño estaría deseando sentirse importante para papá, pero otra experimentaría un leve temor a ser exhibido y a sentirse vulnerable. Y entonces en esta escena hipotética, ante esa frase sencilla, el niño recibe el empujoncito que estaba esperando (a través del tono de voz, y el gesto interesado pero no invasivo de papá). Y así, el pequeño enamorado comienza a compartir algo de su mundo privado…

O tal vez la conversación tome la vieja, triste y conocida dirección. Papá tan absorto en corregir y en reaccionar ante el contenido literal de la pregunta –¿a qué edad?…. que responde con un tajante: A los 18 y punto– el diálogo ahí termina, antes de haber iniciado verdaderamente.

Detrás de cada pregunta suele haber un esbozo de afirmación, un esbozo de sentimiento que no es captado porque papá no sabe cómo ponerle pausa a su función del corrector y simplemente conectarse con el pequeño y con su maravillosa, difícil, emocionante, aterradora experiencia de sentirse atraído por la niña Ivonne a los ocho años sin saber qué hacer con tanto amor… La respuesta de acompañamiento que necesita el niño no tiene nada que ver con la respuesta inicial a su pregunta sobre “la edad apropiada para tener novia”. En realidad el niño está queriendo compartir sentimientos que nunca había experimentado; sentimientos que le conmueven y a la vez le asustan un poco… sentimientos que tristemente el niño no puede compartir con papá, porque éste no sabe –nadie le enseñó– como escuchar. Papá, un brillante profesionista, se siente, sin embargo, tan torpe cuando su hijo esboza un sentimiento a través de una pregunta. Como va a escuchar a su propio hijo si ni siquiera aprendió a escucharse a sí mismo. Papá asimismo responde en su viejo estilo cuando su esposa al verlo abrumado le pregunta:

–¿Qué trais viejo?

–Nada –su cara y su semblante dicen que algo trae, pero su voz está tan desconectada de su corazón… sigue diciendo nada.

Qué difícil conectarse con el otro cuando estás tan desconectado de ti mismo, solía decir Marshall Rosemberg[i].

Tal vez estimado lector hayas recibido en alguna ocasión, un correo con un oración maravillosa, milagrosa… con una pequeña advertencia al final: a condición de que la reenvíes a veinte de tus amistades antes de diez minutos tendrás los beneficios, si no lo haces te va a ir mal (una persona que se burló del mensaje perdió su casa, su marido…). En esta ocasión no tienes que hacer nada; no hay amenazas ni castigos. No tienes la obligación de probar alternativas diferentes a tus modos cotidianos de responder. Después de todo cada quien ha aprendido a sobrevivir en sus relaciones de la mejor manera que ha podido y no eres la excepción. Sin embargo, por pura ociosidad tal vez quieras imaginar que uno de estos días, puede ser antes, durante o después de navidad, te brota la ocurrencia de preguntar a una de las personas importantes de tu vida. Puede ser un compañero de trabajo, hermano, hijo, pareja… Tal vez quieras probar decir algo así:

–¿Podemos hablar quince minutos en privado…. Te quiero pedir que me platiques una escena, un momento, puede ser de hace una semana o hace diez años no importa cuando…. Algo que en esta momento puedas recordar; un momento donde te sentiste lastimado, ofendido, enojado, decepcionado… Una ocasión donde te sentiste de alguna manera mal conmigo. Yo te ofrezco que me voy a morder la lengua y no te voy a interrumpir… te doy mi palabra. Por favor trata de describirme ese momento donde te sentiste mal conmigo. ¿Cómo, cuándoy qué es lo que tu recuerdas que yo hice o deje de hacer? ¿Qué sentiste?

Cuando la persona implicada comience a hablar –si es que conseguiste arrancarle una escena donde se sintió mal– es posible que cada cinco segundos te den ganas de interrumpir… Tal vez te den ganas de decir:

–Ya vas a empezar con lo mismo…, si eso ya pasó…, es que no fue así… tú también te lo buscaste… no fue mi intención…

Cada tres frases quizás sientas un piquete a tu ego que se verá tentado a decir algo en legítima defensa. Tal vez te puedas imaginar observando esos trenes de tu pensamiento, sin subirte a ellos. Tal vez puedas respirar y repetirte internamente: Por un momento pongo toda mi energía y mi atención en entender tu película tal como tú la vives… Por un momento no tengo que defender mi versión. Hoy no te quiero convencer, cambiar, disuadir… hoy solo te quiero entender. Ello no significa estar de acuerdo, significa que simplemente puedo ver lo que tu percibes.

Si con esa persona cercana al corazón pero difícil en la relación, lograste en tu imaginación llegar hasta el final del relato sin interrumpirlo con las únicas preguntas permitidas para estos casos: dame un ejemplo; descríbeme un poco más como fue, que mas sentiste… Entonces tal vez te puedas imaginar cerrar este diálogo con un “me imagino” ¡sí! con un simple me imagino ese día que yo te dije… Me imagino que a ti te dolió… Me imagino que en ese momento te da coraje; te sientes ignorado… Si activas tus neuronas de la empatía conocidas como neuronas espejo con un simple “me imagino”, te será sorprendentemente fácil conectarte con la escena. No te importará que no coincida con lo que tú viviste o recuerdas; lo importante es que al entrar a su escena, a su película, estarás enviando un mensaje humildemente poderoso. Estarás diciendo sin decir a tu hijo, a tu pareja o a tu hermano: Ahora no te quiero cambiar solo me importa entenderte. Finalmente tal vez descubras que escuchar abre el corazón, es un arma más poderosa que los mil argumentos… Quizás lo puedas hacer… o quizás no… quién sabe.

[i] Rosenberg, M. (2002) Non violent Communication: A Language of Life. New York: Puddle Dancer Press. En español COMUNICACIÓN NO VIOLENTA de Marshal. R. Rosenberg; Editorial Urano.

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